Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 2

Richard Bach

 

CAPITULO 2

Aquello que encanta, también guía y protege. Apasio­nadamente obsesos por cualquier cosa que amemos (barcos de vela, aviones, ideas) una avalancha de magia aplana el camino hacia el frente, nivela reglas, razona, disiente, nos lleva consigo por sobre los abismos, los miedos, las dudas. Sin el poder de ese amor...

—¿Qué estás escribiendo?

Me miró con extraño desconcierto, como si nunca hubiese visto a nadie trabajar con estilográfica y anota­dor, viajando en autobús al sur, hacia Florida.

Cuando alguien interrumpe mi intimidad con pregun­tas, tas a veces contesto sin explicar, para silenciarlo con el susto.

—Estoy escribiendo una carta al yo que era hace veinte años: "Cosas que me gustaría saber cuando era tú".

A pesar de mi disgusto, su cara era agradable a la vista, encendida por la curiosidad y por el coraje de satisfacerla. Profundos ojos pardos; el pelo, una oscura catarata cepi­llada.

—        Léemelo —dijo, sin dejarse asustar.

Lo hice: el último párrafo, hasta donde se interrumpía. — ¿Es verdad?

—        Nómbrame una cosa que hayas amado —dije—. Con que te haya gustado no basta. Una pasión irresistible, ob­sesiva, dominable...

—Los caballos —dijo ella, de inmediato—. Me encan­taban los caballos.

—        Cuándo estabas con tus caballos, ¿el mundo tenía un color diferente al de otras veces?

Ella sonrió.

—        Sí. Era la reina de Ohio del sur. Mi mamá tenía que enlazarme y sacarme a la rastra de la montura para que la acompañara a casa. ¿Miedo? ¡No! Tenía ese caballo enorme entre las piernas, Sandy, y él era mi amigo, y nadie me iba a hacer daño estando él. Yo amaba a Sandy.

Creí que había dejado de hablar. Pero agregó:

—Ya nada me hace sentir así.

No contesté, y ella cayó en su propio tiempo particu­lar, lar otra vez con Sandy. Volví a mi carta.

Sin el poder de ese amor, somos botes varados en mares de aburrimiento, y éstos resultan mortíferos...

— ¿Cómo harás para despachar una carta a veinte años atrás? —preguntó ella

     

—        No sé —respondí, mientras terminaba la frase en la página—. Pero ¿no sería terrible, llegado el día en que supié­ramos ramos cómo despachar algo en el tiempo, no tener nada que enviar? Por eso, primero quiero tener la encomienda prepa­rada después me preocuparé por el franqueo.

¡Cuántas veces me había dicho: Lástima no haber sa­bido esto a los diez años, si hubiera aprendido eso a los doce, qué desperdicio comprender con veinte años de re­traso!

— ¿Adónde vas? —Preguntó ella.

—        ¿Geográficamente?

                Sí.

—Lejos del invierno —dije—. Al sur. Al medio de Florida.

— ¿Qué hay en Florida?

—        No estoy seguro. Voy a encontrarme con una amiga mía y no sé muy bien dónde está.

Esto sí que es quedarse muy corto, pensé.

—        La hallarás.

Ante eso reí y la miré.

—        ¿Sabes lo que estás diciendo con eso de "La hallarás?” —Sí.

—        Explícate, por favor.

—No —dijo ella, y sonrió misteriosamente. Le brillaban los ojos tan oscuros que eran casi negros. Su piel era suave, bronceada hasta el castaño, sin una arruga, sin una marca que sugiriera quién era: tan joven que no había terminado de construir su cara.

—Y bueno, no —dije, devolviéndole la sonrisa.

El autobús volaba a lo largo de la Interestatal; las granjas pasaban rodando, paletas coloreadas de otoño al costado de la autopista. El biplano hubiera podido aterri­zar en ese sembradío, pensé. Cables de teléfono altos en el borde, pero el Fleet habría podido deslizarse por debajo.

¿Quién era esa desconocida sentada a mi lado? ¿Tal vez una sonrisa cósmica por mis temores, coincidencia en­viada viada para derretir mis dudas? Podía ser. Cualquier cosa podía ser. Podía ser Shimoda enmascarado.

—        ¿Sabes pilotear aviones? —pregunté, como al azar.

—¿Te parece que estaría en este autobús? Con sólo pensarlo me pongo nerviosa —dijo—. ¡Aviones! —Sé estre­meció, sacudió la cabeza. —Detesto volar. —Abrió su cartera y buscó adentro. — ¿Te molesta si fumo?

Me encogí en un acto reflejo.

—        ¿Que si me molesta? ¿Un cigarrillo? ¡Mujer, por favor...! —Traté de explicarle sin lastimar su orgullo. — ¿O sea que... vas a soplar humo en este poquitito de aire? ¿A mí, que no te he hecho nada malo, vas a obligarme a respi­rar  humo?

De haber sido Shimoda, ella habría sabido lo que yo pensaba del cigarrillo.

Las palabras la dejaron petrificada.

—        Bueno, lo siento —dijo, por fin.

Recogió su cartera y se trasladó a un asiento alejado. Lo sentía, sí; estaba ofendida y enojada.

Lástima grande. Con esos ojos tan oscuros...

Volví a tomar la estilográfica para escribirle al niño de hacía tiempo. ¿Qué podía decirle sobre la búsqueda de un alma gemela? La pluma esperaba, suspendida sobre el papel.
Yo había crecido en una casa rodeada por una cerca; en la cerca había un portón de madera suave y blanda, con agujeros perforados a baja altura, juntos, para que el perro

pudiera ver por ellos. Una noche, estando alta la luna, al volver tarde a casa de un baile escolar, recuerdo que me detuve, con la mano en el portón, y hablé conmigo mismo, y a la mujer a quien amaría, en voz tan baja que ni siquiera el perro pudo haber oído.

—No sé dónde estás, pero en este mismo instante vives en algún lugar de esta tierra, y un día tú y yo vamos a tocar este portón, aquí donde lo estoy tocando ahora. Tu mano tocará esta misma madera, aquí. Y luego pasaremos y estaremos llenos de un futuro y un pasado, y seremos el uno para el otro como nadie lo ha sido jamás. No podemos en­contrarnos ahora, no sé por qué. Pero algún día nuestras preguntas serán respuestas y nos veremos atrapados en algo tan luminoso... Y cada paso que doy es un paso más hacia un puente que debemos cruzar para encontrarnos. ¿Antes de que pase mucho tiempo? ¿Por favor?

Gran parte de mi niñez está olvidada, pero ese momen­to ante el portón, palabra por palabra, permaneció.

¿Qué puedo decirle sobre ella? Querido Dick: Qué te parece, han pasado veinte años y sigo solo.

Dejé el anotador y miré por la ventanilla, sin ver nada. Sin duda, a esa altura mi incansable subconsciente tenía repuestas para él. Para mí.

Lo que tenía eran excusas. ¡ Es difícil hallar a la mujer adecuada, Richard! Ya no eres tan maleable como eras; has dejado atrás la etapa de mente abierta. Caramba, las cosas que has elegido creer, las cosas por las que estarías dispuesto a morir, son, para la mayor parte de la gente, divertidas o locas.

Mi dama, pensé, tendrá que haber hallado por su cuenta las mismas respuestas que he hallado yo: que este mun­do do no es ni remotamente lo que parece; que cuanto tene­mos en el pensamiento se torna realidad en nuestra vida, que los milagros no son milagrosos. Ella y yo no nos entende­remos remos jamás, a menos que... Parpadeé. ¡Tendrá que ser exactamente igual que yo!

Con mucha más belleza física que yo, por supuesto, ya que tanto amo la belleza; Pero tendrá que compartir mis prejuicios tanto como mi pasión. No me imagino acompa­sando la vida a una mujer que deje un rastro de humo y cenizas donde quiera vaya. Si necesita fiestas y cócteles para ser feliz, o drogas, o si tiene miedo a los aviones, si tiene miedo a cualquier cosa, o si no es dueña de una suprema confianza en sí misma, si le falta el gusto por la aventura, si no se ríe de las cosas tontas que yo llamo cómicas, no funcionará. Si no quisiera compartir el dinero cuando lo tuviéramos y la fantasía cuando no lo hubiera, si no le gustaran los mapaches... Oh, Richard, esto no será fácil. Sin todo lo enumerado y más aún, estarás mejor solo.

En el dorso del anotador, escribiendo hacia adelante mientras tomábamos la Interestatal 65, entre Louisville y Birmingham, por cuatrocientos cincuenta kilómetros, hice una lista: La mujer perfecta Hacia la novena página comen­zaba a desalentarme. Cada línea que escribía era importante, debía serlo. Pero nadie podía cumplir... ¡Yo mismo no podía cumplir con todos esos requisitos!

Un estallido de objetividad, como cruel papel picado en torno de mi cabeza: estoy arruinado como pareja, aun antes de llegar a alma avanzada. Y al avanzar la cosa se pone peor.

Cuanto más nos iluminamos, menos se puede esperar que nadie, en ninguna parte, viva a nuestra altura. Cuanto más aprendemos, más se debe esperar que vivamos solos.
Escribí eso con toda celeridad. En el espacio en blanco, al pie de la última página, agregué, casi sin darme cuenta:

Incluso yo.

Pero cambiar mi lista... ¿se puede decir que sea erró­nea? no importa que fume, que deteste profundamente a los aviones?

No. Sí que importa.

El crepúsculo había estado a mi costado, en el au­tobús; ahora todo estaba oscuro. Allí, en esa oscuridad, yo lo sabía, existían pequeñas granjas triangulares, diminutos polígonos de campo en los que ni siquiera el Fleet podía aterrizar.

Nunca se te da un deseo sin que también se te dé el poder de hacerlo realidad.

Ah, el Manual del Mesías, pensé. ¿Y dónde estaba ahora? Sepultado, muy probablemente, entre la hierba donde yo lo había arrojado el día de la muerte de Shimoda.

Con esas páginas que se abrían en lo que su lector más necesitaba saber. Cierta vez yo había dicho que era un libro mágico y él se había ofendido. Puedes sacar tus respuestas de cualquier parte, del periódico del año pasado, había dicho. Cierra los ojos, formúlate mentalmente cual­quier pregunta, toca cualquier cosa escrita y allí tienes tu respuesta.

El papel impreso que más a mano tenía en el autobús era mi propio y arruinado ejemplar del libro que yo escri­biera sobré él, la última prueba de imprenta que los editores dan a los escritores, para recordarles que diesel se escribe con S, y ¿estaba yo seguro de desear que ése fuera el único libro en la historia de la literatura terminado con una coma?

Me puse el libro en el regazo, cerré los ojos y pregunté: ¿cómo busco a la mujer más querida, más perfecta para mí? Mantuve la pregunta bien iluminada, abrí el libro, apoyé el dedo y miré.

Página 114. Mi dedo estaba apoyado en la palabra "traer": Para traer algo a tu vida, imagina que ya está allí.

Un destello de hielo me corrió por la espalda. Hacía mucho tiempo que no practicaba eso; había olvidado lo bien que resultaba.

Miré hacia la ventanilla convertida en espejo nocturno por la luz individual del autobús, en busca de un reflejo de lo que ella pudiera ser. El vidrio estaba desierto. Yo nunca había visto un alma gemela; no imaginaba cómo imaginarla. ¿Debía ser un retrato físico en el pensamiento, como si ella fuera un objeto? Algo menos que alta, con los ojos del color del mar, del color del cielo conocedor de encantamientos, con una belleza cambiante, distinta de hora en hora.

¿O imaginar cualidades? Imaginación iridiscente, in­tuición de cien vidas recordadas, honradez cristalina y deci­sión férrea, sin temores. ¿Cómo visualizar todo eso?

Hoy en día es fácil visualizarlas; por entonces no lo era. Las imágenes parpadeaban y desaparecían, aun sabiendo yo que era preciso mantener las imágenes claras para que apare­cieran vivas a mí alrededor.

Intenté, intenté una vez más verla, pero sólo conseguía sombras, fantasmas que apenas aminoraban la marcha ante el peligro-escuela de mi pensamiento. Yo, que podía visuali­zar en sus mínimos detalles cualquier cosa que me atre­viera a imaginar, no lograba retratar siquiera vagamente a quien deseaba convertir en la persona más importante de mi vida.

Una vez más traté de verla, de imaginarla allí.

Nada. Luces de un espejo quebrado, oscuridades móvi­les. Nada.

¡No puedo ver quién es!

Al cabo de un rato, renuncié.

De los poderes psíquicos, se puede afirmar que, cuando se los necesita, han salido a cenar.

En cuanto me hube quedado dormido en el autobús, cansado hasta la muerte del viaje y del esfuerzo por ver, una voz mental me sacudió, despertándome con el sobresalto:

UJU, RICHARD! ¡Si con esto te sientes mejor, escucha! ¿Tu mujer única en el mundo? ¿Tu alma gemela? —dijo—. ¡Ya la conoces!