Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 26

Richard Bach

 

CAPITULO 26

La única diferencia podría haber sido que ella estaba más callada que de costumbre, pero no me di cuenta.

—No puedo creer que no tengas avión propio, Leslie. ¡Una reunión en San Diego! ¡Llegas en media hora!

Revisé el aceite en el motor del Meyers 200 con que había volado al oeste, esa vez, para visitarla; revisé también que las tapas de los tanques estuvieran bien ajustadas y las cubiertas, sobre ellas, cerradas y trabadas.

Ella respondió con una voz apenas por encima del su­surro, de pie en el cálido sol, junto al ala izquierda. Llevaba un conjunto de color arena que parecía hecho a medida, pero se la notaba inquieta cerca de mi avión de negocios.

— ¿Cómo dices, wook? —pregunté—. No te oigo.

Ella se aclaró la garganta.

—Dije que hasta ahora he logrado arreglármelas sin avión.

Puse su portafolios en la parte trasera, me deslicé en el asiento izquierdo, la ayudé a ocupar el derecho y cerré la puerta desde adentro, sin dejar de hablar.

—La primera vez que vi este tablero me dije: " ¡Epa! ¿Y todos estos indicadores, llaves, botones, radios, cosas?" El Meyers tiene instrumentos de sobra, pero uno se acos­tumbra con el tiempo y acaba por ser muy fácil.

—Bueno —replicó ella, con voz débil.

Miraba el tablero más o menos como yo había mirado el escenario, el día en que ella me llevara a la MGM. Su respeto no era tanto, pero me di cuenta de que no estaba muy habituada a eso.

— ¡DESPEJEN LA HELICE! —grité, y ella me miró con los ojos muy grandes, como si algo estuviera mal, asombrada por el grito. Probablemente nunca había viajado sino en los grandes Jumbo. —No pasa nada —le aseguré—. Sabemos que no hay nadie cerca del avión, pero siempre gritamos: " ¡Despejen la hélice!" o algo así, para que todos sepas que nuestro motor se está por poner en marcha y salgan del paso. Antigua cortesía de pilotos.

—Qué bien —asintió ella.

Llave principal encendida, mezcla rica, regulador abier­to un centímetro, bomba de combustible conectada (le mostré cuál era el medidor de presión de combustible, para que ella viera que teníamos presión), llave de contacto en encendido, botón de arranque oprimido.

Giró la hélice; el motor se encendió de inmediato, fun­cionando ásperamente en cuatro cilindros, luego en cinco, finalmente en seis, suavizándose hasta convertirse en un ronroneo de león contento antes de despertar otra vez. Ahora, en el tablero de instrumentos las agujas se estaban moviendo por doquier: presión de aceite, medidor de vacío, amperímetro, voltímetro, indicador de dirección, horizonte artificial, indicadores de navegación. Se encendieron luces para indicar las frecuencias de radio; en los altavoces so­naron palabras.

 Una escena que yo había representado unas diez mil veces en un avión u otro, desde el momento en que terminara la escuela secundaria, y todavía me gustaba tanto como entonces.

Me comuniqué con la torre del aeropuerto para pedir información de despegue, expliqué que éramos un Meyers y no un Navion pequeño, solté los frenos y correteamos unos ochocientos metros hasta la pista. Leslie observaba el tablero de instrumentos, los otros aviones que correteaban, aterrizaban, despegaban. Me observaba a mí.

—No entiendo una palabra de lo que dicen —comentó.

Tenía el pelo peinado severamente hacia atrás, reco­gido bajo una boina escocesa de color beige. Me sentí como un piloto de compañía aérea que llevara a bordo a la hermosa presidenta, por primera vez.

—Es lenguaje de aviación, una especie de código —le expliqué—. Nosotros comprendemos porque sabemos exac­tamente lo que se va a decir: Números de aviones, números de pista, las secuencias de despegue, los vientos, el tránsito. Si dices algo que la torre de control no esté esperando, co­mo: "Aquí Meyers Tres Nueve María, estamos comiendo sandwiches de queso, por favor, espere", la señorita de la torre contestará: "¿Cómo? ¿Cómo? Repita, por favor. Sándwich de queso no tiene sentido en lenguaje de avia­ción."

En el acto de oír, pensé, una gran parte consiste en escuchar lo que esperamos y no sintonizar el resto. Yo estoy adiestrado para oír la charla de los aviadores; ella está adiestrada para oír música en donde yo ni siquiera sospecho que la haya. ¿Ocurrirá lo mismo con la vista? ¿Acaso sintonizamos nuestros ojos para no ver visiones, ni OVNIS, ni fantasmas? ¿Acaso nos cerramos a ciertos sabores, apagamos nuestros sentidos, hasta descubrir que el mundo físico es exactamente como queremos que sea, no ya un milagro? ¿Qué parecería nuestro día si viéramos en infra­rrojo y ultravioleta, o si pudiéramos aprender a ver las auras, los futuros sin forma, los pasados que no se desprenden?

Ella escuchaba atentamente la radio, desentrañando súbitas descargas de palabras emitidas por la torre; por un momento, pensé en el espectro de a, enturas, cada vez más amplio, que estaba teniendo con ella.

     

En ese momento, cualquier otro habría visto a una esbelta y encantadora mujer de negocios, camino a una reunión para analizar la financiación de una película, los costos calculados y no calculados, los planes de filmación y los exteriores. Sin embargo yo, entornando los ojos, la veía tal como una hora antes, vestida sólo con el aire caliente de dos secadores para el pelo, después de ducharse, guiñándo­me el ojo al pasar yo junto a su puerta y riendo, un segundo después, al ver que me había llevado la pared por delante.

Qué lástima, pensé, que semejantes placeres siempre lleven a cosas que se dan por seguras, a ceños fruncidos, dis­cusiones y toda la confusión y la ruina del matrimonio, haya casamiento o no.

Apreté el botón del micrófono en el volante de mando.

—Meyers Dos Tres Nueve María listo para salir en Dos-Uno.

—Tres Nueve Malía, tiene vía libre para despegar. Por favor, sea expedito. Aparato en aproximación final.

—Comprendido, de acuerdo —dije. Estiré un brazo por delante de la presidenta para ver si su portezuela estaba bien cerrada. — ¿Lista?

 —Sí —dijo ella, mirando hacia adelante.

El ronroneo del Meyers se convirtió en un muro sónico compuesto por trescientos caballos de fuerza. Nos vimos lan­zados hacia atrás en nuestros asientos, al avanzar el avión por la pista; el asfalto y las líneas pintadas ya se convertían en un largo borrón, en Santa Mónica que se alejaba hacia abajo.

Moví la palanca del aterrizador para subirlo.

—Ahora las ruedas están ascendiendo —dije a Leslie—y las aletas... ¿las ves recogerse hacia adentro del ala? Ahora volveremos a potencia de ascenso y aquí adentro habrá menos ruido...

Di unas vueltas más al regulador, después de la mani­vela de la hélice, finalmente al control de mezcla, para que la temperatura del gas de exhaustación subiera hasta donde correspondía.

En el tablero se habían encendido tres luces rojas... Las ruedas estaban aerodinámicamente retiradas, arriba y suje­tas. La palanca de embrague a neutro, para desconectar la bomba hidráulica. El avión se estabilizó en su ascenso, al­canzando algo menos de trescientos metros por minuto. No ascendía tanto como el T-33, pero tampoco quemaba dos mil quinientos litros por hora.

Abajo avanzaba la línea de la costa, con cientos de per­sonas en la playa. Si ahora falla el motor, pensé, tenemos altura suficiente para regresar y aterrizar en la cancha de golf o en la misma,pista. Giramos ampliamente sobre el aeropuerto, antes de establecer el rumbo a San Diego. Eso nos hizo pasar por sobre el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Leslie señaló una escasa línea de jets comer­ciales en el acercamiento final para aterrizar.

— ¿No nos estamos cruzando en el paso de ellos?
—No —le dije—. Hay un corredor sobre el aeropuerto.
Por ahí vamos nosotros, ahora. El lugar más seguro, para nosotros, es volar exactamente por sobre las pistas, porque los grandes
jets vienen desde un costado para aterrizar y van al otro costado para despegar. ¿Ves? "Sarta de perlas", como les llaman los controles. Por las noches, con las luces encendidas, son una sarta de diamantes.

Descendí a velocidad de crucero, con lo que el motor se tornó aun más silencioso. Ella me hacía preguntas con los ojos mientras yo hacía alteraciones en el avión. Entonces le expliqué lo que estaba pasando.

—Ahora estamos totalmente nivelados. ¿Ves cómo se mueve la aguja de velocidad aérea? Llegará exactamente hasta aquí, donde indica unos trescientos kilómetros por hora. Este indicador marca nuestra altitud. La aguja pe­queña indica los miles; la grande, los cientos. ¿Cuál es nuestra altitud en pies?

—¿Tres mil... quinientos?

—Dímelo sin el signo de interrogación.

Ella se recostó contra mí para ver bien el altímetro.

—Tres mil quinientos.

—¡Correcto!

Un Cessna 182 volaba hacia nosotros en el corredor, a mil pies por sobre nuestra altitud.

—¿Ves eso? Vuela a cuatro mil quinientos pies, en dirección opuesta. Hay reglas a seguir para no acercarse de­masiado en el aire. Aun así, cuando veas un avión y aunque sepas que yo también lo estoy viendo, señálamelo.

 Siempre conviene mirar alrededor, ver y ser visto. Tenemos luces de referencia en la punta de la cola y en la panza, para que los otros aviones nos vean con más facilidad.

Ella asintió, buscando otros aviones. El aire estaba calmo como un lago de crema; exceptuando el zumbido del motor, bien habríamos podido estar volando en una cápsula espacial lenta, alrededor del planeta Tierra. Estiré la mano hacia abajo para ajustar la manivela de compensación en el tablero de instrumentos. Cuanta mayor era la veloci­dad de vuelo, más había que compensar el morro hacia abajo, para que no siguiera ascendiendo.

— ¿Quieres pilotear tú?

Ella se arrinconó, como si temiera que yo fuese a entregarle el motor.

—No, wookie, gracias. No sé cómo se hace.

—El avión vuela solo. El piloto se limita a indicarle dónde debe ir. Con suavidad, con mucha suavidad. Pon la mano en el volante de mandos que tienes frente a ti. Con mucha suavidad, sólo el pulgar y los dedos. Así, muy bien. Te prometo que no te dejaré cometer ningún error.

Ella apoyó tímidamente los dedos en el volante, como si hubiera una trampa de acero puesta allí para cercenarle la mano.

—Ahora bastará con que empujes hacia abajo, con mu­chísima suavidad, del lado derecho del volante.

Ella me miró. Preguntas.

—¡Dale! Te aseguro que al avión le encanta. Aplica un poco de presión a la derecha.

El volante se movió un centímetro bajo su mano; como era de esperar, el Meyers se inclinó lentamente hacia la de­recha, iniciando un giro. Ella aspiró bruscamente.

—Ahora haz lo mismo del lado izquierdo.

Ella lo hizo, como si estuviera realizando un experi­mento de física cuyo resultado fuera totalmente desconoci­do. Las alas se nivelaron. Me dedicó una sonrisa de encan­tado descubrimiento.

—Ahora prueba tirar hacia atrás, un centímetro.

Para cuando el aeropuerto de San Diego se elevó en el horizonte, Leslie había terminado con su primera lección de vuelo y señalaba aviones del tamaño de jejenes, a vein­ticuatro kilómetros de distancia. Sus ojos eran tan agudos como hermosos. Era un placer tenerla al lado en un avión.

—Serás buena piloto, si quieres dedicarte a eso. Sabes manejar el avión con suavidad. La primera vez, cuando uno dice "con suavidad' casi todos echan manotazos a los mandos con demasiada fuerza, y el pobre avión comienza a dar tumbos. Si yo fuera avión, me encantaría que me pilo­tearas.

Ella me echó una mirada de reojo y siguió buscando otros aviones, en tanto nos inclinábamos hacia San Diego.

Ya de regreso en Los Ángeles, esa noche, después de un vuelo tan tranquilo como el de la mañana, se dejó caer en la cama.

—Deja que te cuente un secreto, wookie —dijo.

—Te dejo. ¿De qué se trata?

—¡Me aterroriza volar! ¡ME ATERRORIZA! Sobre todo, tratándose de aviones pequeños. Hasta hoy, si alguien me hubiera puesto un revólver en la nuca, diciendo:

  "O subes a ese avioncito o aprieto el gatillo", yo hubiera contestado: "Apriete el gatillo." Lo que hice hoy me parece imposible. ¡Me moría de miedo, pero lo hice!

¿Qué?, pensé.

—¿Te aterroriza? ¿Y por qué no me lo dijiste? Hu­biéramos podido ir en el Bantha...

Me parecía increíble. ¿Esa mujer, que tanto me inte­resaba, tenía miedo a los aviones?

—        Porque me habrías odiado —respondió.

—        ¡No te habría odiado nada! Habría pensado que eras una gansa, pero odiarte, eso no. Hay mucha gente a la que no le gusta volar.

—No se trata de que no me guste —corrigió—. ¡No soporto volar! Ni siquiera en aviones grandes, en jets. Cuando no me queda más remedio, elijo el avión más grande que haya. Subo, me siento, me aferró de los posa brazos y trato de no llorar. ¡Y todo eso antes de que se pongan en marcha los motores!

La abracé con suavidad.

—¡Pobrecita! Y no dijiste una palabra. Debió parecerte que eran los últimos minutos de tu vida, cuando subiste al Meyers, ¿no?

Asintió contra mi hombro.

—¡Qué muchacha tan valiente eres!

Más gestos de asentimiento.

—¡Pero ya pasó todo! Ahora has perdido todo ese miedo y desde ahora en adelante iremos a todas partes volando, y aprenderás a volar, y tendrás un avioncito pro­pio...

Ella había seguido asintiendo hasta "desde ahora en adelante". En ese punto se detuvo, se apartó de mi abrazo y me miró con angustia, enormes los ojos, la barbilla tem­blando. Ambos nos deshicimos en risas.

—¡Pero de veras, Richard! ¡A lo que más miedo le tengo en el mundo es a volar! Ahora ya sabes lo que siento por mi amigo Richard...

La conduje hasta la cocina, abrí el congelador y amon­toné helado y crema de chocolate en la mesa.

—Esto hay que festejarlo —aseguré, para disimular mi confusión por lo que ella había dicho: "Ahora ya sabes lo que siento por mi amigo Richard." Sobre ponerse a ese miedo requeriría una confianza, un afecto tan fuertes como el mismo amor, y el amor es el pasaporte al desastre.

Cada vez que una mujer decía amarme, íbamos camino al fin de nuestra amistad. ¿Acaso perdería a mi hermosa amiga Leslie en el torbellino de la posesión celosa? Ella nunca había dicho que me amara; tampoco yo se lo habría dicho, ni en mil años.

Ante cien públicos, yo había advertido:

—Cuando alguien les diga que los ama, ¡cuidado!

Nadie tenía por qué creer en mi palabra; cualquiera podía verlo en su propia existencia: padres que castigaban a sus hijos gritando lo mucho que los amaban; esposos que se asesinaban verbalmente, físicamente, en discusiones filosas como cuchillos, amándose. Los desprecios corrientes, el eterno descarte de una persona por parte de otra que asegura amarla. De tales amores, por favor, pueda el mundo librarse. ¿Por qué se había crucificado a palabra tan promi­soria en el árbol de la obligación, asaetada de deberes, ahorcada por la hipocresía, ahogada por la costumbre? Des­pués de "Dios"` "amor" es la palabra más mutilada de todos los idiomas. La forma más elevada del afecto entre dos seres humanos

 es la amistad; Cuando el amor se entromete, la amistad muere.

Le serví la crema de chocolate caliente. Sin duda no es eso lo que ella quiere decir. "Ahora sabes lo que siento" se refería a la confianza, al respeto, a esas elevadas cimas que los amigos pueden escalar

No podía haberse referido al amor. ¡No, por favor! ¡Cuánto detestaría perderla!