En el
césped del parque, más allá de la pista, había un pequeño avión
parecido a una araña; podía pesar cien kilos con los bolsillos
llenos. Tenía un ala alta, cubierta de nylon anaranjado y amarillo,
altos y relucientes timones de dirección en la punta de cada ala,
elevador pintado de dos mismos colores, encaramado sobre tubos de
aluminio delante de los asientos; atrás, un pequeño motor de
propulsión. Yo sabía mucho de aviones, pero nunca había visto nada
parecido.
Lo que él
llevaba puesto no era un mono para la nieve, sino un traje de
aviador que hacía juego con su avión. — ¿Quieres el asiento
izquierdo?
¡Qué
cortés, qué confiado de su parte, ofrecerme el sitio del piloto!
—Prefiero
el derecho —dije, y me filtré en el puesto del pasajero. Me quedaba
ajustado, porque en ese aeroplano todo era pequeño.
—Como
quieras. Puedes pilotearlo desde ambos lados. Los controles son como
todos, pero verás que no tiene pedales de timón. Está todo en la
palanca de mandos. Es muy sensible, ese elevador. Si lo tratas como
si fuera una palanca cíclica de helicóptero, te vendrás abajo.
Indicó
que se despejara la hélice, tendió la mano hacia una manivela
ubicada arriba, tiró de ella una vez y la máquina comenzó a
funcionar, silenciosa como un ventilador eléctrico. Se volvió hacia
mí.
— ¿Listo?
—Cuando
quieras —dije.
Empujó
hacia adelante un acelerador más pequeño que el del jet bebé y, sin
más ruido que el de una leve brisa al levantarse, el aparato se
lanzó hacia el frente. Quince metros más allá estaba en el aire,
inclinado hacia atrás, ascendiendo como un coche de carrera para
montaña. La tierra cayó, alejándose, como un ancho suelo verde que
se desprendiera de nosotros, a trescientos metros por minuto. Él
movió la palanca de controles un poco más hacia adelante y aflojó el
acelerador hasta que el ventilador quedó batiendo suavemente a.
nuestras espaldas, en el viento. Apartó las manos de los mandos,
indicándome con una seña que yo podía pilotear.
—Ya has
visto.
—Gracias.
Era como
pilotear un paracaídas, pero no estábamos cayendo. Avanzábamos a
unos cuarenta y cinco kilómetros por hora, a juzgar por el viento,
en una delicia de aparato que se parecía más a una silla de jardín
que a un avión. No tenía mamparos ni suelo; su. carlinga era tan
abierta que, por comparación, los biplanos eran sepulcros cerrados.
Lo hice virar y ascendí. Eran tan sensible como él me lo había
advertido.
— ¿No se
puede apagar el motor? ¿Es posible conducir lo como a planeador?
—Claro.
—Tocó una llave en el regulador y el motor se detuvo. Nos deslizamos
sin ruido en lo que parecía ser aire ascendente... No hubo pérdida
de altitud que yo pudiera apreciar.
— ¡Qué
avioncito perfecto! ¡Es encantador! ¿Cómo hago para conseguir uno?
Me miró
extrañamente.
— ¿No has
adivinado, Richard?
—No.
— ¿Sabes
quién soy?
—Más o
menos. —Sentí el roce del miedo.
—Sólo por
divertirnos —sugirió—, atraviesa el muro entre lo que sabes y lo que
te atreves a decir. Hazlo y dime de quién es este avión y con quién
estás volando.
Incliné
la palanca de mandos hacia la derecha; el avión se ladeó al virar,
suavemente, hacia un cúmulo que coronaba aquella corriente de aire
caliente. Era totalmente natural, con el motor apagado, buscar el
ascenso, aun cuando aquel aparato peso pluma no hubiese perdido
altitud.
—Si tengo
que adivinar, diría que este avión es mío, del futuro, y tú eres el
hombre que yo voy a ser. —No me atreví a mirarlo.
—No está
mal —dijo él—. Yo diría lo mismo.
—
¿Dirías? ¿No lo sabes?
—Si lo
piensas mucho, se vuelve complicado. Soy uno de tus futuros y tú
eres uno de mis pasados. Creo que eres el Richard Bach lleno de
dinero, ¿no? ¿La nueva celebridad entre los escritores? Nueve
aviones, ¿verdad? y la impecable idea que has diseñado de la mujer
perfecta. ¿Le eres totalmente fiel, aunque ella no te mueve un pelo?
Tocamos
el extremo de una corriente cálida con el ala derecha y yo viré
cerradamente hacia ella.
—No lo
cierres demasiado —dijo—. De todos modos, tiene un radio de giro muy
reducido. Una leve inclinación te mantendrá en la corriente hacia
arriba.
—Bueno.
¡Esa
maravilla de avión sería mío! Y él sería yo. ¡Las cosas que debía
saber!
—Mira
—dije—, quisiera hacerte algunas preguntas. ¿A qué distancia estás
en mi futuro? ¿A veinte años?
—Cinco,
más bien. Parecen como cincuenta. Yo podría ahorrarte cuarenta y
nueve, si me prestaras atención. Esa es la diferencia entre
nosotros. Yo poseo las respuestas que tú necesitas, pero no existe
la menor posibilidad de que me escuches antes de que te arrolle la
Gran Aplanadora de la Experiencia.
El
corazón me dio un vuelco.
—
¿Piensas que me da miedo lo que me vas a decir y estás seguro de que
no te escucharé?
—¿Me
equivoco?
—¿En
quién puedo confiar, sino en ti? —observé—. ¡Por supuesto que te
escucharé!
—Escuchar, es posible que lo hagas, pero actuar no. Ahora nos
encontramos porque los dos sentimos curiosidad, pero dudo que me
permitas ayudar.
— ¡Sí!
—No —dijo
él—. Es como con este avión. En tu época no tiene nombre, todavía no
ha sido inventado. Cuando se lo invente, lo llamarán ultraliviano, y
va a revolucionar la aviación deportiva. Pero tú no vas a comprar
este aparato terminado, Richard, ni vas a contratar a nadie para que
te lo construya. -Lo vas a construir tú mismo, pieza por pieza, Paso
Uno, Paso Dos, Paso Tres. Lo mismo pasa con tus respuestas,
exactamente lo mismo. No las puedes comprar terminadas y no las
aceptarás si te las doy gratis, si te digo, palabra por palabra,
cuáles son.
Comprendí
que se equivocaba.
— ¡Has
olvidado lo rápido que soy para aprender! —dije—. Dame una respuesta
y mira lo que hago con ella.
Dio una
palmadita a la palanca de mandos, como señal de que deseaba pilotear
nuestra cometa por un rato. Habíamos ascendido unos trescientos
metros en la corriente cálida y estábamos próximos a la base de las
nubes. Sembrados praderas bosques colinas ríos alejándose allá
abajo, cal y rodante terciopelo. Ninguna ruta. Suave susurro
revoltoso, un suavísimo viento a nuestro alrededor, mientras nos
deslizábamos hacia arriba.
Con la
tranquila sonrisa de alguien que apuesta sin respaldo:
—
¿Quieres hallar a tu alma gemela?
—
¡Sí! Desde siempre. Lo sabes.
—
Tu armadura —dijo—. Te protege de cualquier mujer que pueda
destruirte, sin duda. Pero si no las dejas caer, te aislará también
de la única que puede amarte, nutrirte, rescatarte de tu propia
protección. Hay una mujer perfecta para ti. Es singular, no plural.
La respuesta que estás buscando es renunciar a tu Libertad y a tu
Independencia para casarte con Leslie Parrish.
Menos mal
que había tomado los controles antes de decírmelo.
— ¿Qué
estás diciendo? —Me ahogué con la idea. — ¿M estás diciendo que...
que ME CASE? No puedo ni remotamente... ¿Sabes lo que pienso del
casamiento? ¿No sabes lo que digo en mis conferencias? Que, después
de la Guerra las Religiones Organizadas, el Matrimonio es lo que más
desdicha... ¿Crees que no estoy convencido de eso? ¡ ¡ ¡Que,
renuncie a mi LIBERTAD!!! ¿A mi INDEPENDENCIA?
¿Me estás
diciendo que mi solución es CASARME? ¿Me.. O sea... QUE?
Él reía.
Yo no le veía nada de gracioso al asunto
Aparté
la vista hacia el horizonte.
—Te da
miedo de veras, ¿eh? —dijo—. Pero ahí tienes la respuesta. Si
prestaras atención a lo que sabes y no a lo que temes...
—
No te creo.
—Tal vez
tengas razón —dijo—. Yo soy tu futuro más probable, pero no el
único. —Giró en el asiento, alargó la mano hacia el motor y operó
una palanca para enriquecer la mezcla.
—Pero me
parece bastante probable que mi esposa Leslie sea tuya, algún día.
En este momento duerme, en mi época, tal como tu amiga Leslie duerme
en tu época,
con todo
el continente entre ella y tú. Cada una de tus muchas mujeres, lo
que has aprendido de ellas, te da el don de esta única mujer,
¿comprendes eso? ¿Quieres más respuestas?
—Si ése
es el botón de muestra —dije—, no estoy muy seguro. ¿Abandonar mi
libertad? Señor, usted no tiene idea de quién soy yo. De las
respuestas como ésa puedo prescindir. ¡Por favor!
—No te
preocupes. Olvidarás este vuelo. No lo recordarás hasta mucho
después.
—¿Yo? No
—aseguré—. Mi memoria es como una garra de acero.
—Viejo
amigo —dijo él, calladamente—, te conozco tan bien... ¿Nunca te
cansas de llevar la contraria?
—Mortalmente. Pero si eso es lo que hace falta para vivir mi vida
como yo quiero vivirla, seguiré llevando la contraria.
El se
echó a reír y dejó que nuestra máquina voladora planeara fuera de la
corriente cálida. Cruzamos lentamente por sobre el campo, más globo
aerostático que avión. No me interesaban sus respuestas; me
amenazaban, me asustaban, me enfadaban. Pero los detalles del
ultraliviano, el tubo de aluminio y los aparatos, la curva del ala,
los cables de acero inoxidable, hasta la extraña insignia de un
pterodáctilo pintado sobre el timón de punta de ala, todo eso lo
imprimí en mi memoria, para construir de la nada, si hacía falta.
Halló una
corriente en descenso y la siguió en círculos, tal como habíamos
seguido la ascendente. La reunión no iba a durar mucho más.
—Bueno
—dije—. Pégame con otras respuestas.
—Creo que
no conviene —dijo—. Quería advertirte, pero ahora no sé.
—Por
favor. Lamento haberte llevado la contraria. Recuerda quién soy.
Aguardó
un largo instante; por fin decidió hablar.
—Con
Leslie serás más feliz de lo que has sido nunca —dijo—. Lo cual es
una suerte, Richard, porque todo lo demás se va directamente al
infierno. Juntos, los dos sufrirán la cacería del gobierno por el
dinero que tus financistas han perdido. No podrás escribir, por si
la Dirección de Réditos se apodera de cada palabra que pongas en
papel. Te verás desbancado y en quiebra. Perderás tus aviones, todos
ellos; tu casa, tu dinero, todo. Quedarás clavado en tierra año tras
año. Lo mejor que jamás pudo pasarte, que jamás te pasará.
Se me
secó la boca escuchando.
— ¿Eso es
una respuesta?
—No. De
eso surgirá una respuesta.
Salió de
la corriente sobre una pradera, en la cima de una colina, y miró
hacia abajo. En el borde del césped esperaba una mujer. Nos miraba,
saludaba con la mano al ver el avión.
—¿Quieres
aterrizar tú? —dijo, ofreciéndome los mandos.
—Ese
prado es algo pequeño para un primer intento.
Hazlo tú.
Detuvo el
motor, giró en un círculo amplio, planeando. Cuando pasamos por
sobre los últimos árboles antes de la pradera, hundió el morro,
dirigiéndolo hacia el pasto, lo inclinó suavemente hacia arriba otra
vez. En vez de ascender, el ultraliviano flotó por un segundo, posó
las ruedas y rodó hasta detenerse junto a una Leslie aun más
deslumbrante que la que yo dejara en California.
—Hola,
ustedes dos —dijo—. Se me ocurrió que los en contraría aquí, con el
avión
—Se
inclinó para besar al otro Richard y le revolvió el pelo. — ¿Le
estás leyendo la suerte?
—La
pérdida de suerte por un lado, la ganancia por otro —dijo él—. ¡Qué
encantadora, tesoro! Él va a pensar que eres un sueño.
Ella
tenía el pelo más largo, el rostro más suave. Vestía de seda de
color limón: una blusa de cuello alto que habría resultado mojigata,
de no ser la tela tan sutil. A la cintura, un amplio corselete
amarillo sol, en vez de cinturón. Pantalones sueltos de brin
blanco, sin costura, hasta el suelo; cubrían todo menos las puntas
de sus sandalias. Mi corazón estuvo a punto de detenerse, mis
paredes casi se derrumbaron allí mismo. Si voy a pasar mis años
sobre la tierra con una sola mujer, pensé, que sea ésta.
—Gracias
—dijo—. Me vestí para esta ocasión. No todos los días se encuentra
una con sus antepasados... en el medio de una vida... —Lo rodeó con
sus brazos en cuanto él bajó del avión; luego se volvió hacia mí,
sonriendo.
— ¿Cómo
estás, Richard?
—Con una
envidia terrible —dije.
—No
tienes nada que envidiar —dijo ella—. El avión será tuyo.
—No le
envidio el avión a tu esposo —aclaré—, sino la mujer.
Ella se
ruborizó.
—Tú eres
el que detesta el matrimonio, ¿verdad?
El
matrimonio es "aburrimiento, estancamiento, inevitable pérdida de
respeto".
—Tal vez
inevitable no.
—Eso es
alentador —comentó ella—. ¿Te parece que puedes llegar a cambiar de
idea con respecto al matrimonio, algún día?
—Si se
puede creer en tu esposo, sí. No me explico de qué modo, salvo
cuando te miro.
—A partir
de hoy no está bien mirar —dijo el futuro Richard—. También te
olvidarás de este encuentro. Debes aprender a tu modo, para bien o
para mal.
Ella
levantó la vista hacia él.
—Para
mayor riqueza o para mayor pobreza.
Él le
dedicó la huella de una sonrisa.
—Hasta
que la muerte nos una todavía más.
Ambos se
burlaban suavemente de mí con esas palabras, y los amé a ambos.
Luego,
dirigiéndose a mí, él dijo:
—Se nos
acabó el tiempo. Allí tienes la respuesta que vas a olvidar. Pilotea
el avión, si quieres. Nosotros debemos volver corriendo a la tierra
del despertar, en un año tan lejano del tuyo, tan cercano al
tuyo... Estoy escribiendo el libro nuevo y, si tengo suerte, lo
primero que haré al despertar será anotar este sueño.
Estiró la
mano hacia el rostro de ella, en un movimiento de cámara lenta,
como para tocarla, y desapareció.