Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 7

Richard Bach

 

CAPITULO 7

—Preferiría que no fumaras en la casa, Kathy.

Levantó la vista, sorprendida, con el encendedor a dos centímetros de su cigarrillo.

—Anoche no te molestó.

Puse nuestros platos en el lavavajillas, pasé la esponja sobre la mesa. Ya hacía calor afuera; la mañana sólo tenía algunas borlas altas; nubes dispersas a mil ochocientos metros, visibilidad veinte kilómetros, con neblinas leves. No había viento.

Ella estaba tan atractiva como el día anterior; yo de­seaba conocerla mejor. ¿Acaso los cigarrillos iban a alejar a esa mujer a quien podía tocar, con quien podía conversar por más de un minuto?

—Si me permites, voy a decirte lo que pienso de los cigarrillos —dije.

     

Me tomé un largo rato para decírselo.

—...1 por eso es como decir a todos los que te rodean —concluí—, es como decir: "Me interesas tan poco que no me importa si no puedes respirar. ¡Muérete, si quieres, que yo voy a fumar!"No es una costumbre muy cortés, la de fumar. No es cosa de hacer con la gente que te gusta.

En vez de llenarse de espinas y desaparecer por la puerta, ella asintió:

—Una costumbre horrible, lo sé. Estaba pensando en dejarla.

Y cerró la cartera con cigarrillos y encendedor adentro.

Con el tiempo la física quedó descartada; lo que deseaba probar era la carrera de modelo. Después, el canto. Tenía una linda voz, hechicera como la de una sirena en un mar neblinoso. Pero de algún modo, cuando pasaba del deseo al trabajo para iniciar una carrera, perdía su dedicación y comenzaba con otro sueño. Por fin todo quedó en mis manos: ¿por qué no la ayudaba a instalar una pequeña boutique?

Kathy era despreocupada, de ideas rápidas; Le encanta­ba el anfibio, aprendió enseguida a pilotear y era una forá­nea incurable. Constituía un cuerpo ajeno a mi organismo, por adorable que fuera, y con frecuencia el organismo tra­taba de rechazarla, con tanta suavidad como le era posible.

Almas gemelas, no seríamos nunca. Éramos dos botes que se encontraban en medio del océano, cada uno cambiando de curso para navegar por un rato en la misma dirección, sobre el mar desierto. Barcos diferentes, rumbo a puertos diferentes. Y lo sabíamos.

Yo tenía la curiosa sensación de estar marcando el tiempo, de estar esperando a que pasara algo para que mi vida pudiera recoger su modalidad extraña, encantada, su finalidad y dirección.

Si yo fuera un alma gemela separada de mi amor, pensaba, esperaría a que ella se las arreglara lo mejor posible sin mí, hasta que, de algún modo, nos encontráramos mutuamente. Mientras tanto, mi querida gemela no descu­bierta, ¿esperas lo mismo de mí? ¿Hasta dónde podemos permitir que se nos acerquen los cálidos extraños?

Una amistad con Kathy es agradable, por el momento, pero no debe estorbar, interferir ni interponerse en la senda de mi amor, venga ella de donde venga.

Era sensual, siempre nueva, mi búsqueda de la mujer perfecta. ¿Por qué esa opresiva sensación de invierno antici­pado? Cualquiera fuese la velocidad con que el tiempo-río

tronaba sobre sus rocas y profundidades, mi balsa estaba atrapada en rápidos nevados. No es mortífero verse detenido por un tiempo, deseaba yo, por sobre el tronar; no creo que P sea mortífero. Pero he escogido este planeta y este tiempo para aprender alguna lección trascendente que no sé cuál es, para encontrar a una mujer diferente de todas.

A pesar de esa esperanza, una voz interior me advertía que el invierno podía convertirme en hielo, a menos que me liberara para encontrarla.