—¿Cómo?
—dijo—. Fui yo. Oh, ¡NO LO LEAS, POR FAVOR!
—Demasiado tarde —dije, en voz lo bastante baja como para que ella
no oyera.
A veces
nos preguntamos si alguna vez se puede llegar a conocer a la amiga
más íntima, lo que piensa y siente en el fondo. Y de pronto
descubrimos que ella ha escrito ese fondo en un papel secreto, tan
claro como una primavera en la montaña.
Volví a
leerlo. Estaba fechado el día en que yo había partido hacia España;
ahora, un día después de regresar, descubría lo que ella había
sentido, sin decírselo a nadie, salvo a ese papel. ¡Qué poetisa era!
Intima sobre el papel, suave, sin miedo. La obra literaria me
conmueve cuando es íntima; igual que el volar, los filmes, las
charlas, los contactos que parecen accidentales y no lo son.
A nadie
había conocido yo, salvo a ella, con quien me atreviera a mostrarme
tan infantil como a veces me sentía, tan tonto, experimentado,
sexual, íntimo y conmovedor. Si el amor no era una palabra torcida
y mutilada por la posesión y la hipocresía, si era una palabra cuyo
significado era el que yo deseaba, bien podía estar al borde de
pensar que estaba enamorado de ella.
Volví a
leer sus palabras.
—Es un
bello poema, Leslie.
Suena tan
flojo y condescendiente... ¿Sabrá ella que lo digo sinceramente?
Su voz
fue una cadena de plata, lanzada con fuerza.
— ¡Maldición, Richard! ¡Te pedí que no lo leyeras!
¡Eso es privado! Cuando quiera que lo leas te lo haré saber.
Ahora ¿quieres venir al escritorio, por favor, a ayudarme un poco?
El poema
se hizo añicos en mi mente, disco de arcilla sobre el que dispararan
con acertada puntería. Furia instantánea. ¡Quién es usted para
gritarme, señorita! ¡El que me grita no me vuelve a ver, nunca
jamás! ¡Si no me quieres, no me tienes! Adiós... Adiós... ADIOS... ¡ADIOS!
Tras esa
pica de ira, dos segundos, un ardoroso enfado contra mí mismo. Yo,
que tanto valoro la privacidad, había leído su poema privado.
Me había
entrometido en sus escritos íntimos. ¿Cómo me habría sentido yo si
ella se hubiera entrometido en los míos? Inconcebible, hacer
semejante cosa. Ella tenía todo el derecho del mundo a expulsarme
de su casa para siempre, y me parecía horrible que todo terminara
así, porque ella era la persona más íntima que tocara jamás.
Apreté la
mandíbula, no dije una palabra, salí a la sala.
—Lo
siento muchísimo —dije—. Te pido mil disculpas. Ha sido imperdonable
y no lo volveré a hacer, te lo prometo.
La furia
se enfrió, el plomo fundido se vació en hielo. El poema seguía
siendo polvo quebrado.
— ¿No te
preocupas por esto? —Estaba furiosa, desesperada. —Los abogados no
pueden hacer nada por ayudarte mientras no tengan algo con que
trabajar, y este... ¡embrollo!... vienen a ser tus registros, se
supone. —Movió papeles, revisó una pila aquí, otra allá. — ¿Tienes
copias de tus declaraciones de réditos? ¿Sabes dónde están tus
declaraciones de réditos?
No tenía
la menor idea. Si algo aborrecía, después de la Guerra, la Religión
Organizada y el Matrimonio, debía ser el Papelerío Financiero. Para
mí, ver una declaración de réditos era encontrarme de cabeza con
Medusa: petrificación instantánea.
—Han de
estar por aquí —dije—. Las voy a buscar. Ella revisó la lista que
tenía en su regazo y levantó el lápiz.
—
¿Qué ingresos tuviste el año pasado?
—
No sé.
—
Aproximadamente. Diez mil dólares más o menos.
—
No sé.
—
¡Vamos, Richard! ¿Cincuenta mil dólares más o menos, cien mil?
—De
veras, Leslie. ¡No lo sé!
Ella dejó
el lápiz y me miró como si yo fuera un ejemplar de biología, sacado
del lodo ártico.
—Dentro
del millón de dólares —dijo, muy lenta y claramente—. Si ganaste
menos de un millón de dólares, el año pasado, di: "Menos de un
millón de dólares." Si ganaste más de un millón de dólares, di: "Más
de un millón de dólares."
Con
paciencia, como si hablara con un niño estúpido. —Tal vez más de un
millón —dije—, pero tal vez haya sido menos o tal vez dos.
Se le
agotó la paciencia.
—¡Richard! ¡Por favor! No estamos jugando! ¿No te das cuenta de que
estoy tratando de ayudarte?
—¿NO TE
DAS CUENTA DE QUE NO SE? ¡NO TENGO LA MENOR IDEA DE CUANTO DINERO
GANE, NO ME IMPORTA CUANTO DINERO GANE! ¡TENGO... TENIA GENTE DE
CONFIANZA PARA QUE SE ENCARGARA DE TODO ESO, YO DETESTO ANDAR TRAS
ESAS COSAS, NO SE COMO SE HACE! —Sonaba a escena de libreto. —No lo
sé.
Ella
apoyó la goma del lápiz contra la comisura de su boca y me miró.
Tras un largo silencio, dijo:
—Realmente no lo sabes, ¿eh?
—No.
Me sentía
malhumorado, incomprendido y solo.
—Te creo —dijo ella, con suavidad—. ¿Cómo es posible que no sepas
con diferencia de un millón de dólares? —Me vio la cara y agitó la
mano para retirar lo dicho. — ¡Está bien, está bien! No sabes.
Pasé un
rato manoteando entre las cajas; detestaba eso. Papeles, miren
cuántos papeles. Números anotados por manos desconocidas, por
diferentes máquinas de escribir; pero se supone que tienen alguna
relación conmigo. Inversiones, productos, agentes, impuestos,
cuentas bancarias...
— ¡Aquí
están los impuestos! —dije—. ¡Toda una carpeta de impuestos!
— ¡Así me
gusta! —aprobó ella, como si yo fuera un cocker spaniel que acabara
de desenterrar una pulsera perdida.
—Guau
—dije.
Ella no
contestó. Estaba revisando los títulos de las declaraciones y
tildando las anotaciones.
Todo era
silencio mientras ella leía; bostecé sin abrir la boca, treta
aprendida en la escuela secundaria, en las clases de inglés. A mí,
que odiaba tanto el papelerío, ¿se me exigía ahora que aprendiera
eso, más mortífero que la gramática? ¿Para qué? ¡Yo no me había
olvidado del papelerío, había contratado a gente que se encargara
en mi nombre! Después de contratarlos y pagarles, ¿por qué me toca
a mí revolver este embrollo, buscar formularios de réditos? ¿Por
qué le toca a Leslie recoger la carga que dejaron caer seis
empleados bien remunerados? ¡No es justo!
Cuando
alguien escribe un libro de gran venta, canta una canción gloriosa o
actúa en una película encantadora, se le debería proporcionar un
grueso manual gris, junto con los cheques, las bolsas de
correspondencia y los cántaros de dinero:
PRESENTACION Y ADVERTENCIA
Felicitaciones por haber hecho lo que hizo para ganar este efectivo.
Aunque parece ser suyo y usted cree que debería ser suyo, por haber
dado a la sociedad lo que usted le dio, sólo una décima parte de él,
aproximadamente, puede caer bajo su control, SIEMPRE QUE USTED SEA
HABIL CON EL PAPELERIO.
El resto
pasa a agentes, impuestos, contadores, abogados, personal
especializado, gobiernos, sindicatos y empleadores, que usted
deberá contratar para seguir el rastro de todo esto y pagar los
impuestos correspondientes a sus empleados. No tiene ninguna
importancia que usted no sepa dónde contratar a las personas que
puedan hacer esto, que no sepa en quién confiar o que no conozca
todos los artículos que deberá pagar; tendrá que pagarlos, de
cualquier modo.
Sírvase
comenzar por la página uno y lea sin detenerse hasta la página 923,
memorizando cada una de las líneas. Entonces podrá salir a disfrutar
de una cena deducible, siempre que se haga acompañar por un
comerciante, hable de negocios, guarde el recibo y anote con quién
ha compartido la comida. Si no lo hace, habrá gastado, en realidad,
el doble de lo que creyó haber gastado al pagar.
Desde
ahora en adelante, viva su vida estrictamente de acuerdo con las
reglas aquí enumeradas; así, nosotros, su gobierno, podremos
permitirle existir un tiempo más. De otro modo, abandonad toda
esperanza, los que aquí entráis.
Ni
siquiera un folleto. Supuestamente, toda persona capaz de componer
una canción encantadora es un contador competente, además de
archivista y custodio de créditos y débitos pagaderos a las
invisibles direcciones de ciudad, estado y nación. Si una o dos de
esas personas no están a la altura de la tarea, si no han sido
bendecidas con una mente ordenada, capaz de comprender las normas de
la registración
cuidadosa, su estrella es bajada con red del firmamento y encerrada
en una celda carcelaria. Allí deben dedicar todo su talento a
aprender las costumbres de las celdas, a dominar esa aburrida
materia, aunque tenga gusto a cartón; Han de pasar años en una
rígida oscuridad, antes de que su estrella pueda volver a brillar,
sí de ella queda una chispa.
¡Cuánta
energía malgastada! ¿Cuántos otros filmes, cuántos otros libros,
cuántas canciones quedan sin cantar mientras esas horas, esos meses,
esos años se derraman por lujosas ratoneras burocráticas de
abogados, contadores, asesores, consejeros y consultores, a los que
se paga en medio de la desesperación, buscando ayuda?
Calma,
Richard. Estás echando un vistazo a tu futuro. Si quieres seguir
viviendo en este país, la cautelosa atención prestada al dinero y a
sus registros será un collar sofocante amarrado a tu cuello.
Forcejea contra él, tira y te estrangularás. Debes tomarlo con
calma, con garbo, caminar lentamente, mostrarte de acuerdo con
todos los organismos oficiales y con todos los inspectores que
conozcas, sonreír dulcemente y... si lo haces, se te permitirá
respirar sin pender por el cuello hasta la muerte en esa cadena.