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 LAS ESCRITURAS DEL PATRIARCA ALDIS

 

Dos días después Jhasua se dejaba envolver por la suave ternura del hogar paterno, que se sintió rebosante de dicha al cobijarle de nuevo bajo su vieja techumbre.

El lector adivinará los largos relatos que como una hermosa fili­grana de plata se destejía alrededor de aquel hogar, pleno de paz y hon­radez, de sencilla fe y de inagotable piedad.

Jhasua era para todos, el hijo que estudiaba la Divina Sabiduría para ser capaz de hacer el bien a sus semejantes. Se figuraban que él debía saberlo todo y las preguntas le acosaban sin cesar.

Sólo Myriam, su dulce madre, le miraba en silencio sentada junto a él, y parecía querer descubrir con sus insistentes miradas, si la vida se lo había devuelto tal como le vio salir de su lado. Su admirable in­tuición de madre, encontró en la hermosa fisonomía de su hijo, algo así como la leve huella de un dolor secreto y profundo, pero nada dijo por el momento, esperando sin duda estar a solas con él para decírselo.

El joven Maestro que había en verdad alcanzado a desarrollar bas­tante sus facultades superiores y sus poderes internos, también percibió cambios en sus familiares más íntimos.

Joseph, su padre, aparecía más decaído y su corazón funcionaba irregularmente. Cualquier pequeño incidente le producía visible agitación.

Jhosuelín había adelgazado mucho, y tenía una marcada apariencia de enfermo del pecho.

Ana estaba resplandeciente con su ideal belleza de efigie de cera.

Su tío Jaime que tan intensamente le amaba, había venido desde Cana para encontrarse a su llegada.

Sus hermanos mayores ya casados, acudieron con algunos de sus hijos, niños aún, para que Jhasua les dijera algo sobre su porvenir, ¡La eterna ansiedad de los padres por saber anticipadamente si sus retoños tendrán vida próspera y feliz!

—Tú que eres un profeta en ciernes, debes saber estas cosas —le decían medio en broma y medio en serio.

Jhasua, acariciando a sus sobrinos, decía jovialmente tratando de complacer a todos, sin decir necedades.

—Tened por seguro que todos ellos serán lo que el Padre Celestial quiere que sean, y El sólo quiere la paz, la dicha y el bien de todos sus hijos.

Y cuando pasada la cena, fueron retirándose todos a sus respec­tivas moradas, quedaron por fin solos junto a la mesa, Myriam, el tío Jaime y Jhosuelín, para los cuales Jhasua tuvo siempre confidencias más íntimas. Y el alma grande y buena del futuro redentor de humanidades, fue abriendo sus alas lentamente como una blanca garza que presintiera cerca las caricias del sol, y los suaves efluvios de brisas perfumadas de jaz­mines y madreselvas.

—Jhasua... —le dijo tímidamente su madre— ¡en estos 19 meses que duró tu ausencia, has crecido bastante de estatura y creo que también tu corazón se ha ensanchado mucho!... Me parece que has padecido fuertes sacudidas internas, aunque no acierto con la causa de ellas.

"Bien sabes que nosotros tres, hemos comprendido siempre tus más íntimos sentimientos.

"Si necesita tu alma descansar en otras almas muy tuyas, ya lo sabes Jhasua. ¡Somos tuyos siempre!

Ya lo sé madre mía, ya lo sé y esperaba con ansia este momento. En mis varias epístolas familiares, nada puedo deciros de mis intimi­dades, pues sabía que ellas serían leídas por todos mis hermanos y sabéis que ellos muy poco me comprenden, a excepción de Jhosuelín, Jaime y Ana.

Uno de los Terapeutas peregrinos —añadió el tío Jaime— nos trajo la noticia de grandes curaciones que habías hecho, y que todo el camino desde el Tabor a Ribla fue sembrado de obras extraordinarias que el Señor ha obrado por intermedio tuyo. Paralíticos curados, de­mentes vueltos a la razón, y creo que hasta una mujer muerta vuelta a la vida.

Pero el Terapeuta también os habrá dicho —dijo Jhasua—, que nada de todo eso se podía repetir a persona alguna fuera de vosotros.

No pases cuidado, hermano —dijo Jhosuelín—, que de nosotros nada de esto ha salido a la luz. Nos han mandado callar y hemos callado.

—Bien. Veo que en vosotros puedo confiar. No debe importaros que muchos familiares me juzguen duramente, pensando que pierdo el tiempo.

—No, eso no lo piensan por el momento Jhasua —intervino Myriam— pues todos esperan en que tú serás el que des brillo y esplendor a la familia, como muchos de los Profetas del pasado. Y hasta suponen algunos, que acaso tú contribuyas a que salga de la oscuridad la Fra­ternidad Esenia, para libertar a la nación hebrea de la opresión en que se encuentra.

—Y otros esperan —añadió Jaime— que seas tú mismo el salvador de Israel, y me consta que le han hecho grandes averiguaciones a tu padre.

—Y él, ¿qué ha contestado?

—Sencillamente que tú estudias para ser un buen Terapeuta en bien de tus semejantes, y les ha quitado toda ilusión de grandezas ex­traordinarias.

—En efecto —contestó Jhasua— lo que el Señor hará de mí, no lo sé aún. Yo me dejo guiar d e los que por hoy son mis maestros y me in­dican cual es mi camino. Confieso que por mí mismo sólo una cosa he descubierto y es que por mucho que hagan todos los espíritus de buena voluntad por la dicha de los hombres, aún faltan algunos milenios de años para que ese sueño pueda acercarse a la realidad. Tal sucederá cuando el Bien haya eliminado el Mal, y hoy el mal sobre la tierra es un gigante más grande y más fuerte que Goliat.

—Pero una piedrecilla d« David le tiró a tierra —dijo Jhosuelín— como para alentar a Jhasua en su glorioso camino.

— ¡Sí, es verdad! y Dios hará surgir de entre rebaños de ovejas o de las arenas del desierto, el David de la hora presente —añadió Jaime.

—Así lo dicen los papiros con sus leyendas de los siglos pasados —contestó Jhasua—. La humanidad terrestre fue desde sus comienzos esclava de su propia ignorancia y del feroz egoísmo de unos pocos. Y en todas las épocas desde las más remotas edades, Dios encendió lámparas vivas en medio de las tinieblas. Como los Profetas de Israel, los hubo en todos los continentes, en todos los climas y bajo todos los cielos.

"Y el alma se entristece profundamente cuando ve el desfile heroico de mártires de la Verdad y del Bien, que dieron hasta sus vidas por la dicha de los hombres, y aún ahora el dolor hace presa de ellos.

"Grandes Fraternidades como ahora la Esenia hubo en lejanas edades; los Flamas lémures, los Profetas blancos atlantes, los Dacthylos del Ática, los Samoyedos del Báltico, los Kobdas del Nilo, los ermitaños de las Torres del Silencio de Bombay, los mendicantes de Benarés; y todos ellos que suman millares, hicieron la dicha de los hombres a costa de tremendos martirios que costaron muchas vidas.

"Pero esa dicha fue siempre efímera y fugaz, porque la semilla del mal germina, en esta tierra tan fácil y rápidamente, cuanto con lentitud y esfuerzo germina la buena simiente.

— ¿Qué falta, pues, para que ocurra lo contrario? —interrogó Jaime.

—Falta... falta tío Jaime, más sangre de mártires para abonar la tierra y más lluvia de amor para fecundar la semilla... —contestó Jhasua con la voz solemne de un convencido.

"Creedme, que entrar en el templo de la Divina Sabiduría es abra­zarse con el dolor, con la angustia suprema de querer y no poder llegar, a la satisfacción del íntimo anhelo de encontrar la dicha y la paz para los hombres.

"Los emisarios de Dios de todas las épocas, han marcado el camino, mas la humanidad, en su gran mayoría, no quiso seguirlo y no lo quiere aún hoy. Por eso vemos un mundo de esclavos sometidos a unos pocos ambicio­sos audaces, que pasando sobre cadáveres han escalado las cimas del poder y del oro, y desde allí dictan leyes opuestas a la Ley Divina, pero favorables a sus intereses y conveniencias.

"No es sólo Israel que soporta el humillante dominio de déspotas extranjeros. Toda la humanidad es esclava, aún cuando sea de la misma raza el que gobierna los países que forman la actual sociedad humana.

"Durante más de un milenio, los Kobdas del Nilo en la prehistoria, hicieron sentir brisas de libertad y de paz en tres continentes; ¡pero la humanidad se enfurece un día de verse dichosa, aniquila a quienes tuvie­ron el valor de sacrificarse por su felicidad, y se hunde de nuevo en sus abismos de llanto, de crimen y de horror!

"Adivinabas, madre, que he padecido en mi ausencia. Es verdad y seguiré padeciendo por la inconciencia humana, que ata las manos a los que quieren romper para siempre sus cadenas.

—Piensa, hijo mío, que tu juventud te lleva a tomar las cosas con un ardor y vehemencia excesivos.

¿Acaso eres tú culpable de la dureza de la humanidad para escuchar a los enviados divinos?

—Madre: si tuvieras unos hijos que sin querer escucharte se preci­pitaran en abismos sin salida, ¿no padecerías tú por la dureza de su co­razón?

—Seguramente, pero eran hijos, parte de mi propia vida. Mas tú padeces por la ceguera de seres que en su mayoría no conoces ni has visto nunca.

— ¡Madre!... ¿qué has dicho?

¿Y la Ley?...  ¿no me manda la ley amar al prójimo como a mí mismo, y no somos todos hermanos, hijos del Padre Celestial?

   Sí, hijo mío, pero piensa un momento en que el Padre Celestial permite esos padecimientos y deja en sufrimiento a sus hijos, no obstante de que los ama, acaso más de lo que tú amas a todos tus semejantes. Está bien sembrar el bien, pero padecer tanto por lo irremediable. . . ¡pobre hijo mío!, es padecer inútilmente con perjuicio de tu salud, de tu vida y de la paz y dicha de los tuyos, a los cuales has venido ligado por voluntad divina. ¿No hablo bien, acaso?

Eres como Nebai, la dulce flor de montaña, que amándome casi tanto como tú, sólo piensa en verme feliz y dichoso. ¡Santos y puros amores, que me obligan a plegar mis alas y volver al nido suave y tranquilo, donde no llegan las tormentas de los caminos que corren hacia el ideal supremo de liberación humana!

¡Está bien madre!. . . está bien; ¡el amor vence al amor, mientras llega la hora de un amor más fuerte que el dolor y la muerte!

¿Qué quieres decir con esas palabras? —preguntó inquieta la dulce madre.

—Que tu amor y el amor de Nebai me suavizan de tal modo la vida, que no quisiera pasar de esta edad para continuar viviendo de ese dulce ensueño que ambas tejéis como un dosel de seda y flores para mí.

El tío Jaime y Jhosuelín habían bien comprendido todo el alcance de las palabras de Jhasua, pero callaron para no causar inquietudes en el alma pura y sencilla de Myriam. Unos momentos después, ella se retiró a su alcoba, dichosa de tener de nuevo a su hijo bajo su techo, mientras él con Jaime y su hermano que tenían habitación conjunta, continuaban hablando sobre el estado precario y azaroso en que el pueblo se debatía sin rumbo fijo y dividido en agrupaciones ideológicas, que la lucha continua iba llevando lentamente a un caos, cuyo final nadie podría prever.

La noticia del regreso de Jhasua a la risueña y apacible Galilea, llegó pronto a sus amigos de Jerusalén, y apenas habrían transcurrido 25 días, cuando llegaron a Nazareth cuatro de ellos: José de Arimathea, Nicodemus, Nicolás de Damasco y Gamaliel.

Joseph, el dichoso padre, que sentía verdadera ternura por José de Arimathea, les recibió afablemente, sintiendo grandemente honrada su casa con tan ilustres visitantes.

—Ya sé, ya sé —les decía— que venís curiosos de saber si vuestro discípulo ha aprendido bastante. Yo sólo sé que me hace feliz su regresó, pero si en la sabiduría ha hecho adelantos o no, eso lo sabréis vosotros. Pasad a este cenáculo, que en seguida le haré venir.

Y les dejó para ir en busca de Jhasua que recorría el huerto, ayudando a su madre a recoger frutas y hortalizas.

—He aquí —decía Gamaliel aludiendo a Joseph:— el prototipo del Galileo honrado, justo, que goza de la satisfacción de no desear nada más de lo que tiene.

—En verdad —añadía Nicolás— que la Eterna Ley no pudo elegir sitio más apropiado para la formación y desarrollo espiritual y físico de su Escogido. ¡Aquí todo es sano, puro, noble! Difícilmente se encontraría un corazón perverso en Galilea.

—En cambio, nuestro Jerusalén es como un nidal de víboras —añadió Nicodemus, observador y analítico por naturaleza.

— ¿Y habéis pensado a que se deberá este fenómeno? —interrogó José de Arimathea.

—Tengo observado —contestó Nicodemus— que los sentimientos religiosos muy exaltados hacen de una ciudad cualquiera, un campo de luchas ideológicas que degenera luego en odios profundos y producen la división y el caos. Y creo que esto es lo que pasa en Jerusalén.

—Justamente —afirmó Gamaliel—. La exaltación del sentimiento re­ligioso, obscurece la razón y hace al espíritu intolerante y duro, aferrado a su modo de ver y sin respeto alguno para el modo de ver de los demás.

—Además —dijo Nicolás— los hierosolimitanos se creen la flor y nata de la nación hebrea, y miran con cierta lástima a los galileos y con des­precio a los samaritanos, que ni siquiera se dan por ofendidos de tales sentimientos hacia ellos.

—Aquí llega nuestro Jhasua —dijo José de Arimathea, adelantándose hacia él y abrazándole antes que los demás—. ¡Pero estás hecho un hom­bre! —le decía mirándole por todos lados.

— ¿Querías que siguiera siendo aquel parvulito travieso que os hacia reír con sus diabluras? —preguntaba sonriendo Jhasua, mientras recibía las demostraciones de afecto de aquellos antiguos amigos, todos ellos de edad madura.

Y así que terminaron los saludos de práctica, iniciaron la conversa­ción que deseaban.

Quien mayor confianza tenía en la casa, era José de Arimathea y así fue que él la comenzó:

—Bien sabes Jhasua —dijo— que nuestro grado de conocimiento de las cosas divinas nos pone en la obligación de ayudarte en todo y por todo a desenvolver tu vida actual con las mayores facilidades posibles en este atrasado plan físico. Y cumpliendo ese sagrado deber, aquí estamos Jha­sua esperando escucharte para formar nuestro juicio.

—Continuáis, por lo que veo, pensando siempre que yo soy aquel que vosotros esperabais... —dijo con cierta timidez Jhasua y mirando con delicado afecto a sus cuatro interlocutores.

—Nuestra convicción no ha cambiado absolutamente en nada —dijo Nicodemus.

—Todos pensamos lo mismo —añadió Nicolás.

—Cuando la evidencia se adueña del alma humana, no es posible la vacilación ni la duda —afirmó por su parte Gamaliel.

— ¿Tú no has llegado aún a esta convicción Jhasua? —le interrogó José.

—No —dijo secamente el interrogado—. Aun no he visto claro en mi Yo íntimo, siento a veces en mí una fuerza sobrehumana que me ayuda a realizar obras que pasan el nivel común de las capacidades humanas. Siento que un amor inconmensurable se desata en mi fuero interno como un ven­daval que me inunda de una suavidad divina, y en tales momentos me creo capaz de darme todo en aras de la felicidad humana. Mas todo esto pasa como un relámpago, y se desvanece en el razonamiento que hago, de que todo aquel que ame a su prójimo como a sí mismo en cumplimiento de la Ley, sentirá sin duda lo mismo.

"Las Escrituras Sagradas nos dicen de hombres justos, que poseídos del amor de Dios y del prójimo, realizaron obras que causaron gran admi­ración en sus contemporáneos. Esto lo sabéis vosotros mejor que yo.

—Y vuestros maestros Esenios ¿cómo es que no os han llevado a tal convicción? —preguntó Gamaliel.

—Porque esta convicción —según ellos— no debe venir a mí del exte­rior, o sea del convencimiento de los demás, sino que debe levantarse desde lo más profundo de mi Yo íntimo. Ellos esperan tranquilamente que ese momento llegará, más pronto o más tarde, pero llegará. Yo participo de la tranquilidad de ellos y no me preocupo mayormente de lo que seré, sino de debo ser en esta hora de mi vida; un jovenzuelo que estudia la divina sabiduría y trata de desarrollar sus poderes internos lo más posible, a fin de ser útil y benéfico para sus hermanos que sufren.

— ¡Magnífico, Jhasua! —Exclamaron todos a la vez—.

Has hablado como debías hablar tú, niño escogido de Dios en esta hora, para el más alto destino —añadió conmovido José de Arimathea.

— ¿Y qué impresiones has recibido en este viaje de estudio? —le interrogo. Nicodemus

— ¡Algunas buenas!... A propósito; os he traído algo que creo os gustará mucho.

—Veamos, Jhasua. Dilo.

_ —He tomado para vosotros copias de fragmentos de prehistoria que creo que no conocéis.

¿De veras? ¿Y dónde encontraste esos tesoros?

Jhasua les refirió que, un viejo sacerdote de Homero encontrado en Ribla, lo había obsequiado con un valioso Archivo; que según los Esenios venía a llenar grandes vacíos en las antiguas crónicas conservadas por

— ¿Y esas copias de que tratan? —preguntó Nicolás.

Ponen en claro muchos relatos que las Escrituras Sagradas de Israel han tratado muy ligeramente, acaso por falta de datos, o porque en los continuos éxodos de nuestro pueblo, tantas veces cautivo en países extran­jeros, se perdieron los originales.

"Por ejemplo, nuestros libros Sagrados dedican sólo unos pocos ver­sículos a Adán, a Eva, a Abel, y no mencionan ni de paso, a los pueblos y a los personajes que guiaron a la humanidad en aquellos lejanos tiempos.

"Bien veis que salta a la vista lo mucho que falta para decir en nues­tros libros. Adán, Eva, Abel y Caín, no estaban solos en las regiones del Eufrates, puesto que ruinas antiquísimas demuestran que todo aquello estaba lleno de pueblos y ciudades muy importantes.

"¿Quién gobernaba esos pueblos? ¿Qué fue de Adán?, ¿qué fue de Eva?, ¿qué fue de Caín? Si la Escritura atribuida a Moisés llama a Abel el justo amado de Dios, sería por grandes obras de bien que hizo. ¿Qué obras fueron esas, y quiénes fueron los favorecidos por ellas?

"Nuestros libros sólo dicen que fue un pastor de ovejas, pero no podemos pensar que por solo cuidar ovejas, Moisés le llamara el justo, ama­do de Dios.

"Mis copias del Archivo, sacadas para vosotros, explican todo lo que falta a nuestros libros Sagrados que aparecen truncos, sin continuidad, ni ilación lógica en muchos de sus relatos. Sería un agravio a Moisés, pensar que fuera tan deficiente y mal hilvanada la historia escrita por él sobre los orígenes de la Civilización Adámica. Yo creo que vosotros estaréis de acuer­do conmigo sobre este punto.

Los cuatro interlocutores de Jhasua se miraron con asombro de la perspicacia y buena lógica con que el joven maestro defendía sus argu­mentos.

—Bien razonas Jhasua —díjole José de Arimathea— y por mi parte, estoy de acuerdo contigo, tanto más, cuanto que hace años andaba yo a la busca de los datos necesarios para llenar los vacíos inmensos de nuestros Libros Sagrados, que en muchas de sus partes no resisten a un análisis por ligero que sea.

—Perfectamente —añadió Gamaliel—. Estoy encantado de vuestra forma de razonar, pero creo que estaréis de acuerdo conmigo, que es ese un terreno en el cual se debe entrar con pies de plomo.

—No olvidéis que nuestro grande y llorado Hillel, perdió la vida en el suplicio por haber removido esos escombros, y haber dejado al descubierto lo que había debajo de ellos.

—Y en pos de Hillel, muchos otros que corrieron igual suerte —dijo Nicolás—. También yo buscaba al igual que José, pero silenciosamente a la espera de mejores tiempos.

—Creo —observó Nicodemus— que estudios de esta naturaleza de­ben realizarse con gran cautela hasta conseguir poner completamente en claro cuanto se ignora.

—Y así que se haya conseguido, muy tercos serán si se niegan Pontífices y Doctores a aceptar la verdad.

—Poco es lo que he podido copiar, pero ello os dará una idea de lo enorme del Archivo encontrado en Ribla —dijo Jhasua—. Muchas mejo­res informaciones podréis obtener si algún día visitáis el Archivo en el Santuario del Tabor a donde ha sido traído.

— ¿Desde Ribla, más allá de Damasco?

—Desde Ribla, en pleno Líbano.

—"¡Oh, desciende del Líbano, esposa mía, y ven para ser coronada con jacintos y renuevos de palmas!"... —recitó solemnemente Nicode­mus parodiando un pasaje de los Cantares—. Del Líbano tenía que ba­jar la Sabiduría, porque Ella busca las cumbres a donde no llegan los libertinos y los ignorantes. Empiezo a entusiasmarme Jhasua con ese Archivo, y desde luego propongo que vayamos cuanto antes a visitarlo.

—Como gustéis.

— ¿Cuándo regresas tú al Tabor —interrogó José.

—Aun no lo sé, pues dependerá de especiales circunstancias de mi familia. Y como apenas he llegado...

—Sí, sí, comprendo. Pongámonos de acuerdo, y cuando tú decidas volver allá, nos mandas un aviso, y alguno de nosotros irá contigo. ¿Qué os parece?

—Muy bien, José; elijamos de entre nosotros los que deben ir.

—Yo estoy dispuesto y tengo el tiempo suficiente —dijo Nicolás de Damasco.

—Y yo igualmente —añadió Nicodemus—. Pero habrá que llevar intérprete, pues no sé si las lenguas en que aparezcan los papiros serán de nuestro dominio.

—Por esa parte no hay dificultad —observó Jhasua—. En el Tabor hay actualmente diez ancianos escogidos en todos los Santuarios para servirme de Instructores, y entre ellos hay traductores de todas las len­guas más antiguas. Y actualmente ellos están haciendo las traducciones necesarias.

—Bien, bien; quedamos en que irán al Archivo Nicolás y Nicodemus.

—Convenido —contestaron ambos.

—Ahora Jhasua, tráenos tus copias y explícanos, pequeño Maestro como tú lo comprendes —le dijo José afablemente—. Mientras, yo ha­blaré con tus padres para ver si es posible hospedarnos aquí por tres o cuatro días que pensamos permanecer.

—Yo tengo unos parientes cercanos —dijo Nicolás y pernoctaré allí.

—Y yo soy esperado por el Hazzán de la Sinagoga, que es hermano de mi mujer —añadió Gamaliel.

—Entonces Nicodemus y yo seremos tus huéspedes, Jhasua —dijo José saliendo del cenáculo juntamente con él para entrevistarse con Myriam y Joseph.

José de Arimathea y Nicodemus eran familiares, pues recordará el lector que estaban casados con dos hijas de Lía, la honorable viuda de Jerusalén que ya conocemos.

—Y poco después de la comida del mediodía, en el modesto cenáculo de Joseph, el honrado artesano de Nazareth, se formó como una minús­cula aula donde los cuatro ilustres viajeros venidos de Jerusalén, el tío Jaime y Jhosuelín, escuchaban a Jhasua que leía su copia de fragmentos del Archivo y hacía los más hermosos y acertados comentarios.

_ Tomé copia —dijo Jhasua— de la parte final de la actuación de

Adán y Eva, y de Abel su hijo, sacrificado por la maldad de los hombres. Fue lo que mayor interés me despertó, porque no lo dicen nuestros Li­bros y yo lo ignoraba por completo. Adán y Eva no fueron los rústicos personajes que nos figuramos, sino figuras descollantes en esa civiliza­ción neolítica, y a su hijo Abel, lo llaman esas Escrituras, el Hombre-Luz.

"¡Quién sabe si no ha sido él el Mesías Salvador del Mundo que nosotros esperamos aun, por ignorar la historia de aquellos tiempos remotos!

—Cada época tiene su luz —dijo Gamaliel—. En los campos side­rales como en los campos terrestres, aparecen de tanto en tanto estre­llas nuevas y lámparas vivas que iluminan las tinieblas de la humanidad.

—Sí, es verdad —afirmó Nicodemus—. Bien pudo ser Abel el Me­sías de aquella época, como puede ser Jhasua, el Mesías de la hora pre­sente.

Este guardó silencio, se inclinó sobre su copia como si sólo esto le absorbiera el pensamiento, y luego de unos instantes dijo:

—Uno de los diez Instructores que tengo en el Tabor, permaneció catorce años en la gran Biblioteca de Alejandría por orden de la Fra­ternidad Esenia, y allí, en unión de nuestro gran hermano de ideales Filón, han extraído cuanto allí encontraron para los fines que se buscan, que como todos lo sabéis, es el poner en claro los orígenes del actual ciclo de evolución humana, porque en las Escrituras Sagradas hebreas, ni en las persas, ni en las indostánicas, no se encuentra una verdadera historia que resistan un buen análisis.

—Es verdad —dijo Gamaliel—. Todo aparece brumoso, cargado de simbolismo y de fantasías hermosas si se quiere, pero que no están de acuerdo ni con la razón ni con la lógica.

—Y es necesario —añadió Nicolás— que al comenzar el ciclo veni­dero, la humanidad nueva que ha de venir, encuentre la verdadera his­toria de su pasado, a fin de que, la oscuridad no la lleve a renegar de unos ideales que no le merecen fe, pues que están edificados sobre cas­tillos de ilusiones, propias sólo para niños que no han llegado a usar la razón.

—Creo que llegaremos a un éxito bastante halagüeño si no com­pleto— observó Jhasua.

"Este relato, por ejemplo, es parte de los ochenta rollos de papiro que se conocen bajo el nombre de "Escrituráis del Patriarca Aldis", que un escultor alejandrino encontró excavando en los subsuelos de las vie­jas ruinas de granito y mármol, sobre las cuales hizo levantar Ptolomeo I, Alejandría, la gran ciudad egipcia que inmortalizó el nombre de Alejandro. El escultor buscaba bloques dé mármol para sus trabajos, y al romper un trozo de muralla derruida, se encontró con una lápida funeraria que indicaba cubrir las cenizas del Patriarca Aldis, muerto a la edad de ciento tres años.

"Al levantar la losa se encontró un cuerpo momificado, que había sido sometido al embalsamamiento acostumbrado por los egipcios desde la más remota antigüedad.

"Y en la urna funeraria se encontró hacia la cabeza, un volumi­noso rollo de papiros bajo doble cubierta de lino encerado y de piel de foca: eran estas "Escrituras del Patriarca Aldis" que parecen ser el re­lato más extenso conocido hasta hoy, sobre el asunto que nos ocupa a todos los que anhelamos conocer la verdad.

—Y ese Patriarca Aldis, ¿qué actuación tuvo en aquella lejana edad? —interrogó Nicodemus.

—Fue el padre de Adamú, que estudiando el relato, se ve, que este nombre corresponde al de Adán de los libros hebreos. El Patriarca Aldis era originario de un país de Atlántida, que se llamaba Otlana, y que fue de los últimos en hundirse cuando la gran catástrofe de aquel Continen­te. Refiere con muchos detalles, la salida de la gran flota marítima del Rey de Otlana huyendo de la invasión de las aguas hacia el Continente Europeo. Entre el numeroso acompañamiento de tropas, servidumbre y familiares, Aldis era Centurión de los lanceros del rey, casado con una doncella de la servidumbre particular de la princesa Sophía, hija única del soberano, la cual amaba al capitán de la escolta real. Co­mo el rey se opuso a tales amores, allí empezó la lucha, pues al llegar al Ática, la princesa debía casarse con el heredero de aquel antiguo rei­no, enlace de pura conveniencia para la alianza de fuerza que se quería realizar entre el soberano Atlante y el poderoso monarca del Ática pre­histórica.

"Fue entonces que resolvieron huir: Aldis con su mujer Milcha, y la Princesa Sophía con Johevan, Capitán de la Guardia del Rey; y en una pequeña embarcación de las numerosas que formaban la flota lle­garon a una pequeña isla del Mar Egeo. Las dos parejas prófugas se internaron luego hacia el oriente, de isla en isla, y luego por la costa norte del Mar Grande. De Milcha nació Adamú, y de Sophía nació Evana. "Aldis y Johevan fueron luego capturados por los piratas que comerciaban con esclavos, y llevados a una gran ciudad riel Nilo, Neghadá, donde una antigua institución de beneficencia y de estudio pagaba muy buenos rescates. La embarcación con las dos mujeres y los niños muy pequeñitos, fue llevada por la corriente en una noche de viento has­ta la costa de lo que hoy es Fenicia, donde encalló.

"Y en una caverna de las montañas de la costa, hallaron refugio aquellas cuatro débiles criaturas humanas. La caverna había sido habi­tación de muchos años de un solitario, muerto ya de vejez, y había de­jado allí con sus siembras y cultivos, una pequeña majada de renos do­mésticos que ayudaron a vivir a los desterrados, pues una reno madre crió con su leche a los pequeños. Las madres acostumbradas a otro gé­nero de vida, se agotaron prontamente, sobre todo la princesa Sophía que murió la primera. Poco después murió Milcha, y los dos niños de muy pocos años quedaron solos con la majada de renos, viviendo de los peces que arrojaban las olas a la costa, y de las frutas y legumbres se­cas almacenadas por el solitario. El gran río Eufrates llegaba entonces casi hasta la orilla del mar, pues fue siglos después que desvió su curso un gran rey de Babilonia, para hacerlo pasar por en medio de la ciudad y construir así los jardines colgantes que fueron por mucho tiempo la más grande maravilla del mundo. Y entre las praderas deliciosas del Eufrates y la costa accidentada del mar, pasaron su primera vida Adamú y Evana. Allí fue que encontraron a Caín en una barquilla abandonada, con su madre muerta, lo cual ocurría con mucha frecuencia en esclavas que huían por los malos tratamientos, o esposas secundarias que no soportaban el despotismo de la primera esposa.

"La joven pareja que sólo tenía 13 años adoptó al huerfanito, al cual se unió tiempo después Abel nacido de Evana, lo cual parece haber dado motivo a que se creyera que ambos fueran hijos de Adamú y Evana.

"Yo os lo cuento a grandes rasgos, pero "Las Escrituras del Pa­triarca Aldis" que más tarde encontró a los niños, ya padres de Abel, relatan con minuciosos detalles todos los acontecimientos y de tal for­ma, que la verdad razonable y de una lógica irresistible, fluye de aquel relato como el agua clara de un manantial.

El Patriarca Aldis —observó Nicodemus—, fue, pues, un testigo ocular de los acontecimientos, lo cual da motivo bien fundamentado para que podamos decir que estamos en posesión de la verdadera historia.

Y un testigo ocular desde los 24 años de su edad hasta los 103 que duró su vida física —añadió Jhasua—. Sólo hay un paréntesis —di­jo el joven Maestro— y es desde que Aldis y Johevan fueron capturados por los piratas, hasta que nuestro Patriarca Aldis encontró de nuevo a los niños, ya de 14 años, en la misma caverna entre el Eufrates y el mar donde los dejaron sus madres. Pero este paréntesis se salva lógica­mente con lo que los mismos niños ya adolescentes debieron referir al Patriarca, en cuanto a los detalles de su vida desde que ellos lo recordaban.

"A más, el mismo Patriarca Aldis hace referencia en el primer papiro, a un tierno y conmovedor relato escrito por la princesa Sophía en su propia lengua atlante, el cual refiere detalladamente la vida que ambas mujeres hicieron en la caverna desde que sus esposos fueron cau­tivos.

"La princesa lo escribió para que los niños supieran su origen, y lo confió a Mucha, madre de Adamú, que la sobrevivió varios años. 1      —La evidencia es notoria —dijo José de Arimathea— y sobre todo, una lógica tan natural, tan sin artificio que no deja la menor sombra de duda respecto a los acontecimientos.

—Y aún hay más —afirmó Jhasua— y es la concordancia de ciertos hechos del relato en cuanto a fechas, con lo que se sabe por otras antiguas escrituras de otros autores y otros países. Por ejemplo: las invasiones de los mares sobre los Continentes, en forma que toda Europa y Asia Cen­tral quedaron bajo las aguas, coincide con la fecha en que el Patriarca Aldis relata que abandonó su país el rey Atlante Nohepastro, y su gran buque-palacio con toda su flota anduvo varios meses sobre las aguas, hasta que éstas bajaron y sus barcos encallaron en las cimas de las mon­tañas de Manh, la Armenia de ahora, que salieron a flor de agua por su elevación.

—¡Oh! mi querido Jhasua, todo esto es maravilloso y podemos decir con toda satisfacción que la Fraternidad Esenia, nuestra madre, es dueña de la verdad en cuanto a los orígenes de esta civilización que hasta hoy, triste es decirlo, estaba basada sobre una fábula infantil: Dios formando con sus manos un muñeco de barro al cual sopla y le da vida; le arranca luego una costilla y sale la mujer, compañera de su existencia —decía Nicolás de Damasco, como si se le quitara un enorme peso de encima.

—Y aún hay más —observó Nicodemus— y es que de ninguna for­ma la lógica podía arreglar lo que siguió después. En los principios del Libro del Génesis luego de relatar el asesinato que hizo Caín en la per­sona de Abel, añade que el asesino huyó hacia el oriente al país de Nod, donde se casó y tuvo hijas y fundó un pueblo. ¿De dónde sacó Caín mujer para casarse, si la única mujer del mundo era Eva sacada de la costilla de Adán? Esto sólo prueba que había seres humanos en aquellas comar­cas, y que el origen de la especie humana se remonta a muchísimos siglos anteriores al relato de nuestro Génesis, que en esa parte tan reñida con la razón y con la lógica, no puede de ninguna manera atribuirse a Moisés, sin hacer un estupendo agravio al gran genio que dio a los hombres el grandioso Decálogo, que servirá a la humanidad de norma de vida justa, mientras habite este planeta.

—Sobre este punto —respondió Jhasua— he presenciado largos de­bates y comentarios entre mis sabios maestros Esenios, y todos hemos llegado a la conclusión siguiente:

"La verdadera historia debió perderse en la noche de los tiempos al finalizar la Civilización Sumeriana, en el Asia Central y Mesopotámia Norte, por la invasión de los hielos polares que durante una larga época devastaron esas regiones, al extremo de quedar casi desiertas.

"Esto sin duda dio motivo a que Adán y Eva niños y solos con sus madres en el país de Ethea, que hoy es Fenicia, se creyeran por largo tiempo únicos habitantes de la comarca.

"Más tarde, o sea tres siglos después de Adán y Eva, la gran Alian­za de los pueblos fundada por los Kobdas del Nilo, fue destruida por luchas fratricidas, por invasiones de razas bárbaras que asolaron toda la región del Eufrates, llegaron hasta el África Norte y destruyeron a sangre y fuego cuanto había hecho de grande y bueno la gloriosa Frater­nidad Kobda.

"Neghadá era por entonces el Archivo de mundo civilizado y Neghadá fue destruida y degollados sus moradores.

"Dios quiso que aquel inmenso Santuario guardase en los sub­suelos, y entre las urnas funerarias labradas en granito, muchas y valio­sas Escrituras, debido a la costumbre de los antiguos Kobdas, de guardar junto a la momia de un hermano fallecido, algo de lo que en vida hu­biera hecho. Y así el que había escrito algo, tenía allí sus papiros; el que había sido artífice, tenía también junto a su momia algunos de sus trabajos, el que había sido geómetra, químico, astrónomo o cultivador de cualquier rama del saber humano, algo de todo ello tenía en su urna funeraria. Y nuestro hermano Filón conserva en su museo particular, una momia encontrada en excavaciones de las ruinas de Neghadá, con una lira de oro colocada sobre el pecho.

"Pero volviendo al punto iniciado por Nicolás de Damasco a lo cual he querido contestar con todo lo dicho, debo añadir lo que oí a mis maestros del Tabor: No sabiendo la verdadera historia del origen de la civilización Adámica, los primitivos cronistas creyeron sin duda engrandecer los acontecimientos envolviéndolos en esa bruma maravillosa. Es bien sabido y bien conocida la tendencia de las humanidades primitivas a lo maravilloso, a lo que sobrepasa el límite a donde llega la razón, en todos los casos en que no ha sabido dar explicación lógica de un hecho cualquiera.

"Durante la Civilización Sumeriana, se sabe que hubo una especie de sociedad secreta cuyo origen venía del lejano oriente. La formaban magos negros de la peor y más funesta especie conocida entre los huma­nos, y para ocultar su existencia la llamaban "La Serpiente" y "Anillos" a los que formaban dicha agrupación. Todos los males, todas las enfer­medades, epidemias, tempestades, inundaciones, todo era atribuido a "La Serpiente", y nuestros comentaristas Esenios juzgan, acertadamente, que de allí surgió la fábula de la serpiente que engañó a Eva. En fin, que si algún día vosotros estudiáis a fondo las "Escrituras del Patriarca Aldis" y otras más que hay, creo que comprenderéis como yo, y como todos los que anhelamos la verdad, y no una leyenda que no puede satisfacer jamás a quienes buscan razonamiento y clara lógica en lo que se refiere a la his­toria de nuestra civilización.

Pasado el preludio, Jhasua —dijo José de Arimathea—, creo que bien podríamos iniciar la lectura de la copia que nos has traído.

Como todos demostrasen asentimiento, el joven Maestro comenzó así:

"Escrituras del Patriarca Aldis — Papiro Setenta — Refiere la muerte del Thidalá de la Gran Alianza, Bohindra, y su reemplazo por el joven Abel, llamado el Hombre-Luz.

"Una ola inmensa de paz y de justicia se extendía desde los países del Nilo, por las costas del Mar Grande, y hacia el oriente en las tierras bañadas por el gran río Eufrates y sus afluentes; y. hacia el norte hasta el Ponto Euxino y el Mar del hielo (el Báltico) y hasta las faldas de la cordillera del Káucaso.

"A tres Continentes había llegado la influencia de los hombres de la toga azul, entre lote cuales había bajado como una estrella de un cielo lejano, el Ungido del Altísimo para elevar el nivel moral y espiritual de la humanidad.

"Dos centenares de pueblos se habían unido al influjo de un hombre, mago del amor, el incomparable Bohindra, genio organizador de socie­dades humanas, entre las cuales desenvolvió su misión Abel, el Hombre-Luz, hijo de Adamú y Evana.

"Una larga vida había permitido a Bohindra recoger el fruto de su inmensa siembra, y la Fraternidad humana era una hermosa realidad en los países a donde había llegado la Ley de la Gran Alianza, esa obra magna del genio y del amor, puestos al servicio de la gran causa de la unificación de pueblos, razas y naciones.

"Bohindra, anciano ya y cargado, más que de años, de merecimien­tos, veía terminada su labor. Veía a su biznieto Abel, retoño de Evana hija de su hijo Johevan, que se levantaba como un joven roble pleno de savia, de fuerza, de genio; y sonreía lleno de noble satisfacción. Veía a bu nieta Evana ya llegada a los treinta años, apoyada en Adamú su com­pañero de la niñez que habían respondido ampliamente a la educación recibida de las Matriarcas Kobdas, y eran Regentes de los "Pabellones de los Reyes" escuelas-templos, donde se formaba la juventud de los paí­ses aliados.

"¿Qué más podía desear? ¿Qué le faltaba por hacer?

"El Altísimo había fecundado todos sus esfuerzos, dado vida real a todos sus anhelos de paz y fraternidad humana, y nadie padecía hambre y miseria en toda la extensión de la Gran Alianza.

"Y por fin, como un halo de luz orlando su cabeza, veía a su fiel compañera Ada que circunstancias especiales pusieron a su lado como una aurora de placidez que ahuyentaba todas las sombras, como un fresco rosal plantado inesperadamente en su camino, como un don de Dios a su corazón solitario. Y rebosante su alma de dicha y de paz, con los ojos húmedos de emoción decía la frase habitual del Kobda agradecido a la Divinidad: "¡Basta, Señor, basta!... que en este pobre vaso de arcilla no cabe ni una gota más!"...

"Y haciendo un postrer saludo con ambas manos a todos cuantos le amaban, y a la muchedumbre que le aclamaba desde la gran plaza del Santuario, se retiró del ventanal porque ya la emoción le ahogaba y se sentó ante su mesa de trabajo donde durante tantas noches y tantos días había dado vida a sabias y prudentes leyes, a combinaciones ideológicas grandiosas, a sus sueños de paz y fraternidad entre los hombres.

   

 

"Y su alma que ya desbordaba, se vació sobre un papiro de su car­peta. .. el último papiro que debía grabar:

 

—"¡Señor!... ¿qué puedo ya darte

Si cuanto tuve lo di?...

¿Qué puede hacer esta chispa

Que sea digno de Ti?...

 —Los hombres en este mundo

Te han visto y hacia Ti van!...

Si no pierden el camino

Pronto hasta Ti llegarán.

—Te saben Padre y te aman,

Buscan tu luz y calor;

Te saben grande y excelso

Y te dan su adoración..

—Tus dones les hacen buenos,

Supo tu amor perdonar

Dolorosos extravíos

De esta pobre humanidad.

—Si en esta heredad que es tuya

Una gota nada más

Puso la savia de mi alma

Y la ayudó a fecundar.

—Que esa gota se convierta

En un anchuroso mar,

De aguas dulces y serenas

Que su sed puedan calmar!

 —Si un solo grano de arena

Mi débil mano aportó

Para el castillo encantado

De los que buscan tu amor,

Que se torne en fortaleza

Opuesta al negro turbión...

¡Señor!... Si todo lo he dado

¿Qué más puedo darte yo?...

—Si soy sólo en tus jardines

Mariposilla fugaz,

en los mares de la vida

Ola que viene y se va...

Si soy pájaro que anida

En las ramas de un pinar

su nido lo destruyen

Las furias del huracán.

Si soy una chispa errante,

Gota de agua nada más,

Flor de efímera existencia,

Mariposilla fugaz,

¡Déjame, Señor, diluirme

En tu Eterna inmensidad!...

¿No es hora de que la gota Retorne a su manantial?...

¿No es hora de que la chispa Se refunda en el volcán?. . .

¿No puede la mariposa Sus tenues alas plegar ?...

Soy viajero fatigado,