Naturalmente, pensé, Leslie tiene su propia persona de acero para
custodiarla... Son muchos más los hombres que han planeado su
captura que mujeres la mía. Si viviera sin armadura, hoy en día
estaría casada, sin la menor posibilidad de llegar a la alegre
relación de amantes que habíamos descubierto. También su regocijo
sé fundamentaba en la libertad.
¡Cómo
fruncíamos el ceño ante los casados que, a veces, buscaban en
nosotros aventuras extramatrimoniales! Hay que actuar según se cree,
sea como sea; si uno cree en el matrimonio, debe vivirlo
honradamente. Si no, debe descasarse cuanto antes.
¿Acaso yo
estaba casándome con Leslie al pasar con ella una parte tan grande
de mi libertad?
—Lo
siento —dije a mi amigo, el de la armadura—. No lo volveré a
olvidar.
Él me
echó una mirada larga y oscura antes de retirarse.
Pasé
una hora respondiendo la correspondencia y trabajando en un
artículo para una revista, que no tenía plazo de entrega fijo.
Después, inquieto, bajé la escalera hasta el hangar.
Por sobre
ese lugar, espacioso y hueco, pendía el levísimo velo de algo que
estaba mal... un vapor tan ligero que nada se podía ver.
El
pequeño jet BD-5 necesitaba volar, para sacarse las telarañas de los
controles.
También
yo estoy lleno de telarañas, pensé. No es prudente perder la
práctica con ningún avión, estarse demasiado tiempo lejos de él. Ese
jet bebé era exigente: el único avión, de cuantos yo había
piloteado, más peligroso al despegar que al aterrizar.
Tres
metros sesenta de morro a cola; salió del hangar como un carrito de
helados, pero sin sombrilla, e igualmente vacío de vida. No tan
vacío de vida, pensé. Estaba malhumorado. También yo estaría
malhumorado si me dejaran solo por semanas enteras, con arañas en el
aterrizador.
Retirada
la cubierta de la cabina transparente, verificado el combustible,
realizada la inspección previa al vuelo. Tenía polvo en las alas.
Debería
contratar a alguien para que desempolvara los aviones, pensé, y
resoplé de disgusto. ¡Qué haragán y descuidado me había vuelto!
¡Contratar a alguien para que desempolvara mis aviones!
Antes yo
era íntimo de un solo avión; ahora tengo un harén de lata; soy el
jeque, el que viene de visita de vez en cuando. El Twin Cessna, el
Widgeon, el Meyers, el Moth, el Rapide, el anfibio Lake, el Pitts
Special... una vez al mes, a lo sumo, pongo en marcha sus motores.
Sólo el T-33 tiene anotaciones recientes en su libro de bitácora:
las del vuelo de regreso desde California.
Cuidado,
Richard, pensé. Distanciarse del avión que piloteamos no es buscar
la longevidad.
Me
deslicé en la cabina del pequeño jet y miré fijamente su panel de
instrumentos, que con el tiempo se me había vuelto poco familiar.
Antes
pasaba todos mis días con el Fleet; me arrastraba cabeza abajo en la
cabina, sacando heno del suelo; me chorreaba las mangas con aceite
por limpiar el motor y poner las válvulas a punto; ajustaba los
tornillos de los cilindros. Ahora tengo tanta intimidad con mis
diversos aeroplanos como con mis diversas mujeres.
¿Qué
pensaría Leslie de eso? ¿Ella, que da tanto valor a todo? ¿No éramos
íntimos, ella y yo? Lamenté que no estuviera conmigo.
—
¡Despejen la cola!
Grité la
advertencia por costumbre y oprimí la llave de arranque.
Las
llaves de ignición dispararon ¡TSIK! ¡TSIK! ¡TSIK!; por fin, un
rumor de combustible encendido en los quemadores. La temperatura del
tubo de exhaustación ascendió en su medidor, las rpm del motor
giraron en su diminuto indicador.
Todo eso
es costumbre. Una vez que aprendemos un avión, nuestras manos y
nuestros ojos saben cómo hacerlo funcionar mucho después de que
nuestras mentes han olvidado. Si alguien hubiera asomado a la
cabina para preguntarme cómo se hacía arrancar el motor, no habría
podido decírselo. Sólo después de que mis manos concluyeron la
secuencia de arranque habría podido explicar qué habían hecho ellas.
El áspero
perfume del combustible quemado se filtró en la cabina... recuerdos
de otros mil vuelos se filtraron con él. Continuidad. Este día es
parte de una vida que pasé casi siempre volando.
¿Quieres
otro significado de la palabra volar, Richard? Escapar. Huir.
¿De qué estoy huyendo, qué estoy descubriendo en estos días?
Correteé
hasta la pista; unos cuantos coches se habían detenido ante el
alambrado del aeropuerto, para mirar. No había mucho que pudieran
ver. El jet era tan pequeño que, si no se conectaba el sistema de
humo para exhibiciones aéreas, se perdería de vista antes de llegar
al otro extremo de la pista.
El
despegue es crítico, no lo olvides. Muy suave con la palanca de
mandos, Richard; suave como una pluma. Acelera hasta ochenta y
cinco nudos, luego eleva el morro un par de centímetros y deja que
el avión se alce solo. Si lo fuerzas, eres hombre muerto.
Apuntado
a lo largo de la línea central de la pista blanca, con la cabina
transparente cerrada y asegurada, apreté el acelerador a fondo y el
pequeño aparato se arrastró hacia adelante. Con su pequeño motor, el
jet tomó velocidad casi con la celeridad de una carreta de bueyes.
Hacia la mitad de la pista se estaba moviendo, pero aún dormido:
Sesenta
nudos era aún demasiado poco para volar. Largo rato después íbamos a
ochenta y cinco nudos, a fondo, y casi toda la pista había quedado
atrás.
Levanté
la rueda de proa del pavimento; unos pocos segundos después
estábamos en el aire, apenas, lenta y torpemente, en un extremo de
la pista, forcejeando ,por franquear los árboles.
Arriba
las ruedas.
Las ramas
musgosas pasaron a tres metros. Velocidad aérea, a cien nudos, a
ciento veinte, a ciento cincuenta; por fin el aparato despertó y yo
comencé a relajarme en la cabina. A ciento ochenta, aquella
maquinita haría cuanto yo quisiera. Sólo necesitaba velocidad aérea
y cielo despejado para convertirse en un deleite.
¡Qué
importante era volar para mí! Representaba todo lo que yo amaba.
Volar parece cosa de magia, pero es una habilidad adquirida por la
práctica, con un compañero aprehensible y digno de amor. Principios
a conocer, leyes a seguir, disciplinas que llevan, curiosamente, a
la libertad. ¡Volar es tan parecido a la música! A Leslie le
encantaría.
Lejos de
las rutas aéreas, hacia el norte, una línea de cúmulos se iba
transformando enfrente de la tormenta. A los diez minutos estábamos
patinando en sus topes, suaves como cúpulas, en aire escaso; tres
kilómetros hacia abajo nos separaban del páramo.
Cuando yo
era niño, me escondía entre las hierbas para contemplar las nubes;
veía otro yo encaramado allá arriba, en un borde igual a éste,
agitando una bandera en dirección al niño tendido en la hierba,
gritándole: " ¡Hola, Dickie!", aunque no se lo oía por la altura.
Él, con lágrimas en los ojos, deseaba intensamente vivir un solo
minuto en una nube.
El jet
viró ante la idea, ascendió y se lanzó hacia la cima de una nube,
como un austriaco, preparándose para un salto en esquíes. Hundimos
las alas, por un momento, en la neblina dura, ascendimos y giramos
sobre el costado. Como era de esperar, empequeñeciéndose detrás de
nosotros, una enroscada bandera blanca marcó el salto. ¡Hola Dickie!,
pensé, con más potencia que si hubiera gritado.
Hola
Dickie a través del tiempo al niño tendido en la hierba treinta años
antes. No pierdas tu pasión por el cielo, pequeño, y te lo prometo:
lo que amas hallará el modo de alzarte de la tierra, muy alto, hasta
sus respuestas alegres y amedrentadoras para todas las preguntas que
puedas formular.
Éramos un
cohete horizontal; el paisaje de nubes cambiaba a toda velocidad a
nuestro alrededor.
¿Oyó él?
¿Recuerdo
yo haber oído entonces la promesa que acabo de hacer al niño,
tendido en la hierba de un año diferente? Tal vez. Las palabras no,
pero sí la seguridad absoluta de que algún día volaría.
Aminoramos el vuelo, giramos invertidos, nos zambullimos en picada
por largo rato. ¡Qué idea! ¿Y si pudiéramos hablar entre nosotros,
de un tiempo a otro, el Richard de ahora alentando al Dickie de
entonces? Tocándolo, no con palabras, sino en profundos recuerdos
de aventuras aún por venir. Como una radio psíquica que transmitiera
deseos, que dejara oír intuiciones.
¡Cuánto
habría para aprender si pudiéramos pasar una hora, veinte minutos
con el nosotros-en-que-nos-convertiremos! ¡Cuánto podríamos decir
al nosotros-que-fuimos!
Suavemente suavemente, con el más leve toque de un dedo en la
palanca de mandos, el pequeño avión salió de su picada. A la máxima
velocidad de vuelo no se hace nada brusco con un avión, o éste se
convierte en una bocanada de partes aisladas, detenidas en medio del
vuelo, para caer arremolinadas, aquí y allá, en los pantanos.
Las
nubes bajas pasaron como apacibles descargas antiaéreas; una ruta
solitaria parpadeó abajo, antes de desaparecer.
¡Qué
experimento sería ése! Decir "hola" a todos los otros Richards que
vuelan en el tiempo, delante de mí, encontrar el modo de escuchar lo
que ellos dirían! Y los yo alternativos en futuros alternativos, los
que tomaron decisiones diferentes a lo largo del camino, los que
giraron a la derecha en las esquinas que yo tomé hacia la
izquierda, ¿qué podrían decirme? ¿Llevan una vida mejor o no? ¿Cómo
la cambiarían ellos, sabiendo lo que ahora saben? Y todo esto,
pensé, sin mencionar a los Richards de otras vidas, en lejanos
futuros o en lejanos pasados del Ahora. Si todos vivimos Ahora, ¿por
qué no podemos comunicarnos?
Para
cuando tuve a la vista el aeropuerto, el pequeño jet ya me había
perdonado el descuido y era amigo mío otra vez. Más costó perdonarme
a mí mismo, pero así suele suceder.
Aminoramos la velocidad y entramos en el esquema de aterrizaje, el
mismo esquema que yo había visto aquel día, al bajar del autobús,
para caminar hasta el aeropuerto. ¿Puedo ver ahora a ese Richad, que
camina con su rollo de frazadas y la noticia de que es millonario?
¿Qué tengo para decirle? ¡Oh, caramba, qué tengo para decirle!
Tan
sencillo en el aterrizaje como complicado en el despegue, el BD-5
tomó la aproximación final, posó sus diminutas ruedas en tierra,
carreteó largo y recto hasta el final de la pista. Luego giró,
remilgado, y un minuto después estábamos otra vez en el hangar, con
el motor apagado y la turbina girando cada vez más lentamente, hasta
que por fin se detuvo.
Le di
unas palmaditas en la cabina transparente, agradeciéndole el vuelo,
costumbre de cualquier piloto después de volar por más tiempo del
que cree merecer.