Solo solo
solo. ¡Cuánto es arreglarse solo, en la vida!
Leslie
tiene razón cuando dice que la alejo.
_ ¡Yo
alejo a todo el mundo, wook! No es por ti; es porque no dejo que
nadie se me acerque demasiado. No quiero encariñarme con nadie.
—¿Por
qué? —Había fastidio en su voz. Últimamente ocurría con mayor
frecuencia. Sin previo aviso, nuestras charlas saltaban las vallas y
ella se enojaba conmigo por cualquier cosa. — ¿Qué tiene de terrible
encariñarse con alguien?
Porque yo
podría hacer una gran inversión de esperanzas en un ser humano y
luego perderla por completo. Creo saber quién es ella y vengo a
descubrir que es alguien totalmente distinto; entonces tengo que
volver al tablero y diseñar otra vez. Y acabo de decidir que a nadie
se puede conocer por completo, salvo a uno mismo, y aun eso está
bastante lleno de "peros". Si algo puedo esperar de los demás es que
sean fieles a quienes son, y si van a estallar en extraños enojos de
vez en cuando, lo mejor es retroceder un poco para no volar en el
estallido. ¿No es eso obvio, claro como el ayer?
—Porque
si no, no soy tan independiente como quiero ser —dije.
Ella
había inclinado la cabeza; me miró con atención.
—
¿Me estás diciendo la más alta
verdad que conoces?
Hay
momentos, pensé, en que ser amigo de alguien capaz de leer la mente
es muy incómodo, por cierto.
—Tal vez
sea hora de que me aleje por un tiempo.
—Eso es
—dijo ella—. ¡Huye! Es lo mismo. Te has ido, aunque estés aquí. Te
extraño. Estás aquí mismo y te extraño.
—Leslie,
no sé cómo solucionarlo. Creo que es hora de que me vaya. De todas
maneras, tengo que llevar el barco a Cayo West. Volver allá, ver
cómo andan las cosas en Florida.
Ella
frunció el ceño.
—Dijiste
que nunca podías pasar con una misma mujer más de tres días; que te
enloquecías de aburrimiento. ¡Hemos pasado juntos meses enteros y
lloramos cuando tu-vimos que separarnos! ¡Los dos más felices que
nunca en la vida! ¿Qué pasó, qué ha cambiado?
Corvus
derivó desde su sitio en el palo mayor; un golpe de timón a babor
para ponerla en su lugar. Pero si la mantengo allí toda la noche,
pensé, al amanecer andaré cerca de Yucatán y no rumbo a Cayo Hueso.
Si se navega por la misma estrella, sin cambiar, no sólo nos
desviamos del curso, sino que nos perdemos.
Maldición, Corvus, ¿te estás poniendo de parte de ella? He ideado
cuidadosamente este excelente sistema, este esquema de la mujer
perfecta, de primera línea; iba funcionando muy bien hasta que
Leslie empezó a entrometerse, a hacer preguntas que no me atrevo a
pensar, mucho menos a contestar. Claro que quiero amarte, señorita,
pero ¿cómo saber lo que tú harías si yo te amara?
¿Qué
sentiría si cayera ahora por la borda? Estaría allí: un gran
chapuzón verde fosfórico en el océano; ahí está el barco, enorme,
junto a mí ahora, en el momento siguiente fuera de mi alcance,
dentro de un minuto perdido en la oscuridad, desvaneciéndose las
luces de su estela.
Nadaría
hacia la costa, eso sería todo. Estamos apenas a quince kilómetros
de la costa; si no soy capaz de nadar quince kilómetros en agua
cálida, merezco ahogarme.
Pero ¿y
si estuviera a mil quinientos kilómetros de la costa? ¿Cómo serían
las cosas, entonces?
Algún
día, Richard, pensé, aprenderás a dominar esa mente tonta. Es como
lo que el niño decía al aviador ambulante que había aterrizado en
su henar:
—Señor,
¿qué haría si le fallara el motor?
—Bueno,
planear y aterrizar, amigo mío. El aeroplano planea bien. No le hace
falta motor para deslizarse. —Pero ¿y si se le desprendieran las
alas?
—Si se me
desprendieran las alas tendría que lanzarme, ¿no? Y usar el
paracaídas.
—Sí, pero
¿y si no se le abriera el paracaídas?
—Entonces
trataría de caer en una parva de heno.
—Pero ¿y
si sólo hubiera rocas por todos lados?
Un montón
de cuervos, eso es lo que son los niños. Igual que yo, antes. Igual
que yo, también ahora. "¿Y si estuviera a mil quinientos kilómetros
de la costa?" Cuánta curiosidad. El niño que llevo dentro querría
correr a descubrir qué hay del otro lado de la muerte, ahora mismo.
No pasará mucho tiempo sin que llegue la hora de hacerlo. Mi misión
está bastante cumplida, ya escritos los libros, pero todavía pueden
quedarme una o dos lecciones por aprender, de este lado de la
muerte.
Cómo amar
a una mujer, por ejemplo. Richard, ¿recuerdas cuando dejaste el
oficio de aviador ambulante para buscar a tu verdadero amor, tu alma
gemela, tu amiga definitiva en un millón de vidas? Parece haber
pasado tanto tiempo... ¿Qué posibilidades hay de que cuanto he
aprendido sobre el amor esté mal, de que haya una sola mujer en
todo el mundo?
Se
levantó viento; el barco se inclinó hacia estribor. Dejé que Corvus
se fuera y timoneé hacia Cayo Hueso guiándome por la brújula.
¿Por qué
será que tantos pilotos quieren, también, navegar a vela? Los
aviones disponen de libertad en el espacio. Los veleros tienen
libertad en el tiempo. No es el aparato lo que deseamos, sino la
falta de grillos que esos aparatos representan. No queremos un avión
grande, sino la velocidad y el poder que da el dominar su vuelo. No
deseamos un yate lleno de velas, sino el viento, la aventura, la
esforzada pureza de vida que demanda el mar, que demanda el cielo.
Sin las ligaduras de las exigencias externas. Navegar por años en
un velero, sin detenerse, si lo deseamos.
Los
veleros son dueños del tiempo. Lo más que un avión puede volar son
unas cuantas horas; más que eso es una proeza. Alguien debería
inventar un avión que goce de tanta libertad en el tiempo como los
veleros.
Yo he
conseguido ser libre de mis otras amigas. ¿Por qué de Leslie no?
Ellas no me critican que mantenga la distancia, que las deje cuando
quiero. ¿Por qué ella sí? ¿No sabe, acaso? Se pasa demasiado tiempo
juntos y hasta la cortesía desaparece. La gente es más cortés con
los desconocidos que con su marido o su mujer. Dos personas,
mutuamente atadas como perros hambrientos, peleando por cada migaja
que caiga entre ambos. Hasta nosotros, fíjate. ¡Me levantaste la
voz! Yo no entré a tu vida para que te enojaras. Si no te gusto como
soy, dilo, simplemente, y me voy. Demasiado tiempo juntos y todo son
cadenas, deberes, responsabilidades, alegrías no, aventuras no,
¡gracias, no!
Horas más
tarde, a través de la noche, el primer resplandor leve, en el
horizonte, hacia el sur. No es el alba, sino las luces en las calles
de Cayo Hueso, que se reflejan en la neblina, a buena altura, en el
cielo.