
CAPITULO 26
La única
diferencia podría haber sido que ella estaba más callada que de
costumbre, pero no me di cuenta.
—No puedo
creer que no tengas avión propio, Leslie. ¡Una reunión en San Diego!
¡Llegas en media hora!
Revisé el
aceite en el motor del Meyers 200 con que había volado al oeste, esa
vez, para visitarla; revisé también que las tapas de los tanques
estuvieran bien ajustadas y las cubiertas, sobre ellas, cerradas y
trabadas.
Ella
respondió con una voz apenas por encima del susurro, de pie en el
cálido sol, junto al ala izquierda. Llevaba un conjunto de color
arena que parecía hecho a medida, pero se la notaba inquieta cerca
de mi avión de negocios.
— ¿Cómo
dices, wook? —pregunté—. No te oigo.
Ella se
aclaró la garganta.
—Dije que
hasta ahora he logrado arreglármelas sin avión.
Puse su
portafolios en la parte trasera, me deslicé en el asiento izquierdo,
la ayudé a ocupar el derecho y cerré la puerta desde adentro, sin
dejar de hablar.
—La
primera vez que vi este tablero me dije: " ¡Epa! ¿Y todos estos
indicadores, llaves, botones, radios, cosas?" El Meyers tiene
instrumentos de sobra, pero uno se acostumbra con el tiempo y acaba
por ser muy fácil.
—Bueno
—replicó ella, con voz débil.
Miraba el
tablero más o menos como yo había mirado el escenario, el día en que
ella me llevara a la MGM. Su respeto no era tanto, pero me di cuenta
de que no estaba muy habituada a eso.
—
¡DESPEJEN LA HELICE! —grité, y ella me miró con los ojos muy
grandes, como si algo estuviera mal, asombrada por el grito.
Probablemente nunca había viajado sino en los grandes Jumbo. —No
pasa nada —le aseguré—. Sabemos que no hay nadie cerca del avión,
pero siempre gritamos: " ¡Despejen la hélice!" o algo así, para que
todos sepas que nuestro motor se está por poner en marcha y salgan
del paso. Antigua cortesía de pilotos.
—Qué bien
—asintió ella.
Llave
principal encendida, mezcla rica, regulador abierto un centímetro,
bomba de combustible conectada (le mostré cuál era el medidor de
presión de combustible, para que ella viera que teníamos presión),
llave de contacto en encendido, botón de arranque oprimido.
Giró la
hélice; el motor se encendió de inmediato, funcionando ásperamente
en cuatro cilindros, luego en cinco, finalmente en seis,
suavizándose hasta convertirse en un ronroneo de león contento antes
de despertar otra vez. Ahora, en el tablero de instrumentos las
agujas se estaban moviendo por doquier: presión de aceite, medidor
de vacío, amperímetro, voltímetro, indicador de dirección, horizonte
artificial, indicadores de navegación. Se encendieron luces para
indicar las frecuencias de radio; en los altavoces sonaron
palabras.
Una
escena que yo había representado unas diez mil veces en un avión u
otro, desde el momento en que terminara la escuela secundaria, y
todavía me gustaba tanto como entonces.
Me
comuniqué con la torre del aeropuerto para pedir información de
despegue, expliqué que éramos un Meyers y no un Navion pequeño,
solté los frenos y correteamos unos ochocientos metros hasta la
pista. Leslie observaba el tablero de instrumentos, los otros
aviones que correteaban, aterrizaban, despegaban. Me observaba a mí.
—No
entiendo una palabra de lo que dicen —comentó.
Tenía el
pelo peinado severamente hacia atrás, recogido bajo una boina
escocesa de color beige. Me sentí como un piloto de compañía aérea
que llevara a bordo a la hermosa presidenta, por primera vez.
—Es
lenguaje de aviación, una especie de código —le expliqué—. Nosotros
comprendemos porque sabemos exactamente lo que se va a decir:
Números de aviones, números de pista, las secuencias de despegue,
los vientos, el tránsito. Si dices algo que la torre de control no
esté esperando, como: "Aquí Meyers Tres Nueve María, estamos
comiendo sandwiches
de queso, por favor, espere", la señorita de la torre contestará:
"¿Cómo? ¿Cómo? Repita, por favor. Sándwich de queso no tiene sentido
en lenguaje de aviación."
En el
acto de oír, pensé, una gran parte consiste en escuchar lo que
esperamos y no sintonizar el resto. Yo estoy adiestrado para oír la
charla de los aviadores; ella está adiestrada para oír música en
donde yo ni siquiera sospecho que la haya. ¿Ocurrirá lo mismo con la
vista? ¿Acaso sintonizamos nuestros ojos para no ver visiones, ni
OVNIS, ni fantasmas? ¿Acaso nos cerramos a ciertos sabores, apagamos
nuestros sentidos, hasta descubrir que el mundo físico es
exactamente como queremos que sea, no ya un milagro? ¿Qué parecería
nuestro día si viéramos en infrarrojo y ultravioleta, o si
pudiéramos aprender a ver las auras, los futuros sin forma, los
pasados que no se desprenden?
Ella
escuchaba atentamente la radio, desentrañando súbitas descargas de
palabras emitidas por la torre; por un momento, pensé en el espectro
de a, enturas, cada vez más amplio, que estaba teniendo con ella.
En ese
momento, cualquier otro habría visto a una esbelta y encantadora
mujer de negocios, camino a una reunión para analizar la
financiación de una película, los costos calculados y no calculados,
los planes de filmación y los exteriores. Sin embargo yo, entornando
los ojos, la veía tal como una hora antes, vestida sólo con el aire
caliente de dos secadores para el pelo, después de ducharse,
guiñándome el ojo al pasar yo junto a su puerta y riendo, un
segundo después, al ver que me había llevado la pared por delante.
Qué
lástima, pensé, que semejantes placeres siempre lleven a cosas que
se dan por seguras, a ceños fruncidos, discusiones y toda la
confusión y la ruina del matrimonio, haya casamiento o no.
Apreté el
botón del micrófono en el volante de mando.
—Meyers
Dos Tres Nueve María listo para salir en Dos-Uno.
—Tres
Nueve Malía, tiene vía libre para despegar. Por favor, sea expedito.
Aparato en aproximación final.
—Comprendido, de acuerdo —dije. Estiré un brazo por delante de la
presidenta para ver si su portezuela estaba bien cerrada. — ¿Lista?
—Sí
—dijo ella, mirando hacia adelante.
El
ronroneo del Meyers se convirtió en un muro sónico compuesto por
trescientos caballos de fuerza. Nos vimos lanzados hacia atrás en
nuestros asientos, al avanzar el avión por la pista; el asfalto y
las líneas pintadas ya se convertían en un largo borrón, en Santa
Mónica que se alejaba hacia abajo.
Moví la
palanca del aterrizador para subirlo.
—Ahora
las ruedas están ascendiendo —dije a Leslie—y las aletas... ¿las ves
recogerse hacia adentro del ala? Ahora volveremos a potencia de
ascenso y aquí adentro habrá menos ruido...
Di unas
vueltas más al regulador, después de la manivela de la hélice,
finalmente al control de mezcla, para que la temperatura del gas de
exhaustación subiera hasta donde correspondía.
En el
tablero se habían encendido tres luces rojas... Las ruedas estaban
aerodinámicamente retiradas, arriba y sujetas. La palanca de
embrague a neutro, para desconectar la bomba hidráulica. El avión se
estabilizó en su ascenso, alcanzando algo menos de trescientos
metros por minuto. No ascendía tanto como el T-33, pero tampoco
quemaba dos mil quinientos litros por hora.
Abajo
avanzaba la línea de la costa, con cientos de personas en la playa.
Si ahora falla el motor, pensé, tenemos altura suficiente para
regresar y aterrizar en la cancha de golf o en la misma,pista.
Giramos ampliamente sobre el aeropuerto, antes de establecer el
rumbo a San Diego. Eso nos hizo pasar por sobre el Aeropuerto
Internacional de Los Ángeles. Leslie señaló una escasa línea de jets
comerciales en el acercamiento final para aterrizar.
— ¿No nos estamos cruzando en el paso de ellos?
—No —le dije—. Hay un corredor sobre el aeropuerto.
Por ahí vamos nosotros, ahora. El lugar más seguro, para nosotros,
es volar exactamente por sobre las pistas, porque los grandes
jets vienen desde un costado para aterrizar y
van al otro costado para despegar. ¿Ves? "Sarta de perlas", como les
llaman los controles. Por las noches, con las luces encendidas, son
una sarta de diamantes.
Descendí
a velocidad de crucero, con lo que el motor se tornó aun más
silencioso. Ella me hacía preguntas con los ojos mientras yo hacía
alteraciones en el avión. Entonces le expliqué lo que estaba
pasando.
—Ahora
estamos totalmente nivelados. ¿Ves cómo se mueve la aguja de
velocidad aérea? Llegará exactamente hasta aquí, donde indica unos
trescientos kilómetros por hora. Este indicador marca nuestra
altitud. La aguja pequeña indica los miles; la grande, los cientos.
¿Cuál es nuestra altitud en pies?
—¿Tres
mil... quinientos?
—Dímelo
sin el signo de interrogación.
Ella se
recostó contra mí para ver bien el altímetro.
—Tres mil
quinientos.
—¡Correcto!
Un Cessna
182 volaba hacia nosotros en el corredor, a mil pies por sobre
nuestra altitud.
—¿Ves
eso? Vuela a cuatro mil quinientos pies, en dirección opuesta. Hay
reglas a seguir para no acercarse demasiado en el aire. Aun así,
cuando veas un avión y aunque sepas que yo también lo estoy viendo,
señálamelo.
Siempre
conviene mirar alrededor, ver y ser visto. Tenemos luces de
referencia en la punta de la cola y en la panza, para que los otros
aviones nos vean con más facilidad.
Ella
asintió, buscando otros aviones. El aire estaba calmo como un lago
de crema; exceptuando el zumbido del motor, bien habríamos podido
estar volando en una cápsula espacial lenta, alrededor del planeta
Tierra. Estiré la mano hacia abajo para ajustar la manivela de
compensación en el tablero de instrumentos. Cuanta mayor era la
velocidad de vuelo, más había que compensar el morro hacia abajo,
para que no siguiera ascendiendo.
—
¿Quieres pilotear tú?
Ella se
arrinconó, como si temiera que yo fuese a entregarle el motor.
—No,
wookie, gracias. No sé cómo se hace.
—El avión
vuela solo. El piloto se limita a indicarle dónde debe ir. Con
suavidad, con mucha suavidad. Pon la mano en el volante de mandos
que tienes frente a ti. Con mucha suavidad, sólo el pulgar y los
dedos. Así, muy bien. Te prometo que no te dejaré cometer ningún
error.
Ella
apoyó tímidamente los dedos en el volante, como si hubiera una
trampa de acero puesta allí para cercenarle la mano.
—Ahora
bastará con que empujes hacia abajo, con muchísima suavidad, del
lado derecho del volante.
Ella me
miró. Preguntas.
—¡Dale!
Te aseguro que al avión le encanta. Aplica un poco de presión a la
derecha.
El
volante se movió un centímetro bajo su mano; como era de esperar, el
Meyers se inclinó lentamente hacia la derecha, iniciando un giro.
Ella aspiró bruscamente.
—Ahora
haz lo mismo del lado izquierdo.
Ella lo
hizo, como si estuviera realizando un experimento de física cuyo
resultado fuera totalmente desconocido. Las alas se nivelaron. Me
dedicó una sonrisa de encantado descubrimiento.
—Ahora
prueba tirar hacia atrás, un centímetro.
Para
cuando el aeropuerto de San Diego se elevó en el horizonte, Leslie
había terminado con su primera lección de vuelo y señalaba aviones
del tamaño de jejenes, a veinticuatro kilómetros de distancia. Sus
ojos eran tan agudos como hermosos. Era un placer tenerla al lado en
un avión.
—Serás
buena piloto, si quieres dedicarte a eso. Sabes manejar el avión con
suavidad. La primera vez, cuando uno dice "con suavidad' casi todos
echan manotazos a los mandos con demasiada fuerza, y el pobre avión
comienza a dar tumbos. Si yo fuera avión, me encantaría que me
pilotearas.
Ella me
echó una mirada de reojo y siguió buscando otros aviones, en tanto
nos inclinábamos hacia San Diego.
Ya de
regreso en Los Ángeles, esa noche, después de un vuelo tan tranquilo
como el de la mañana, se dejó caer en la cama.
—Deja que
te cuente un secreto, wookie —dijo.
—Te dejo.
¿De qué se trata?
—¡Me
aterroriza volar! ¡ME ATERRORIZA! Sobre todo, tratándose de aviones
pequeños. Hasta hoy, si alguien me hubiera puesto un revólver en la
nuca, diciendo:
"O
subes a ese avioncito o aprieto el gatillo", yo hubiera contestado:
"Apriete el gatillo." Lo que hice hoy me parece imposible. ¡Me moría
de miedo, pero lo hice!
¿Qué?,
pensé.
—¿Te
aterroriza? ¿Y por qué no me lo dijiste? Hubiéramos podido ir en el
Bantha...
Me
parecía increíble. ¿Esa mujer, que tanto me interesaba, tenía miedo
a los aviones?
—
Porque me habrías odiado —respondió.
—
¡No te habría odiado nada! Habría pensado que eras una gansa, pero
odiarte, eso no. Hay mucha gente a la que no le gusta volar.
—No se
trata de que no me guste —corrigió—. ¡No soporto volar! Ni siquiera
en aviones grandes, en jets.
Cuando no me queda más remedio, elijo el avión más grande que haya.
Subo, me siento, me aferró de los posa brazos y trato de no llorar.
¡Y todo eso antes de que se pongan en marcha los motores!
La abracé
con suavidad.
—¡Pobrecita! Y no dijiste una palabra. Debió parecerte que eran los
últimos minutos de tu vida, cuando subiste al Meyers, ¿no?
Asintió
contra mi hombro.
—¡Qué
muchacha tan valiente eres!
Más
gestos de asentimiento.
—¡Pero ya
pasó todo! Ahora has perdido todo ese miedo y desde ahora en
adelante iremos a todas partes volando, y aprenderás a volar, y
tendrás un avioncito propio...
Ella
había seguido asintiendo hasta "desde ahora en adelante". En ese
punto se detuvo, se apartó de mi abrazo y me miró con angustia,
enormes los ojos, la barbilla temblando. Ambos nos deshicimos en
risas.
—¡Pero de
veras, Richard! ¡A lo que más miedo le tengo en el mundo es a volar!
Ahora ya sabes lo que siento por mi amigo Richard...
La
conduje hasta la cocina, abrí el congelador y amontoné helado y
crema de chocolate en la mesa.
—Esto hay
que festejarlo —aseguré, para disimular mi confusión por lo que ella
había dicho: "Ahora ya sabes lo que siento por mi amigo Richard."
Sobre ponerse a ese miedo requeriría una confianza, un afecto tan
fuertes como el mismo amor, y el amor es el pasaporte al desastre.