Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 25

Richard Bach

 

CAPITULO 25

Estaba en una carpeta rotulada Richard, sobre su escri­torio; suponiendo que era para mí, abrí la carpeta y leí.

El azul apacible y luminoso del alba

Se tornó más intenso con el día

 Igual que la felicidad,

Azul, más azul, azulísimo,

Blancas bocanadas de deleite,

Júbilo desbordando.

Hasta que el atardecer

Nos envolvió en un rosado tierno

 Y nos fundimos en un

Apasionado adiós magenta,

Alma terrestre y alma cósmica

 Estallando de belleza.

Cuando llegó la noche,

Una luna bebé

Reía de costado en la tiniebla. Yo reí también

Y pensé:

A medio andar el mundo

Tu cielo

Se colma de esta misma

Risa dorada,

Y tuve la esperanza de que tú,

Chispeantes Ojos Azules,

 Vieras y oyeras.

Para que de algún modo los tres

Quedáramos unidos en nuestro regocijo, Cada uno de nosotros en su propio espacio, Juntos por separado,

Distancia sin sentido.

Y dormí

En un mundo

 Colmado de sonrisas.

Lo leí una vez, y otra, y una vez más, lentamente.

—Pequeña wookie —pregunté, levantando la voz—, ¿quién escribió el poema de la luna bebé que reía de cos­tado en la oscuridad? El que estaba en la carpeta de tu escri­torio. ¿Lo escribiste tú?

Ella contestó desde su sala, en donde estaba, rodeada por montañas de formularios de transacción-inversión, praderas de hojas para inventario, ríos de cheques cance­lados: una colonia en tierras hostiles, circundada por ca­rretas de papel.

Había logrado impedir el embargo de la Dirección de Réditos. Ahora trabajaba a toda velocidad para organizar los hechos, a fin de iniciar las negociaciones en un plazo de dos semanas a partir del jueves.

     

—¿Cómo? —dijo—. Fui yo. Oh, ¡NO LO LEAS, POR FAVOR!

—Demasiado tarde —dije, en voz lo bastante baja como para que ella no oyera.

A veces nos preguntamos si alguna vez se puede llegar a conocer a la amiga más íntima, lo que piensa y siente en el fondo. Y de pronto descubrimos que ella ha escrito ese fondo en un papel secreto, tan claro como una primavera en la montaña.

Volví a leerlo. Estaba fechado el día en que yo había par­tido hacia España; ahora, un día después de regresar, descu­bría lo que ella había sentido, sin decírselo a nadie, salvo a ese papel. ¡Qué poetisa era! Intima sobre el papel, suave, sin miedo. La obra literaria me conmueve cuando es íntima; igual que el volar, los filmes, las charlas, los contactos que parecen accidentales y no lo son.

A nadie había conocido yo, salvo a ella, con quien me atreviera a mostrarme tan infantil como a veces me sentía, tan tonto, experimentado, sexual, íntimo y conmo­vedor. Si el amor no era una palabra torcida y mutilada por la posesión y la hipocresía, si era una palabra cuyo signi­ficado era el que yo deseaba, bien podía estar al borde de pensar que estaba enamorado de ella.

Volví a leer sus palabras.

—Es un bello poema, Leslie.

Suena tan flojo y condescendiente... ¿Sabrá ella que lo digo sinceramente?

Su voz fue una cadena de plata, lanzada con fuerza.
— ¡Maldición, Richard! ¡Te pedí que no lo leyeras!
¡Eso es privado! Cuando quiera que lo leas te lo haré saber. Ahora ¿quieres venir al escritorio, por favor, a ayu­darme un poco?

El poema se hizo añicos en mi mente, disco de arcilla sobre el que dispararan con acertada puntería. Furia ins­tantánea. ¡Quién es usted para gritarme, señorita! ¡El que me grita no me vuelve a ver, nunca jamás! ¡Si no me quieres, no me tienes! Adiós... Adiós... ADIOS... ¡ADIOS!

Tras esa pica de ira, dos segundos, un ardoroso enfado contra mí mismo. Yo, que tanto valoro la privacidad, había leído su poema privado.

Me había entrometido en sus escritos íntimos. ¿Cómo me habría sentido yo si ella se hubiera entrometido en los míos? Inconcebible, hacer seme­jante cosa. Ella tenía todo el derecho del mundo a expulsarme de su casa para siempre, y me parecía horrible que todo terminara así, porque ella era la persona más íntima que tocara jamás.

Apreté la mandíbula, no dije una palabra, salí a la sala.

—Lo siento muchísimo —dije—. Te pido mil disculpas. Ha sido imperdonable y no lo volveré a hacer, te lo prometo.

La furia se enfrió, el plomo fundido se vació en hielo. El poema seguía siendo polvo quebrado.

— ¿No te preocupas por esto? —Estaba furiosa, deses­perada. —Los abogados no pueden hacer nada por ayudarte mientras no tengan algo con que trabajar, y este... ¡em­brollo!... vienen a ser tus registros, se supone. —Movió papeles, revisó una pila aquí, otra allá. — ¿Tienes copias de tus declaraciones de réditos? ¿Sabes dónde están tus decla­raciones de réditos?

No tenía la menor idea. Si algo aborrecía, después de la Guerra, la Religión Organizada y el Matrimonio, debía ser el Papelerío Financiero. Para mí, ver una declaración de réditos era encontrarme de cabeza con Medusa: petri­ficación instantánea.

—Han de estar por aquí —dije—. Las voy a buscar. Ella revisó la lista que tenía en su regazo y levantó el lápiz.

—        ¿Qué ingresos tuviste el año pasado?

—        No sé.

—        Aproximadamente. Diez mil dólares más o menos.

—        No sé.

—        ¡Vamos, Richard! ¿Cincuenta mil dólares más o menos, cien mil?

—De veras, Leslie. ¡No lo sé!

Ella dejó el lápiz y me miró como si yo fuera un ejemplar de biología, sacado del lodo ártico.

—Dentro del millón de dólares —dijo, muy lenta y claramente—. Si ganaste menos de un millón de dólares, el año pasado, di: "Menos de un millón de dólares." Si ganaste más de un millón de dólares, di: "Más de un millón de dólares."

Con paciencia, como si hablara con un niño estúpido. —Tal vez más de un millón —dije—, pero tal vez haya sido menos o tal vez dos.

Se le agotó la paciencia.

—¡Richard! ¡Por favor! No estamos jugando! ¿No te das cuenta de que estoy tratando de ayudarte?

—¿NO TE DAS CUENTA DE QUE NO SE? ¡NO TENGO LA MENOR IDEA DE CUANTO DINERO GANE, NO ME IMPORTA CUANTO DINERO GANE! ¡TENGO... TENIA GENTE DE CONFIANZA PARA QUE SE ENCARGARA DE TODO ESO, YO DETESTO ANDAR TRAS ESAS COSAS, NO SE COMO SE HACE! —Sonaba a escena de libreto. —No lo sé.

Ella apoyó la goma del lápiz contra la comisura de su boca y me miró. Tras un largo silencio, dijo:

—Realmente no lo sabes, ¿eh?

—No.

Me sentía malhumorado, incomprendido y solo.
—Te creo —dijo ella, con suavidad—. ¿Cómo es posible que no sepas con diferencia de un millón de dólares? —Me vio la cara y agitó la mano para retirar lo dicho. — ¡Está bien, está bien! No sabes.

Pasé un rato manoteando entre las cajas; detestaba eso. Papeles, miren cuántos papeles. Números anotados por manos desconocidas, por diferentes máquinas de escribir; pero se supone que tienen alguna relación conmigo. Inversiones, productos, agentes, impuestos, cuentas bancarias...

— ¡Aquí están los impuestos! —dije—. ¡Toda una carpeta de impuestos!

— ¡Así me gusta! —aprobó ella, como si yo fuera un cocker spaniel que acabara de desenterrar una pulsera per­dida.

—Guau —dije.

Ella no contestó. Estaba revisando los títulos de las de­claraciones y tildando las anotaciones.

Todo era silencio mientras ella leía; bostecé sin abrir la boca, treta aprendida en la escuela secundaria, en las clases de inglés. A mí, que odiaba tanto el papelerío, ¿se me exigía ahora que aprendiera eso, más mortífero que la gra­mática? ¿Para qué? ¡Yo no me había olvidado del pape­lerío, había contratado a gente que se encargara en mi nom­bre! Después de contratarlos y pagarles, ¿por qué me toca a mí revolver este embrollo, buscar formularios de ré­ditos? ¿Por qué le toca a Leslie recoger la carga que dejaron caer seis empleados bien remunerados? ¡No es justo!

Cuando alguien escribe un libro de gran venta, canta una canción gloriosa o actúa en una película encantadora, se le debería proporcionar un grueso manual gris, junto con los cheques, las bolsas de correspondencia y los cántaros de dinero:

PRESENTACION Y ADVERTENCIA

Felicitaciones por haber hecho lo que hizo para ganar este efectivo. Aunque parece ser suyo y usted cree que de­bería ser suyo, por haber dado a la sociedad lo que usted le dio, sólo una décima parte de él, aproximadamente, puede caer bajo su control, SIEMPRE QUE USTED SEA HABIL CON EL PAPELERIO.

El resto pasa a agentes, impuestos, contadores, abo­gados, personal especializado, gobiernos, sindicatos y em­pleadores, que usted deberá contratar para seguir el rastro de todo esto y pagar los impuestos correspondientes a sus empleados. No tiene ninguna importancia que usted no sepa dónde contratar a las personas que puedan hacer esto, que no sepa en quién confiar o que no conozca todos los artículos que deberá pagar; tendrá que pagarlos, de cual­quier modo.

Sírvase comenzar por la página uno y lea sin detenerse hasta la página 923, memorizando cada una de las líneas. Entonces podrá salir a disfrutar de una cena deducible, siempre que se haga acompañar por un comerciante, hable de negocios, guarde el recibo y anote con quién ha compar­tido la comida. Si no lo hace, habrá gastado, en realidad, el doble de lo que creyó haber gastado al pagar.

Desde ahora en adelante, viva su vida estrictamente de acuerdo con las reglas aquí enumeradas; así, noso­tros, su gobierno, podremos permitirle existir un tiempo más. De otro modo, abandonad toda esperanza, los que aquí entráis.

  Ni siquiera un folleto. Supuestamente, toda persona capaz de componer una canción encantadora es un contador competente, además de archivista y custodio de créditos y débitos pagaderos a las invisibles direcciones de ciudad, estado y nación. Si una o dos de esas personas no están a la al­tura de la tarea, si no han sido bendecidas con una mente ordenada, capaz de comprender las normas de la registra­ción cuidadosa, su estrella es bajada con red del firmamento y encerrada en una celda carcelaria. Allí deben dedi­car todo su talento a aprender las costumbres de las celdas, a dominar esa aburrida materia, aunque tenga gusto a cartón; Han de pasar años en una rígida oscuridad, antes de que su estrella pueda volver a brillar, sí de ella queda una chispa.

¡Cuánta energía malgastada! ¿Cuántos otros filmes, cuántos otros libros, cuántas canciones quedan sin cantar mientras esas horas, esos meses, esos años se derraman por lujosas ratoneras burocráticas de abogados, contadores, asesores, consejeros y consultores, a los que se paga en medio de la desesperación, buscando ayuda?

Calma, Richard. Estás echando un vistazo a tu futuro. Si quieres seguir viviendo en este país, la cautelosa atención prestada al dinero y a sus registros será un collar sofocante amarrado a tu cuello. Forcejea contra él, tira y te estran­gularás. Debes tomarlo con calma, con garbo, caminar len­tamente, mostrarte de acuerdo con todos los organismos ofi­ciales y con todos los inspectores que conozcas, sonreír dulcemente y... si lo haces, se te permitirá respirar sin pender por el cuello hasta la muerte en esa cadena.

Pero ¡mi libertad! Tironeé. ¡Aaak! Fiú. ¡Ay, ese collar es feroz!

Mi libertad es ahora una alternativa: escapar a algún otro país y cuidadosa, lentamente, resolver este mon­tón de vajilla rota que fuera mi imperio. Richard-el-de-en­tonces tomó algunas decisiones ciegas y cometió errores es­túpidos por los que deberá pagar Richard-el-de-ahora.

Observé a Leslie, que estudiaba las declaraciones de réditos, llenando páginas y páginas de notas para los abo­gados.

Richard-el-de-ahora, pensé, no está haciendo un comino. Leslie-la-de-ahora se encarga de todo, y no es ni un poquitito responsable de lo ocurrido. Leslie no se dedicó a pilotear aviones veloces; ni siquiera tuvo la posibilidad de salvar el imperio del desastre. A Leslie le toca barrer los fragmentos, si puede. ¡Qué retribución, por ser amiga de Richard Bach!

Y encima él se enoja con ella por haberle levantado la voz cuando supo que había leído su poesía privada.

Richard, pensé, ¿has tenido en cuenta la posibilidad de que, de hecho, puedas ser un reverendo y maldito hijo de mala madre?

Por primera vez en mi vida, tuve en cuenta esa posibilidad, muy en serio