—
No sé —respondí, mientras terminaba la frase en la página—. Pero ¿no
sería terrible, llegado el día en que supiéramos ramos cómo
despachar algo en el tiempo, no tener nada que enviar? Por eso,
primero quiero tener la encomienda preparada después me preocuparé
por el franqueo.
¡Cuántas
veces me había dicho: Lástima no haber sabido esto a los diez años,
si hubiera aprendido eso a los doce, qué desperdicio comprender con
veinte años de retraso!
— ¿Adónde
vas? —Preguntó ella.
—
¿Geográficamente?
—
Sí.
—Lejos
del invierno —dije—. Al sur. Al medio de Florida.
— ¿Qué
hay en Florida?
—
No estoy seguro. Voy a encontrarme con una amiga mía y no sé muy
bien dónde está.
Esto sí
que es quedarse muy corto, pensé.
—
La hallarás.
Ante eso
reí y la miré.
—
¿Sabes lo que estás diciendo con eso de "La hallarás?” —Sí.
—
Explícate, por favor.
—No —dijo
ella, y sonrió misteriosamente. Le brillaban los ojos tan oscuros
que eran casi negros. Su piel era suave, bronceada hasta el castaño,
sin una arruga, sin una marca que sugiriera quién era: tan joven que
no había terminado de construir su cara.
—Y bueno,
no —dije, devolviéndole la sonrisa.
El
autobús volaba a lo largo de la Interestatal; las granjas pasaban
rodando, paletas coloreadas de otoño al costado de la autopista. El
biplano hubiera podido aterrizar en ese sembradío, pensé. Cables de
teléfono altos en el borde, pero el Fleet habría podido deslizarse
por debajo.
¿Quién
era esa desconocida sentada a mi lado? ¿Tal vez una sonrisa cósmica
por mis temores, coincidencia enviada viada para derretir mis
dudas? Podía ser. Cualquier cosa podía ser. Podía ser Shimoda
enmascarado.
—
¿Sabes pilotear aviones? —pregunté, como al azar.
—¿Te
parece que estaría en este autobús? Con sólo pensarlo me pongo
nerviosa —dijo—. ¡Aviones! —Sé estremeció, sacudió la cabeza.
—Detesto volar. —Abrió su cartera y buscó adentro. — ¿Te molesta si
fumo?
Me encogí
en un acto reflejo.
—
¿Que si me molesta? ¿Un cigarrillo? ¡Mujer, por favor...! —Traté de
explicarle sin lastimar su orgullo. — ¿O sea que... vas a soplar
humo en este poquitito de aire? ¿A mí, que no te he hecho nada malo,
vas a obligarme a respirar humo?
De haber
sido Shimoda, ella habría sabido lo que yo pensaba del cigarrillo.
Las
palabras la dejaron petrificada.
—
Bueno, lo siento —dijo, por fin.
Recogió su cartera y se trasladó a un asiento
alejado. Lo sentía, sí; estaba ofendida y enojada.
Lástima
grande. Con esos ojos tan oscuros...
Volví a tomar la estilográfica para escribirle al
niño de hacía tiempo. ¿Qué podía decirle sobre la búsqueda de un
alma gemela? La pluma esperaba, suspendida sobre el papel.
Yo había crecido en una casa rodeada por una cerca; en la cerca
había un portón de madera suave y blanda, con agujeros perforados a
baja altura, juntos, para que el perro
pudiera
ver por ellos. Una noche, estando alta la luna, al volver tarde a
casa de un baile escolar, recuerdo que me detuve, con la mano en el
portón, y hablé conmigo mismo, y a la mujer a quien amaría, en voz
tan baja que ni siquiera el perro pudo haber oído.
—No sé
dónde estás, pero en este mismo instante vives en algún lugar de
esta tierra, y un día tú y yo vamos a tocar este portón, aquí donde
lo estoy tocando ahora. Tu mano tocará esta misma madera, aquí. Y
luego pasaremos y estaremos llenos de un futuro y un pasado, y
seremos el uno para el otro como nadie lo ha sido jamás. No podemos
encontrarnos ahora, no sé por qué. Pero algún día nuestras
preguntas serán respuestas y nos veremos atrapados en algo tan
luminoso... Y cada paso que doy es un paso más hacia un puente que
debemos cruzar para encontrarnos. ¿Antes de que pase mucho tiempo?
¿Por favor?
Gran
parte de mi niñez está olvidada, pero ese momento ante el portón,
palabra por palabra, permaneció.
¿Qué
puedo decirle sobre ella? Querido Dick: Qué te parece, han pasado
veinte años y sigo solo.
Dejé el
anotador y miré por la ventanilla, sin ver nada. Sin duda, a esa
altura mi incansable subconsciente tenía repuestas para él. Para mí.
Lo que
tenía eran excusas. ¡ Es difícil hallar a la mujer adecuada,
Richard! Ya no eres tan maleable como eras; has dejado atrás la
etapa de mente abierta. Caramba, las cosas que has elegido creer,
las cosas por las que estarías dispuesto a morir, son, para la mayor
parte de la gente, divertidas o locas.
Mi dama,
pensé, tendrá que haber hallado por su cuenta las mismas respuestas
que he hallado yo: que este mundo do no es ni remotamente lo que
parece; que cuanto tenemos en el pensamiento se torna realidad en
nuestra vida, que los milagros no son milagrosos. Ella y yo no nos
entenderemos remos jamás, a menos que... Parpadeé. ¡Tendrá que ser
exactamente igual que yo!
Con mucha
más belleza física que yo, por supuesto, ya que tanto amo la
belleza; Pero tendrá que compartir mis prejuicios tanto como mi
pasión. No me imagino acompasando la vida a una mujer que deje un
rastro de humo y cenizas donde quiera vaya. Si necesita fiestas y
cócteles para ser feliz, o drogas, o si tiene miedo a los aviones,
si tiene miedo a cualquier cosa, o si no es dueña de una suprema
confianza en sí misma, si le falta el gusto por la aventura, si no
se ríe de las cosas tontas que yo llamo cómicas, no funcionará. Si
no quisiera compartir el dinero cuando lo tuviéramos y la fantasía
cuando no lo hubiera, si no le gustaran los mapaches... Oh, Richard,
esto no será fácil. Sin todo lo enumerado y más aún, estarás mejor
solo.
En el
dorso del anotador, escribiendo hacia adelante mientras tomábamos la
Interestatal 65, entre Louisville y Birmingham, por cuatrocientos
cincuenta kilómetros, hice una lista: La mujer perfecta Hacia
la novena página comenzaba a desalentarme. Cada línea que escribía
era importante, debía serlo. Pero nadie podía cumplir... ¡Yo mismo
no podía cumplir con todos esos requisitos!
Un
estallido de objetividad, como cruel papel picado en torno de mi
cabeza: estoy arruinado como pareja, aun antes de llegar a alma
avanzada. Y al avanzar la cosa se pone peor.
Cuanto
más nos iluminamos, menos se puede esperar que nadie, en ninguna
parte, viva a nuestra altura. Cuanto más aprendemos, más se debe
esperar que vivamos solos.
Escribí eso con toda celeridad. En el espacio en blanco, al pie de
la última página, agregué, casi sin darme cuenta:
Incluso
yo.
Pero cambiar mi lista... ¿se puede decir que sea
errónea? no importa que fume, que deteste profundamente a los
aviones?
No. Sí
que importa.
El
crepúsculo había estado a mi costado, en el autobús; ahora todo
estaba oscuro. Allí, en esa oscuridad, yo lo sabía, existían
pequeñas granjas triangulares, diminutos polígonos de campo en los
que ni siquiera el Fleet podía aterrizar.
Nunca se
te da un deseo sin que también se te dé el poder de hacerlo
realidad.
Ah, el
Manual del Mesías, pensé. ¿Y dónde estaba ahora? Sepultado, muy
probablemente, entre la hierba donde yo lo había arrojado el día de
la muerte de Shimoda.
Con esas
páginas que se abrían en lo que su lector más necesitaba saber.
Cierta vez yo había dicho que era un libro mágico y él se había
ofendido. Puedes sacar tus respuestas de cualquier parte, del
periódico del año pasado, había dicho. Cierra los ojos, formúlate
mentalmente cualquier pregunta, toca cualquier cosa escrita y allí
tienes tu respuesta.
El papel
impreso que más a mano tenía en el autobús era mi propio y arruinado
ejemplar del libro que yo escribiera sobré él, la última prueba de
imprenta que los editores dan a los escritores, para recordarles que
diesel se escribe con S, y ¿estaba yo seguro de desear que ése fuera
el único libro en la historia de la literatura terminado con una
coma?
Me puse
el libro en el regazo, cerré los ojos y pregunté: ¿cómo busco a la
mujer más querida, más perfecta para mí? Mantuve la pregunta bien
iluminada, abrí el libro, apoyé el dedo y miré.
Página
114. Mi dedo estaba apoyado en la palabra "traer": Para traer algo a
tu vida, imagina que ya está allí.