
CAPITULO
3
Bajé del
autobús a las 8.40, en el medio de Florida, hambriento.
El dinero
no era problema; no podía ser problema para nadie que llevara tanto
efectivo en el rollo de las frazadas. Lo que me preocupaba era otra
cosa: ¿Y ahora qué? He aquí la cálida Florida. No sólo no hay alma
gemela que me esté esperando en la parada del autobús; tampoco
amigos, hogar, nada.
El
letrero del café, al entrar, decía que se reservaba el derecho de
negar sus servicios.
Uno se
reserva el derecho de hacer absolutamente cualquier cosa que uno
quiera hacer, pensé. ¿Para qué poner carteles para decirlo? Da la
impresión de que se está asustado de qué? ¿Acaso entran aquí
revoltosos que rompen todo? ¿Delincuentes organizados? ¿En este
pequeño café?
El
camarero echó una mirada a mi persona; luego, a mi rollo de
frazadas. Mi chaqueta de lona azul tenía una pequeña desgarradura en
la manga, donde se estaba soltando el hilo de mi remiendo; En el
rollo de frazadas había unas cuantas manchitas de grasa y aceite
limpio del motor del Fleet. Comprendí que el hombre se estaba
preguntando si no era hora de negar sus servicios a alguien. Lo
saludé con una sonrisa.
— ¿Cómo
andan las cosas? —pregunté.
—Bastante
bien. —El local estaba casi desierto. Decidió que yo podía pasar. —
¿Café?
¿Café en
el desayuno? Aaj! Qué cosa amarga... Lo hacen con corteza molida o
algo por el estilo.
—No,
gracias —dije—. ¿Puede ser una porción de ese pastel de limón,
calentado por medio minuto en el horno de microondas? Y un vaso de
leche.
—Claro
—dijo él.
En otros
tiempos hubiera pedido tocino o salchicha: para esa comida, pero en
los últimos tiempos ya no. Cuanto más me convencía de la
indestructibilidad de la vida, menos quería participar de un
asesinato, por ilusorio que fuera. Si un cerdo entre un millón tenía
la posibilidad de pasar una vida contemplativa, en vez de verse
descuartizado para que yo desayunara, valía la pena descartar la
carne para siempre Pastel de limón caliente, toda la vida.
Saboreé
el pastel, mirando la ciudad por la ventana. ¿Era probable hallar a
mi amor en ese sitio? Improbable. No hay sitio probable contra
billones de posibilidades en contra.
¿Y cómo
era posible que ya la conociera?
Según las
almas más sabias, conocemos a cuantos existen ten en cualquier
lugar, sin haberlos visto personalmente no es gran consuelo cuando
uno está tratando de limitar la búsqueda. "Eh, usted, señorita. ¿Se
acuerda de mí? Como la conciencia no está limitada por el tiempo ni
por el espacio, recordará que somos viejos amigos..."
Como
presentación, poco adecuada, pensé. Casi todas las señoritas saben
que en el mundo hay unos cuantos tipos raros con los que conviene
ser precavidas, y ésa era una presentación decididamente de raros.
Traje a
la mente a todas las mujeres que había conocido do en años. Estaban
todas casadas: con una carrera, con un hombre o con modos de pensar
diferentes del mío.
A veces
las casadas se descasan, pensé; la gente cambia. Podía llamar a
todas las mujeres que conocía...
—
Hola —diría ella.
—
Hola.
—
¿Quién habla?
— Richard Bach.
— ¿Quién?
—Nos
conocimos en una tienda. Tú estabas leyendo un libro, yo te dije que
era genial y tú preguntaste cómo lo sabes y yo te dije porque lo
escribí yo.
— ¡Ah!
Hola.
—Hola.
¿Sigues casada?
—Sí.
—Bueno,
ha sido un gusto volver a hablar contigo. Que la pases bien, ¿eh?
—Sí,
claro...
—Adiós.
Hay una
guía mejor, tiene que haberla, que pasar por esa conversación con
todas las mujeres... Cuando llegue el momento la voy a encontrar,
pensé; ni un segundo antes.
El
desayuno costó setenta y cinco centavos. Después de pagar, salí al
sol, a grandes pasos. El día iba a ser caluroso montones de
mosquitos por la noche, probablemente. Pero ¿qué me importa? ¡Esta
noche duermo bajo techo!
Entonces
recordé que había dejado mi rollo de frazadas en el asiento del
restaurante.
Qué vida
diferente la que se lleva en tierra. No es cuestión de liar las
cosas por la mañana, arrojarlas en la carlinga delantera y volar
hacia la jornada. Las cosas se llevan a mano; si no, uno busca un
techo y se queda bajo él. Sin el Fleet, sin mi Alfalfa Hilton, ya no
sería bien recibido en los henares.
En el
café había otra parroquiana, sentada en la cabina que yo acababa de
dejar. Levantó la vista, sobresaltada, cuando me acerqué a su mesa.
—Disculpe
—dije, levantando el rollo de frazadas del otro asiento—. Me dejé
esto, hace un momento. Me dejaría hasta el alma, si no la tuviera
atada con cordón.
Ella
sonrió y siguió leyendo el menú.
—Cuidado
con el pastel de limón —agregué—. A menos que le guste con poco
limón. En ese caso le parecerá delicioso.
Volví a
salir al sol, balanceando el rollo a mi costado, hasta que recordé
lo aprendido en la Fuerza Aérea de Estados Unidos: nunca se balancea
la mano en que se lleva algo. Aun cuando llevemos una moneda, los
militares no mecemos la mano en que está.
Siguiendo
un impulso, al ver el teléfono en su pequeña cabina de centinela,
decidí hacer una llamada de negocios alguien con quien no hablaba
desde hacía tiempo. La empresa que había publicado mi libro estaba
en Nueva York pero ¿por qué preocuparse por la larga distancia?
Llamaría y que ellos pagaran la comunicación. Cada oficio tiene sus
privilegios: a los aviadores ambulantes se les paga para pasear en
avión, en vez de cobrarles por ello; los escritores pueden llamar a
su editorial con servicio por cobrar.
Llamé.
—Hola,
Eleanor.
— ¡Richard!
—dijo ella—. ¿Dónde te habías metido
—Déjame
pensar —respondí—. ¿Desde la última ves que hablamos? En Wisconsin,
Iowa, Nebraska, Kansa Missouri y después en Indiana, en Ohio, otra
vez en Iowa, y en Illinois. Vendí el biplano. Ahora estoy en Florida
Déjame ver cómo está el tiempo en la ciudad: estratos leves y
quebrados a dos mil metros, cubierto en lo alto, visibilidad de
cinco kilómetros, reducida por neblinas y humo
—
¡Te hemos buscado hasta volvernos locos! ¿Sabe lo que está pasando?
—
¿Cuatro kilómetros por neblinas y humo
—
¡Tu libro! —dijo ella—. ¡Se está vendiendo muy bien ¡Sumamente bien!
—Ya sé
que parece una tontería —dije—, pero me estoy empecinando con esto.
¿Puedes mirar por la ventana: —Sí, Richard, claro que puedo mirar
por la ventan — ¿A qué distancia?
—
Hay neblinas. Unas diez manzanas, o quince. ¿Escuchaste lo que te
dije? ¡Tu libro es un éxito de librería! Hay programas de televisión
que quieren presentarte en cadena; hay periódicos que piden
entrevistas, y programas de radio, y librerías que te necesitan para
que vayas a firmar autógrafos. ¡Estamos vendiendo cientos de miles
de ejemplares! ¡Por todo el mundo! Hemos firmado contratos en Japón,
Inglaterra, Alemania. Francia. Derechos para ediciones en rústica.
Hoy, un contrato con España...
¿Qué se
dice cuando se oye todo eso por teléfono — ¡Qué buena noticia!
¡Felicitaciones! —Felicitaciones a ti —replicó ella—. ¿Cómo te las
arreglaste para no enterarte? Ya sé que vives en las malezas, pero
estás en la lista de éxitos de PW, del New York Times, ¡en todas! Te
hemos estado enviando los cheques al banco. ¿Averiguaste tu saldo?
—No.
—
Deberías hacerlo. Se te oye terriblemente lejos. ¿Me entiendes bien?
—
Muy bien. Y no vivo en las malezas, Eleanor. No todo es hierba al
oeste de Manhattan.
—Desde el
comedor de ejecutivos se puede ver hasta Nueva Jersey, y me parece
que más allá del río está lleno de malezas.
El
comedor de ejecutivos. ¡Qué tierra diferente, la que ella habitaba!
—
¿Así que vendiste el biplano? —dijo ella, como si acabara de
oírme—. No vas a abandonar la aviación, ¿no?
—
No, claro que no —aseguré.
—
Me alegro. No te imagino sin tu máquina voladora. Qué idea
aterradora: ¡no volar nunca más!
—
Bueno —dijo ella, volviendo a los negocios—, ¿cuándo puedes hacer
esas presentaciones en TV?
—
No estoy seguro —respondí. — ¿Querré hacerlas?
—
Piénsalo, Richard. Al libro le
conviene; podrías contar lo que pasó a muchas personas, contarles la
historia. Los estudios de televisión están en las ciudades.
Las
Ciudades, la mayoría de ellas, son sitios de los que prefiero
mantenerme lejos.
—Deja que
lo piense —pedí—, y vuelvo a llamarte.