Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 28

Richard Bach

 

CAPITULO 28

— ¿Listo para salir, wookie? —dijo ella.

Otra vez estoy pasando demasiado tiempo con ella, pensé, demasiado tiempo, sin duda. Es más organizada que un microchip... Todo lo que toca funciona en orden, con franqueza y claridad. Tan hermosa que todavía me encegue­ce. Divertida, cálida y amorosa. Pero las reglas dicen que me voy a destruir si paso demasiado tiempo con una sola mujer y estoy pasando demasiado tiempo con ella.

—¿Estás listo para salir? —preguntó una vez más.

Se había puesto un traje de color ambarino, seda dorada al cuello; el pelo estaba peinado y recogido hacia atrás, para una larga reunión de negocios.

—Claro —dije.

Qué extraño. Ella es la que me está rescatando de entre los punzantes fragmentos de imperio; está haciendo el trabajo de todos mis empleados despedidos.

Stan, tranquilo hasta el fin, dijo, al retirarse, que lamentaba que yo hubiera perdido tanto dinero. "Así pasa a veces", dijo; "el mercado se volvió contra ti."

El abogado especializado en impuestos puesto por Stan se disculpó, lamentando no haber tenido en cuenta la fecha tope de la Dirección de Réditos; en su opinión, no era justo, porque el se demoró sólo dos semanas en presentar la declaración pero se negaron a tenerla en cuenta. De no ser por eso, dijo, habría podido demostrar que yo no les debía un centavo.

Harry, el gerente comercial, sonrió y dijo que lo de ré­ditos era una vergüenza; a él no le gustaba más que a mí y había hecho lo posible por no molestarme con eso, mientras pudo. A propósito, me estaría muy agradecido si le pagaba el mes de preaviso.

De no ser por Leslie, me habría ido a la Antártica o a Botzwezolandia, a tal punto estaba disgustado con el di­nero, los impuestos, los contadores y los libros de conta­bilidad. En cuanto veía un papel con números me daban ganas de hacerlo pedazos.

—Adiós —dijo ella, cuando subí al coche.

— ¿Cómo adiós?

—Te has ido otra vez, Richard. Adiós.

—Disculpa —dije—. ¿No te parece que debería solicitar carta de ciudadanía en la Antártica?

—Todavía no —respondió ella—. Después de esta reu­nión, puede ser. A menos que puedas presentarte con un millón de dólares más los intereses.

—¡No termino de entenderlo! ¿Cómo puedo deber tanto en impuestos?

—Tal vez no los debías —explicó ella—, pero no se res­petó la fecha tope. Ahora es demasiado tarde para discu­tir. ¡Maldición, eso me pone furiosa! Ojalá hubiera podido estar contigo antes de que fuera demasiado tarde. ¡Al menos pudieron avisarte!

—Yo lo sabía a otro nivel, wook —comenté—. Creo que una parte de mí deseaba que barrieran con todo eso. No daba resultado. No me hacía feliz.

     

—Me sorprende que lo sepas.

¡Richard!, pensé, ¡no sabías nada de eso! ¡Claro que te estaba haciendo feliz! ¿Acaso no  tenías todos los avio­nes... y todavía los tienes? ¿Y tu mujer perfecta? ¡Claro que te hacía feliz!

Qué mentira. El imperio era una ruina: dinero pegoteado por allí, como empapelado para paredes puesto por afi­cionados, de los cuales yo era el peor. Había probado la vida imperial y era pelusa, crema batida, con una cucharada de descuido aromatizado al arsénico dulce. Ahora el veneno estaba en acción.

—No tenía que salir así —dijo ella—. Hubieras hecho mucho mejor si no hubieses contratado a nadie. Si hubieses seguido siendo el de siempre.

—Yo era el de siempre. Tenía más juguetes, pero seguía siendo yo. El de siempre nunca supo llevar contabilidades.

—Mm... —dijo ella.

Nos instalamos en torno del escritorio de John Marquart, el abogado contratado por Leslie mientras yo estaba en España. Trajeron tazas de chocolate caliente, como si alguien supiera que la reunión iba a ser larga. Ella abrió su portafolios y sacó sus listas de notas, pero el abogado se dirigió a mí.

—Usted declaró una pérdida de capital contra in­gresos ordinarios —dijo—. ¿Es ése el problema, dicho en pocas palabras?

—El problema, creo yo, es que contraté a un mago de las finanzas y sabía de dinero menos que yo, lo cual es menos que cero —le dije—. El dinero que estaba invirtiendo no era una serie de números en un papel; era dinero autén­tico y ¡puf! se desintegró en el mercado. La Dirección de Réditos no ha puesto ningún cuadradito en sus formula­rios para anotar los pufs. Creo que de eso se trata, dicho en pocas palabras. Para serle franco, no sé qué declaró ese tipo. Yo tenía la esperanza de que usted me diera las repuestas, en vez de plantearme los problemas. Después de todo, soy yo el que lo contrata a usted, y se supone que ésta es su especialidad...

Marquart me miraba de modo cada vez más extraño. Alargó una mano hacia su café, miró por sobre la taza, como con la esperanza de que ella lo protegiera de ese cliente deli­rante.

Entonces intervino Leslie. Oí su voz dentro de mi mente, pidiéndome que me estuviera quieto y callado, si era posible.

—Según entiendo yo las cosas —dijo—, el daño ya está echo. El abogado en impuestos de Richard, el que su asesor financiero le consiguió, no respondió a tiempo a la Dirección de Réditos; por lo tanto, el gobierno ganó el juicio por no comparencia. Ahora quiere cobrar su millón de dólares. Richard no tiene un millón en efectivo para pagar de inme­diato. Por lo tanto, la cuestión es: ¿puede acordar un pago en cuotas? ¿Puede hacerles un buen pago como anticipo y prometer el resto a medida que liquide sus activos? ¿Le darán tiempo?

El abogado se volvió hacia ella con evidente alivio:

—No veo por qué no. Es bastante común en estos ca­sos. Se lo llama Oferta de Compromiso. ¿Trajo las cifras que yo necesitaba?

Yo la observaba, maravillado de verla tan a sus anchas en el despacho de un abogado. Ella puso unas listas sobre el escritorio.

 —Aquí tiene el Efectivo Disponible de Inmediato, los Bienes a Liquidar y la Proyección de Ingresos sobre los próximos cinco años. Entre éstos y los ingresos nuevos, las cifras demuestran que puede pagar la suma completa en un plazo de dos años, cinco, a lo sumo.

¡Mientras yo navegaba, pensé, Leslie estaba estudiando proyectos de pago de impuestos! No me estoy volviendo rico, todo lo contrario. ¿Por qué se interesa tanto?

Muy pronto los dos estaban analizando mis problemas como si yo no estuviera allí. No estaba. Me sentía como un mosquito en una caja de caudales... No hallaba modo de abrirme paso en esa pesada opacidad de gravámenes, activos, liquidaciones, planes de pago. Afuera estaba brillando el sol. Podíamos salir a caminar, comprar galletitas de chocolate.

—Yo estructuraría los pagos en los próximos cinco años, en vez de tres —estaba diciendo Marquart—, por si sus ingresos no resultan ser los que usted ha proyectado. Si puede pagar antes, mejor, pero con este tipo de ingresos tendrá una pesada carga de impuestos corrientes; Es preferible asegurarse de no estarle creando problemas nuevos en el futuro.

Leslie asintió; siguieron conversando, resolviendo deta­lles. Entre ambos había una calculadora que cloqueaba números; las notas de Leslie marchaban en orden por una tabla de rayas azules.

—Yo comprendo el punto de vista de ellos —reconoció Leslie, al final—. A ellos no les importa que Richard haya contratado a gente, que supiera o no lo que estaba pasando. Quieren el dinero. Así lo van a cobrar, y con intereses, con sólo esperar un poco. ¿Cree que aceptarán esperar?

—La oferta es buena —dijo el abogado—. Estoy seguro de que van a aceptar.

Cuando salimos de allí, el desastre ya estaba domado. Una vez yo había encontrado un millón de dólares en mi cuenta bancaria con una sola llamada telefónica; pagar una suma tan modesta en cinco años enteros sería fácil. Vender la casa de Florida, vender todos los aviones, salvo uno o dos, conseguir productor para el filme... simple.

Y ahora contaba con Leslie y con un profesional espe­cializado en impuestos para que mantuvieran mi vida en orden. No eran ramitas débiles que se rompieran a la menor presión.

Había sido una tormenta en el mar, a la que yo había caído de cabeza. Y esa mujer acababa de saltar a las olas para sacarme, salvando mi vida financiera.

Salimos de aquella oficina llenos de esperanza.

—¿Leslie? —dije, abriendo la puerta para que pasara, cuando salíamos del edificio.

— ¿Qué, Richard?

—Gracias.

—Te lo mereces, wookie —dijo—. Bien que te lo mereces.

—Te lo mereces, wookie —dijo—. Bien que te lo mereces.