Pero ella vale por los hoteles, los maníes y las
entrevistas con el ojo pegado al reloj: mi huidiza alma gemela.
Y la voy a hallar, si continúo moviéndome, observando, buscando por
los estudios de diversas ciudades céntricas.
No se me ocurría dudar de su existencia, porque en mi derredor veía
a muchas casi-como-ella. En mi vida de aviador ambulante había
descubierto que Norteamérica
fue colonizada por mujeres notablemente atractivas, pues hoy sus
hijas se cuentan por millones. Yo, gitano de paso, las conocía sólo
como a encantadoras clientas, dulcemente agradables a la vista por
el tiempo de un paseo en biplano.
Para con
ellas, mis palabras habían sido prácticas: el avión es más seguro de
lo que parece. Si se ata el pelo con una cinta antes de que
despeguemos, señorita, le será más fácil cepillarlo al aterrizar.
Sí, hay mucho viento; después de todo, son diez minutos en una
cabina abierta, a ciento veinte kilómetros por hora. Gracias. Son
tres dólares, por favor. ¡De nada! A mí también me gustó el paseo.
¿Eran los
programas de entrevistas, el éxito del libro, mi nueva cuenta
bancaria o, simplemente, que ya no estaba volando sin parar? De
buenas a primeras me estaba encontrando con mujeres atractivas,
como nunca hasta entonces. Concentrado en mi búsqueda, conocí a cada
una a través de un prisma de esperanza: cada una era ella, mientras
no me demostrara lo contrario.
Charlene,
modelo de televisión, habría podido ser mi alma gemela, pero era
demasiado bonita. Cada invisible defecto en su imagen del espejo le
recordaba que La Profesión es cruel, que sólo disponía de unos
pocos años para ganarse la jubilación, para ahorrar a fin de
readiestrarse. Podíamos hablar de otra cosa, pero no por mucho
tiempo. Siempre volvía a La Profesión. Contratos, viajes, dinero,
agentes. Era su modo de decir que tenía miedo, y no podía pensar el
camino que la sacara de ese mortífero cristal azogado.
Jaynie no
tenía miedos. A Jaynie le encantaban las fiestas, le encantaba
beber. Encantadora como el alba, se nublaba y suspiraba al descubrir
que yo no sabía dónde estaba lo bueno.
Jacqueline no bebía ni iba a fiestas. Rápida e inteligente por
naturaleza, no podía dar por cierta esa inteligencia. "Abandoné la
secundaria", decía, "no hay ningún diploma que lleve mi nombre". Sin
diploma una no puede ser instruida, ¿no?, y sin instrucción una
tiene que aceptar lo qué consigue y no dejarlo escapar, no
dejar escapar la seguridad de servir en los cócteles, por mucho que
eso le despelleje la mente a uno. "Se gana bien", decía. "Yo no
tengo instrucción. Tuve que abandonar la escuela, ¿entiendes?"
A Lianne
le importaban un bledo los diplomas y los empleos. Ella quería
casarse, y el mejor modo de casarse era dejarse ver en mi compañía,
para que a su ex esposo le atacaran los celos y la quisiera otra
vez. De los celos surgiría la felicidad.
Tamara
amaba el dinero, y era tan deslumbrante, a su modo, que bien valía
su precio. Cara de modelo artística, mente que calculaba hasta
cuando ella reía. Muy leída, muy viajada, políglota. Su ex esposo
era corredor de bolsa y ahora Tamara quería instalar su propia
agencia de inversiones. Cien mil dólares bastarían para hacer
brotar el negocio del suelo. Sólo cien mil, Richard, ¿no puedes
ayudarme?
Si
pudiera, pensaba yo. Si al menos pudiera encontrar una mujer con la
cara de Charlene, pero con el cuerpo de Lianne y las dotes de
Jacqueline, el encanto de Jaynie, el fresco aplomo de Tamara...
Entonces estaría frente a un alma gemela, ¿no?
El
problema residía en que la cara de Charlene tenía los miedos de
Charlene, y el cuerpo de Lianne tenía los problemas de Lianne. Cada
nuevo encuentro me intrigaba, pero después de un día los colores se
opacaban, la intriga desaparecía en la selva de ideas que no
compartíamos. Éramos, mutuamente, tajadas de pastel, incompletos.
¿No hay
mujer, pensé por fin, que no pueda demostrarme en un solo día no
ser la que estoy buscando? Casi todas las que iba encontrando tenían
pasados dificultosos; la mayoría de ellas estaban abrumadas por los
problemas y buscaban ayuda; casi todas necesitaban más dinero del
que disponían. Nos tolerábamos peculiaridades y defectos; apenas
presentados, todavía no puestos a prueba, nos llamábamos amigos.
Era un calidoscopio incoloro, en todo tan cambiante y gris como
suena dicho así.
Cuando la
televisión se cansó de mí, ya había comprado un biplano de alas
cortas y motor grande, como compañía para el Moth. Practiqué
arduamente y, más tarde, comencé a hacer acrobacias.
A las
exhibiciones aéreas del verano, pensé, van miles de personas. Si no
puedo encontrarla por televisión, tal vez la halle en una exhibición
aérea.
Conocí a
Katherine después de mi tercera actuación, en
Lake Wales, Florida.
Emergió de la multitud que rodeaba el aeroplano como si fuera una
antigua amiga. Sonrió con una sonrisa sutil e íntima, de lo más
fresca y cordial.
Sus ojos
eran tranquilos y firmes, aun bajo el resplandor del soleado
mediodía. Cabellera larga y bruna, ojos de color verde oscuro. Dicen
que cuanto más oscuros son los ojos, menos los afecta el resplandor.
—Parece
divertido —dijo, señalando el biplano con la cabeza, sin parar
mientes en el ruido ni en la muchedumbre.
—Impide
que el aburrimiento nos aplaste a muerte —dije—. Con el aeroplano
adecuado, se puede escapar de muchísimo aburrimiento.
— ¿Qué se
siente al volar cabeza abajo? ¿Usted lleva pasajeros o sólo hace
demostraciones?
—Demostraciones, casi siempre. Pasajeros, pocos. Sólo de vez en
cuando. Cuando se está seguro de que uno no va a caer, es divertido
volar cabeza abajo.
—¿Me
llevaría —preguntó— si se lo pido como corresponde?
—Tratándose de usted, quizá, cuando termine la exhibición. —Nunca
había visto ojos tan verdes. — ¿Cómo corresponde pedirlo?
Sonrió
con inocencia.
— ¿Por
favor?
Por el
resto de la tarde no se alejó mucho; de vez en cuando desaparecía
entre la multitud; luego regresaba, una sonrisa y un secreto saludo
con la mano. Cuando el sol estaba a punto de ponerse sólo quedaba
ella junto al aeroplano. La ayudé a subir a la carlinga delantera
del pequeño aparato.
—Dos
cinturones de seguridad, no lo olvide —dije—. Uno solo basta para
sujetarnos dentro del avión, por muchas acrobacias que hagamos, pero
de todos modos conviene ponerse dos.
Le
indiqué cómo usar el paracaídas, por si debíamos saltar, le deslicé
el arnés acolchado sobre los hombros y hacia abajo, para abrocharlo
con el segundo cinturón de seguridad. "Tienes lindos pechos",
estaba por decir, a modo de elogio. Pero en cambio:
—Tiene
que asegurarse de que el arnés esté tan ajustado como sea posible.
En cuanto el avión se ponga en posición invertida parecerá mucho más
flojo que ahora.
Ella me
sonrió, como si yo hubiera escogido el elogio.
Desde el
sonido del motor hasta un sol ígneo inclinado sobre el borde del
mundo, desde pender invertida por sobre las nubes hasta flotar sin
peso en el aire o hacer rizos de tres aplastantes G, era aviadora
por naturaleza. El paseo le encantó.
Aterrizamos en la penumbra del anochecer; ya estaba fuera de la
carlinga cuando apagué el motor y, antes de que yo pudiera
reaccionar, me echó los brazos al cuello para darme un beso.
—
¡ME ENCANTA! —dijo.
—Por
Dios... —exclamé—. Bueno, por mi parte, eso no me molesta.
—
Eres un estupendo piloto.
Até el
avión a los cables del césped.
—
Con halagos, señorita, llegará a donde se lo proponga.
Insistió
en invitarme a cenar para pagar el paseo. Pasamos una hora
conversando. Me dijo que era divorciada y que trabajaba como
recepcionista en un restaurante, no lejos de la casa lacustre que yo
había comprado. Entre su trabajo y su pensión por alimentos, sacaba
bastante como para mantenerse. Ahora estaba pensando en volver a la
escuela para estudiar física.
—
¡ Física! Cuéntame cómo se te ocurrió lo de la física... Una persona
tan arrebatadora, positiva, directa, motivada... Ella buscó su
cartera.
—
No te molesta que fume, ¿verdad?
Si su
pregunta sobresaltaba, mi respuesta me dejó atónito.
—
En absoluto.