Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 23

Richard Bach

 

CAPITULO 23

Abrí el armario, saqué una lata de sopa y algunos fideos y planeé un buen almuerzo italiano en cuestión de un minuto. Tal vez no haya sido muy italiano. Pero caliente y nutritivo en el tipo de averiguaciones que yo necesitaba hacer, sí.

Mira en derredor en este momento, Richard. Lo que ves ¿es el tipo de vida que más deseas llevar?

Es horriblemente solitaria, pensé, poniendo la sopa en una cacerola, sobre la cocina; olvidé encender el fuego. Extraño a Leslie.

Se produjo un castañeteo de armadura y yo suspiré.

No te preocupes, pensé, no te preocupes; ya sé lo que vas a decir; no puedo criticar tu lógica. El estar juntos es una descolorida destrucción. Supongo que no echo de menos a Leslie. Echo de menos lo que ella representa para mí en este momento.

El guerrero se marchó.

Entonces vino otra idea en su reemplazo, un pensa­miento completamente amable: Lo opuesto a la soledad, Richard, no es el estar juntos. Es la intimidad.

La palabra flotó, suelta, burbuja de plata liberada desde el fondo de un mar oscuro.

¡Eso!

¡ Es lo que me pierdo!

Mi mujer perfecta en muchos cuerpos es tan cálida co­mo el hielo del congelador. Es comunicación sin interés; es sexo sin amor; es amistad sin entrega.

Así como no puede herir ni ser herida, así también es incapaz de amar y ser amada. Es incapaz de dar intimi­dad. Y la intimidad... ¿Es posible que me parezca tan impor­tante como la misma libertad? ¿Por eso estuve siete semanas viviendo con Leslie, cuando tres días eran demasiado con cualquier otra mujer?

Dejé la sopa fría sobre la cocina, busqué una silla y me senté, con las rodillas recogidas bajo el mentón, mirando hacia el lago por la ventana. Los cúmulos eran ya cumulonimbus y bloqueaban el sol. En Florida, durante el verano, se puede regular el reloj por las nubes de tormenta.

Veinte minutos después veía una muralla de lluvia, casi sin darme cuenta.

De algún modo, ese día había hablado con Dickie, tan lejano en mi pasado; de algún modo le había hecho llegar un mensaje. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con un Richard futuro? ¿Qué sabe él de intimidad? ¿Ha aprendido el amor?

Sin duda, los otros aspectos de quienes somos han de ser nuestros amigos más íntimos... ¿Quién puede estar más cerca de nosotros que nosotros mismos en otros cuerpos, nosotros mismos en formas espirituales? Si cada uno de nosotros ha sido hilado alrededor de una hebra dorada interior, ¿qué hebra, en mí, es la que corre por todos los otros?

Me torné más y más pesado, hundiéndome en la silla y, al mismo tiempo, elevándome por sobre ella. Qué sensa­ción curiosa, pensé. No te resistas a ella, no te muevas, no pienses. Deja que te lleve a donde quiera. Me sería de tanta ayuda, conocer a...

Bajé de un puente de serena luz plateada a una enorme pista; los asientos vacíos se curvaban, alejándose en semicírculos, con los pasillos vacíos como rayos de bicicleta que se abrieran desde el centro del escenario. En el centro no, pero cerca de él, había una silueta sentada, sola, con el mentón sobre las rodillas. Debí hacer algún ruido, pues le­vantó la vista, sonriendo, se desplegó y me saludó con la mano.

—¡No sólo eres puntual, sino que llegas temprano! —dijo.

Yo no podía verle la cara con claridad, pero el hombre tenía aproximadamente mi estatura; vestía un mono para nieve negro, de nylon, en una sola pieza, con amarillos y anaranjados intensos cruzando el pecho y bajando por las mangas. Cierres a cremallera en los bolsillos y en las botas de cuero. Familiar.

—Sin duda —le respondí, con toda la indiferencia posible—. No parece que el espectáculo esté por comenzar, ¿Qué era ese lugar? El se echó a reír.

—El espectáculo ya ha comenzado. En este momento ha recogido sus ruedas. ¿Te molestaría que saliéramos de aquí?

—Por mí, está bien —dije.

     

En el césped del parque, más allá de la pista, había un pequeño avión parecido a una araña; podía pesar cien kilos con los bolsillos llenos. Tenía un ala alta, cubierta de nylon anaranjado y amarillo, altos y relucientes timones de dirección en la punta de cada ala, elevador pintado de dos mismos colores, encaramado sobre tubos de aluminio delante de los asientos; atrás, un pequeño motor de propulsión. Yo sabía mucho de aviones, pero nunca había visto nada parecido.

Lo que él llevaba puesto no era un mono para la nieve, sino un traje de aviador que hacía juego con su avión. — ¿Quieres el asiento izquierdo?

¡Qué cortés, qué confiado de su parte, ofrecerme el sitio del piloto!

—Prefiero el derecho —dije, y me filtré en el puesto del pasajero. Me quedaba ajustado, porque en ese aero­plano todo era pequeño.

—Como quieras. Puedes pilotearlo desde ambos lados. Los controles son como todos, pero verás que no tiene pedales de timón. Está todo en la palanca de mandos. Es muy sensible, ese elevador. Si lo tratas como si fuera una palanca cíclica de helicóptero, te vendrás abajo.

Indicó que se despejara la hélice, tendió la mano hacia una manivela ubicada arriba, tiró de ella una vez y la máquina comenzó a funcionar, silenciosa como un ventilador eléctrico. Se volvió hacia mí.

— ¿Listo?

—Cuando quieras —dije.

Empujó hacia adelante un acelerador más pequeño que el del jet bebé y, sin más ruido que el de una leve brisa al le­vantarse, el aparato se lanzó hacia el frente. Quince metros más allá estaba en el aire, inclinado hacia atrás, ascendiendo como un coche de carrera para montaña. La tierra cayó, alejándose, como un ancho suelo verde que se desprendiera de nosotros, a trescientos metros por minuto. Él movió la palanca de controles un poco más hacia adelante y aflojó el acelerador hasta que el ventilador quedó batiendo sua­vemente a. nuestras espaldas, en el viento. Apartó las manos de los mandos, indicándome con una seña que yo podía pilotear.

—Ya has visto.

—Gracias.

Era como pilotear un paracaídas, pero no estábamos cayendo. Avanzábamos a unos cuarenta y cinco kilómetros por hora, a juzgar por el viento, en una delicia de aparato que se parecía más a una silla de jardín que a un avión. No tenía mamparos ni suelo; su. carlinga era tan abierta que, por comparación, los biplanos eran sepulcros cerrados. Lo hice virar y ascendí. Eran tan sensible como él me lo había advertido.

— ¿No se puede apagar el motor? ¿Es posible conducir lo como a planeador?

—Claro. —Tocó una llave en el regulador y el motor se detuvo. Nos deslizamos sin ruido en lo que parecía ser aire ascendente... No hubo pérdida de altitud que yo pudiera apreciar.

— ¡Qué avioncito perfecto! ¡Es encantador! ¿Cómo hago para conseguir uno?

Me miró extrañamente.

— ¿No has adivinado, Richard?

—No.

— ¿Sabes quién soy?

—Más o menos. —Sentí el roce del miedo.

—Sólo por divertirnos —sugirió—, atraviesa el muro entre lo que sabes y lo que te atreves a decir. Hazlo y dime de quién es este avión y con quién estás volando.

Incliné la palanca de mandos hacia la derecha; el avión se ladeó al virar, suavemente, hacia un cúmulo que coronaba aquella corriente de aire caliente. Era totalmente natural, con el motor apagado, buscar el ascenso, aun cuando aquel aparato peso pluma no hubiese perdido altitud.

—Si tengo que adivinar, diría que este avión es mío, del futuro, y tú eres el hombre que yo voy a ser. —No me atreví a mirarlo.

—No está mal —dijo él—. Yo diría lo mismo.

— ¿Dirías? ¿No lo sabes?

—Si lo piensas mucho, se vuelve complicado. Soy uno de tus futuros y tú eres uno de mis pasados. Creo que eres el Richard Bach lleno de dinero, ¿no? ¿La nueva cele­bridad entre los escritores? Nueve aviones, ¿verdad? y la impecable idea que has diseñado de la mujer perfecta. ¿Le eres totalmente fiel, aunque ella no te mueve un pelo?

Tocamos el extremo de una corriente cálida con el ala derecha y yo viré cerradamente hacia ella.

—No lo cierres demasiado —dijo—. De todos modos, tiene un radio de giro muy reducido. Una leve inclinación te mantendrá en la corriente hacia arriba.

—Bueno.

¡Esa maravilla de avión sería mío! Y él sería yo. ¡Las cosas que debía saber!

—Mira —dije—, quisiera hacerte algunas preguntas. ¿A qué distancia estás en mi futuro? ¿A veinte años?

—Cinco, más bien. Parecen como cincuenta. Yo podría ahorrarte cuarenta y nueve, si me prestaras atención. Esa es la diferencia entre nosotros. Yo poseo las respuestas que tú necesitas, pero no existe la menor posibilidad de que me escuches antes de que te arrolle la Gran Aplanadora de la Experiencia.

El corazón me dio un vuelco.

— ¿Piensas que me da miedo lo que me vas a decir y estás seguro de que no te escucharé?

—¿Me equivoco?

—¿En quién puedo confiar, sino en ti? —observé—. ¡Por supuesto que te escucharé!

—Escuchar, es posible que lo hagas, pero actuar no. Ahora nos encontramos porque los dos sentimos curiosidad, pero dudo que me permitas ayudar.

— ¡Sí!

—No —dijo él—. Es como con este avión. En tu época no tiene nombre, todavía no ha sido inventado. Cuando se lo invente, lo llamarán ultraliviano, y va a revolucionar la aviación deportiva. Pero tú no vas a comprar este aparato terminado, Richard, ni vas a contratar a nadie para que te lo construya. -Lo vas a construir tú mismo, pieza por pieza, Paso Uno, Paso Dos, Paso Tres. Lo mismo pasa con tus respuestas, exactamente lo mismo. No las puedes comprar terminadas y no las aceptarás si te las doy gratis, si te digo, palabra por palabra, cuáles son.

Comprendí que se equivocaba.

— ¡Has olvidado lo rápido que soy para aprender! —dije—. Dame una respuesta y mira lo que hago con ella.

Dio una palmadita a la palanca de mandos, como señal de que deseaba pilotear nuestra cometa por un rato. Ha­bíamos ascendido unos trescientos metros en la corriente cá­lida y estábamos próximos a la base de las nubes. Sem­brados praderas bosques colinas ríos alejándose allá abajo, cal y rodante terciopelo. Ninguna ruta. Suave susurro revol­toso, un suavísimo viento a nuestro alrededor, mientras nos deslizábamos hacia arriba.

Con la tranquila sonrisa de alguien que apuesta sin respaldo:

—        ¿Quieres hallar a tu alma gemela?

—        ¡Sí! Desde siempre. Lo sabes.

—        Tu armadura —dijo—. Te protege de cualquier mujer que pueda destruirte, sin duda. Pero si no las dejas caer, te aislará también de la única que puede amarte, nutrirte, rescatarte de tu propia protección. Hay una mujer perfecta para ti. Es singular, no plural. La respuesta que estás bus­cando es renunciar a tu Libertad y a tu Independencia para casarte con Leslie Parrish.

Menos mal que había tomado los controles antes de decírmelo.

— ¿Qué estás diciendo? —Me ahogué con la idea. — ¿M estás diciendo que... que ME CASE? No puedo ni remotamente... ¿Sabes lo que pienso del casamiento? ¿No sabes lo que digo en mis conferencias? Que, después de la Guerra las Religiones Organizadas, el Matrimonio es lo que más desdicha... ¿Crees que no estoy convencido de eso? ¡ ¡ ¡Que, renuncie a mi LIBERTAD!!! ¿A mi INDEPENDENCIA?

¿Me estás diciendo que mi solución es CASARME? ¿Me.. O sea... QUE?

Él reía. Yo no le veía nada de gracioso al asunto

 Aparté la vista hacia el horizonte.

—Te da miedo de veras, ¿eh? —dijo—. Pero ahí tienes la respuesta. Si prestaras atención a lo que sabes y no a lo que temes...

—        No te creo.

—Tal vez tengas razón —dijo—. Yo soy tu futuro más probable, pero no el único. —Giró en el asiento, alargó la mano hacia el motor y operó una palanca para enriquecer la mezcla.

—Pero me parece bastante probable que mi esposa Leslie sea tuya, algún día. En este momento duerme, en mi época, tal como tu amiga Leslie duerme en tu época,

con todo el continente entre ella y tú. Cada una de tus muchas mujeres, lo que has aprendido de ellas, te da el don de esta única mujer, ¿comprendes eso? ¿Quieres más respuestas?

—Si ése es el botón de muestra —dije—, no estoy muy seguro. ¿Abandonar mi libertad? Señor, usted no tiene idea de quién soy yo. De las respuestas como ésa puedo prescindir. ¡Por favor!

—No te preocupes. Olvidarás este vuelo. No lo recor­darás hasta mucho después.

—¿Yo? No —aseguré—. Mi memoria es como una garra de acero.

—Viejo amigo —dijo él, calladamente—, te conozco tan bien... ¿Nunca te cansas de llevar la contraria?

—Mortalmente. Pero si eso es lo que hace falta para vivir mi vida como yo quiero vivirla, seguiré llevando la con­traria.

El se echó a reír y dejó que nuestra máquina voladora planeara fuera de la corriente cálida. Cruzamos lentamente por sobre el campo, más globo aerostático que avión. No me interesaban sus respuestas; me amenazaban, me asustaban, me enfadaban. Pero los detalles del ultraliviano, el tubo de aluminio y los aparatos, la curva del ala, los cables de acero inoxidable, hasta la extraña insignia de un pterodáctilo pintado sobre el timón de punta de ala, todo eso lo imprimí en mi memoria, para construir de la nada, si hacía falta.

Halló una corriente en descenso y la siguió en círculos, tal como habíamos seguido la ascendente. La reunión no iba a durar mucho más.

—Bueno —dije—. Pégame con otras respuestas.

—Creo que no conviene —dijo—. Quería advertirte, pero ahora no sé.

—Por favor. Lamento haberte llevado la contraria. Recuerda quién soy.

Aguardó un largo instante; por fin decidió hablar.

—Con Leslie serás más feliz de lo que has sido nunca —dijo—. Lo cual es una suerte, Richard, porque todo lo demás se va directamente al infierno. Juntos, los dos su­frirán la cacería del gobierno por el dinero que tus financis­tas han perdido. No podrás escribir, por si la Dirección de Réditos se apodera de cada palabra que pongas en papel. Te verás desbancado y en quiebra. Perderás tus aviones, todos ellos; tu casa, tu dinero, todo. Quedarás clavado en tierra año tras año. Lo mejor que jamás pudo pasarte, que jamás te pasará.

Se me secó la boca escuchando.

— ¿Eso es una respuesta?

—No. De eso surgirá una respuesta.

Salió de la corriente sobre una pradera, en la cima de una colina, y miró hacia abajo. En el borde del césped esperaba una mujer. Nos miraba, saludaba con la mano al ver el avión.

—¿Quieres aterrizar tú? —dijo, ofreciéndome los mandos.

—Ese prado es algo pequeño para un primer intento.

Hazlo tú.

Detuvo el motor, giró en un círculo amplio, planeando. Cuando pasamos por sobre los últimos árboles antes de la pradera, hundió el morro, dirigiéndolo hacia el pasto, lo inclinó suavemente hacia arriba otra vez. En vez de ascen­der, el ultraliviano flotó por un segundo, posó las ruedas y rodó hasta detenerse junto a una Leslie aun más des­lumbrante que la que yo dejara en California.

—Hola, ustedes dos —dijo—. Se me ocurrió que los en contraría aquí, con el avión

—Se inclinó para besar al otro Richard y le revolvió el pelo. — ¿Le estás leyendo la suerte?

—La pérdida de suerte por un lado, la ganancia por otro —dijo él—. ¡Qué encantadora, tesoro! Él va a pensar que eres un sueño.

Ella tenía el pelo más largo, el rostro más suave. Vestía de seda de color limón: una blusa de cuello alto que habría resultado mojigata, de no ser la tela tan sutil. A la cintura, un amplio corselete amarillo sol, en vez de cinturón. Panta­lones sueltos de brin blanco, sin costura, hasta el suelo; cu­brían todo menos las puntas de sus sandalias. Mi corazón estuvo a punto de detenerse, mis paredes casi se derrum­baron allí mismo. Si voy a pasar mis años sobre la tierra con una sola mujer, pensé, que sea ésta.

—Gracias —dijo—. Me vestí para esta ocasión. No todos los días se encuentra una con sus antepasados... en el medio de una vida... —Lo rodeó con sus brazos en cuanto él bajó del avión; luego se volvió hacia mí, sonriendo.

— ¿Cómo estás, Richard?

—Con una envidia terrible —dije.

—No tienes nada que envidiar —dijo ella—. El avión será tuyo.

—No le envidio el avión a tu esposo —aclaré—, sino la mujer.

Ella se ruborizó.

—Tú eres el que detesta el matrimonio, ¿verdad?

El matrimonio es "aburrimiento, estancamiento, inevita­ble pérdida de respeto".

—Tal vez inevitable no.

—Eso es alentador —comentó ella—. ¿Te parece que puedes llegar a cambiar de idea con respecto al matrimonio, algún día?

—Si se puede creer en tu esposo, sí. No me explico de qué modo, salvo cuando te miro.

—A partir de hoy no está bien mirar —dijo el futuro Richard—. También te olvidarás de este encuentro. Debes aprender a tu modo, para bien o para mal.

Ella levantó la vista hacia él.

—Para mayor riqueza o para mayor pobreza.

Él le dedicó la huella de una sonrisa.

—Hasta que la muerte nos una todavía más.

Ambos se burlaban suavemente de mí con esas palabras, y los amé a ambos.

Luego, dirigiéndose a mí, él dijo:

—Se nos acabó el tiempo. Allí tienes la respuesta que vas a olvidar. Pilotea el avión, si quieres. Nosotros debemos volver corriendo a la tierra del despertar, en un año tan le­jano del tuyo, tan cercano al tuyo... Estoy escribiendo el libro nuevo y, si tengo suerte, lo primero que haré al des­pertar será anotar este sueño.

Estiró la mano hacia el rostro de ella, en un movi­miento de cámara lenta, como para tocarla, y desapareció.

La mujer suspiró, entristecida porque el tiempo se hubiera acabado.

—Ya ha despertado. Yo también despertaré dentro de un minuto.

Dio un paso hacia mí, flotando y, para mi estupefac­ción, me besó suavemente.

—Para ti no será fácil, pobre Richard —dijo—. Tampoco será fácil para ella, para la Leslie que fui. ¡Les esperan tiempos duros! No temas. Si quieres magia, deja caer tu  armadura. La magia es mucho más fuerte que el acero.

Ojos como cielo crepuscular. ¡Ella sabía, sabía tanto!

En medio de la sonrisa despareció. Quedé solo en la pradera, con el ultraliviano. No volví a pilotearlo. Quedé de pie en el césped, recordando todo lo que había ocurri­do, grabándomelo a fuego en la mente (el rostro de ella, sus palabras) hasta que la escena desapareció.

Cuando desperté, la ventana estaba negra, salpicada de gotas de lluvia y con una línea curva de luces domésticas al otro lado del lago. Desplegué mis piernas y me senté en la oscuridad, tratando de recordar. Junto a la silla tenía una libreta de anotaciones y una estilográfica.

Sueño de vuelo. Bestia prehistórica voladora, plumas de colores. Me llevó hasta posarse frente a frente con la mu­jer más hermosa que he visto jamás. Dijo una palabra: "Magia". Un rostro bellísimo.

Magia. Había más, sin duda, pero no pude recordar. La sensación que perduraba en mí era amor amor amor. Ella no era un sueño. ¡Era una mujer real que yo había tocado! Vestida de sol. ¡Una mujer viviente, y no puedo hallarla!

¿Dónde estás?

Estallé de frustración; arrojé la libreta contra la venta­na. Rebotó, cayó con un revoloteo, al vuelo las páginas, y se estrelló contra las cartas de navegación hacia California del Sur.

¡Ahora, maldición! ¿Dónde estás AHORA?