Cuando se
trata de aterrizar con un biplano Fleet en un pellizco de henar, muy
pocos me ganan; pero en ese momento, en la biblioteca
Gladys Hutchinson, pensé
que, tratándose de arrear una fortuna, probablemente no me ganara
nadie: yo bien podía ser un desastre inigualable. El papelerío
siempre se atasca en mi mente y sale desgarrado; Por eso dudaba que
las cosas anduvieran bien con respecto al dinero.
Bueno,
pensé. Me conozco, y sin lugar a dudas mis debilidades no van a
cambiar, ni tampoco mis fuerzas. Un detalle sin importancia, como
una cuenta bancaria, no puede hacer de mí otra cosa que el aviador
desenvuelto y despreocupado que siempre me ha gustado ser.
Después
de pasar diez minutos más sumergido en el fichero, llevado hasta
Suerte-Buena e incluso hasta Suerte-Mala, renuncié. ¡Increíble! ¡El
libro que yo necesitaba no existía!
Perdido
en mis dudas, salí al sol, sentí los fotones, las partículas beta,
los rayos cósmicos que golpeaban y rebotaban a la velocidad de la
luz, siseando y susurrando calladamente a través de la mañana y a
través de mí.
Estaba
llegando otra vez a las cercanías del café cuando me di cuenta de
que mi rollo de frazadas había desaparecido. Con un suspiro, giré
en redondo y volví a caminar hasta la biblioteca, aun más cálida
bajo el sol, para retirar el objeto dejado al pie del fichero.
—
Disculpe —dije a la bibliotecaria.
—
Estaba deseando que no se hubiera olvidado —con-testó ella, y lo
hizo con tanto alivio por no haberse visto forzada a archivar la
ropa sucia de ese tipo en Hallazgos y Extravíos que, evidentemente,
decía la verdad.
—Disculpe
—repetí.
Con
tantos libros como tenemos, ¡ cuántos esperan aún que se los
escriba! Como ciruelas frescas y profundas en la copa del árbol. No
es muy divertido subir por una escalerilla
Tambaleante, serpentear entre las ramas y asomarse al vacío para
recogerlas, pero qué deliciosas son cuando acaba el trabajo.
Y la
televisión, ¿es deliciosa? ¿O con la publicidad para el libro se
agravaría mi multitudofobia? ¿Cómo se escapa cuando no se tiene un
biplano listo para llevarlo a uno por sobre los árboles, lejos?
Me
encaminé hacia el aeropuerto, único lugar de cada ciudad extraña
donde el aviador se siente como en su casa. Lo hallé observando el
esquema de los aterrizajes, las sendas invisibles que los aparatos
pequeños dejan al partir y al llegar. Me encontraba en la parte de
la trayectoria de aterrizaje previa a la aproximación final, de
modo que no necesitaba caminar mucho para llegar al aeropuerto.
El dinero
es una cosa, pero otra muy distinta son las multitudes y que lo
reconozcan a uno cuando quiere estar solo y tranquilo. ¿No es así la
celebridad, la fama? Un poquito puede resultar divertido, pero ¿qué
pasa si uno no puede desconectarla? Mira si haces esas
presentaciones en televisión y después, adonde vayas, alguien te
dice: " ¡Yo lo conozco, no me diga nada! ¡Es el tipo que escribió
tal libro!"
La gente
pasaba en auto, pasaba caminando bajo la luz del mediodía inminente,
sin mirar. Yo era poco menos que invisible. Ellos sólo sabían de mí
que era alguien camino al aeropuerto, con un rollo de frazadas bien
atado, alguien libre de hacer eso sin que nadie lo mirara fijo.
Cuando
alguien decide ser famoso, renuncia a tal privilegio. Pero en el
caso de los escritores, no necesariamente.
Los
escritores pueden publicar libros que lea muchísima gente, hasta que
sus nombres se hacen conocidos, sin que nadie los reconozca a donde
vayan. Los actores, en cambio, no. Los locutores de televisión,
tampoco. Los escritores sí.
Si alguna
vez me convertía en un Personaje, ¿no me arrepentiría? Supe de
inmediato que sí. Tal vez en alguna vida anterior yo había tratado
de ser famoso. No es excitante, no es atractivo, me advertía esa
vida; sal por televisión y lo lamentarás.
Allí
estaba el faro. El reflector de vidrio verde y vidrio blanco que
gira por las noches, indicando el aeropuerto, Descendiendo para la
aproximación final volaba un Aeronca
Champion, un modelo para enseñanza de 1946,
dos plazas, pintura y tela, con rueda de cola en vez de rueda
delantera en el morro. Me gustó el aeropuerto antes de haberlo
visto, sólo por ese Champion
en el esquema.
¿Cómo
afectaría a la búsqueda de mi amor eso de volverme ligeramente
famoso? La primera respuesta se disparó a tal velocidad que ni
siquiera vi el destello: La matará. Nunca sabrás si ella está
enamorada de ti o de tu dinero. Escucha, Richard. Si quieres
hallarla, nunca jamás te conviertas en una celebridad. De ningún
tipo.
Todo eso
en menos tiempo que el de un suspiro, y menos recordado.
La
segunda respuesta era tanto más sensata que sólo escuché ésa. Mi
brillante, encantadora alma gemela no iba en automóvil de ciudad en
ciudad, buscando a algún tipo que ofreciera paseos aéreos desde un
campo de pastura. Mis posibilidades de hallarla, ¿no mejorarían
cuando ella supiera de mi existencia? ¡He aquí una oportunidad
especial, aparecida por coincidencia en el momento en que necesito
hallarla!
Y sin
duda la coincidencia hará que mi siempre pareja vea el debido
programa de televisión a la hora debida, y nos indicará cómo
encontrarnos.
Entonces
desaparecerá la popularidad. Cuestión de ocultarme por una semana en
Red Oak, Iowa, o en el Velódromo Estrella, en el desierto al sur de
Phoenix; con eso habré recobrado mi intimidad y, además, ella estará
conmigo. No está tan mal.
Abrí la
puerta de la oficina, en el aeropuerto.
—
Hola —dijo ella—. ¿En qué podemos ayudarlo:
Estaba
llenando facturas en el mostrador y tenía una sonrisa deslumbrante.
Entre la sonrisa y la pregunta me cortó el saludo; no supe qué
decir.
¿Cómo
decirle que yo formaba parte de eso? Que el aeropuerto, el faro, el
hangar, el Aeronca y hasta la aeronáutica costumbre de intercambiar
un saludo amistoso después de aterrizar, todo eso era parte de mi
vida; que lo había sido por mucho tiempo y que ahora se me estaba
escapando, estaba cambiando por lo que yo había hecho, y que no
estaba muy seguro de que me gustara el cambio porque yo conocía todo
eso y era mi único hogar sobre la tierra.
¿En qué
podía ayudarme ella? ¿Podía decirme que el hogar está en cualquier
sitio conocido y amado, que el hogar va con nosotros allí donde
escojamos ir? ¿Decirme que conoce a quien estoy buscando, o que un
fulano aterrizó hace una hora, con un Travel Air blanco y dorado, y
dejó para mí un nombre de mujer y una dirección? ¿Sugerirme planes
para manejar sabiamente un millón cuatro-cientos mil dólares? ¿En
qué podía ayudarme ella?
—
Bueno, no sé en qué puede ayudarme —dije—. Creo que estoy un poco
desorientado. ¿Hay algún aeroplano antiguo en el hangar?
—
Allá afuera está el Porterfield de Jill Handley, que es bastante
antiguo. El Tiger Moth de Chet Davidson. Morris Jackson tiene un
Waco, pero lo guarda bajo llave en un hangar... —Se echó a reír.
—Los Champ se están volviendo bastante antiguos. ¿Busca un Aeronca
Champ?
—Es uno
de los mejores aeroplanos en la historia del mundo —dije.
Ella
dilató los ojos.
—
¡No, era broma! No creo que la señorita Reed quiera vender los Champ.
Jamás.
Debo
tener pinta de comprador. ¿Acaso la gente se da cuenta cuando un
desconocido tiene un millón de dólares?
Ella
siguió con las facturas; reparé en su anillo de bodas, oro
entretejido.
— ¿No hay
problema si miro en el hangar por un minuto?
—Vaya
—sonrió—. El mecánico se llama Chet; ha de estar por allí si todavía
no cruzó la calle para almorzar.
—Gracias.
Crucé un
pasillo y abrí la puerta que daba al hangar. Era como estar en casa,
sin duda. Un Cessna 172, rojo y crema, sometido a su inspección
anual: El carenaje del motor afuera, las bujías sacadas, un cambio
de aceite en marcha. Un Beech Bonanza, plateado, con una banda azul
a lo largo del flanco, delicadamente encaramado sobre caballetes
amarillos para un examen de retracción del tren de aterrizaje.
Aviones livianos; yo los conocía a todos. Las historias que ellos
podían contar, las historias con que yo podía contestarles. En un
hangar silencioso existe la misma suave tensión que en un claro en
la selva profunda... un extraño siente los ojos que lo observan, la
acción en suspenso, la vida que contiene su aliento.
Había
allí un gran anfibio Grumman Widgeon, con dos motores radiales de
trescientos caballos de fuerza, el nuevo parabrisas de una sola
pieza, espejos en los flotadores de los extremos para que el piloto
pudiera comprobar que las ruedas estaban recogidas antes de
descender en el agua. Cuando se acuatizaba en la bahía con las
ruedas afuera, el agua despedida por el descenso vendía montones de
espejitos a los pilotos anfibios.
Me detuve
junto al Widgeon para mirar dentro de la cabina, con las manos
respetuosamente cruzadas a la espalda. En la aviación, a nadie le
gusta que los desconocidos toquen su aeroplano sin permiso, no tanto
porque el aparato pueda resultar dañado como porque es una
familiaridad injustificada, algo así como si un curioso cualquiera
nos tocara a la esposa, al pasar, para ver qué tal es.
Muy
atrás, junto a las puertas del hangar, estaba el Tiger Moth; su ala
superior sobresalía mucho por sobre los otros aviones, como el
pañuelo de un amigo agitado por sobre una muchedumbre. El ala estaba
pintada con los colores del avión de Shimoda: ¡Estaba pintada de
blanco y oro! Cuanto más me acercaba, buscando el camino entre el
laberinto de alas, colas, equipos de taller, más me impresionaba el
color del aparato.
¡Qué
historia se ha vivido en los Moth de Havilland!
Hombres y
mujeres, héroes para mí, volaron en Tiger Moth, Gypsy Moth, Fox Moth,
desde Inglaterra, en derredor de todo el mundo.
Amy Lawrence, David Garnett, Francis Chichester
Constantine Shak Lin, Nevil Shute en persona...
Esos nombres y las aventuras por ellos vividas
tironeaban de mí hacia el flanco del Moth. ¡Qué lindo, el pequeño
biplano! Todo blanco, doradas salientes curvas de veinticinco
centímetros, las V apuntando hacia adelante como puntas de flecha,
convertidas en ángulos de oro, todo a lo largo de las alas y el
estabilizador horizontal!
Allí, las
llaves de contacto, en el lado exterior del aeroplano, claro, y si
fuera una restauración fidedigna... ¡Sí, en el piso de la carlinga,
una monstruosa brújula militar británica! Me costaba mantener las
manos a la espalda, tan bello era el aparato. Y allí, los pedales de
timón deberían estar provistos de...
—Le gusta
el aeroplano, ¿no?
Estuve a
punto de gritar, a tal punto me había sobresaltado el hombre. Hacía
medio minuto que estaba allí, de pie, limpiándose el aceite de las
manos con un trapo y observándome, mientras yo inspeccionaba su Moth.
—
¿Que si me gusta? —dije—. ¡Es bellísimo!
—
Gracias. Hace un año que está terminado. Hubo que reconstruirlo
desde las ruedas hasta arriba.
Me fijé
con atención en la tela. A través de la pintura se veía un dejo de
tejido.
—
Parece Ceconite
—dije—. Buen trabajo. —No haría falta otra presentación; no se
aprende en un día a diferenciar el algodón Grado A del dacrón
Ceconite, en un aeroplano antiguo. — ¿Y dónde consiguió la brújula?
Sonrió,
satisfecho porque yo me hubiera dado cuenta.
— ¿Me
cree si le digo que la encontré en un negocio de segunda mano, en
Dothan, Alabama?
Una auténtica brújula de la Real Fuerza Aérea, modelo 1942. Siete
dólares con cincuenta centavos. No me pregunte cómo fue a parar
allí, ¡pero le aseguro que me la traje enseguida!
Caminamos
alrededor del Moth, yo escuchando mientras él hablaba, y al hacerlo
comprendí
que me estaba aferrando a mi pasado, a la vida de piloto, conocida
y, por lo tanto, simple. ¿Me había mostrado demasiado impulsivo al
vender el Fleet y hachar las sogas de mis ayeres, para salir a la
búsqueda de un amor desconocido? Allí, en el hangar,
fue como si mi mundo se hubiera convertido en un museo, en una vieja
fotografía; una balsa dejada a la deriva, que se alejaba flotando
suavemente, lentamente, hacia la historia.
Sacudí la cabeza, fruncí el ceño, interrumpí al mecánico.
—Chet,
¿el Moth está en venta?
No me
tomó en serio.
—Todos
los aeroplanos están en venta. Cuestión de precios, como dicen. A
mí me gusta más construir que volar, pero no vendería el Moth sino
por muchísima plata, le aseguro.