Cuando
algo interno pugna por encontrar expresión en nosotros, estemos
seguros de que es porque algo ha muerto ya en nosotros, porque un
pasado empieza a quedar atrás. Y cuando aceptamos esa muerte,
estamos propiciando el nacimiento de algo nuevo y más vigoroso.
Richard Bach afirma bellamente que cuando una puerta se cierra en el
universo es porque otra se ha abierto. Más allá de toda crisis,
debidamente enfrentada y superada, se encuentran nuevos niveles de
conciencia y de realización.
Un
ejemplo sobre el que quiero llamar particularmente la atención es el
que se presenta en cierta etapa de la dentición de los niños. Más o
menos a los siete años de edad pierde los dientes incisivos.
Supongamos que su madre no sabe que estos dientes serán reemplazados
oportunamente por dientes más fuertes y bonitos, y se alarma porque
su hijo o hija quedará mueca de por vida. ¿Cierto que nos parece
ridículo? Claro, todos sabemos que lo que ha ocurrido realmente es
que los verdaderos dientes ya están saliendo, y a su paso han
desplazado a los dientes que habían aparecido desde la tierna
infancia. Hago énfasis en este ejemplo, porque, de igual manera, nos
alarmamos por el enorme caos actual, por la crisis sin precedentes
que vive nuestro país, o nuestro planeta, sin comprender que lo que
ocurre en realidad es que nuevos valores y energías palpitan con tal
intensidad que desplazan a su paso valores ya caducos y
cristalizados.
Nuestra
cultura nos ha educado pobremente en cuanto a las crisis, aunque la
sicología y la medicina vienen dando grandes pasos al respecto,
gracias al sentido de prevención que tan sanamente nos han
inculcado. No obstante, en la medicina actual todavía se habla mucho
de "combatir la enfermedad" desconociendo muchas veces que la
enfermedad es la manifestación externa de una crisis, o que
constituye una crisis en sí misma y que, más que combatirla, el gran
reto es comprenderla, desentrañar las causas subyacentes e indicarle
al paciente los cambios de conducta y de actitud que debe emprender
para trascender su enfermedad o limitación.
Esta
incultura de las crisis se evidencia en expresiones como "estalló la
crisis en la organización X" y a los pocos días aparece publicada
una noticia en la que se dice que "la crisis fue confabulada". En
primer lugar, si una crisis estalla es porque no se atendieron sus
causas en el momento correcto ni en la forma adecuada. La crisis
había sido reprimida hasta tal punto que sólo quedó la violenta
salida del estallido, lo cual de alguna manera es un atentado contra
cualquier proceso de crecimiento. Y la palabra confabulación resulta
también muy elocuente. Según el diccionario Larousse, confabular
significa "ponerse de acuerdo varias personas en un negocio ilícito:
confabularse contra el enemigo". Las enfermedades y las crisis son
consideradas como enemigos, cuando en realidad las crisis y el dolor
son mensajeros del cambio, son emisarios de los reinos de la Luz.
El hecho
de que comprender que la crisis es síntoma de crecimiento no nos
exonera de darle la prioridad que merece. Al contrario. Si miramos
con verdadera sensibilidad interna lo que ocurre a nuestro
alrededor, vemos que es evidente que la crisis actual es grande. El
dolor sigue visitando a muchos hogares y personas, bien sea en forma
de penurias económicas, de agudas dificultades emocionales y
afectivas, o de terror e incertidumbre ante flagelos como el
secuestro, la guerrilla o la corrupción. Es palpable igualmente el
"hambre espiritual" debido muchas veces a un marcado materialismo o
a la falta de contacto con personas o autores que ejemplifiquen los
valores superiores. Ante tal hecho, ante todo debemos hacer nuestra
la plegaria de los Grandes Seres: "Conozco Oh Señor, la necesidad.
Conmueve nuevamente con amor mi corazón, para que también yo pueda
amar y dar".
En una
sincera búsqueda de soluciones y aportes tangibles, debemos aprender
a mantener la mirada en aquello que está más allá de las crisis. Hay
que tratar de escuchar el mensaje que el universo nos envía a través
del dolor. Mi percepción es que tras el "aparente caos" se
evidencian vigorosos procesos de renovación vital, a niveles
realmente profundos y elevados. Un claro testimonio de este
nacimiento a una conciencia nueva lo tenemos, por ejemplo, en la
acogida colectiva que vienen recibiendo libros como El caballero de
la armadura oxidada y El Alquimista. De hecho el protagonista de
este último libro es un joven que se lanza a la ambiciosa búsqueda
de un tesoro, pero apenas inicia su viaje se ve despojado de todas
sus pertenencias. Pero aprende a superar esta crisis, gracias a su
determinación por seguir adelante. Y casi al final, cuando estaba a
punto de alcanzar su meta, la crisis resultó aún mayor: unos
bandidos lo golpean y casi lo sepultan en el hueco en el que
excavaba su amado tesoro. Pero a la postre uno de esos bandidos le
da la clave para hallar el tesoro. Cuando más densa es la oscuridad
es cuando más cercana está la luz. La hora más oscura es el
preámbulo al milagro de la luz.
Creo que
lo mejor que podemos hacer, tanto en lo personal como en lo
colectivo, es tratar de comprender las causas de la crisis actual, y
tratar de sintonizarnos con los nuevos valores que muestran los
signos de la época. Hay mucha sabiduría actualmente manifestándose,
pero hay que saber leer en el gran libro de la vida. Allí se nos
dice que en nuestra época estamos dando un gran salto, desde la
reacción emocional hasta la respuesta amorosa, desde el pensamiento
hasta a la inspiración superior, desde el materialismo hasta una
espiritualidad nueva.
Quienes
se mueven con visión de futuro, quienes encarnan los valores del
hombre del nuevo milenio, saben que debemos elevarnos hacia esa
nueva dimensión espiritual para poder gestar las transformaciones
que reclama la época. Es un hecho que estamos en los albores de
tiempos nuevos: "Una nueva tónica penetra en la vida humana,
trayendo esperanza, alegría, poder y libertad", nos dice Alice
Bailey en la maravillosa obra Del intelecto a la Intuición.
Contrario, pues, a lo que nos ha hecho creer la cultura
convencional, no tratemos de evadir las crisis que sean
manifestación de crecimiento vital, ni busquemos soluciones
temporales ni superficiales. Cerrarle la puerta a una crisis es
cerrarle la puerta a una estupenda oportunidad que el universo nos
está ofreciendo. ¿Qué actitud práctica debemos asumir ante las
crisis? Para ir más allá de ellas, para yo recomendaría lo
siguiente:
1.
Comprensión: Entender que en todo proceso que implique vida y
crecimiento, necesariamente existirán momentos de crisis. Donde no
hay crisis no hay lucha y tampoco puede florecer la vida. El
siguiente relato es bien elocuente:
Dijo una
ostra a otra: "Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y
redondo y me lastima". Y la otra ostra replicó con arrogante
complacencia: "Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor
alguno. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera". En ese
momento, un cangrejo que pasaba por allí escuchó a las dos ostras y
le dijo a la otra que acababa de hablar: "Quizá si te sientes bien.
Pero has de saber que el dolor que soporta tu vecina es una perla de
inigualable belleza".
Jalil
Gibrán
2.
Realismo: Hay quienes quieren negar la existencia de una crisis. El
que la niega, cuando ésta es evidente, se engaña a sí mismo. Y una
crisis no aceptada se convierte en un problema crónico. Realismo
implica también capacidad de Aguante. "Aguante" es un término muy
propio de nuestro pueblo paisa. Si lo que nos corresponde vivir ha
de doler, hagamos acopio de valentía y pidámosle a Dios capacidad de
aguante. Reflexionemos sobre las causas de la crisis y preguntémonos
qué nos está tratando de decir el universo. Hagamos nuestro el
pensamiento de Fernando González:
"Padezco, pero medito"
3.
Autoolvido: A veces sobredimensionamos las dificultades y le
prestamos indebida importancia a nuestra situación personal, o a
nuestro entorno social inmediato, olvidando que somos parte de un
contexto mucho mayor. Ese sano olvido de nosotros mismos implica
concentrarnos en las grandes necesidades de los demás. Y el
autoolvido también puede y debe involucrar buenas dosis de humor. En
ese sentido, bien podemos decir que, más allá de las crisis... hay
otras crisis...
4.
Desapego: Parte de la aceptación de una crisis es aceptar que el
pasado ya pasó. Como dijimos antes, cuando aceptamos que algo está
muriendo nos abrimos a la magia de lo que está naciendo:
Así como
toda flor se marchita y toda juventud cede a la edad, así también
florecen sucesivas etapas de la vida. A su tiempo crece toda
sabiduría, toda virtud, pero no les es permitido durar eternamente.
Es necesario que el corazón, a cada llamamiento, esté pronto al
adiós y a comenzar de nuevo; esté dispuesto a darse, animoso y sin
duelos, a nuevas y distintas ataduras. En el fondo de cada comienzo
hay un hechizo que nos protege y nos ayuda a vivir.
Debemos
ir serenos y alegres por la tierra, atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno como si fuera una patria; el espíritu
universal no quiere encadenarnos: quiere que nos elevemos, que nos
ensanchemos, escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad con
una morada y en un ambiente, y ya todo empieza a languidecer. Sólo
quien está pronto a partir y peregrinar podrá eludir la parálisis
que causa la costumbre. Aún la hora de la muerte nos coloca frente a
nuevos espacios que debemos andar, porque el llamado de la vida no
cesará jamás para nosotros.
Hermann
Hesse
5.
Transmutación: Nada es casual en el universo, y si algo nos llega
tengamos la certeza de que es lo que nos corresponde vivir. Lo
importante no es lo que nos sucede sino lo que hacemos con lo que
nos sucede. Una bella fórmula para "capitalizar" una crisis,
elevándonos y dejándola atrás, es la siguiente:
Toda
persona debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas
las cosas le han sido dadas para un fin y reto consiste en
descubrirlo. Todo lo que nos pasa, incluso las humillaciones, los
bochornos, las desventuras, todo eso nos ha sido dado como arcilla,
como material para la obra de arte de nuestra existencia. Esas cosas
nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de las
circunstancias de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo.
Jorge
Luis Borges
6.
Confianza: Uno de mis hijos, que disfruta mucho con el agua y las
piscinas, conoció recientemente el mar. Era evidente su fascinación.
Pero, curiosamente, al día siguiente rehusó entrar al agua, lo mismo
que al tercer día. Yo sabía que una ola lo había revolcado, haciendo
que le entrara agua por boca y nariz. De hecho los ojos le ardieron
bastante por el efecto de la sal, pero nunca imaginé que por esos
percances le cogería aversión al mar. Dejando que asimilara su
derrota, sin presionarlo, en el momento que consideré oportuno le
enseñé cómo hacer que el mar fuera su amigo, no su enemigo. De mi
mano (¡y con un flotador puesto!) en lentas y pacientes inmersiones
aprendió a ir más allá del lugar donde rompen las olas, y descubrió
esa zona en la cual las olas lo subían y lo bajaban pero no
golpeaban directamente contra su cuerpo. Poco a poco restableció la
amistad con el mar, y pronto estaba jugando nuevamente por todos
lados, ya sin temor al revolcón de las olas. Aprendió que era
posible no sólo evitar el impacto las olas sino que podía incluso
jugar con ellas.
Cuando
evoco esta imagen, pienso que eso mismo es lo que Dios hace con
todos nosotros. Una y otra vez nos muestra cómo ir, de Su mano, a
ese lugar que está más allá de nuestras crisis, a esas aguas mansas
y acariciadoras que son testimonio de Su presencia. Si nos quedamos
en las contingencias de la vida, en las cosas externas únicamente,
esas olas de las circunstancias inmediatas nos golpearán, tarde o
temprano, una y otra vez. Esas olas nos revuelcan y nos "dan tres
vueltas", pero en cambio su impacto es menos intenso cuando
aprendemos a conocernos a nosotros mismos mediante la
interiorización y cuando comprendemos que hay un lugar dentro
nuestro desde el cual vivirlas y crecer con ellas. Entonces el dolor
empieza a tener significado, pues se convierte en maestro que nos
muestra en qué partes de nuestro desarrollo tenemos que trabajar
más. No olvidemos que la actitud de una persona frente a las crisis
denota su actitud frente a la vida, frente al cambio y frente al
crecimiento.