Vuelto nuevamente Jhasua
al Santuario del Tabor, reanudó sus silenciosas tareas de orden
espiritual intenso, algo interrumpidas por las actividades exteriores.
Nos referimos en particular a sus ensayos de telepatía y a su Diario,
pues que en la práctica misma del bien, no cesaba de extender sus
admirables facultades, y sus poderes internos en armonía con las fuerzas
y leyes naturales.
Sólo había faltado del
Santuario treinta días escasos, y encontró a su regreso varias epístolas
de diversas partes.
Desde Ribla le había
escrito Nebai con importantes noticias.
Los hijos del sacerdote
de Hornero se habían casado con doncellas sirias.
Los dos hermanos de
Nebai que también estaban en vísperas de celebrar matrimonio, ponían un
movimiento desusado en el gran castillo, antes tan silencioso y sereno.
Y Nebai con mucha gracia
decía en su epístola:
"Me ha llegado el
momento de poner en práctica aquellas enseñanzas tuyas Jhasua, llenas
de sabiduría: Extraer del fondo de todas las cosas lo más hermoso que
hay en ellas. Y en mi caso, lo más hermoso son las almas de las que
van a ser mis cuñadas y que vendrán pronto a vivir al castillo, hasta
ahora casi vacío, y donde se han arreglado dos nidillos independientes
para estos pájaros bulliciosos.
"Los Terapeutas del
Santuario del Hermón nos visitan con frecuencia y con ellos hablo de ti
Jhasua, y ellos me alientan en esta vida mía tan diferentes de las demás
mujeres de mi edad y condiciones.
"Ellos me dicen: Tú las
harás a ellas a tu medida, y no que ellas te hagan a la suya.
"Y será así Jhasua,
porque mis hermanos, sus novias y yo, hemos ingresado al grado primero
de la Fraternidad Esenia y en su próximo viaje, los Terapeutas nos
traerán el libro de la Ley con los Salmos, y el manto blanco
correspondiente al grado que comenzamos.
"Espero que también las
nueras del anciano Menandro, inicien este camino.
"Quiero saber si es
realidad o ilusión lo que me ocurrió hace cuatro días.
"Pensaba yo en la fuente de las palomas de la
casita de piedra, al caer de la tarde, según lo convenido. Me imaginé
que tú no estabas allí, porque mi pensamiento parecía perderse en el
vacío sin que nadie lo acogiera. Pero pasado un buen rato sentí la
vibración tuya Jhasua que desde otro lugar me decía: Nebai, no me
busques en la fuente porque no estoy en el Tabor sino en las montañas de
Samaría. Pronto volveré.
"¿Es cierto esto Jhasua?
¿Cómo es que no me lo anunciaste en tu última epístola?".
Y continuaba así la
epístola de Nebai descubriendo nítidamente las luces y sombras de
aquella hermosa alma, que buscaba cumbres diáfanas con claridades de
estrellas y ansias de inmensidad.
Al regresar de Samaría
Jhasua y el maestro Melkisedec se detuvieron en Nazareth durante
algunos días, para ayudar con fuerzas espirituales y magnéticas a
Joseph y Jhosuelín. Ambos parecían revivir con la sola presencia de
Jhasua.
La llegada del tío Jaime
con su hijo, puso una nota más de íntima ternura en aquella familia,
sobre la cual desbordaba la piedad y magnificencia divinas.
La fisonomía del anciano
Joseph iba adquiriendo esa apacible serenidad que parece tener reflejos
de la vida superior, a que pronto será llamado el espíritu triunfante en
las luchas de la vida.
Joseph el justo,
como le llamaban
muchos porque veían en su vida un crisol de nobleza y equidad, estaba
viviendo sus últimos años y como si una luz superior le iluminase, iba
disponiéndolo todo, para que la familia que le rodeó en el ocaso de su
vida, no se viera perturbada por aquella otra familia de su juventud.
—Todos son honrados y
buenos —decía él muy juiciosamente—' pero entre los buenos, el orden los
ayuda a ser mejores y a comprender más claramente los derechos de los
demás.
Jhasua dijo a sus
padres:
—Voy al Santuario sólo
por una luna y en seguida estoy nuevamente con vosotros por todo este
invierno.
"Entre todos vosotros y
yo tenemos que arreglar muchas asuntos.
Excusado es decir que la
noticia causó a todos indecible alegría.
Su estaría en el
Santuario la emplearía en descanso de su espíritu y para tomar nuevas
energías.
Había gastado muchas en
las obras espirituales y materiales realizadas en favor de sus
semejantes.
El dominar las
corrientes adversas que dificultan la vida del hombre en los mundos de
expiación, requiere esfuerzos mentales demasiado intensos, y esto lo
saben y experimentan todas las almas que en una forma o en otra
consagran su vida a cooperar en la evolución espiritual y moral de la
humanidad.
Las epístolas de Nebai y
de Hallevi (el que años más tarde tomó el nombre de Bernabé) eran su
noticiario del norte, como las de José de Arimathea eran su noticiario
del sur.
Junto con las de este
último, los Terapeutas le traían los mensajes escritos o verbales de sus
amigos del Monte Quarantana, los porteros del Santuario Bartolomé y
Jacobo ya padres de familia, y en cuyas almas seguía vibrando como un
arpa eterna el amor de Jhasua.
Un mensaje del menor
Bartolomé, causó al joven Maestro una tiernísima emoción. Le anunciaba
que el mayor de sus hijitos había cumplido cinco años, y pedía permiso
a Jhasua para empezar a montarlo en aquel asnillo ceniza que le había
regalado en su estadía en el Santuario siete años atrás.
Sus amigos de Bethlehem,
aquellos que le vieron la noche misma de su nacimiento, Elcana y Sara,
Josías, Alfeo y Eleazar, escribían juntos una conmovedora epístola que
era una súplica brotada del fondo de sus corazones:
"Van a llegar las nieves
—le decían-— y con ellas el día glorioso que hará veinte años brilló
sobre Bethlehem como una aurora resplandeciente. Venid con Myriam y
Joseph a pasarlo entre nosotros y haréis florecer una nueva juventud
sobre estas vidas cansadas que ya se inclinan hacia la tierra".
La suave ternura que
saturaba la epístola vibró intensa en el alma del joven Maestro, que
entornando los ojos dejó volar su pensamiento como una mariposa de luz,
hacia aquellos que así llamaban por él.
Volvió a ver mentalmente
a Sara en su incansable ir y venir de las amas de casa consagradas con
amor a velar por el bienestar de toda la familia; a Elcana su
esposo al frente de su taller de tejidos, siendo una discreta
providencia sobre las familias de sus jornaleros; a Alfeo, Josías
y Eleazar, con sus grandes majadas de ovejas y cabras, proveyendo a
toda aquella comarca de los elementos indispensables para la vida como
es el alimento y, el abrigo.
En muchas de aquellas
casas betlehemitas se anudaba un vínculo de amor con el joven Mesías, al
cual no veían desde sus 12 años cuando estuvo en el Templo de Jerusalén.
Y hasta en el oculto
Refugio esenio de los estanques de Salomón, habitado por la mártir
Mariana, llorando eternamente a sus hijitos asesinados por mandato de
Herodes, el nombre de Jhasua era como una luz encendida en las
tinieblas, como un rosal en un páramo desierto, como el raudal fresco de
una fuente en los arenales calcinados por el sol
Todo esto vibró en el
alma de Jhasua como el sonido de una campana lejana, y no pudiendo
resistir a aquel llamado imperioso del amor, contestó con el primer
Terapeuta que salió rumbo al sur, que pasaría en Bethlehem el día que
cumplía sus 20 años de vida terrestre.
Había prometido a sus
padres pasar ese invierno con ellos, y con ellos iría a Jerusalén donde
la Escuela de sus amigos le reclamaba ardientemente, después de la dura
borrasca que hubo de soportar. Allí estaba también Lía, la parienta
viuda que al casarse sus tres hijas, llenó su soledad con las obras de
misericordia que derramó a manos llenas sobre los desamparados y los
enfermos.
"—Son las flores de mi
huerto" —decía ella cuando en determinados días de la semana, su jardín
se llenaba de madres con niños, y con ancianos cargados no sólo de años,
sino más aún de pesadumbre y de miseria.
Lía, la viuda esenia,
silenciosa y discreta, asociaba a sus obras a sus tres hijas casadas,
Susana, Ana y Verónica que ya conoce el lector en los comienzos de esta
obra. Ellas concurrían los días señalados para leer los libros de los
Profetas a los protegidos de su madre, instruyéndolos por este medio en
sus deberes para con Dios, con el prójimo y consigo mismos.
La obra silenciosa y
oculta de los Esenios que quedó olvidada por los cronistas de aquel
siglo de oro, fue en verdad la red prodigiosa en que quedaron prendidas
para toda la eternidad, las almas que en numerosa legión se unieron al
Hombre-Luz, ungido del Amor y de la Fe, que marcó el sendero imborrable
de la fraternidad entre los hombres.
Toda esta inmensa labor
silenciosa como una vid fantástica que extendía sus ramas cargadas de
frutos por todas partes, esperaba a Jhasua en aquella Judea árida y
mustia para los que bajaban de las fértiles montañas samaritanas y
galileas, pero donde el amor silencioso de las familias esenias ponía la
nota tierna y cálida de una piadosa fraternidad más hondamente sentida.
Vemos, pues, que desde
las fértiles montañas del Líbano en la Siria, hasta los ardientes
arenales de la Idumea en el sur, florecía en las almas la esperanza como
un rosal mágico de ensueño.
El Ungido de Jehová
andaba con sus. pies por aquellas tierras, y los dolores humanos
desaparecían a su contacto.
Los Terapeutas
peregrinos que salían de sus Santuarios cargados de amor en el alma,
iban llevando de aldea en aldea el hilo de oro que ataba los corazones
unos con otros en torno al Hombre Ungido de Dios, cuya vida de niño y de
joven les relataban en secreto y minuciosamente.
Bastó que Jhasua
instalase un pequeño recinto de oración en la casa de sus padres en
Nazareth, para que se hiciera lo mismo en todas las familias esenias que
pudieron disponer un rinconcillo discreto con una mesa suntuosa o
desnuda, donde los Salmos y los Profetas estaban presentes con su
pensamiento escrito, y vivido cual si fuera el aliento mismo de la
Divinidad.
Sobre aquella mesa, y
grabada en una lámina de madera, de cobre o de mármol, aparecía
invariablemente el mandato primero dé la Ley de Moisés: "Adorarás al
Señor Dios tuyo con toda tu alma y amarás a tu prójimo como a tí mismo".
Para los más pobres y
que no disponían sino de una cocina con estrados para el descanso, la
piedad esenia tenía el recurso de la oración en casa del vecino, que
tenía abierto su recinto sagrado para aquellos hermanos de ideal que no
podían tenerlo. Tal fue la obra esenia de elevación de las almas a un
nivel superior que las pusiera a tono con el Pensamiento Eterno que el
Cristo traía a la Tierra.
Esta armónica corriente
de amor y de fe, esparcida como un fuego purificador por toda la
Palestina y países circunvecinos, fue la ola mágica en que Jhasua
desenvolvió su vida oculta, que quedó como sepultada en el olvido a
mitad del siglo pasado, a medida que iban desapareciendo del plano
físico los testigos oculares, sus familiares y sus discípulos.!
El recinto de oración en
cada casa esenia, ha dado origen a la afirmación de algunos viajeros
que han escrito sobre el particular, de que toda Palestina estaba llena
de Sinagogas y que en las grandes ciudades se contaban hasta
cuatrocientas o más.
El pensamiento sutil del
lector que analiza y razona, parece estarnos preguntando: ¿Cómo, de
esta ola de paz y amor fraterno, de esta intensidad de vida espiritual
pudo surgir trece años después el horrendo suplicio con que se puso fin
a la vida física del Cristo?
El pontificado y clero
de Jerusalén vio llegado su fin ante el verbo de fuego del gran Maestro
que volvía por los derechos del hombre, y vació el oro acumulado en el
comercio del templo, en las bolsas vacías del populacho ignorante y
hambriento mientras le decía: "Causante de nuestros males, es el
vagabundo que predica el desprecio por los bienes de la tierra, porque
con él ha llegado el reino de Dios que él anuncia".
Calmada así brevemente
la inquietud del lector, continúo la narración:
Diez y seis días antes
del aniversario vigésimo de Jhasua, salió de Nazareth con sus padres en
la caravana que venía de Tolemaida hacia el sur.
El camino se bifurcaba
al llegar a la Llanura de Esdrelón, y el uno recorría el centro de la
provincia de Samaria pasando por Sebaste y Sichen, mientras el otro
tocaba Sevthópolis y seguía por la ribera del Jordán hasta Jericó,
Jerusalén y Bethlehem.
A los viajeros que
seguían el camino del Jordán, se unieron Joseph, Myriam y Jhasua, pues
que en aquel camino se encontraban muchos amigos y familiares. En
Sevthópolis que ya conoce el lector, se hallaba el Santuario esenio
recientemente restaurado, donde los porteros de la amistad del tío
Jaime, les brindarían un cómodo y tranquilo hospedaje.
En Archelais, segundo
punto de parada de la caravana, vivía la familia de Devora, la primera
esposa de Joseph, a la cual se había unido Matías, el segundo hijo de
aquel primer matrimonio.
El justo Joseph había
sido siempre el paño de lágrimas de sus suegros mientras vivieron, y
aún lo era para dos hermanas viudas de su primera esposa, que vivían
pobremente en aquella localidad. La familia había sido avisada y les
esperarían seguramente.
Y finalmente en Jericó,
tercer punto de parada, vivían familiares de Myriam, dos hermanos de
Joaquín su padre, con sus hijos y sus nietos.
Todo esto fue tenido en
cuenta por nuestros viajeros con el fin de estrechar vínculos con seres
que aunque muy queridos se mantenían algo alejados por las escasas
visitas que sólo se hacían de tiempo en tiempo.
Para Jhasua existían a
más, otros poderosos motivos: las grutas refugios que en las montañas de
las riberas del Jordán habían vuelto a ser habitadas, según noticias que
le mandó Judas de Saba, cuyo ardoroso entusiasmo por las obras de
misericordia le había convertido en providencia viviente para los
desamparados de aquella comarca.
Nuestros tres personajes
eran, entre la caravana, los viajeros ricos, pues llevaban tres
asnos con cargamento, cuando todos los demás sólo tenían aquel en que
iban montados.
Sólo el jefe de la
caravana sabía que el cargamento de los tres asnos contratados por
Joseph no llevaban oro ni plata, sino pan, frutas secas y ropas para los
refugiados en las grutas del Jordán.
El amor de Jhasua para
sus hermanos menesterosos había prendido un fuego santo en las almas de
sus padres y familiares, hasta el punto de que no podían sustraerse a
esa suave influencia de piedad y conmiseración.
En los tres puntos de
parada de la caravana, dejó Jhasua el rastro luminoso de su paso.
En Sevthópolis,
alrededor de las tiendas movibles que se instalaban cada día, se
observaban a veces algunos infelices contrahechos, niños retardados, o
con parte del cuerpo atacado de parálisis.
Descender de su borrico
e ir derecho hacia ellos, fue cosa tan rápida, que ni aún tuvieron
tiempo sus padres para preguntarle: ¿A dónde vas?
El dolorido grupo miró
con asombro a este hermoso doncel de cabellos castaños y ojos claros,
que les miraba con tanto amor.
—Vosotros estáis
enfermos —les dijo—, porque no os acordáis que vuestro Padre, que está
en los cielos, tiene el poder de curaros y quiere hacerlo. ¿Por qué no
se lo pedís?
—El está muy lejos, y no
oirá nuestros clamores —contestó un jovenzuelo que tenía todo un lado de
su cuerpo rígido y seco como un haz de raíces.
—Os engañáis, amigo mío.
El está en torno a vosotros, y no lo sentís porque no lo amáis lo
bastante para verlo y sentirlo.
Una poderosa vibración de amor comenzó a
flotar como una brisa primaveral, y Jhasua, mirando al asombrado grupo,
comenzó a decir con una voz dulce y profunda:
"Amarás al Señor Dios
tuyo con todas tus fuerzas, con toda tu alma, y a tu prójimo como a tí
mismo".
"Así manda la Ley del
Dios-Amor que vosotros olvidáis".
Repartió unas monedas, y
les dijo:
—Volved a vuestras
casas, y no olvidéis que Dios os ama y vela por vosotros.
Mientras aquellas pobres
mentes estuvieron absortas en la mirada y la palabra de Jhasua, sus
cuerpos recibieron como una ola formidable, la energía y fuerza vital
que él les transmitía, y recién cuando le perdieron de vista en el
tráfago de gentes, bestias y tiendas, se apercibieron que sus males
habían desaparecido.
Los unos corrían por un
lado y los demás por otro como enloquecidos de alegría, y buscando al
doncel de la túnica blanca que no aparecía en parte alguna.
Por fin llegaron a la
conclusión de que debía ser el arcángel Rafael que curó a Tobías,
por cuanto había desaparecido tan misteriosamente.
—Será un mago venido del
norte —decían los extranjeros en el país, que nada sabían del arcángel
Rafael ni de Tobías.
—Pero si estáis curados,
a trabajar —decían otros ofreciéndoles trabajo en sus comercios, cuyas
agitadas actividades necesitaban siempre más y más operarios.
Era inútil que buscaran
a Jhasua, que instaló rápidamente a sus padres bajo la
tienda-hospedería, y corrió al Santuario en busca del portero, con cuya
familia pasaría la noche hasta la hora primera en que la caravana
continuaba el viaje.
Con gran sorpresa de los
solitarios, se les presentó de pronto en el archivo donde todos ellos se
encontraban ordenando de nuevo su abundante documentación.
— ¿No os dije antes que
sería vuestro cirio de la piedad? Pues aquí estoy, pero sólo por
unas horas.
"¿Dónde están los ex
cautivos? —preguntó aludiendo a los tres terapeutas libertados de la
cadena.
—En la cocina preparando
las maletas para ir a las grutas —le contestaron.
—Pues nada más oportuno
—dijo Jhasua—. Traemos un pequeño cargamento para los refugiados.
Indecible fue la alegría
de los tres terapeutas al abrazar de nuevo a Jhasua.
Cuando se acercaba la
hora de partir, ellos acompañaron a los tres viajeros para hacerse cargo
de las provisiones que la familia de Joseph donaba a los refugiados, en
las grutas del Jordán.
Después de pedirles
referencias y detalles minuciosos sobre el estado y condiciones de los
enfermos, Jhasua se despidió de ellos para continuar viaje junto a sus
padres.
Desde que salieron de
Sevthópolis, el camino se deslizaba en plena montaña, costeando
serranías que por estar adelantado el invierno aparecían un tanto
amarillentas y desprovistas, desde luego, de su exuberante verdor.
Todo el trayecto desde
Sevthópolis hasta Archelais ofreció a Jhasua la oportunidad de derramar
como un raudal caudaloso el interno poder que su espíritu-luz había
conquistado en sus largos siglos de amor.
Y continuaba amando, como si no pudiera
más detenerse en la gloriosa ascensión a la cumbre, a la cual parecía
subir en vertiginosa carrera.
"Amar por amar es agua
que no conocen los
hombres.
Amar por amar, es agua
que sólo beben los dioses".
Había cantado así
Bohindra, el genio inmortal de la armonía y del amor, y su verso de
cristal lo vemos vivir en Jhasua con una vida exuberante, que asombra en
verdad a quien !o estudia en su profundo sentir.
Montado en su jumento,
no descuidaba mirar a cada instante en su carpeta que llevaba en su mano
izquierda.
Mira Jhasua que este
camino tan escarpado ofrece tropiezos a cada instante —decíale su
padre—, y temo que por mirar tu carpeta no ayudas al jumento a salvar
los escollos.
—El está bien
amaestrado, padre; no temáis por mí —contestaba él.
¿Se puede saber, hijo
mío, qué te absorbe tanto la atención en esa carpeta? — le preguntaba a
su vez Myriam cuya intuición de mujer estaba adivinando lo que pasaba.
Cosillas mías, madre,
que sólo para mí tienen interés —contestaba sonriente Jhasua, como el
niño que oculta alguna travesura muy dulce a su corazón.
"Aquí están las dos
encinas centenarias —murmuró a media voz—. Es la señal de la gruta de
los leprosos.
Aún estaban a cincuenta
brazas de las encinas, y ya vieron salir un bulto cubierto con un sacón
de piel de cabra que sólo tenía una abertura en la parte superior para
los ojos.
Sólo así les era
permitido a los atacados del horrible mal el acercarse a las gentes que
pasaban, en demanda de un socorro para su irremediable situación.
Jhasua habló pocas
palabras con el jefe de la caravana, que siempre llevaba preparado un
saco con los donativos de algunos de los viajeros para los infelices
enfermos.
—Yo lo llevaré por vos
—dijo Jhasua recibiendo él saco y encaminándose hacia el bulto cubierto
que avanzaba. Los viajeros pasaron de largo, deseando poner mayor
distancia entre el leproso y ellos.
Myriam y Joseph
detuvieron un tanto sus cabalgaduras para dar tiempo a Jhasua.
—Ya imaginaba esto mi
corazón —decía Myriam a su esposo.
"En la carpetita debe
traer Jhasua escritas las señas donde están las grutas, y eso era lo que
absorbía su atención.
— ¡Oh! Este hijo santo
que Jehová nos ha dado, Myriam, nos da cada lección silenciosa, que si
sabemos aprenderla seremos santos también.
Y el anciano, con sus
ojos humedecidos de llanto, continuaba mirando a Jhasua, que llegaba
sin temor alguno al leproso.
Le vieron que le quitó
el sacón de piel y le tomó las manos.
Fue un momento de
mirarle a los ojos con esa irresistible vibración de amor que penetraba
hasta la médula como un fuego vivificante, que no dejaba fibra sin
remover.
Myriam y Joseph no
podían oír sus palabras, pero nosotros podemos oírlas, lector amigo,
después de veinte siglos de haber sido pronunciadas.
En los Archivos Eternos de la Luz, maga de los
cielos, quedaron escritas como queda grabado todo cuanto fue pensado,
hablado y sentido en los planos físicos:
—Eres joven, tienes una
madre que llora por ti; hay una doncella que te ama y te espera unos
hijos que podrán venir a tu lado. Lo sé todo, no me digas nada. Judas de
Saba me ha informado de todo cuanto te concierne.
—Sálvame, Señor, que ya
no resisto más el dolor en el cuerpo y el dolor en el alma —exclamó el
infeliz leproso, que sólo tenía veintiséis años.
—El poder divino que
Dios me ha dado, y que tú fe ha descubierto en mí, te salvan. Anda y
báñate siete veces en el Jordán y vuelve al lado de tu madre. Sé un buen
hijo, un buen esposo y un buen padre, y esa será tu acción de gracia al
Eterno Amor que te ha salvado. Di a tus compañeros que hagan lo mismo, y
si creen como tú en el Poder Divino, serán también purificados.
El enfermo iba a
arrojarse a los pies de aquel hermoso joven, cuyas palabras le
hipnotizaban causándole una profunda conmoción. Pero sintió que todo su
cuerpo temblaba y se sentó sobre el heno seco que bordeaba el camino.
— ¡Anda!, no temas nada
—le dijo Jhasua montando de nuevo y volviendo al lado de sus padres que
le esperaban.
Los otros viajeros se
perdían ya en una de las innumerables vueltas del tortuoso camino
costeando peñascos enormes, y que pensaban sin duda en que el infeliz
leproso sería un familiar de Jhasua por cuanto le prestaba tal atención.
No ha comprendido aún la
humanidad lo que es el amor, que no necesita los vínculos de la sangre
ni las recompensas de la gratitud, para darse en cuanto tiene de grande
y excelso como una vibración permanente del Atman Supremo, que es amor
inmortal por encima de todas las cosas.
Nuestros tres viajeros
quedaron por este retraso a cierta distancia de la caravana, lo cual les
permitía hablar con entera libertad.
— ¡Qué obra grande has
hecho hijo mío! —le dijo Joseph mirando a Jhasua con esa admiración que
producen los hechos extraordinarios.
—Era lástima tan joven y
ya inutilizado para la vida —añadió Myriam, esperando una explicación de
Jhasua que continuaba en silencio—. ¿Se curará hijo mío?
—Sí, madre, porque cree
en el Divino Poder y eso es como abrir todas las puertas y ventanas de
una casa para que entre en torrente avasallador el aire puro que lo
renueva y transforma todo.
— ¿Habrá otros leprosos
allí? —volvió a preguntar ella.
—Han quedado veinte de
los treinta y dos que había desde hace mucho tiempo.
"Los otros murieron
cuando los Terapeutas del Santuario dejaron de socorrerles. Eran ya de
edad y su mal estaba muy avanzado. La miseria los consumió más pronto.
— ¿Y no podría evitarse
Jhasua este mal espantoso que va desarrollándose tanto en nuestro país?
—Cuando los hombres sean
menos egoístas desaparecerá la lepra y la mayoría de los males que
afectan a la humanidad. La extremada pobreza hace a los infelices de la
vida, ingerir en su cuerpo las materias descompuestas como alimento. Los
tóxicos de esas materias ya en estado de putrefacción, entran en la
sangre y la cargan de gérmenes que producen todas las enfermedades. Los
gérmenes corrosivos van pasando de padres a hijos, y la cadena de dolor
se va haciendo más y más larga.
"Cuando los felices de
la vida amen a los infelices tanto como a sí mismos se aman, se acabarán
casi todas las enfermedades, y sólo morirán los hombres por agotamiento
de la vejez o por accidentes inesperados.
"He podido curar
leprosos, paralíticos y ciegos de nacimiento; pero no he podido aún
curar a ningún egoísta. ¡Qué duro mal es el egoísmo! Una honda decepción
pareció dibujarse en el expresivo semblante de Jhasua, cuya palidez
asustó a su madre.
Hijo mío —le dijo—,
estás tan pálido que me pareces enfermo.
Jhasua queda así cuando
salva a otros de sus males. Se diría que por unos momentos absorbe en su
cuerpo físico el mal de los curados —añadió su padre.
Jhasua les miraba a
entrambos y sonreía en silencio.
Veo que os vais tornando
muy observadores —dijo por fin.
Cuando has curado a
Jhosuelín y a mí, te he visto también palidecer —dijo Joseph—. Pero me
figuro que si el Señor te da la fuerza de salud para los otros, te
repondrá la que gastas en ellos.
—Es así padre como lo
piensas. Ya me pasa este estado de laxitud, porque los enfermos ya
entraron en renovación.
— ¿Pero, se curarán
todos? —preguntó alarmada Myriam temerosa de que tantos cuerpos
enfermos agotasen la vida de su hijo. Jhasua comprendió el motivo de esa
alarma.
— ¡Madre! —le dijo con
infinita ternura—. No me des el dolor de adivinar en tu alma ni una
chispa de egoísmo. La vida de tu hijo vale tanto como esas veinte vidas
salvadas.
"También ellos tienen
madres que les aman como tú a mí. Ponte tú en lugar de una de ellas y
entonces pensarás de otra forma.
— ¡Tienes razón hijo
mío! Perdóname el egoísmo de mi amor de madre. Eres la luz mía, y sin
ti, me parece que me quedaría a obscuras.
—Tendrás que aprender a
sentirme a tu lado, aunque yo desaparezca del plano físico...
—¡Dios Padre, no lo
querrá, no!. . ¡Moriré yo antes que tú!... —dijo ella como en un sollozo
de angustia.
— ¿Ves madre el dolor de
esas madres que ven morir vivos a sus hijos en las cavernas de los
leprosos?
—Sí hijo mío!, lo veo y
lo siento. Desde hoy te prometo averiguar donde hay un leproso para que
tú le cures. Yo soy la primera curada por ti del egoísmo.
"¡Ya estoy curada Jhasua!...
¡Ante Dios Padre que nos oye, entrego mi hijo al dolor de la humanidad!
Y la dulce madre
rompió a llorar a grandes sollozos.
— ¿Qué hiciste Jhasua,
hijo mío, qué hiciste? —decía Joseph, tomando una mano de Myriam y
besándola tiernamente.
— ¡Nada padre! Es que al
sacarse ella misma la espina que tenía clavada en el alma, le ha causado
todo este dolor. Pero ya estás curada madre, para siempre, ¿verdad?
Esto lo decía Jhasua ya
desmontado de su asno y rodeando con su brazo la cintura de su madre.
—Sí hijo mío, sí, ya
estoy curada.
Y la admirable mujer
del amor y del silencio, secaba sus lágrimas y sonreía aquel hijo-luz
que tenía al alcance de sus brazos.
El camino se acercaba
más y más al río Jordán, cuyas mansas aguas se veían correr como en el
fondo de un precipicio encajonado entre dos cadenas de montañas.
Los viajeros tenían al
occidente la mole gigantesca del monte Ebat de 8.077 pies de altura,
cuyas cimas cubiertas de nieve iluminadas por el sol de la tarde, les
daba el aspecto de cerros de oro recortados sobre el azul turquí de
aquel cielo diáfano y sereno.
— ¡Qué bella es Samaría!...
—exclamaba Jhasua absorto en la contemplación de tan espléndida
naturaleza—. Me recuerda los panoramas del Líbano, con la cordillera del
Hermón, más alto que estos montes Ebat.
—Los recordamos, hijo
mío —contestaba Joseph— pues los hemos contemplado a través de nuestras
lágrimas de desterrados cuando contigo, pequeñito de diez y siete meses
pasamos allí cinco años largos.
—Mi vida os trajo muchas
pesadumbres —dijo Jhasua— y acaso os traerá muchas más.
— ¡No hagas malos
augurios, hijo mío! —le dijo su madre— ni hables de las pesadumbre que
trajo tu vida. ¿Qué padres no las tienen por sus hijos?
—Y más en estos tiempos
—añadió Joseph— en que la dominación romana tiene tan exasperados a
nuestros compatriotas, que cometen serias imprudencias a cada paso. Uno
de los hermanos de Débora está preso en Archelais y no sé si podré
verle.
— ¡Cómo! ¿Y no habías
dicho nada?... Joseph, eso no está bien.
— ¡Mujer!... no quise
decírtelo por evitarte una amargura. Entonces no pensaba en hacer este
viaje y creí que todo pasaría sin que tú lo supieras.
— ¿Y la esposa y los
hijos? —volvió a preguntar Myriam.
—El hijo mayor que ya
tiene veinte años como nuestro Jhasua, está al frente del molino ayudado
por mi hijo Matías a quien le pedí que se ocupase del asunto.
—Y ¿qué crimen le
imputan para llevarlo a la cárcel? —preguntó Jhasua.
—Este cuñado mío —decía
Joseph— estuvo siempre en desacuerdo con los herodianos y sus malas
costumbres, y no se cuidó nunca de hablar en todas partes
exteriorizando sus rebeldías. Cuando Herodes hizo modificar la antigua
ciudad de Yanath y le dio el nombre de su hijo mayor Archelais,
mi cuñado levantó con el pueblo una protesta porque aquel viejo nombre
venía desde el primer patriarca de ¡a tribu de Manases que se estableció
en esa región, y fue quien construyó el primer santuario que el pueblo
hebreo tuvo al entrar en esta tierra de promisión.
"Con esta protesta ya
quedó sindicado como un revoltoso, y cualquier sublevación que hay en
el pueblo, la cargan sobre él. El infeliz tuvo la equivocada idea de que
una protesta justa y razonable como era, pudiera torcer el capricho de
la soberbia de un rey que tenía la pretensión de que los nombres de sus
hijos se inmortalizaran hasta en los peñascos de este país usurpado a
los reyes de Judá.
Hace dos lunas, cuando
los herodianos celebraban el aniversario de la coronación de Herodes el
Grande como rey de la Palestina, apareció apedreada y rota la estatua
suya que estaba en la plaza del mercado, y arrancada la placa de bronce
en que está escrito el nuevo nombre de la ciudad.
"Los herodianos
señalaron en seguida a mi cuñado como incitador a este desorden. Eso es
todo.
— ¿No habéis hecho nada
por salvarle? —preguntó Jhasua interesándose en el asunto.
—Se ha hecho mucho, y
ahora sabremos si hay esperanzas de libertarlo —contestó Joseph.
En Jhasua se había
despertado ya el ansia suprema de justicia y de liberación para el
infeliz cautivo que se hallaba en un calabozo cuando tenia nueve hijos
que alimentar.
Sus padres lo
comprendieron así y Joseph dijo a Myriam en voz baja:
—Aquí va a pasar algo;
ya preveo un prodigio de esos que sólo nuestro Jhasua puede hacer.
— ¡Calla, que no nos
oiga! —Decía Myriam—. Le disgusta mucho que hagamos comentarios sobre
las maravillas que obra.
Cuando llegaron a
Archelais, lo primero que vieron fue la gran plaza mercado y la estatua
del Rey Herodes sin cabeza y sin brazos provocando las risas y burlas de
sus adversarios.
Jhasua sumido en hondo
silencio parecía absorto en la profundidad de sus pensamientos.
—Padre —dijo de pronto—
los que están felices y libres, no necesitan de nosotros. Dejemos a mi
madre en la casa familiar y vamos tú y yo a ver al tío Gabes en su
prisión. —Bien hijo, bien.
La pobre esposa
desconsolada, se abrazó de Myriam y lloró amargamente.
—Sé que tu hijo Jhasua
es un Profeta que hace maravillas en nombre de Jehová —le dijo entre
sollozos.
"Dile tú que salve a mi
esposo del presidio, y mis hijos y yo le seremos fieles siervos hasta el
fin de su vida.
Jhasua alcanzó a oír
estas palabras, y acercándose al tierno grupo, le dijo:
—No llores buena mujer,
que nuestro Padre Celestial ya ha tenido piedad de ti. Hoy mismo comerá
el tío Gabes en tu mesa. Pero, ¡silencio!, ¿eh? que las obras de Dios
gustan albergarse en el corazón y no andar vagando por las calles y las
plazas.
Luego de un breve saludo
a los familiares, Jhasua y su padre, guiados por Matías fueron a la
alcaidía del presidio.
Según habían convenido
mientras iban, Joseph se ofrecería como fianza por la libertad
provisional del preso, con la promesa de pagar la reconstrucción de la
estatua.
El alcaide era un pobre
hombre sin mayor capacidad, pero con una gran dosis de dureza y egoísmo
en su corazón.
Desde que lo vieron,
Jhasua lo tomó como blanco de los rayos magnéticos fulminantes que
emanaba su espíritu en el colmo de la indignación.
—Señor —le dijo, luego
que habló el padre—. Pensad que ese hombre tiene nueve hijos para
mantener y que no hay pruebas dé haber sido él quien rompió la estatua
del Rey.
—No encontrando al
culpable, debe pagar él, que en otras ocasiones amotinó al pueblo por
bagatelas que en nada le perjudicaban —contestó secamente el alcaide.
La presión mental de
Jhasua iba en aumento y el alcaide vacilaba.
—Bien —dijo— que venga
el escriba y firmaréis los tres el compromiso de pagar la restauración
de la estatua. Aunque no sé cómo os arreglaréis porque el escultor que
la hizo, ha muerto, y no se encuentra en todo el país quien quiera
restaurarla.
—Eso corre de nuestra
cuenta —dijo Jhasua—. Hay quien la reconstruye si ponéis en libertad
ahora mismo al prisionero.
El escriba levantó acta
que firmaron Joseph, Matías y Jhasua.
El preso les fue entregado, y Jhasua les
dijo después de la emocionada escena del primer encuentro que ya
imaginará el lector:
—Bendigamos a Dios por
este triunfo, y volved los tres a donde está la familia para salvarles
de la inquietud.
—Esto será por poco
tiempo; de todas maneras os agradezco en el alma cuanto habéis hecho por
mí —le contestó Gabes.
— ¿Por poco tiempo
decís? —Preguntó Jhasua—. ¿Creéis entonces que os detendrán de nuevo?
—Seguramente, en cuanto
no aparezca reconstruida la estatua. Esos herodianos andan como perros
rabiosos. No apareciendo el verdadero culpable, volverán por mí.
— ¡No tío Gabes!... ¡no
volverán! Te lo digo en nombre de Dios —afirmó Jhasua con tal entonación
de voz, que los tres hombres se miraron estupefactos.
— ¡Que Dios te oiga
sobrino, que Dios te oiga!
— ¡Gracias! Yo vuelvo a
la plaza del mercado donde tengo una diligencia urgente que hacer. Y sin
esperar respuesta, Jhasua dio media vuelta y aligeró el paso en la
dirección que había indicado.
— ¿Tiene amigos aquí tu
hijo? —preguntó Gabes a Joseph.
—Que yo sepa no, pero él
ha crecido y vivido hasta ahora entre los Esenios, y es impenetrable
cuando se obstina en el silencio. Es evidente que algo hará en favor
tuyo. Sus palabras parecen indicarlo. Dejémosle hacer. ¡Este hijo es tan
extraordinario en todo!
La alegría de Ana,
esposa de Gabes y de todos sus hijos y familiares, formó un cuadro de
conmovedora ternura al verle ya libre.
"—Hoy mismo comerá el
tío Gabes en tu mesa" —me dijo al llegar esta mañana tu hijo Myriam.
"¡Oh!, ¡es un profeta al
cual el Señor ha llenado de todos sus dones y poderes supremos!...
—exclamaba entre sus lloros y risas la pobre mujer, madre de cuatro
niñitos pequeños, porque los cinco mayores eran de las primeras nupcias
de Gabes.
— ¿Dónde dejasteis a
Jhasua? —preguntaba Myriam a los tres recién llegados— porque vamos a
sentarnos a la mesa, y es triste comer sin él en este día de tanta
alegría.
—Ya le hice esa
observación y dijo que venía en seguida-.
Mientras tanto Jhasua
llegó a la plaza y se ubicó discretamente a la sombra de una hiedra que
formaba una rústica glorieta, a veinte pasos de la estatua rota.
Aunque era invierno, un
sol ardiente caía de plano sobre los bloques de piedra que pavimentaban
la inmensa plaza. Los vendedores encerrados en sus carpas aprovechaban
para comer tranquilos el tiempo de cese de las ventas que marcaba la
ordenanza.
Jhasua se sentó en el
único banco que había en la glorieta y sintió que todo su cuerpo vibraba
sobrecargado de energía, en forma tal, como no se había sentido jamás.
Y oyó en su mundo
interior uno voz muy; profunda que le decía "no temas nada". "Las
fuerzas vivas de la naturaleza te responden. El sol está sobre ti como
un fanal de energía poderosa. La libertad de un hombre que alimenta
nueve hijos, está en juego.
"Entrégate como
instrumento a las fuerzas vivas, y duerme. La Energía Eterna hará lo
demás". Y se durmió profundamente.
Muy pronto se despertó
porque al salir los vendedores de sus tiendas daban gritos ofreciendo
sus mercancías. Miró hacia la estatua rota, y la vio en perfecto estado
como si nada hubiera ocurrido.
Pensó en acercarse a
observarla de cerca, pero no quiso hacerlo para no llamar la atención en
esos momentos. Nadie en la plaza demostraba haber observado el
extraordinario acontecimiento.
Jhasua elevó su
pensamiento de acción de gracias al Supremo Poder que así le permitía
librar a un padre de familia de una injusta prisión, y volvió
apresuradamente a casa de Gabes, donde su tardanza empezaba a causar
inquietudes.
—Tío Gabes —dijo al
entrar— ya no tienes que temer nada del alcaide, porque la estatua rota
ha sido restaurada, y está perfecta.
— ¿Quién lo hizo
—preguntaron varias voces a la vez.
— ¿Quién ha de ser? ¡Los
obreros del Padre Celestial, del cual os acordáis muy poco para lo que
El se merece, con tanto que os ama! contestó Jhasua y se sentó a la
mesa.
Myriam, Joseph y los
dueños de casa se miraron como interrogando. El índice de Myriam puesto
sobre los labios les pidió silencio y callaron.
Cuando se terminó la
comida, todos quisieron ir a la plaza, para ver y tocar la estatua ya
reparada, a la vez que acompañaban a los viajeros a incorporarse a la
caravana.
Gabes y Ana hacían que
todos sus hijos besaran la mano de Jhasua, que de tan prodigiosa manera
había anulado la condena de su padre.
Matías que tenía cuatro
hijos, acercaba los suyos pidiendo a Jhasua que les conservara la salud
y la vida, porque eran débiles y enfermizos.
—Matías —le dijo él—
cuida de enseñar a tus hijos a amar a Dios y al prójimo, y El será quien
cuide y conserve su salud y su vida.
—A mi regreso en la
próxima luna visitaré tu casa —añadió Jhasua— porque he visto que uno de
tus hijos vendrá conmigo.
Cuando montó en su
cabalgadura luego de haber ayudado a su madre, todas las manos se
agitaban en torno de él que les decía:
—Porque me amáis, callad
lo ocurrido, que el silencio .es hermano de la paz.
— ¡Es un Profeta de
Dios!... —quedaron diciendo en voz baja todos.
—Myriam y Joseph
merecían tal hijo y el Señor se los ha dado —decía Gabes.
—Pero la pobre madre
vive temblando por ese hijo —añadió Ana, pues desde muy pequeño se vio
obligado a huir de persecuciones de muerte.
—Fue cuando la matanza
de niños betlehemitas —dijo Matías— que mi padre tuvo que llevarle muy
lejos porque era a él a quien buscaban por orden de Herodes el viejo,
cuya estatua acaba de restaurar Jhasua con él poder de Dios.
Mientras los familiares
comentan a media voz los sucesos, nosotros, lector amigo, lo haremos
también con la antorcha de la razón y el estilete de la lógica.
El prodigioso
acontecimiento que llenaba de asombro a los fami