Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 6

Richard Bach

 

CAPITULO 6

Hay una serenidad aprehensiva; viene de dormir bajo el ala de un avión en un sembradío: las estrellas, el viento, la lluvia, colorean a los sueños de realidad. Los hoteles no me parecen instructivos ni serenos.

Hay una debida alimentación balanceada: mezclar ha­rina y agua de los arroyos para hacer pan frito, en los civili­zados páramos de la tierra de cultivo americana. Devorar maníes en los taxis que carretean hacia el estudio de televisión no es muy balanceado.

Hay un orgulloso hurra, el del pasajero que baja indemne de un antiguo biplano para pisar tierra otra vez, con el miedo a las alturas transformado en victoria. La cháchara televisiva metida a la fuerza entre publicidad paga y el tictac de un segundero carece de ese aliento triunfal compartido.

     

Pero ella vale por los hoteles, los maníes y las entrevistas con el ojo pegado al reloj: mi huidiza alma gemela.
Y la voy a hallar, si continúo moviéndome, observando, buscando por los estudios de diversas ciudades céntricas.
No se me ocurría dudar de su existencia, porque en mi derredor veía a muchas casi-como-ella. En mi vida de aviador ambulante había descubierto que Norteamérica
fue colonizada por mujeres notablemente atractivas, pues hoy sus hijas se cuentan por millones. Yo, gitano de paso, las conocía sólo como a encantadoras clientas, dulcemente agradables a la vista por el tiempo de un paseo en biplano.

Para con ellas, mis palabras habían sido prácticas: el avión es más seguro de lo que parece. Si se ata el pelo con una cinta antes de que despeguemos, señorita, le será más fácil cepillarlo al aterrizar. Sí, hay mucho viento; después de todo, son diez minutos en una cabina abierta, a ciento veinte kilómetros por hora. Gracias. Son tres dólares, por favor. ¡De nada! A mí también me gustó el paseo.

¿Eran los programas de entrevistas, el éxito del libro, mi nueva cuenta bancaria o, simplemente, que ya no estaba volando sin parar? De buenas a primeras me estaba encon­trando con mujeres atractivas, como nunca hasta entonces. Concentrado en mi búsqueda, conocí a cada una a través de un prisma de esperanza: cada una era ella, mientras no me demostrara lo contrario.

Charlene, modelo de televisión, habría podido ser mi alma gemela, pero era demasiado bonita. Cada invisible defecto en su imagen del espejo le recordaba que La Pro­fesión es cruel, que sólo disponía de unos pocos años para ganarse la jubilación, para ahorrar a fin de readiestrarse. Podíamos hablar de otra cosa, pero no por mucho tiempo. Siempre volvía a La Profesión. Contratos, viajes, dinero, agen­tes. Era su modo de decir que tenía miedo, y no podía pensar el camino que la sacara de ese mortífero cristal azogado.

Jaynie no tenía miedos. A Jaynie le encantaban las fiestas, le encantaba beber. Encantadora como el alba, se nublaba y suspiraba al descubrir que yo no sabía dónde estaba lo bueno.

Jacqueline no bebía ni iba a fiestas. Rápida e inteligen­te por naturaleza, no podía dar por cierta esa inteligencia. "Abandoné la secundaria", decía, "no hay ningún diploma que lleve mi nombre". Sin diploma una no puede ser ins­truida, ¿no?, y sin instrucción una tiene que  aceptar lo qué consigue y no dejarlo escapar, no dejar escapar la se­guridad de servir en los cócteles, por mucho que eso le despelleje la mente a uno. "Se gana bien", decía. "Yo no tengo instrucción. Tuve que abandonar la escuela, ¿entiendes?"

A Lianne le importaban un bledo los diplomas y los empleos. Ella quería casarse, y el mejor modo de casarse era dejarse ver en mi compañía, para que a su ex esposo le ata­caran los celos y la quisiera otra vez. De los celos surgiría la felicidad.

Tamara amaba el dinero, y era tan deslumbrante, a su modo, que bien valía su precio. Cara de modelo artística, mente que calculaba hasta cuando ella reía. Muy leída, muy viajada, políglota. Su ex esposo era corredor de bolsa y ahora Tamara quería instalar su propia agencia de inver­siones. Cien mil dólares bastarían para hacer brotar el nego­cio del suelo. Sólo cien mil, Richard, ¿no puedes ayudarme?

Si pudiera, pensaba yo. Si al menos pudiera encontrar una mujer con la cara de Charlene, pero con el cuerpo de Lianne y las dotes de Jacqueline, el encanto de Jaynie, el fresco aplomo de Tamara... Entonces estaría frente a un alma gemela, ¿no?

El problema residía en que la cara de Charlene tenía los miedos de Charlene, y el cuerpo de Lianne tenía los problemas de Lianne. Cada nuevo encuentro me intrigaba, pero después de un día los colores se opacaban, la intriga desaparecía en la selva de ideas que no compartíamos. Éramos, mutuamente, tajadas de pastel, incompletos.

¿No hay mujer, pensé por fin, que no pueda demos­trarme en un solo día no ser la que estoy buscando? Casi todas las que iba encontrando tenían pasados dificultosos; la mayoría de ellas estaban abrumadas por los problemas y buscaban ayuda; casi todas necesitaban más dinero del que disponían. Nos tolerábamos peculiaridades y defectos; ape­nas presentados, todavía no puestos a prueba, nos llamá­bamos amigos. Era un calidoscopio incoloro, en todo tan cambiante y gris como suena dicho así.

Cuando la televisión se cansó de mí, ya había com­prado un biplano de alas cortas y motor grande, como compañía para el Moth. Practiqué arduamente y, más tarde, comencé a hacer acrobacias.

A las exhibiciones aéreas del verano, pensé, van miles de personas. Si no puedo encontrarla por televisión, tal vez la halle en una exhibición aérea.

Conocí a Katherine después de mi tercera actuación, en Lake Wales, Florida. Emergió de la multitud que rodeaba el aeroplano como si fuera una antigua amiga. Sonrió con una sonrisa sutil e íntima, de lo más fresca y cordial.

Sus ojos eran tranquilos y firmes, aun bajo el resplan­dor del soleado mediodía. Cabellera larga y bruna, ojos de color verde oscuro. Dicen que cuanto más oscuros son los ojos, menos los afecta el resplandor.

—Parece divertido —dijo, señalando el biplano con la cabeza, sin parar mientes en el ruido ni en la muchedumbre.

—Impide que el aburrimiento nos aplaste a muerte —dije—. Con el aeroplano adecuado, se puede escapar de muchísimo aburrimiento.

— ¿Qué se siente al volar cabeza abajo? ¿Usted lleva pasajeros o sólo hace demostraciones?

—Demostraciones, casi siempre. Pasajeros, pocos. Sólo de vez en cuando. Cuando se está seguro de que uno no va a caer, es divertido volar cabeza abajo.

—¿Me llevaría —preguntó— si se lo pido como corres­ponde?

—Tratándose de usted, quizá, cuando termine la exhi­bición. —Nunca había visto ojos tan verdes. — ¿Cómo co­rresponde pedirlo?

Sonrió con inocencia.

— ¿Por favor?

Por el resto de la tarde no se alejó mucho; de vez en cuando desaparecía entre la multitud; luego regresaba, una sonrisa y un secreto saludo con la mano. Cuando el sol estaba a punto de ponerse sólo quedaba ella junto al aero­plano. La ayudé a subir a la carlinga delantera del peque­ño aparato.

—Dos cinturones de seguridad, no lo olvide —dije—. Uno solo basta para sujetarnos dentro del avión, por muchas acrobacias que hagamos, pero de todos modos conviene ponerse dos.

Le indiqué cómo usar el paracaídas, por si debíamos saltar, le deslicé el arnés acolchado sobre los hombros y hacia abajo, para abrocharlo con el segundo cinturón de se­guridad. "Tienes lindos pechos", estaba por decir, a modo de elogio. Pero en cambio:

—Tiene que asegurarse de que el arnés esté tan ajustado como sea posible. En cuanto el avión se ponga en posición invertida parecerá mucho más flojo que ahora.

Ella me sonrió, como si yo hubiera escogido el elogio.

Desde el sonido del motor hasta un sol ígneo inclinado sobre el borde del mundo, desde pender invertida por sobre las nubes hasta flotar sin peso en el aire o hacer rizos de tres aplastantes G, era aviadora por naturaleza. El paseo le encantó.

Aterrizamos en la penumbra del anochecer; ya estaba fuera de la carlinga cuando apagué el motor y, antes de que yo pudiera reaccionar, me echó los brazos al cuello para darme un beso.

—        ¡ME ENCANTA! —dijo.

—Por Dios... —exclamé—. Bueno, por mi parte, eso no me molesta.

—        Eres un estupendo piloto.

Até el avión a los cables del césped.

—        Con halagos, señorita, llegará a donde se lo proponga.

Insistió en invitarme a cenar para pagar el paseo. Pasa­mos una hora conversando. Me dijo que era divorciada y que trabajaba como recepcionista en un restaurante, no lejos de la casa lacustre que yo había comprado. Entre su trabajo y su pensión por alimentos, sacaba bastante como para mante­nerse. Ahora estaba pensando en volver a la escuela para es­tudiar física.

—        ¡ Física! Cuéntame cómo se te ocurrió lo de la física... Una persona tan arrebatadora, positiva, directa, moti­vada... Ella buscó su cartera.

—        No te molesta que fume, ¿verdad?

Si su pregunta sobresaltaba, mi respuesta me dejó atónito.

—        En absoluto.

Encendió su cigarrillo y empezó a hablar de física, sin reparar en el desbarajuste que acababa de hacer en mi mente. ¡RICHARD! ¿QUE ES ESTO? ¿CÓMO QUE NO TE
MOLESTA? ¡Esa dama está encendiendo UN CIGARRILLO! ¿Sabes lo que eso revela sobre su sistema de valores y su futuro en la vida? Dice Camino clausurado, dice...
Silencio, dije a mis principios. Ella es inteligente y distinta, vivaz como un relámpago de ojos verdes, divertida en su charla, encantadora, cálida, excitante.

 Y estoy muy cansado de pensar solo, de dormir con lindas extrañas. Más adelante le diré lo del cigarrillo. Esta noche no.

Mis principios desaparecieron con tanta velocidad que me asusté.

—...claro que rica no voy a ser, pero de algún modo ga­naré lo suficiente —estaba diciendo—. Quiero tener un avión propio, aunque sea viejo y usado. ¿Te parece que puedo arrepentirme?

El humo, como cualquier humo de tabaco que sé pre­cie, se enroscaba directamente hacia mí. Tironeé de telones mentales para protegerme de él, formas mentales en vi­drio, y me dominé de inmediato.

—        ¿Vas a comprar el avión antes de aprender a pilotear? —pregunté, mirándola a los ojos.

—        Sí.. De ese modo sólo tendré que pagar al instructor, en vez de pagar el instructor y el alquiler del avión. ¿No es más barato, a la larga? ¿No te parece buena idea?

Lo analizamos. Un rato después le sugerí que volara conmigo, de vez en cuando, en uno u otro de mis aviones. El nuevo anfibio Lake, pensé, tan esbelto que parecía diseñado para cruzar futuros y pasados además del aire y el agua, ése es uno que le gustaría.

Dos horas más tarde estaba estirado en la cama, ima­ginando cómo sería ella cuando la viera otra vez.

No hacía falta esperar mucho. Sería deliciosa: un cuerpo curvilíneo y bronceado, momentáneamente cubierto por una toalla.

Entonces la toalla cayó, ella se metió bajo los cober­tores y se inclinó para besarme. El beso no decía sé-quién­-eres-y-te-amo, sino seamos amantes por esta noche, a ver qué pasa.

¡Qué placer el de disfrutar, simplemente, en vez de desear a alguien que no podía hallar!