Lo mejor
parecía ser quedarme. Floté al borde de la muerte por júbilo, casi
sin palabras, pero no tanto.
No habría
podido inventar una mujer tan perfecta para mí, pensé; sin embargo,
he aquí a la auténtica, viva, escondida en la relación con la
señorita Leslie Parrish desde hace años,
enmascarada como mi socia comercial y mi mejor amiga. Emergió a la
superficie sólo ese fragmento de maravilla, y lo barrió la visión
de ella al sol.
Luz y
contacto, suaves sombras y susurros, esa
mañana-hecha-medio-día-hecho-atardecer, ya encontrado el camino
para reunirnos otra vez, después de una vida separados. Cereal como
cena. Y por fin pudimos volver a hablar con palabras.
¿Cuántas
palabras, cuánto tiempo hacen falta para decir Quién Eres? ¿Cuánto
para decir por qué? Más tiempo del que disponíamos antes de las
tres de la madrugada, antes de que volviera a amanecer. El escenario
del tiempo desapareció. Estaba claro fuera de su casa o no estaba
claro llovía o estaba seco, los relojes señalaban las diez y
nosotros no sabíamos las diez de qué día o de qué semana podían ser.
En
nuestras mañanas, despertábamos a las estrellas sobre la silenciosa
oscuridad de Los Ángeles; las media noches en que nos abrazábamos y
soñábamos eran horas-pico y las salidas para almorzar en la ciudad.
Un alma
gemela no puede ser posible; yo lo había aprendido en los años
transcurridos desde que convirtiera el Beet en dinero y construyera
mi imperio amurallado. No es posible para quienes corren en diez
direcciones, a diez velocidades al mismo tiempo; no es posible para
los comilones de vida. ¿Era posible que hubiera aprendido mal?
Volví a
su dormitorio, una de nuestras mañanas cero de medianoche,
sosteniendo en equilibrio una bandeja con rodajas de manzana, quesos
y galletitas.
—¡Oh!
—dijo ella, incorporándose, parpadeando para despertar sus ojos,
alisándose la cabellera para que cayera apenas enredada, sobre los
hombros desnudos—. ¡Dulce ¡Qué considerado eres!
—Podría
haber sido aún más considerado, pero en tu cocina no hay leche ni
patatas para hacer kartoffelkuehen.
—¡Kartof
felkuchen ! —exclamó, atónita—. Mi madre hacía kartoffelkuchen
cuando yo era pequeña. ¡Yo estaba convencida de ser la única persona
en el mundo que se acordaba de eso! ¿Sabes prepararlo?
—La
receta está guardada, sana y salva, en esta mente extraordinaria,
pasada por la abuela Bach. Eres el único ser humano que me ha dicho
esa palabra en quince años. Deberíamos hacer una lista de todas las
cosas que tenemos en...
Ahuequé
algunas almohadas y me instalé de modo de verla con claridad.
¡Cielos, pensé cómo amo su belleza!
Ella notó
que le estaba mirando el cuerpo. Deliberadamente, se sentó muy
erguida en la cama por un momento, para ver cómo me quedaba sin
respiración. Luego levantó las sábanas hasta su mentón.
—¿Contestarías a mi aviso? —preguntó, súbitamente tímida.
—Sí. ¿De
qué aviso se trata?
—Un aviso
clasificado. —Puso una transparente Lonja de queso sobre media
galletita de agua. — ¿Sabes qué dice?
—Cuéntame.
Mi
galletita crujía bajo su carga de queso, pero me pareció que su
estructura podía resistir.
—Se
busca: persona cien por ciento hombre. Debe ser genial, creativo,
divertido, capaz de intensa intimidad y regocijo. Quiera compartir
música, naturaleza, vida apacible, silenciosa y alegre. No fume no
beba no se drogue. Debe amar el aprendizaje y desear
crecer
eternamente. Apuesto, alto, delgado, manos finas, sensible, gentil,
amante. Sumamente afectuoso y sexual.
—¡Qué
aviso! ¡Si, contesto!
—Todavía
no he terminado —observó ella—. Debe poseer estabilidad
emocional, ser sincero, digno de confianza y constructivo. Sumamente
espiritual, pero sin religión organizada. Debe amar a los gatos.
—¡Caramba, ése soy yo de pies a cabeza! Hasta amo a tu gato, aunque
sospecho que él no me corresponde.
—Dale
tiempo —dijo ella—. Por algunos días andará algo celoso.
—Ah, se
te escapó.
— ¿Qué
cosa se me escapó? —preguntó ella, dejando caer la sábana mientras
se inclinaba hacia adelante para acomodar los almohadones.
El efecto
de ese simple acto, el efecto de ese inclinarse hacia adelante, fue
para mí un empellón hacia el hielo y el fuego. Mientras ella se
mantenía quieta, su sensualidad era lo más que yo podía soportar.
Cuando se movía, las suavidades, las curvas y las luces de su
persona en transformación, todas las palabras de mi mente
chirriaban en un feliz naufragio.
— ¿Hum?
—murmuré, mirando.
—Pedazo
de animal. Te pregunté qué cosa se me había escapado.
—Por
favor: si te quedas muy quieta podremos mantener una linda
conversación. Pero debo decirte que, cuando no estás vestida, una
pequeña cantidad de ese movimiento de almohadones tiende a
descarrilarme.
Lo
lamenté de inmediato. Ella levantó la sábana para cubrirse el busto
y la sostuvo allí con los brazos, mirándome pudorosamente por
encima de su galletita.
—Ah, sí,
bueno —dije—. Lo que se te escapó, al decir que tu gato estaría
celoso por algunos días, es que, en tu opinión, yo cubro los
requisitos de tu aviso.
—Yo
quería que se me escapara —respondió—. Me alegro de ver que
captaste.
—¿No
temes que, al saberlo, me aproveche de ti? Aflojó la sábana un par
de centímetros y arqueó una ceja.
—¿Te
gustaría aprovecharte de mí?
Con un
enorme esfuerzo mental, alargué la mano y subí la tela blanca.
—Noté que
se estaba cayendo, señora y a fin de conversar un minuto con usted,
me pareció mejor asegurarme de que no bajara mucho más.
—Qué
amable de tu parte.
—¿Crees
en los ángeles de la guarda? —pregunté. — ¿Qué nos protegen, nos
vigilan y ayudan a guiarnos?
A veces
sí.
—Dime,
entonces: ¿qué interés puede tener un ángel de la guarda en nuestra
vida amorosa? ¿Para qué guiar nuestros romances?
—Fácil
—dijo ella—. Para los ángeles de la guarda, el amor es lo más
importante. ¡Para ellos, nuestra vida amorosa es más importante que
cualquier otro tipo de vida que llevemos! ¿Qué otra cosa puede
importarles a los ángeles?
¡Por
supuesto, pensé, tiene razón!
¿Te
parece —proseguí— que los ángeles de la guarda podrían tomar forma
humana los
unos para
los otros, para ser amantes cada tantas vidas?
Dio un
mordisco a su galletita, pensando.
—Sí. —Y
un momento después: — ¿Algún ángel de la guarda podría contestar a
mi aviso?
—Sí,
seguro. Todos los ángeles de la guarda masculinos del país
contestarían a tu aviso, si supieran que se trata de ti.
—Sólo
quiero a uno —dijo ella. Y un momento después: —Y tú, ¿no tienes
ningún aviso?
Asentí y
me sorprendí a mí mismo.
—Hace
años que lo vengo escribiendo: Se busca, ángel de la guarda cien
por ciento femenino, en cuerpo humano, por favor. Independiente,
aventurero; se requiere extrema sabiduría. Preferiblemente aptitud
para iniciar y responder creativamente en muchas formas de
comunicación. Debe hablar jerigonza.
— ¿Eso es
todo?
—No
—dije—. Presentarse sólo ángeles de ojos gloriosos, silueta
deslumbrante y cabellera larga dorada. Se requiere brillante
curiosidad y sedienta capacidad de aprendizaje. Preferiblemente
profesional en varias actividades creativas y de negocios,
experiencia en puestos de alta gerencia. Falta absoluta de miedos,
buena disposición para correr todos los riesgos. Se garantiza
felicidad a largo plazo.
Ella me
escuchaba con atención.
—La parte
de silueta deslumbrante y cabellera dorada, ¿no es demasiado
terrenal para un ángel?
— ¿Por
qué no puede haber ángeles de la guarda con silueta deslumbrante y
cabellera larga? ¿Tienen que ser por eso menos angelicales, menos
perfectos para el mortal, menos capacitados para su trabajo?
Y bueno,
¿por qué no pueden ser así los ángeles guardianes?, pensé,
lamentando no tener mi libreta de notas. ¿Por qué no un planeta de
ángeles que iluminaran mutuamente sus vidas con aventuras y
misterios? ¿Por qué no unos pocos, al menos, que pudieran hallarse
mutuamente de vez en cuando?
—Entonces, ¿creamos el cuerpo que a nuestro mortal le parezca más
delicioso? —dijo— Cuando el maestro es bello ¿se presta más
atención?
—
¡Exacto! —dije—. Un momento, por favor.
Encontré
la libreta en el suelo, junto a la cama; escribí lo que ella decía
y puse, atrás, un guión y la L de Leslie.
— ¿Has
notado —dije— que, después de tratar a una persona por algún
tiempo, ésta cambia de aspecto?
—Puede
ser el hombre más atractivo del mundo —concordó ella—, pero se
vuelve más desabrido que maíz salteado cuando no tiene nada que
decir. Y si el más feo de los hombres te dice lo que le interesa y
por qué le interesa, en dos minutos es tan bello que te dan ganas de
abrazarlo.
Sentí
curiosidad.
—¿Has
salido con muchos hombres feos?
—Con
muchos no.
—¿Por qué
no, si para ti se ponen hermosos?
—Porque
cuando ven a María Estrella toda emperifollada y bonita, preparada
para salir en
cámara,
suponen que ella sólo tiene ojos para José Galán. Rara vez me
invitan a salir, Richard.
Pobres
tontos, pensé. Rara vez la invitan. Porque creemos en la
superficie, olvidamos que las superficies no son lo que somos
nosotros. Cuando descubrimos un ángel de mente deslumbrante, su cara
se torna aun más encantadora. Y entonces: "Ah, a propósito", nos
dice, "también tengo este cuerpo..."
Lo anoté
en la libreta.
—Algún
día —dijo ella, poniendo la bandeja del desayuno en la mesita de
noche— te voy a pedir que me leas otras notas.
El
movimiento hizo caer la sábana otra vez. Levantó los brazos,
estirándose lujuriosamente.
—Ahora no
te lo pido —dijo, acercándose—. Por hoy, no más preguntas.
Como yo
ya no podía pensar, me pareció mejor así.