Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 5

Richard Bach

 

CAPITULO 5

Crucé la calle, pedí en la farmacia indicaciones para lle­gar a un sitio en donde tal vez hallara lo que me hacía falta. Seguí los no-puede-perderse y la calle Lake Roberts, bajo ra­mas cargadas de líquenes, hasta la biblioteca Gladys Hut­chinson.

Cualquier cosa que necesitemos saber se puede apren­der en un libro. Leer, estudiar con cuidado, practicar un poco, y somos expertos en arrojar cuchillos, podemos desmontar motores o hablamos el esperanto como si fuera nuestra lengua materna.

Toca todos los libros de Nevil Shute: son hologramas en código de un hombre decente: Trustee from the Tool-room, The Rainbow and the Rose. El escritor imprimió la persona que es en cada página de sus libros, y nosotros, si queremos, podemos traerlo por la lectura a nuestra propia vida, en la intimidad de las bibliotecas.

El fresco silencio de la gran sala, con libros por paredes: lo sentí estremecerse de entusiasmo ante la posibilidad de enseñarme. No veía la hora de sumergirme en un ejem­plar de ¡Conque ha ganado un millón de dólares! Cosa extraña: el título no figuraba en los catálogos. Busqué en Conque, en Millón. Nada. Por si se llamaba Cómo actuar si enriquece inesperadamente, revisé Cómo, Enriquecer e Inesperadamente.

Probé con otra referencia. "Tu problema no consiste en que el libro buscado no esté en esta biblioteca", me dijo Libros Impresos; "es que no ha sido publicado".
No es posible, pensé. Si me ha caído encima una fortuna, lo mismo debe haberle pasado a mucha gente, y alguien tiene que haber escrito ese libro. Nada de acciones, bonos y bancos; no era eso lo que necesitaba saber, sino qué debía sentir ante eso, qué oportunidades me hacían señas, qué pequeños desastres gruñían cerca de mis tobillos, qué otros, grandes como cuervos, podían estar lanzándose en picada hacia mí, en ese momento. Que alguien me diga qué hacer, por favor.

No hubo respuestas en el fichero.

—Disculpe, señorita... —dije.

— ¿Sí, señor?

Sonreí, pidiéndole ayuda. Era la primera vez, desde mi cuarto grado, que veía un sello fechador sujeto a un lápiz de madera; ella tenía uno en la mano, en ese momento, con la fecha del día.

—Necesito un libro que diga cómo ser rico. No cómo ganar dinero. Algo sobre lo que debe hacer una persona cuando gana mucho dinero. ¿Me puede sugerir...?

Por lo visto, estaba habituada a los pedidos extraños. Tal vez mi pedido no era extraño: en Florida abundan los reyes del citrus, las baronesas latifundistas, los millonarios súbitos.

Pómulos altos, ojos de avellana, pelo hasta los hombros, con ondas del color del chocolate oscuro. Eficiente, reservada con quienes no conocía desde tiempo atrás.

Me miró en tanto yo formulaba mi pregunta; Después desvió los ojos hacia arriba y hacia la izquierda, como hacemos cuando recordamos conocimientos viejos. Hacia arriba y a la derecha (lo aprendí en un libro) es a donde miramos cuando buscamos los nuevos.

—No recuerdo nada... —dijo—. ¿Y si prueba con biografías de gente rica? Tenemos muchos libros de los Kennedy, uno sobre Rockefeller; De eso estoy segura. The Rich and

the Super Rich, lo tenemos.

—No es exactamente eso lo que busco. ¿Algo parecido a cómo lidiar con una fortuna inesperada?

Sacudió la cabeza, solemne, pensativa. ¿Acaso todas las personas pensativas son hermosas?

Tocó un intercomunicador en el escritorio y le hablo en voz baja.

—¿SaraJean? Cómo lidiar con una fortuna inesperada. ¿Tenemos un ejemplar de eso?

—Nunca lo oí nombrar. Está Cómo gané millones en el negocio inmobiliario. Tenemos tres ejemplares.

No estábamos llegando a ninguna parte.

—        Me voy a quedar aquí sentado, por un rato, pensado. Me cuesta creerlo. Ese libro tiene que existir en alguna parte.

Ella miró mi rollo de frazadas, que en ese momento, casualmente, estaba bajo una luz que lo revelaba bastante manchado y sucio, y volvió a mirarme de frente.

—Si no le molesta —dijo, en voz baja—, ¿podría dejar el bulto de la ropa sucia en el suelo? Está todo recién tapizado.

—        Sí, señorita.Sin duda, pensé, en estos estantes de libros tiene que haber uno sobre lo que debo hacer ahora. El único consejo que se me ocurre en estos momentos, sin libros, es que en manos del tonto el dinero se va pronto.

     

Cuando se trata de aterrizar con un biplano Fleet en un pellizco de henar, muy pocos me ganan; pero en ese mo­mento, en la biblioteca Gladys Hutchinson, pensé que, tratándose de arrear una fortuna, probablemente no me ganara nadie: yo bien podía ser un desastre inigualable. El papelerío siempre se atasca en mi mente y sale des­garrado; Por eso dudaba que las cosas anduvieran bien con respecto al dinero.

Bueno, pensé. Me conozco, y sin lugar a dudas mis debilidades no van a cambiar, ni tampoco mis fuerzas. Un detalle sin importancia, como una cuenta bancaria, no puede hacer de mí otra cosa que el aviador desenvuelto y despreocupado que siempre me ha gustado ser.

Después de pasar diez minutos más sumergido en el fi­chero, llevado hasta Suerte-Buena e incluso hasta Suerte-Mala, renuncié. ¡Increíble! ¡El libro que yo necesitaba no existía!

Perdido en mis dudas, salí al sol, sentí los fotones, las partículas beta, los rayos cósmicos que golpeaban y rebotaban a la velocidad de la luz, siseando y susurrando ca­lladamente a través de la mañana y a través de mí.

Estaba llegando otra vez a las cercanías del café cuando me di cuenta de que mi rollo de frazadas había desapare­cido. Con un suspiro, giré en redondo y volví a caminar hasta la biblioteca, aun más cálida bajo el sol, para reti­rar el objeto dejado al pie del fichero.

—        Disculpe —dije a la bibliotecaria.

—        Estaba deseando que no se hubiera olvidado —con-testó ella, y lo hizo con tanto alivio por no haberse visto forzada a archivar la ropa sucia de ese tipo en Hallazgos y Extravíos que, evidentemente, decía la verdad.

—Disculpe —repetí.

Con tantos libros como tenemos, ¡ cuántos esperan aún que se los escriba! Como ciruelas frescas y profundas en la copa del árbol. No es muy divertido subir por una escalerilla  

Tambaleante, serpentear entre las ramas y asomarse al vacío para recogerlas, pero qué deliciosas son cuando acaba el trabajo.

Y la televisión, ¿es deliciosa? ¿O con la publicidad para el libro se agravaría mi multitudofobia? ¿Cómo se escapa cuando no se tiene un biplano listo para llevarlo a uno por sobre los árboles, lejos?

Me encaminé hacia el aeropuerto, único lugar de cada ciudad extraña donde el aviador se siente como en su casa. Lo hallé observando el esquema de los aterrizajes, las sen­das invisibles que los aparatos pequeños dejan al partir y al llegar. Me encontraba en la parte de la trayectoria de aterri­zaje previa a la aproximación final, de modo que no nece­sitaba caminar mucho para llegar al aeropuerto.

El dinero es una cosa, pero otra muy distinta son las multitudes y que lo reconozcan a uno cuando quiere estar solo y tranquilo. ¿No es así la celebridad, la fama? Un poquito puede resultar divertido, pero ¿qué pasa si uno no puede desconectarla? Mira si haces esas presentaciones en televisión y después, adonde vayas, alguien te dice: " ¡Yo lo conozco, no me diga nada! ¡Es el tipo que escribió tal libro!"

La gente pasaba en auto, pasaba caminando bajo la luz del mediodía inminente, sin mirar. Yo era poco menos que invisible. Ellos sólo sabían de mí que era alguien camino al aeropuerto, con un rollo de frazadas bien atado, alguien libre de hacer eso sin que nadie lo mirara fijo.

Cuando alguien decide ser famoso, renuncia a tal pri­vilegio. Pero en el caso de los escritores, no necesariamente.

Los escritores pueden publicar libros que lea muchísima gente, hasta que sus nombres se hacen conocidos, sin que nadie los reconozca a donde vayan. Los actores, en cambio, no. Los locutores de televisión, tampoco. Los escritores sí.

Si alguna vez me convertía en un Personaje, ¿no me arrepentiría? Supe de inmediato que sí. Tal vez en alguna vida anterior yo había tratado de ser famoso. No es exci­tante, no es atractivo, me advertía esa vida; sal por televisión y lo lamentarás.

Allí estaba el faro. El reflector de vidrio verde y vidrio blanco que gira por las noches, indicando el aeropuerto, Descendiendo para la aproximación final volaba un Aeronca Champion, un modelo para enseñanza de 1946, dos plazas, pintura y tela, con rueda de cola en vez de rueda delantera en el morro. Me gustó el aeropuerto antes de haberlo visto, sólo por ese Champion en el esquema.

¿Cómo afectaría a la búsqueda de mi amor eso de volverme ligeramente famoso? La primera respuesta se disparó a tal velocidad que ni siquiera vi el destello: La matará. Nunca sabrás si ella está enamorada de ti o de tu dinero. Es­cucha, Richard. Si quieres hallarla, nunca jamás te convier­tas en una celebridad. De ningún tipo.

Todo eso en menos tiempo que el de un suspiro, y menos recordado.

La segunda respuesta era tanto más sensata que sólo escuché ésa. Mi brillante, encantadora alma gemela no iba en automóvil de ciudad en ciudad, buscando a algún tipo que ofreciera paseos aéreos desde un campo de pastura. Mis posibilidades de hallarla, ¿no mejorarían cuando ella su­piera de mi existencia? ¡He aquí una oportunidad especial, aparecida por coincidencia en el momento en que necesito hallarla!

Y sin duda la coincidencia hará que mi siempre pare­ja vea el debido programa de televisión a la hora debida, y nos indicará cómo encontrarnos.  

Entonces desaparecerá la popularidad. Cuestión de ocultarme por una semana en Red Oak, Iowa, o en el Velódromo Estrella, en el desierto al sur de Phoenix; con eso habré recobrado mi intimidad y, además, ella estará conmigo. No está tan mal.

Abrí la puerta de la oficina, en el aeropuerto.

—        Hola —dijo ella—. ¿En qué podemos ayudarlo:

Estaba llenando facturas en el mostrador y tenía una sonrisa deslumbrante. Entre la sonrisa y la pregunta me cor­tó el saludo; no supe qué decir.

¿Cómo decirle que yo formaba parte de eso? Que el aeropuerto, el faro, el hangar, el Aeronca y hasta la aeronáutica costumbre de intercambiar un saludo amistoso después de aterrizar, todo eso era parte de mi vida; que lo había sido por mucho tiempo y que ahora se me estaba escapando, estaba cambiando por lo que yo había hecho, y que no estaba muy seguro de que me gustara el cambio porque yo conocía todo eso y era mi único hogar sobre la tierra.

¿En qué podía ayudarme ella? ¿Podía decirme que el hogar está en cualquier sitio conocido y amado, que el hogar va con nosotros allí donde escojamos ir? ¿Decirme que conoce a quien estoy buscando, o que un fulano aterrizó hace una hora, con un Travel Air blanco y dorado, y dejó para mí un nombre de mujer y una dirección? ¿Suge­rirme planes para manejar sabiamente un millón cuatro-cientos mil dólares? ¿En qué podía ayudarme ella?

—        Bueno, no sé en qué puede ayudarme —dije—. Creo que estoy un poco desorientado. ¿Hay algún aeroplano an­tiguo en el hangar?

—        Allá afuera está el Porterfield de Jill Handley, que es bastante antiguo. El Tiger Moth de Chet Davidson. Morris  Jackson tiene un Waco, pero lo guarda bajo llave en un hangar... —Se echó a reír. —Los Champ se están volviendo bastante antiguos. ¿Busca un Aeronca Champ?

—Es uno de los mejores aeroplanos en la historia del mundo —dije.

Ella dilató los ojos.

—        ¡No, era broma! No creo que la señorita Reed quiera vender los Champ. Jamás.

Debo tener pinta de comprador. ¿Acaso la gente se da cuenta cuando un desconocido tiene un millón de dólares?

Ella siguió con las facturas; reparé en su anillo de bodas, oro entretejido.

— ¿No hay problema si miro en el hangar por un mi­nuto?

—Vaya —sonrió—. El mecánico se llama Chet; ha de estar por allí si todavía no cruzó la calle para almorzar.

 —Gracias.

Crucé un pasillo y abrí la puerta que daba al hangar. Era como estar en casa, sin duda. Un Cessna 172, rojo y crema, sometido a su inspección anual: El carenaje del motor afuera, las bujías sacadas, un cambio de aceite en marcha. Un Beech Bonanza, plateado, con una banda azul a lo largo del flanco, delicadamente encaramado sobre ca­balletes amarillos para un examen de retracción del tren de aterrizaje. Aviones livianos; yo los conocía a todos. Las his­torias que ellos podían contar, las historias con que yo podía contestarles. En un hangar silencioso existe la misma suave tensión que en un claro en la selva profunda... un ex­traño siente los ojos que lo observan, la acción en suspenso, la vida que contiene su aliento.

Había allí un gran anfibio Grumman Widgeon, con dos motores radiales de trescientos caballos de fuerza, el nuevo parabrisas de una sola pieza, espejos en los flotadores de los extremos para que el piloto pudiera comprobar que las ruedas estaban recogidas antes de descender en el agua. Cuando se acuatizaba en la bahía con las ruedas afuera, el agua despedida por el descenso vendía montones de espe­jitos a los pilotos anfibios.

Me detuve junto al Widgeon para mirar dentro de la cabina, con las manos respetuosamente cruzadas a la espalda. En la aviación, a nadie le gusta que los desconocidos toquen su aeroplano sin permiso, no tanto porque el aparato pueda resultar dañado como porque es una familiaridad injus­tificada, algo así como si un curioso cualquiera nos tocara a la esposa, al pasar, para ver qué tal es.

Muy atrás, junto a las puertas del hangar, estaba el Tiger Moth; su ala superior sobresalía mucho por sobre los otros aviones, como el pañuelo de un amigo agitado por sobre una muchedumbre. El ala estaba pintada con los colores del avión de Shimoda: ¡Estaba pintada de blanco y oro! Cuanto más me acercaba, buscando el camino entre el laberinto de alas, colas, equipos de taller, más me impre­sionaba el color del aparato.

¡Qué historia se ha vivido en los Moth de Havilland!

Hombres y mujeres, héroes para mí, volaron en Tiger Moth, Gypsy Moth, Fox Moth, desde Inglaterra, en derredor de todo el mundo. Amy Lawrence, David Garnett, Francis Chichester Constantine Shak Lin, Nevil Shute en persona... Esos nombres y las aventuras por ellos vividas tironeaban de mí hacia el flanco del Moth. ¡Qué lindo, el pequeño biplano! Todo blanco, doradas salientes curvas de veinti­cinco centímetros, las V apuntando hacia adelante como puntas de flecha, convertidas en ángulos de oro, todo a lo largo de las alas y el estabilizador horizontal!

Allí, las llaves de contacto, en el lado exterior del aero­plano, claro, y si fuera una restauración fidedigna... ¡Sí, en el piso de la carlinga, una monstruosa brújula militar británica! Me costaba mantener las manos a la espalda, tan bello era el aparato. Y allí, los pedales de timón deberían estar provistos de...

—Le gusta el aeroplano, ¿no?

Estuve a punto de gritar, a tal punto me había sobresaltado el hombre. Hacía medio minuto que estaba allí, de pie, limpiándose el aceite de las manos con un trapo y observándome, mientras yo inspeccionaba su Moth.

—        ¿Que si me gusta? —dije—. ¡Es bellísimo!

—        Gracias. Hace un año que está terminado. Hubo que reconstruirlo desde las ruedas hasta arriba.

Me fijé con atención en la tela. A través de la pin­tura se veía un dejo de tejido.

—        Parece Ceconite —dije—. Buen trabajo. —No haría falta otra presentación; no se aprende en un día a dife­renciar el algodón Grado A del dacrón Ceconite, en un aero­plano antiguo. — ¿Y dónde consiguió la brújula?

Sonrió, satisfecho porque yo me hubiera dado cuenta.

— ¿Me cree si le digo que la encontré en un negocio de segunda mano, en Dothan, Alabama? Una auténtica brújula de la Real Fuerza Aérea, modelo 1942. Siete dólares con cincuenta centavos. No me pregunte cómo fue a parar allí, ¡pero le aseguro que me la traje enseguida!

Caminamos alrededor del Moth, yo escuchando mientras él hablaba, y al hacerlo

comprendí que me estaba afe­rrando a mi pasado, a la vida de piloto, conocida y, por lo tanto, simple. ¿Me había mostrado demasiado impulsivo al  vender el Fleet y hachar las sogas de mis ayeres, para salir a la búsqueda de un amor desconocido? Allí, en el hangar,
fue como si mi mundo se hubiera convertido en un museo, en una vieja fotografía; una balsa dejada a la deriva, que se alejaba flotando suavemente, lentamente, hacia la historia.
Sacudí la cabeza, fruncí el ceño, interrumpí al mecánico.

—Chet, ¿el Moth está en venta?

No me tomó en serio.

—Todos los aeroplanos están en venta. Cuestión de pre­cios, como dicen. A mí me gusta más construir que volar, pero no vendería el Moth sino por muchísima plata, le aseguro.

Me agaché para mirar debajo del aeroplano. No había una sola marca de aceite en la carena.

Reconstruido hace un año por un mecánico de avia­ción, pensé y desde entonces en el hangar. El Moth era todo un hallazgo, en verdad. Ni por un minuto había sido mi intención dejar de volar. En el Moth podía cruzar todo el país. Podía ir en ese avión a las entrevistas televisadas. ¡Y en el camino tal vez encontrara  a mi alma gemela!

Puse mi rollo de frazadas en el suelo, a manera de al­mohadón. Cuando me senté en él, crujió.

— ¿Cuánta plata es muchísima plata, hablando en efec­tivo?

Una hora y media después, Chet Davidson salió a al­morzar. Yo me llevé los libros de bitácora y los manuales del Moth a la oficina.

—Disculpe, señorita. Tienen teléfono aquí, ¿verdad?

—        Claro. ¿Para una llamada local?

—No.

—        El teléfono público está afuera, junto a la puerta, señor.

—        Gracias. ¿Sabe que tiene una sonrisa muy dulce?

—        ¡Gracias a usted, señor!

Buena costumbre, la de usar anillos de boda.

Llamé a Eleanor a Nueva York y le dije que me presen­taría en televisión.