Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 22

Richard Bach

 

CAPITULO 22

Allí estaba el lago, una vez más, Florida centelleando bajo mis ventanas. Acuaplanos como polillas acuáticas color de sol, deslizándose en el mar y en el aire. Nada cambió aquí, pensé, mientras dejaba la bolsa de ropa en el sofá.

Un movimiento en el filo de mi ojo me hizo dar un salto; allí estaba él, en el vano de la puerta: otro yo del que me había olvidado: con armadura, defendido y, en ese mo­mento, disgustado. Como llegar a casa después de un paseo por la pradera, con margaritas en el pelo, vacíos los bolsi­llos de manzanas para la merienda y de azúcar para los ve­nados, y encontrarse un guerrero de cota de malla, de pie en la casa, esperando fríamente.

—¡Llegas siete semanas tarde! —dijo—. No me dijiste dónde estabas. Lo que voy a decir te dolerá, y yo podría haberte ahorrado ese dolor. Richard, has estado bastante con Leslie Parrish. ¿Acaso olvidaste todo lo aprendido? ¿No te das cuenta del peligro? ¡Esa mujer es una amenaza para toda tu manera de vivir!

La gorra de acero encadenado se movió, crujió la armadura.

—Es una mujer hermosa —dije, y comprendí que él no captaría el significado. Iba a recordarme que ya conocía a muchas mujeres hermosas.

Silencio. Otro crujido.

—¿Dónde está tu escudo? Lo perdiste, seguro. ¡Suerte que hayas podido volver con vida!

—Nos pusimos a conversar...

—Tonto. ¿Crees que usamos armadura para divertirnos? —Sus ojos centelleaban dentro del casco. Un dedo con malla siguió las melladuras y los golpes del metal. —Cada marca fue hecha con designio de alguna mujer. El matri­monio estuvo a punto de aniquilarte; escapaste por milagro y, de no ser por la armadura, habrías recibido diez heridas desde entonces, por amistades convertidas en obligaciones convertidas en opresiones. Un milagro, lo mereces. Pero no cuentes con ellos por decenas.

—Yo uso mi armadura —gruñí—. Pero ¿pretendes que la tenga puesta... constantemente? ¿En todo momento? Hay también un tiempo para las flores. Y Leslie es espe­cial.

—Leslie era especial. Todas las mujeres son especiales por un día, Richard. Pero lo especial se vuelve vulgar, se instala el aburrimiento, desaparece el respeto, se pierde la liber­tad. Una vez que pierdes la libertad, ¿qué más puedes perder?

La silueta era grande, pero más rápida que un gato en pelea, inmensamente fuerte.

—Tú me construiste para que fuera tu amigo más íntimo, Richard. No me hiciste lindo, ni riente, ni cálido y adaptable. Me construiste para que te protegiera de las aventuras que se vuelven feas, para que asegurara tu supervivencia como alma libre. Sólo puedo salvarte si haces todo lo que yo diga. ¿Quieres mostrarme un solo matrimonio feliz? ¿Uno solo? De todos los hombres que conoces ¿hay uno solo cuyo matrimonio no se pueda hacer más dichoso con un divorcio instantáneo, cambiándolo por amistad?

Tuve que admitir:

—Ninguno.

—El secreto de mi fuerza —dijo— es que yo no miento. Mientras no puedas razonar mejor que yo, convertir mis he­chos en ficciones, estaré contigo para guiarte y protegerte. Leslie te parece hermosa hoy. Otras mujeres te parecían hermosas ayer.

 Cada una de ellas te hubiera aniquilado en un matrimonio. Para ti existe la mujer perfecta, pero habita en muchos cuerpos diferentes.

—Ya sé. Ya sé.

—Ya sabes. Cuando encuentres una mujer en el mundo entero capaz de darte más que muchas mujeres, yo desapareceré.

Ese tipo no me gustaba, pero tenía razón. Me había salvado de ataques que hubieran matado a quien yo era en ese momento. No me gustaba su arrogancia, pero la arrogan­cia nace de la certidumbre. Era escalofriante estar en el mismo cuarto que él, pero pedirle que se disolviera equivalía a convertirme en víctima cuando descubriera que ésta o aquella mujer no eran mi alma gemela, después de todo.

Por todo lo que yo recordaba, libertad era igual a feli­cidad. Un poco de protección es poco precio a pagar por la felicidad.

     

Naturalmente, pensé, Leslie tiene su propia persona de acero para custodiarla... Son muchos más los hombres que han planeado su captura que mujeres la mía. Si viviera sin armadura, hoy en día estaría casada, sin la menor posi­bilidad de llegar a la alegre relación de amantes que ha­bíamos descubierto. También su regocijo sé fundamenta­ba en la libertad.

¡Cómo fruncíamos el ceño ante los casados que, a veces, buscaban en nosotros aventuras extramatrimoniales! Hay que actuar según se cree, sea como sea; si uno cree en el matrimonio, debe vivirlo honradamente. Si no, debe descasarse cuanto antes.

¿Acaso yo estaba casándome con Leslie al pasar con ella una parte tan grande de mi libertad?

—Lo siento —dije a mi amigo, el de la armadura—. No lo volveré a olvidar.

Él me echó una mirada larga y oscura antes de retirarse.

  Pasé una hora respondiendo la correspondencia y tra­bajando en un artículo para una revista, que no tenía plazo de entrega fijo. Después, inquieto, bajé la escalera hasta el hangar.

Por sobre ese lugar, espacioso y hueco, pendía el leví­simo velo de algo que estaba mal... un vapor tan ligero que nada se podía ver.

El pequeño jet BD-5 necesitaba volar, para sacarse las telarañas de los controles.

También yo estoy lleno de telarañas, pensé. No es pru­dente perder la práctica con ningún avión, estarse demasiado tiempo lejos de él. Ese jet bebé era exigente: el único avión, de cuantos yo había piloteado, más peligroso al despegar que al aterrizar.

Tres metros sesenta de morro a cola; salió del hangar como un carrito de helados, pero sin sombrilla, e igualmente vacío de vida. No tan vacío de vida, pensé. Estaba malhumorado. También yo estaría malhumorado si me dejaran solo por semanas enteras, con arañas en el aterrizador.

Retirada la cubierta de la cabina transparente, verifi­cado el combustible, realizada la inspección previa al vuelo. Tenía polvo en las alas.

Debería contratar a alguien para que desempolvara los aviones, pensé, y resoplé de disgusto. ¡Qué haragán y descuidado me había vuelto! ¡Contratar a alguien para que desempolvara mis aviones!

 Antes yo era íntimo de un solo avión; ahora tengo un harén de lata; soy el jeque, el que viene de visita de vez en cuando. El Twin Cessna, el Widgeon, el Meyers, el Moth, el Rapide, el anfibio Lake, el Pitts Special... una vez al mes, a lo sumo, pongo en marcha sus motores. Sólo el T-33 tiene anotaciones recientes en su libro de bitácora: las del vuelo de regreso desde California.

Cuidado, Richard, pensé. Distanciarse del avión que piloteamos no es buscar la longevidad.

Me deslicé en la cabina del pequeño jet y miré fijamente su panel de instrumentos, que con el tiempo se me había vuelto poco familiar.

Antes pasaba todos mis días con el Fleet; me arrastraba cabeza abajo en la cabina, sacando heno del suelo; me cho­rreaba las mangas con aceite por limpiar el motor y poner las válvulas a punto; ajustaba los tornillos de los cilindros. Ahora tengo tanta intimidad con mis diversos aeroplanos como con mis diversas mujeres.

¿Qué pensaría Leslie de eso? ¿Ella, que da tanto valor a todo? ¿No éramos íntimos, ella y yo? Lamenté que no estuviera conmigo.

— ¡Despejen la cola!

Grité la advertencia por costumbre y oprimí la llave de arranque.

Las llaves de ignición dispararon ¡TSIK! ¡TSIK! ¡TSIK!; por fin, un rumor de combustible encendido en los quemadores. La temperatura del tubo de exhausta­ción ascendió en su medidor, las rpm del motor giraron en su diminuto indicador.

Todo eso es costumbre. Una vez que aprendemos un avión, nuestras manos y nuestros ojos saben cómo hacerlo funcionar mucho después de que nuestras mentes han ol­vidado. Si alguien hubiera asomado a la cabina para pre­guntarme cómo se hacía arrancar el motor, no habría podido decírselo. Sólo después de que mis manos conclu­yeron la secuencia de arranque habría podido explicar qué habían hecho ellas.

El áspero perfume del combustible quemado se filtró en la cabina... recuerdos de otros mil vuelos se filtraron con él. Continuidad. Este día es parte de una vida que pasé casi siempre volando.

¿Quieres otro significado de la palabra volar, Richard? Escapar. Huir. ¿De qué estoy huyendo, qué estoy descu­briendo en estos días?

Correteé hasta la pista; unos cuantos coches se habían detenido ante el alambrado del aeropuerto, para mirar. No había mucho que pudieran ver. El jet era tan pequeño que, si no se conectaba el sistema de humo para exhibiciones aéreas, se perdería de vista antes de llegar al otro extremo de la pista.

El despegue es crítico, no lo olvides. Muy suave con la palanca de mandos, Richard; suave como una pluma. Ace­lera hasta ochenta y cinco nudos, luego eleva el morro un par de centímetros y deja que el avión se alce solo. Si lo fuerzas, eres hombre muerto.

Apuntado a lo largo de la línea central de la pista blan­ca, con la cabina transparente cerrada y asegurada, apreté el acelerador a fondo y el pequeño aparato se arrastró hacia adelante. Con su pequeño motor, el jet tomó velo­cidad casi con la celeridad de una carreta de bueyes. Hacia la mitad de la pista se estaba moviendo, pero aún dormido:

Sesenta nudos era aún demasiado poco para volar. Largo rato después íbamos a ochenta y cinco nudos, a fondo, y casi toda la pista había quedado atrás.

Levanté la rueda de proa del pavimento; unos pocos segundos después estábamos en el aire, apenas, lenta y torpemente, en un extremo de la pista, forcejeando ,por franquear los árboles.

Arriba las ruedas.

Las ramas musgosas pasaron a tres metros. Velocidad aérea, a cien nudos, a ciento veinte, a ciento cincuenta; por fin el aparato despertó y yo comencé a relajarme en la cabina. A ciento ochenta, aquella maquinita haría cuanto yo quisiera. Sólo necesitaba velocidad aérea y cielo despe­jado para convertirse en un deleite.

¡Qué importante era volar para mí! Representaba todo lo que yo amaba. Volar parece cosa de magia, pero es una habilidad adquirida por la práctica, con un compa­ñero aprehensible y digno de amor. Principios a conocer, leyes a seguir, disciplinas que llevan, curiosamente, a la libertad. ¡Volar es tan parecido a la música! A Leslie le encantaría.

Lejos de las rutas aéreas, hacia el norte, una línea de cúmulos se iba transformando enfrente de la tormenta. A los diez minutos estábamos patinando en sus topes, suaves como cúpulas, en aire escaso; tres kilómetros hacia abajo nos separaban del páramo.

Cuando yo era niño, me escondía entre las hierbas para contemplar las nubes; veía otro yo encaramado allá arriba, en un borde igual a éste, agitando una bandera en dirección al niño tendido en la hierba, gritándole: " ¡Hola, Dickie!", aunque no se lo oía por la altura. Él, con lágrimas en los ojos, deseaba intensamente vivir un solo minu­to en una nube.

El jet viró ante la idea, ascendió y se lanzó hacia la cima de una nube, como un austriaco, preparándose para un salto en esquíes. Hundimos las alas, por un momento, en la neblina dura, ascendimos y giramos sobre el costado. Como era de esperar, empequeñeciéndose detrás de noso­tros, una enroscada bandera blanca marcó el salto. ¡Hola Dickie!, pensé, con más potencia que si hubiera gritado.

Hola Dickie a través del tiempo al niño tendido en la hierba treinta años antes. No pierdas tu pasión por el cielo, pe­queño, y te lo prometo: lo que amas hallará el modo de alzarte de la tierra, muy alto, hasta sus respuestas alegres y amedrentadoras para todas las preguntas que puedas for­mular.

Éramos un cohete horizontal; el paisaje de nubes cambiaba a toda velocidad a nuestro alrededor.

¿Oyó él?

¿Recuerdo yo haber oído entonces la promesa que acabo de hacer al niño, tendido en la hierba de un año di­ferente? Tal vez. Las palabras no, pero sí la seguridad absoluta de que algún día volaría.

Aminoramos el vuelo, giramos invertidos, nos zam­bullimos en picada por largo rato. ¡Qué idea! ¿Y si pudié­ramos hablar entre nosotros, de un tiempo a otro, el Richard de ahora alentando al Dickie de entonces? Tocán­dolo, no con palabras, sino en profundos recuerdos de aventuras aún por venir. Como una radio psíquica que transmitiera deseos, que dejara oír intuiciones.

¡Cuánto habría para aprender si pudiéramos pasar una hora, veinte minutos con el nosotros-en-que-nos-converti­remos! ¡Cuánto podríamos decir al nosotros-que-fuimos!

Suavemente suavemente, con el más leve toque de un dedo en la palanca de mandos, el pequeño avión salió de su picada. A la máxima velocidad de vuelo no se hace nada brusco con un avión, o éste se convierte en una bocanada de partes aisladas, detenidas en medio del vuelo, para caer arremolinadas, aquí y allá, en los pantanos.

 Las nubes bajas pasaron como apacibles descargas antiaéreas; una ruta solitaria parpadeó abajo, antes de desaparecer.

¡Qué experimento sería ése! Decir "hola" a todos los otros Richards que vuelan en el tiempo, delante de mí, encontrar el modo de escuchar lo que ellos dirían! Y los yo alternativos en futuros alternativos, los que tomaron decisiones diferentes a lo largo del camino, los que giraron a la derecha en las esquinas que yo tomé hacia la iz­quierda, ¿qué podrían decirme? ¿Llevan una vida mejor o no? ¿Cómo la cambiarían ellos, sabiendo lo que ahora saben? Y todo esto, pensé, sin mencionar a los Richards de otras vidas, en lejanos futuros o en lejanos pasados del Ahora. Si todos vivimos Ahora, ¿por qué no pode­mos comunicarnos?

Para cuando tuve a la vista el aeropuerto, el pequeño jet ya me había perdonado el descuido y era amigo mío otra vez. Más costó perdonarme a mí mismo, pero así suele suceder.

Aminoramos la velocidad y entramos en el esquema de aterrizaje, el mismo esquema que yo había visto aquel día, al bajar del autobús, para caminar hasta el aeropuerto. ¿Puedo ver ahora a ese Richad, que camina con su rollo de frazadas y la noticia de que es millonario? ¿Qué tengo para decirle? ¡Oh, caramba, qué tengo para decirle!

Tan sencillo en el aterrizaje como complicado en el despegue, el BD-5 tomó la aproximación final, posó sus diminutas ruedas en tierra, carreteó largo y recto hasta el final de la pista. Luego giró, remilgado, y un minuto después estábamos otra vez en el hangar, con el motor apagado y la turbina girando cada vez más lentamente, hasta que por fin se detuvo.

Le di unas palmaditas en la cabina transparente, agradeciéndole el vuelo, costumbre de cualquier piloto des­pués de volar por más tiempo del que cree merecer.

Los otros aviones miraban, envidiosos. Ellos también querían volar, necesitaban volar. Ahí estaba el pobre Widgeon, perdiendo aceite por la cubierta del morro del motor derecho. El sellador se había secado por la prolon­gada falta de uso.

¿Podría escuchar los futuros de los aviones, así coma al mío? De haber practicado entonces, de haber conocido el futuro de ese aparato, no me habría entristecido. Sé conver­tiría en una estrella de la televisión, que abría cada episodio de una serie muy popular, volando hasta una bella isla para acuatizar y carretear hasta el muelle, reluciente y bonito, sin ninguna pérdida de aceite. Y no podría tener ese futuro sin el presente que vivía conmigo por entonces, polvoriento en mi hangar después de haber volado conmigo unos pocos cientos de horas.

Así también había hacia adelante algún futuro para mí, que no podría acontecer sin que primero yo viviera ese pre­sente solitario y libre.

Subí la escalera hasta la casa, absorto en la posibili­dad del contacto con los otros aspectos de mí, Richards-de antes y Richards-por-venir, los yo de otras vidas, otros planetas, otros hipnóticos espacio-tiempos.

¿Acaso alguno de ellos habría buscado un alma ge­mela? ¿Alguno de ellos la había encontrado?

La intuición (el futuro / pasado siempre-yo) me susu­rró a su vez, en ese momento desde la escalera:

Sí.