Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 27

Richard Bach

 

CAPITULO 27

Las estrellas son amigas constantes y eternas, pensé. Un sombrero lleno de constelaciones, aprendidos a los diez años: ésas, y los planetas visibles, y unas cuantas estrellas, amigas hoy como si no hubiera pasado una noche desde que nos conocimos.

En la estela del velero, a través de una tinta de medianoche, se retorcían y se enroscaban suaves verdes luminosos; diminutos torbellinos y tornados brillantes relucían por un momento, antes de desvanecerse.

Navegando a solas por la costa oeste de Florida, al sur de Sanibel hacia los Cayos, puse el barco un punto a estri­bor, para ajustar la constelación de Corvus a mi palo mayor: una vela de estrellas. Una vela demasiado pequeña para agregar mucha velocidad.

Suave brisa negra, este-noreste.

¿Habrá tiburones en el agua? No me gustaría nada caer por la borda, pensé, automáticamente. Y luego: ¿Me disgustaría tanto caer por la borda?

¿Cómo será ahogarse? Los que han estado a punto de morir así dicen que no se sufre tanto; dicen que, al cabo de un ratito, se llega a una especie de paz. Mucha gente ha estado cerca de morir y revivió. La muerte es el momento más bello de la vida, dicen, y le han perdido el miedo.

¿Hará falta que encienda las luces de navegación, es­tando tan solo aquí? Es desperdiciar energía; gasta las ba­terías.

Treinta y un pies de barco: lo justo. Si mide más, se necesitan tripulantes. Me alegro de no necesitar tripulantes.

     

Solo solo solo. ¡Cuánto es arreglarse solo, en la vida!

Leslie tiene razón cuando dice que la alejo.

_ ¡Yo alejo a todo el mundo, wook! No es por ti; es porque no dejo que nadie se me acerque demasiado. No quiero encariñarme con nadie.

—¿Por qué? —Había fastidio en su voz. Últimamente ocurría con mayor frecuencia. Sin previo aviso, nuestras charlas saltaban las vallas y ella se enojaba conmigo por cualquier cosa. — ¿Qué tiene de terrible encariñarse con alguien?

Porque yo podría hacer una gran inversión de espe­ranzas en un ser humano y luego perderla por completo. Creo saber quién es ella y vengo a descubrir que es alguien totalmente distinto; entonces tengo que volver al tablero y diseñar otra vez. Y acabo de decidir que a nadie se puede conocer por completo, salvo a uno mismo, y aun eso está bastante lleno de "peros". Si algo puedo esperar de los demás es que sean fieles a quienes son, y si van a estallar en extraños enojos de vez en cuando, lo mejor es retroceder un poco para no volar en el estallido. ¿No es eso obvio, claro como el ayer?

—Porque si no, no soy tan independiente como quiero ser —dije.

Ella había inclinado la cabeza; me miró con atención.

                ¿Me estás diciendo la más alta verdad que conoces?

Hay momentos, pensé, en que ser amigo de alguien capaz de leer la mente es muy incómodo, por cierto.

—Tal vez sea hora de que me aleje por un tiempo.

—Eso es —dijo ella—. ¡Huye! Es lo mismo. Te has ido, aunque estés aquí. Te extraño. Estás aquí mismo y te ex­traño.

—Leslie, no sé cómo solucionarlo. Creo que es hora de que me vaya. De todas maneras, tengo que llevar el barco a Cayo West. Volver allá, ver cómo andan las cosas en Florida.

Ella frunció el ceño.

—Dijiste que nunca podías pasar con una misma mujer más de tres días; que te enloquecías de aburrimiento. ¡He­mos pasado juntos meses enteros y lloramos cuando tu-vimos que separarnos! ¡Los dos más felices que nunca en la vida! ¿Qué pasó, qué ha cambiado?

Corvus derivó desde su sitio en el palo mayor; un golpe de timón a babor para ponerla en su lugar. Pero si la mantengo allí toda la noche, pensé, al amanecer andaré cerca de Yucatán y no rumbo a Cayo Hueso. Si se navega por la misma estrella, sin cambiar, no sólo nos desviamos del curso, sino que nos perdemos.

Maldición, Corvus, ¿te estás poniendo de parte de ella? He ideado cuidadosamente este excelente sistema, este esquema de la mujer perfecta, de primera línea; iba funcio­nando muy bien hasta que Leslie empezó a entrometerse, a hacer preguntas que no me atrevo a pensar, mucho menos a contestar. Claro que quiero amarte, señorita, pero ¿cómo saber lo que tú harías si yo te amara?

¿Qué sentiría si cayera ahora por la borda? Estaría allí: un gran chapuzón verde fosfórico en el océano; ahí está el barco, enorme, junto a mí ahora, en el momento si­guiente fuera de mi alcance, dentro de un minuto perdido en la oscuridad, desvaneciéndose las luces de su estela.

Nadaría hacia la costa, eso sería todo. Estamos apenas a quince kilómetros de la costa; si no soy capaz de nadar quince kilómetros en agua cálida, merezco ahogarme.

Pero ¿y si estuviera a mil quinientos kilómetros de la costa? ¿Cómo serían las cosas, entonces?

Algún día, Richard, pensé, aprenderás a dominar esa mente tonta. Es como lo que el niño decía al aviador ambu­lante que había aterrizado en su henar:

—Señor, ¿qué haría si le fallara el motor?

—Bueno, planear y aterrizar, amigo mío. El aeroplano planea bien. No le hace falta motor para deslizarse. —Pero ¿y si se le desprendieran las alas?

—Si se me desprendieran las alas tendría que lanzarme, ¿no? Y usar el paracaídas.

—Sí, pero ¿y si no se le abriera el paracaídas?

—Entonces trataría de caer en una parva de heno.

—Pero ¿y si sólo hubiera rocas por todos lados?

Un montón de cuervos, eso es lo que son los niños. Igual que yo, antes. Igual que yo, también ahora. "¿Y si estuviera a mil quinientos kilómetros de la costa?" Cuánta curiosidad. El niño que llevo dentro querría correr a descu­brir qué hay del otro lado de la muerte, ahora mismo. No pasará mucho tiempo sin que llegue la hora de hacerlo. Mi misión está bastante cumplida, ya escritos los libros, pero todavía pueden quedarme una o dos lecciones por aprender, de este lado de la muerte.

Cómo amar a una mujer, por ejemplo. Richard, ¿recuerdas cuando dejaste el oficio de aviador ambulante para buscar a tu verdadero amor, tu alma gemela, tu amiga definitiva en un millón de vidas? Parece haber pasado tanto tiempo... ¿Qué posibilidades hay de que cuanto he apren­dido sobre el amor esté mal, de que haya una sola mujer en todo el mundo?

Se levantó viento; el barco se inclinó hacia estribor. Dejé que Corvus se fuera y timoneé hacia Cayo Hueso guiándome por la brújula.

¿Por qué será que tantos pilotos quieren, también, navegar a vela? Los aviones disponen de libertad en el es­pacio. Los veleros tienen libertad en el tiempo. No es el aparato lo que deseamos, sino la falta de grillos que esos aparatos representan. No queremos un avión grande, sino la velocidad y el poder que da el dominar su vuelo. No deseamos un yate lleno de velas, sino el viento, la aventura, la esforzada pureza de vida que demanda el mar, que deman­da el cielo. Sin las ligaduras de las exigencias externas. Na­vegar por años en un velero, sin detenerse, si lo deseamos.

Los veleros son dueños del tiempo. Lo más que un avión puede volar son unas cuantas horas; más que eso es una proeza. Alguien debería inventar un avión que goce de tanta libertad en el tiempo como los veleros.

Yo he conseguido ser libre de mis otras amigas. ¿Por qué de Leslie no? Ellas no me critican que mantenga la distancia, que las deje cuando quiero. ¿Por qué ella sí? ¿No sabe, acaso? Se pasa demasiado tiempo juntos y hasta la cortesía desaparece. La gente es más cortés con los desco­nocidos que con su marido o su mujer. Dos personas, mutuamente atadas como perros hambrientos, peleando por cada migaja que caiga entre ambos. Hasta nosotros, fíjate. ¡Me levantaste la voz! Yo no entré a tu vida para que te enojaras. Si no te gusto como soy, dilo, simplemente, y me voy. Demasiado tiempo juntos y todo son cadenas, deberes, responsabilidades, alegrías no, aventuras no, ¡gracias, no!

Horas más tarde, a través de la noche, el primer res­plandor leve, en el horizonte, hacia el sur. No es el alba, sino las luces en las calles de Cayo Hueso, que se reflejan en la neblina, a buena altura, en el cielo.

Navegar a vela es demasiado lento, pensé. Uno cambia de idea, no quiere estar donde está; en un avión se puede hacer algo por solucionarlo; en un ratito se llega lejos. En un velero, si cambias de idea ni siquiera puedes aterrizar y bajarte. No puedes planear si vas muy alto, no puedes as­cender si estás demasiado bajo. Los veleros siempre van a la misma altura. Sin cambios. Aburren. El cambio es aventu­ra, ya se trate de veleros o de mujeres. ¿Qué otra aven­tura hay, sino el cambio?

Leslie y yo acordamos ciertas reglas de amistad: igualdad absoluta, libertad, cortesía, respeto, que nadie diera a nadie por seguro, nada de exclusividades. Si las reglas ya no le gustan, debería decírmelo. Este asunto se está volviendo demasiado serio.

Sin duda, ella diría: "En tu vida, Richard Bach, ¿no hay lugar para algo que no sea una regla?"

Ojalá pudiera decir que no y alejarme de ella.

Ojalá pudiera hablar con ella ahora mismo.

Ojalá los veleros fueran mucho más veloces, ojalá volaran

Triste estado, el del mundo. Ponemos al hombre en la luna, pero no podemos construir un velero capaz de volar.