Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 3

Richard Bach

 

CAPITULO 3

Bajé del autobús a las 8.40, en el medio de Florida, hambriento.

El dinero no era problema; no podía ser problema para nadie que llevara tanto efectivo en el rollo de las frazadas. Lo que me preocupaba era otra cosa: ¿Y ahora qué? He aquí la cálida Florida. No sólo no hay alma gemela que me esté esperando en la parada del autobús; tampoco amigos, hogar, nada.

El letrero del café, al entrar, decía que se reservaba el derecho de negar sus servicios.

Uno se reserva el derecho de hacer absolutamente cualquier cosa que uno quiera hacer, pensé. ¿Para qué poner carteles para decirlo? Da la impresión de que se está asus­tado de qué? ¿Acaso entran aquí revoltosos que rompen todo? ¿Delincuentes organizados? ¿En este pequeño café?

El camarero echó una mirada a mi persona; luego, a mi rollo de frazadas. Mi chaqueta de lona azul tenía una pequeña desgarradura en la manga, donde se estaba soltando el hilo de mi remiendo; En el rollo de frazadas había unas cuantas manchitas de grasa y aceite limpio del motor del Fleet. Comprendí que el hombre se estaba preguntando si no era hora de negar sus servicios a alguien. Lo saludé con una sonrisa.

— ¿Cómo andan las cosas? —pregunté.

—Bastante bien. —El local estaba casi desierto. Decidió que yo podía pasar. — ¿Café?

¿Café en el desayuno? Aaj! Qué cosa amarga... Lo hacen con corteza molida o algo por el estilo.

—No, gracias —dije—. ¿Puede ser una porción de ese pastel de limón, calentado por medio minuto en el horno de microondas? Y un vaso de leche.

—Claro —dijo él.

En otros tiempos hubiera pedido tocino o salchicha: para esa comida, pero en los últimos tiempos ya no. Cuanto más me convencía de la indestructibilidad de la vida, menos quería participar de un asesinato, por ilusorio que fuera. Si un cerdo entre un millón tenía la posibilidad de pasar una vida contemplativa, en vez de verse descuartizado para que yo desayunara, valía la pena descartar la carne para siempre Pastel de limón caliente, toda la vida.

Saboreé el pastel, mirando la ciudad por la ventana. ¿Era probable hallar a mi amor en ese sitio? Improbable. No hay sitio probable contra billones de posibilidades en contra.

¿Y cómo era posible que ya la conociera?

Según las almas más sabias, conocemos a cuantos exis­ten ten en cualquier lugar, sin haberlos visto personalmente no es gran consuelo cuando uno está tratando de limitar la búsqueda. "Eh, usted, señorita. ¿Se acuerda de mí? Como la conciencia no está limitada por el tiempo ni por el espacio, recordará que somos viejos amigos..."

Como presentación, poco adecuada, pensé. Casi todas las señoritas saben que en el mundo hay unos cuantos tipos raros con los que conviene ser precavidas, y ésa era una pre­sentación decididamente de raros.

Traje a la mente a todas las mujeres que había conoci­do do en años. Estaban todas casadas: con una carrera, con un hombre o con modos de pensar diferentes del mío.

     

 A veces las casadas se descasan, pensé; la gente cambia. Podía llamar a todas las mujeres que conocía...

—        Hola —diría ella.

—        Hola.

—        ¿Quién habla?

—        Richard Bach.

— ¿Quién?

—Nos conocimos en una tienda. Tú estabas leyendo un libro, yo te dije que era genial y tú preguntaste cómo lo sabes y yo te dije porque lo escribí yo.

— ¡Ah! Hola.

—Hola. ¿Sigues casada?

—Sí.

—Bueno, ha sido un gusto volver a hablar contigo. Que la pases bien, ¿eh?

—Sí, claro...

—Adiós.

Hay una guía mejor, tiene que haberla, que pasar por esa conversación con todas las mujeres... Cuando llegue el momento la voy a encontrar, pensé; ni un segundo antes.

El desayuno costó setenta y cinco centavos. Después de pagar, salí al sol, a grandes pasos. El día iba a ser caluro­so montones de mosquitos por la noche, probablemente. Pero ¿qué me importa? ¡Esta noche duermo bajo techo!

Entonces recordé que había dejado mi rollo de frazadas en el asiento del restaurante.

Qué vida diferente la que se lleva en tierra. No es cues­tión de liar las cosas por la mañana, arrojarlas en la carlinga delantera y volar hacia la jornada. Las cosas se llevan a mano; si no, uno busca un techo y se queda bajo él. Sin el Fleet, sin mi Alfalfa Hilton, ya no sería bien recibido en los henares.

En el café había otra parroquiana, sentada en la cabina que yo acababa de dejar. Levantó la vista, sobresaltada, cuando me acerqué a su mesa.

—Disculpe —dije, levantando el rollo de frazadas del otro asiento—. Me dejé esto, hace un momento. Me dejaría hasta el alma, si no la tuviera atada con cordón.

Ella sonrió y siguió leyendo el menú.

—Cuidado con el pastel de limón —agregué—. A menos que le guste con poco limón. En ese caso le parecerá deli­cioso.

Volví a salir al sol, balanceando el rollo a mi costado, hasta que recordé lo aprendido en la Fuerza Aérea de Estados Unidos: nunca se balancea la mano en que se lleva algo. Aun cuando llevemos una moneda, los militares no mecemos la mano en que está.

Siguiendo un impulso, al ver el teléfono en su pequeña cabina de centinela, decidí hacer una llamada de negocios alguien con quien no hablaba desde hacía tiempo. La empresa que había publicado mi libro estaba en Nueva York pero ¿por qué preocuparse por la larga distancia? Llamaría y que ellos pagaran la comunicación. Cada oficio tiene sus privilegios: a los aviadores ambulantes se les paga para pasear en avión, en vez de cobrarles por ello; los escritores pueden llamar a su editorial con servicio por cobrar.

Llamé.

—Hola, Eleanor.

     ¡Richard! —dijo ella—. ¿Dónde te habías metido

—Déjame pensar —respondí—. ¿Desde la última ves que hablamos? En Wisconsin, Iowa, Nebraska, Kansa Missouri y después en Indiana, en Ohio, otra vez en Iowa, y en Illinois. Vendí el biplano. Ahora estoy en Florida Déjame ver cómo está el tiempo en la ciudad: estratos leves y quebrados a dos mil metros, cubierto en lo alto, visibilidad de cinco kilómetros, reducida por neblinas y humo

—        ¡Te hemos buscado hasta volvernos locos! ¿Sabe lo que está pasando?

—        ¿Cuatro kilómetros por neblinas y humo

—        ¡Tu libro! —dijo ella—. ¡Se está vendiendo muy bien ¡Sumamente bien!

—Ya sé que parece una tontería —dije—, pero me estoy empecinando con esto. ¿Puedes mirar por la ventana: —Sí, Richard, claro que puedo mirar por la ventan — ¿A qué distancia?

—        Hay neblinas. Unas diez manzanas, o quince. ¿Escuchaste lo que te dije? ¡Tu libro es un éxito de librería! Hay programas de televisión que quieren presentarte en cadena; hay periódicos que piden entrevistas, y programas de radio, y librerías que te necesitan para que vayas a firmar autógrafos. ¡Estamos vendiendo cientos de miles de ejemplares! ¡Por todo el mundo! Hemos firmado contratos en Japón, Inglaterra, Alemania. Francia. Derechos para ediciones en rústica. Hoy, un contrato con España...

¿Qué se dice cuando se oye todo eso por teléfono — ¡Qué buena noticia! ¡Felicitaciones! —Felicitaciones a ti —replicó ella—. ¿Cómo te las arreglaste para no enterarte? Ya sé que vives en las malezas, pero estás en la lista de éxitos de PW, del New York Times, ¡en todas! Te hemos estado enviando los cheques al banco. ¿Averiguaste tu saldo?

—No.

—        Deberías hacerlo. Se te oye terriblemente lejos. ¿Me entiendes bien?

—        Muy bien. Y no vivo en las malezas, Eleanor. No todo es hierba al oeste de Manhattan.

—Desde el comedor de ejecutivos se puede ver hasta Nueva Jersey, y me parece que más allá del río está lleno de malezas.

El comedor de ejecutivos. ¡Qué tierra diferente, la que ella habitaba!

—        ¿Así que vendiste el biplano? —dijo ella, como si aca­bara de oírme—. No vas a abandonar la aviación, ¿no?

—        No, claro que no —aseguré.

—        Me alegro. No te imagino sin tu máquina voladora. Qué idea aterradora: ¡no volar nunca más!

—        Bueno —dijo ella, volviendo a los negocios—, ¿cuándo puedes hacer esas presentaciones en TV?

—        No estoy seguro —respondí. — ¿Querré hacerlas?

                Piénsalo, Richard. Al libro le conviene; podrías contar lo que pasó a muchas personas, contarles la historia. Los estudios de televisión están en las ciudades.

 Las Ciudades, la mayoría de ellas, son sitios de los que prefiero mantenerme lejos.

—Deja que lo piense —pedí—, y vuelvo a llamarte.

—        Llámame, por favor. Eres un fenómeno, como dicen, y todo el mundo quiere ver quién eres. Sé bueno y avísame cuanto te decidas.

—Está bien.

    ¡Felicitaciones, Richard!

—Gracias —dije.

— ¿No te alegras?

—        ¡Sí! Pero no sé qué decir.

—Piensa en esos programas de televisión. Espero que decidas hacer algunos, por lo menos. Los importantes. —Bueno —dije—. Te llamo.

Colgué y miré por el vidrio. La ciudad estaba igual que antes. Y todo había cambiado.

Qué te parece, pensé. El diario, esas páginas enviadas a Nueva York casi por capricho, ¡un éxito de librería!

¡Hurra!

Pero las ciudades, entrevistas, televisión... No sé.

Me sentía como una polilla ante un candelabro; de pronto abundaban las alternativas más bonitas, pero yo no sabía muy bien hacia dónde volar.

Por impulso, levanté el auricular, me abrí camino a fuerza de códigos por el laberinto de números necesarios para comunicarme con el banco de Nueva York y conven­cí a una tenedora de libros que quien llamaba era yo, que necesitaba saber el saldo de mi cuenta corriente.

—        Un minuto —dijo ella—. Tengo que sacarlo de la computadora.

¿Cuánto podía ser? ¿Veinte mil, cincuenta mil dólares? ¿Cien mil? Veinte mil. Más los once mil que tenía en el rollo de las frazadas, y podía considerarme muy rico. — ¿Señor Bach? —dijo ella.

—        Sí, señorita.

—Su saldo en esa cuenta es de un millón, trescientos noventa y siete mil, trescientos cincuenta y cinco dólares con sesenta y ocho centavos.

Hubo un silencio muy largo.

—Está segura —dije.

—Sí, señor. —El silencio fue entonces breve. — ¿Algo más, señor?

Silencio.

— ¿Eh? —dije—. Ah. No. Gracias.

En las películas, cuando llamamos a alguien y el otro corta, se oye el largo y zumbante tono de marcar en la línea. Pero en la vida real, cuando es el otro quien corta el teléfono se limita a quedarse mudo en nuestra mano Horriblemente mudo.

Por tanto tiempo como estemos ahí, de pie, sosteniendo el auricular.