
CAPITULO 8
Era como
estar estirado sobre la mesa de la cocina, en un aeroplano a tres
kilómetros de altura, y que a uno lo sacaran a patadas por la
puerta. En un momento dado el avión estaba allí, entero, a pocos
centímetros de mis dedos... Yo caía, pero podía sujetarme y volver a
bordo, si lo necesitaba desesperadamente.
Un
momento después era demasiado tarde; el objeto más próximo al que
podía aferrarme estaba a quince metros de mí, alejándose a treinta
metros por segundo. Yo caía solo, directamente hacia abajo. Ahora
era directamente hacia abajo, y aceleradamente.
Oh,
caramba, pensé. ¿Estoy seguro de que quiero hacer esto?
Cuando se
vive para el momento presente, el salto en paracaídas es
divertidísimo. Sólo cuando uno comienza a preocuparse por el momento
siguiente el salto pierde su brillo.
Caía por
el salvaje torbellino, vigilando la tierra. Qué grande era, qué dura
y plana. Y sintiéndome horriblemente pequeño, por mi parte. No había
cabina, no había nada a que aferrarse.
No hay
que preocuparse, Richard, pensé. Aquí mismo, en el pecho, tienes la
manivela del extractor; Puedes tirar de ella en el momento que
quieras y enseguida saldrá el paracaídas. Hay otro extractor como
reserva, por si falla el paracaídas principal. Puedes tirar de él
ahora, si te tranquiliza, pero así te perderás la diversión de la
caída libre.
Eché un
vistazo al altímetro que tenía en la muñeca. Dos mil cuatrocientos
metros. Dos mil ciento quince...
Allá
abajo, en tierra, había un blanco de grava blanca en el que yo
planeaba caer de pie, dentro de no muchos segundos. Pero ¡cuánto
aire vacío entre el ahora y el entonces! Oh, caramba...
Una parte
de nosotros es siempre el observador; pase lo que pase, él observa.
Nos observa a nosotros. No le importa si somos felices o
desgraciados, si nos sentimos bien o descompuestos, si vivimos o
morimos. Su única función es estarse ahí, sentado en nuestro hombro,
y juzgar si somos o no seres humanos que valgan la pena.
Encaramado en mi arnés de reserva, el observador, con su pequeño
equipo y su paracaídas propio, tomaba notas sobre mi conducta.
Mucho
más nervioso de lo que debería estar en esta etapa. Ojos
excesivamente dilatados; ritmo cardíaco, acelerado. Mezclada a la
euforia hay una medida adicional de miedo. Calificación de Salto No.
29, hasta el momento:
Bueno
- menos.
Mi
observador es exigente en sus calificaciones.
Altitud
mil novecientos metros... mil cuatrocientos cuarenta...
Si pongo
las manos hacia adelante en esta tormenta de viento, caeré con los
pies hacia abajo; con las manos atrás, caeré de cabeza hacia tierra.
Así creía yo que sería volar sin avión, exceptuando el desolado
deseo de que se pudiera ir hacia arriba con tanta velocidad como
hacia abajo. Hasta con un tercio de esa velocidad me conformaría.
Está en la luna de Valencia durante la caída
libre. Su mente vaga sin sentido.
Calificación revisada: Regular - más.
Altitud
mil ciento diez metros. Todavía muy alto, pero mi mano buscó el
extractor, pasó el pulgar derecho por la argolla y tiró con fuerza.
El cable se deslizó hacia afuera; Oí un repiqueteo a mi espalda, que
debía ser el paracaídas al abrirse.
Tiró
pronto. Demasiado ansioso por ponerse a resguardo. Regular.
El
repiqueteo continuaba. A esa altura ya hubiera debido sentir el
sacudón, como la caída en un montón de plumas, que causa el
paracaídas principal al abrirse. En cambio, nada me detenía. Sin
motivo alguno, mi cuerpo comenzó a girar raudamente.
¿Algo...?
Pensé. ¿Hay algo mal?
Miré
hacia el repiqueteo por sobre el hombro. El paracaídas pataleaba y
se desdibujaba, atrapado en una correa del arnés. Allí donde debería
haberse desplegado el telamen principal, sólo había un gran nudo de
nylon enredado; los rojos, los azules y los amarillos rugían en el
torbellino.
Dieciséis
segundos... quince... para arreglarlo antes de chocar contra el
suelo. Me parecía, mientras giraba, que iba a caer justo antes del
naranjal. Tal vez entre los árboles, pero probablemente no.
Hay que
cortar, me habían enseñado en la práctica. Se supone que debo cortar
el telamen principal ahora mismo y desplegar el de reserva. ¿Es
justo que me falle el paracaídas en el vigésimo noveno salto? ¡No
creo que sea justo!
Mente
descontrolada. No hay disciplina. Regular - menos.
Fue
cuestión de suerte, entonces, que el tiempo aminorara la marcha. Un
segundo tardaba todo un minuto en pasar.
Pero ¿por
qué me cuesta tanto subir las manos hasta el dispositivo de
lanzamiento y separarme de las ruinas del telamen?
Mis manos
pesaban toneladas; las acerqué, en cámara lenta, hasta las hebillas
de mis hombros, con un esfuerzo enorme.
¿Vale la
pena? ¡Nadie me dijo que costaría tanto llegar a las hebillas! En
una furia salvaje contra los instructores, lancé un manotazo cuando
sólo faltaba un centímetro y desgarré los dispositivos de
lanzamiento.
Lento,
lento. Demasiado lento.
Dejé de
girar sobre mi eje, rodé sobre mi espalda para desplegar la reserva
y, aturdido por la sorpresa, ¡vi que el nylon enredado seguía
conmigo! Yo era como una cañita voladora invertida, atado a una
refulgente llama de tela que caía, un cohete disparado hacia abajo
desde el cielo.
—Alumnos,
escuchen —había dicho el instructor—. Es probable que esto no les
suceda nunca, pero no lo olviden: nunca desplieguen el paracaídas de
reserva dentro del principal, cuando éste haya fallado, porque
también el de reserva les fallará. Se enroscará dentro del otro y ni
siquiera amortiguará la caída. ¡CORTEN SIEMPRE!
¡Pero si
yo había cortado! Y allí estaba el principal, enredado, todavía
atascado en el arnés.
Mi
observador resopló, disgustado, por sobre su anotador.
Pierde
racionalidad bajo presión: Reprobado.
Sentí que
la tierra caía hacia arriba detrás de mí. El pasto me golpearía en
la parte trasera del cuello a una velocidad aproximada de
doscientos kilómetros por hora.
Un modo
rápido de morir, por cierto. ¿Cómo no veo centellear mi vida
delante de mis ojos, cómo no abandono el cuerpo antes del golpe,
como dicen los libros? ¡DESPLIEGA EL DE RESERVA!
Actúa
demasiado tarde. Formula preguntas irrelevantes. Básicamente, un
ser humano pobre.
Tiré del
expulsor de emergencia; instantáneamente, el paracaídas de reserva
me estalló junto a la cara, saliendo de su mochila como un chorro de
seda, disparado hacia el cielo. Corrió a lo largo del harapo que era
el telamen principal. Ahora sí que estaba atado a dos cañitas
voladoras.
De
pronto, un cañonazo blanco y el objeto se abrió, se abrió por
completo, deteniéndome en el aire con una sacudida, a ciento veinte
metros por sobre el naranjal; era una marioneta quebrada,
balanceándose en sus hilos, rescatada a último momento.
El tiempo
volvió a poner marcha rápida, los árboles pasaron como latigazos,
golpeé el suelo con mis botas y caí en el pasto; muerto no:
respirando con fuerza.
¿Acaso ya
me había estrellado cabeza abajo, pensé, para después hacerme
arrastrar dos segundos hacia atrás en el tiempo, mediante un
paracaídas de misericordia, y así salvarme?
La muerte
por caída era un futuro alternativo que a duras penas había logrado
no escoger; al ver que se apartaba de mí tuve ganas de saludarla con
la mano. Saludarla casi con tristeza. En ese futuro, que ya era un
pasado alternativo, tenía súbitas respuestas a mi prolongada
curiosidad con respecto a la muerte.
Sobrevivió al salto. Se salvó por suerte y destacada acción de
ángeles de la guarda. Ángeles de la guarda: Sobre-saliente. Richard:
Reprobado.
Recogí el
paracaídas de reserva en un amoroso abrazo, que lo convirtió en un
fresco montón de espuma junto al principal, fallado. Luego me senté
en el suelo, junto a los árboles; reviví los últimos minutos, anoté
en mi libreta lo que había pasado, lo que había visto y pensado, lo
que ese perverso observador había dicho, la triste despedida a la
muerte, todo cuanto podía recordar. Mi mano no temblaba al escribir.
O bien el salto no me había provocado ningún shock, o bien lo estaba
reprimiendo por venganza.
Ese día,
de regreso en mi casa, no tuve a nadie con quien compartir la
aventura; nadie me hizo las preguntas que hubieran podido indicarme
valores pasados por alto. Kathy tenía la noche libre y había ido a
pasar las primeras horas con otra persona. Los hijos de Brigitte
tenían una representación teatral en la escuela. Jill estaba cansada
de tanto trabajar.
Lo mejor
que pude hacer fue comunicarme a larga distancia con Rachel, que
vivía en Carolina del Sur. Un placer oírme, y cuando quisiera pasar
por su casa estaría encantada, dijo. No mencioné el salto, la falla
del paracaídas ni el otro futuro, mi muerte en el naranjal.
Esa
noche, para celebrar, me preparé un
Kartoffelkuchen, siguiendo exactamente la
receta de mi abuela: patatas, leche, huevos, nuez moscada y
vainilla; le puse un baño de azúcar y chocolate amargo derretido;
comí la tercera parte caliente y a solas.
Pensando
en el salto, llegué a la conclusión de que, de todos modos, no se lo
habría contado a nadie. ¿No habría sido exhibicionismo, jactarme de
haberle escapado a la muerte? ¿Y qué podían decirme los demás? "
¡Caramba! ¡Qué momento terrible! ¡Tienes que cuidarte más!"
El
observador volvió a encaramarse y a escribir. Yo lo miraba por el
rabillo del ojo.
Está
cambiando. Cada día más remoto, protegido, distante. Ahora arma
pruebas para el alma gemela que no ha hallado, levanta muro,
laberinto, fortaleza de montaña; la desafía a hallarlo en el centro
oculto de todo eso. Va un sobresaliente por su autoprotección con
respecto a la única en el mundo a quien podría amar y que tal vez un
día lo ame. Ahora está lanzado en una carrera... ¿Lo encontrará ella
antes de que él se mate?
¿Matarme?
¿Suicidio? Ni siquiera nuestros observadores saben quiénes somos.
No era culpa mía, lo del paracaídas. ¡Una falla descabellada que no
volvería a ocurrir!
No me
molesté en recordar que había sido yo quien doblara ese paracaídas.
Una
semana después aterricé para cargar combustible. Ya era tarde y ese
día todo había andado mal en mi enorme, veloz Mustang P-51. Fallas
en las radios, freno izquierdo flojo, generador quemado,
temperaturas del refrigerante inexplicablemente en rojo e
inexplicablemente solucionadas. Decididamente, no era el mejor de
mis días; decididamente, era el peor de los aviones que había
piloteado nunca.
A casi
todos los aviones se los ama, pero con algunos no nos entendemos
jamás.
Aterrizar
y cargar combustible, arreglar el freno y volver a despegar, cuanto
antes. Un vuelo largo, vigilando instrumentos según los cuales no
todo estaba bien detrás de esa enorme hélice. Ni una sola parte del
avión costaba menos de cien dólares, y los repuestos que se estaban
rompiendo como juncos costaban miles.
Las
ruedas del gran avión de combate flotaron a treinta centímetros de
la pista, en Midland, Texas; por fin tocaron. De inmediato estalló
el neumático izquierdo y el avión se desvió bruscamente hacia el
borde del pavimento; en el tiempo de un parpadeo estuvo fuera de la
pista, en la tierra.
No había
tiempo. Como aún tenía bastante velocidad como para volar, di toda
la potencia y lo obligué a ascender otra vez.
Mala
decisión. No tenía suficiente velocidad para volar.
El avión
levantó el morro por cuestión de un segundo, pero ése fue su último
esfuerzo. Las artemisas restallaron por debajo; las ruedas se
posaron e instantáneamente se rompió el aterrizador principal
izquierdo. La monstruosa hélice golpeó contra el suelo y, al
doblarse ella, el motor se acabó con un aullido, estallando por
dentro.
Me fue
casi familiar: el tiempo volviendo a la cámara lenta. ¡Y mira quién
está aquí! ¡Mi observador, con anotador y lápiz! ¿Cómo te va,
amigo? ¡Hace días que no te veo!
Charla
con observador mientras avión se destroza infernalmente entre las
artemisas. Puede ser el peor piloto jamás visto.
Los
accidentes con Mustang, como muy bien sabía yo, no son el moco de
pavo que se puede ver todos los días. Los aparatos son tan grandes,
tan rápidos, tan letales, que barren con todo lo que esté en el
camino y estallan en súbitos y bonitos bólidos de fuego, en
amarillo-flama, anaranjado-dinamita y negro-fatalidad, detonando
tornillos y fragmentos setecientos metros a la redonda del punto de
impacto. El piloto ni se entera.
Torciéndose hacia mí, a ciento veinte kilómetros por hora, llegaba
el impacto: un cobertizo de grupo electrógeno diesel, en el medio
de la nada desierta; una casilla de generador, como un tablero de
ajedrez anaranjado y blanco, que se creía a salvo allí de
arrollamientos por parte de enormes y veloces aviones. Se
equivocaba.
Unos
cuantos tumbos más en el trayecto y desapareció el otro aterrizador,
además de media ala derecha; el tablero de ajedrez se hizo enorme en
el parabrisas.
¿Cómo es
posible que no haya abandonado mi cuerpo? Todos los libros dicen...
Me vi
lanzado hacia adelante, contra el arnés del hombro, cuando
chocamos. El mundo se volvió negro.
Por
algunos segundos no vi nada. Indoloro.
Hay mucho
silencio, aquí en el cielo, pensé, enderezándome, sacudiendo la
cabeza.
Totalmente indoloro. Un siseo tranquilo, suave... ¿Qué puede estar
siseando en el cielo, Richard?
Al abrir
los ojos, descubrí que el cielo parecía una casilla de generador
diesel demolida, aplanada bajo los restos de un avión muy grande.
Lento
como tortuga para entender lo que está pasando.
¡Un
momento! ¿No será que esto... no es el cielo? ¡No he muerto! ¡Estoy
sentado en lo que queda de esta cabina y el avión todavía no
estalló! ¡Va a hacer VAUNF en dos segundos y yo estoy atrapado aquí!
¡No voy a morir en el estallido, voy a morir quemado!
Diez
segundos después corría a toda velocidad, a doscientos metros de los
humeantes restos que fueran un avión hermoso, sí bien no confiable,
ni barato, ni dulce. Tropecé y me arrojé boca abajo en la arena, tal
como hacen los pilotos de las películas, un segundo antes de que
toda la pantalla explote en pedazos. Boca abajo, cubriéndome el
cuello, esperé el estallido.
Puede
moverse a notable velocidad cuando capta, finalmente.
Medio
minuto. No pasó nada. Otro medio.
Levanté
la cabeza para espiar.
Entonces
me puse de pie, sacudiéndome tranquilamente la arena y la artemisa
de la ropa. Sin razón alguna, una antigua melodía de
rock-and-roll
comenzó a resonarme en la mente. Apenas me di cuenta. ¿Trataba de
mostrarme indiferente?
Hijo
de... Nunca se ha visto un modelo '51 que no vuele como un polvorín
encendido; la única excepción es el desastre esparcido por allí, del
cual yo era piloto últimamente. Ahora tendré que llenar una pila de
papeles, presentar un montón de informes... Pasarán horas antes de
que pueda tomar un vuelo regular hacia el oeste, desde aquí. La
melodía seguía matraqueando.
No sufre
muchos efectos de la impresión. Distinguido - más en frialdad cuando
todo ha pasado.
Halagado,
silbando la melodía, volví a lo que restaba del Mustang, busqué mi
bolsa de ropas y mi equipo de afeitar y los puse en lugar seguro.
Cabina
fuerte; eso, al menos, hay que reconocérselo a esta cosa.
¡Por
supuesto! El avión no había estallado porque, al aterrizar, nos
habíamos quedado sin combustible.
A esa
altura, más o menos, el observador se desvaneció, sacudiendo la
cabeza, y aparecieron las autobombas. Los bomberos no parecieron muy
interesados en lo que yo les decía sobre la falta de combustible.
Por las dudas, cubrieron de espuma los restos.
Me
preocupaban las radios, algunas de las cuales estaban en la cabina,
indemnes; cada una costaba más que el oro.
— ¿Pueden
tratar de que no entre espuma en la cabina, por favor, amigos? Las
radios...
Demasiado
tarde. Como precaución contra el incendio, llenaron la cabina hasta
el tope.
Y bueno,
pensé, indefenso. Y bueno y bueno y bueno.
Caminé un
kilómetro y medio hasta la terminal del aeropuerto; saqué pasaje en
el vuelo regular siguiente, presenté el informe de accidente más
reducido posible e indiqué a los barrenderos dónde podían llevar
los pedazos del obstinado aparato.
En ese
momento, al anotarles mi dirección en un escritorio del hangar,
recordé la letra de la melodía que me estaba rebotando en la cabeza
desde un momento antes de chocar.
Shi-bum,
shi-bum... y un montón de y-atatá y-atatás. ¿Por qué estaré
tarareando esa canción?, me pregunté. Después de veinte años, ¿por
qué ahora?
A la
canción no le importaba por qué. Siguió
matraqueando: Life could be a dream/ Shi-bum/ If I could take you
to paradise up-above/ Shi-bum... La vida
podría ser un sueño si yo pudiera llevarte al paraíso, allá
arriba...