Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 19

Richard Bach

 

CAPITULO 19

Desperté a la mañana, a la luz del sol filtrada, dorad, por su cabellera, que caía en cascada sobre nuestras almohadas. Desperté a su sonrisa.

—Buenos días, wookie —dijo, tan íntima y cálida qué; apenas capté las palabras

—. ¿Dormiste bien?

—¡Mm! —dije— ¡Caramba, sí! ¡Si, gracias, dormí muy bien! Tuve un sueño glorioso, anoche. Ibas a llevarme al hotel y yo, sin poder contenerme, te daba un besito, y "entonces... ¡Qué sueño hermoso!

Por una vez en la vida, por una bendita vez en la vida, la mujer tendida junto a mí en la cama no era una desconocida. Por una vez en mi vida, esta persona estaba exactamente donde le correspondía estar, y lo mismo podía decirse de mí.

Le toqué la cara.

—Es sólo por un minuto, ¿verdad?, y desaparecerás en el aire. O sonará la alarma del reloj, o llamará el telé­fono y serás tú, para preguntar si dormí bien. No llames todavía. Quiero soñar un poco más, por favor.

—Ring... —dijo ella, con voz muy pequeña.

Arrojó los cobertores a un lado y se llevó un liviano teléfono de nada al oído. El sol en su sonrisa, en sus hombros y sus pechos desnudos, me dejaron muy despierto.

—Ring... Hola, ¿Richard? ¿Qué tal dormiste anoche? ¿Hm?

En ese instante pasó a inocente seductora, pura e ín­tegra una mente de fulgor estelar en el cuerpo de una diosa sexual. Parpadeé ante la intimidad de lo que ella hacía con un movimiento, con una frase, con un destello de sus ojos.

¡Vivir con una actriz! Nunca había imaginado... ¿cuán­tas Leslies diferentes podían estar agitándose en ésa, cuántas habría allí para tocar, para conocer, listas a aparecer bajo súbitos reflectores en el escenario de esta única persona?

— ¡Eres... adorable! —tartamudeé, buscando las palabras—. ¿Por qué no me dijiste que eras tan... hermosa?

El teléfono se vaporizó en su mano; la inocente se volvió hacia mí con una sonrisa burlona.

—Parecía que eso no te interesaba.

—Te vas a sorprender, pero será mejor que te acostum­bres a estas cosas, porque soy un palabrífice y no puedo dejar de barbotar poesía de vez en cuando; Es mi modo de ser y no lo puedo cambiar: ¡Creo que eres estupenda!

Ella asintió lenta, solemnemente.

—Muy bueno, palabrífice. Gracias. Yo también creo que tú eres estupendo.

 —Una fracción de segundo, una idea diferente, provocativa, en su mente.

—Ahora, para practi­car, digamos lo mismo sin palabras.

¿Moriré hoy de felicidad, pensé, o podré quedarme por un tiempo?

     

Lo mejor parecía ser quedarme. Floté al borde de la muerte por júbilo, casi sin palabras, pero no tanto.

No habría podido inventar una mujer tan perfecta para mí, pensé; sin embargo, he aquí a la auténtica, viva, escondida en la relación con la señorita Leslie Parrish desde hace años,

enmascarada como mi socia comercial y mi mejor amiga. Emergió a la superficie sólo ese fragmen­to de maravilla, y lo barrió la visión de ella al sol.

Luz y contacto, suaves sombras y susurros, esa ma­ñana-hecha-medio-día-hecho-atardecer, ya encontrado el camino para reunirnos otra vez, después de una vida sepa­rados. Cereal como cena. Y por fin pudimos volver a hablar con palabras.

¿Cuántas palabras, cuánto tiempo hacen falta para decir Quién Eres? ¿Cuánto para decir por qué? Más tiem­po del que disponíamos antes de las tres de la madrugada, antes de que volviera a amanecer. El escenario del tiempo desapareció. Estaba claro fuera de su casa o no estaba claro llovía o estaba seco, los relojes señalaban las diez y nosotros no sabíamos las diez de qué día o de qué semana podían ser.

En nuestras mañanas, despertábamos a las estrellas sobre la silenciosa oscuridad de Los Ángeles; las media noches en que nos abrazábamos y soñábamos eran horas-pico y las salidas para almorzar en la ciudad.

Un alma gemela no puede ser posible; yo lo había aprendido en los años transcurridos desde que convirtiera el Beet en dinero y construyera mi imperio amurallado. No es  posible para quienes corren en diez direcciones, a diez velocidades al mismo tiempo; no es posible para los comilones de vida. ¿Era posible que hubiera aprendido mal?

Volví a su dormitorio, una de nuestras mañanas cero de medianoche, sosteniendo en equilibrio una bandeja con rodajas de manzana, quesos y galletitas.

—¡Oh! —dijo ella, incorporándose, parpadeando para despertar sus ojos, alisándose la cabellera para que cayera apenas enredada, sobre los hombros desnudos—. ¡Dulce ¡Qué considerado eres!

—Podría haber sido aún más considerado, pero en tu cocina no hay leche ni patatas para hacer kartoffelkuehen.

—¡Kartof felkuchen ! —exclamó, atónita—. Mi madre hacía kartoffelkuchen cuando yo era pequeña. ¡Yo estaba convencida de ser la única persona en el mundo que se acor­daba de eso! ¿Sabes prepararlo?

—La receta está guardada, sana y salva, en esta mente extraordinaria, pasada por la abuela Bach. Eres el único ser humano que me ha dicho esa palabra en quince años. Deberíamos hacer una lista de todas las cosas que tenemos en...

Ahuequé algunas almohadas y me instalé de modo de verla con claridad. ¡Cielos, pensé cómo amo su belleza!

Ella notó que le estaba mirando el cuerpo. Delibera­damente, se sentó muy erguida en la cama por un momento, para ver cómo me quedaba sin respiración. Luego levantó las sábanas hasta su mentón.

—¿Contestarías a mi aviso? —preguntó, súbitamente tímida.

—Sí. ¿De qué aviso se trata?

—Un aviso clasificado. —Puso una transparente Lonja de queso sobre media galletita de agua. — ¿Sabes qué dice?

—Cuéntame.

Mi galletita crujía bajo su carga de queso, pero me pa­reció que su estructura podía resistir.

—Se busca: persona cien por ciento hombre. Debe ser genial, creativo, divertido, capaz de intensa intimidad y regocijo. Quiera compartir música, naturaleza, vida apa­cible, silenciosa y alegre. No fume no beba no se drogue. Debe amar el aprendizaje y desear

crecer eternamente. Apuesto, alto, delgado, manos finas, sensible, gentil, amante. Sumamente afectuoso y sexual.

—¡Qué aviso! ¡Si, contesto!

—Todavía no he terminado —observó ella—. Debe poseer estabilidad emocional, ser sincero, digno de confianza y constructivo. Sumamente espiritual, pero sin religión organizada. Debe amar a los gatos.

—¡Caramba, ése soy yo de pies a cabeza! Hasta amo a tu gato, aunque sospecho que él no me corresponde.

—Dale tiempo —dijo ella—. Por algunos días andará algo celoso.

—Ah, se te escapó.

— ¿Qué cosa se me escapó? —preguntó ella, dejando caer la sábana mientras se inclinaba hacia adelante para acomodar los almohadones.

El efecto de ese simple acto, el efecto de ese incli­narse hacia adelante, fue para mí un empellón hacia el hielo y el fuego. Mientras ella se mantenía quieta, su sen­sualidad era lo más que yo podía soportar. Cuando se movía, las suavidades, las curvas y las luces de su perso­na en transformación, todas las palabras de mi mente chirriaban en un feliz naufragio.

— ¿Hum? —murmuré, mirando.

—Pedazo de animal. Te pregunté qué cosa se me ha­bía escapado.

—Por favor: si te quedas muy quieta podremos mantener una linda conversación. Pero debo decirte que, cuando no estás vestida, una pequeña cantidad de ese movi­miento de almohadones tiende a descarrilarme.

Lo lamenté de inmediato. Ella levantó la sábana para cubrirse el busto y la sostuvo allí con los brazos, mi­rándome pudorosamente por encima de su galletita.

—Ah, sí, bueno —dije—. Lo que se te escapó, al decir que tu gato estaría celoso por algunos días, es que, en tu opinión, yo cubro los requisitos de tu aviso.

—Yo quería que se me escapara —respondió—. Me alegro de ver que captaste.

—¿No temes que, al saberlo, me aproveche de ti? Aflojó la sábana un par de centímetros y arqueó una ceja.

—¿Te gustaría aprovecharte de mí?

Con un enorme esfuerzo mental, alargué la mano y subí la tela blanca.

—Noté que se estaba cayendo, señora y a fin de conversar un minuto con usted, me pareció mejor asegurarme de que no bajara mucho más.

—Qué amable de tu parte.

—¿Crees en los ángeles de la guarda? —pregunté. — ¿Qué nos protegen, nos vigilan y ayudan a guiarnos?

A veces sí.

—Dime, entonces: ¿qué interés puede tener un ángel de la guarda en nuestra vida amorosa? ¿Para qué guiar nues­tros romances?

—Fácil —dijo ella—. Para los ángeles de la guarda, el amor es lo más importante. ¡Para ellos, nuestra vida amorosa es más importante que cualquier otro tipo de vida que llevemos! ¿Qué otra cosa puede importarles a los ángeles?

¡Por supuesto, pensé, tiene razón!

¿Te parece —proseguí— que los ángeles de la guarda podrían tomar forma humana los

unos para los otros, para ser amantes cada tantas vidas?

Dio un mordisco a su galletita, pensando.

—Sí. —Y un momento después: — ¿Algún ángel de la guarda podría contestar a mi aviso?

—Sí, seguro. Todos los ángeles de la guarda masculi­nos del país contestarían a tu aviso, si supieran que se trata de ti.

—Sólo quiero a uno —dijo ella. Y un momento des­pués: —Y tú, ¿no tienes ningún aviso?

Asentí y me sorprendí a mí mismo.

—Hace años que lo vengo escribiendo: Se busca, ángel de la guarda cien por ciento femenino, en cuerpo humano, por favor. Independiente, aventurero; se requiere extrema sabiduría. Preferiblemente aptitud para iniciar y responder creativamente en muchas formas de comunicación. Debe hablar jerigonza.

— ¿Eso es todo?

—No —dije—. Presentarse sólo ángeles de ojos gloriosos, silueta deslumbrante y cabellera larga dorada. Se requiere brillante curiosidad y sedienta capacidad de aprendizaje. Preferiblemente profesional en varias actividades creativas y de negocios, experiencia en puestos de alta gerencia. Falta absoluta de miedos, buena disposición para correr todos los riesgos. Se garantiza felicidad a largo plazo.

Ella me escuchaba con atención.

—La parte de silueta deslumbrante y cabellera dorada, ¿no es demasiado terrenal para un ángel?

— ¿Por qué no puede haber ángeles de la guarda con silueta deslumbrante y cabellera larga? ¿Tienen que ser por eso menos angelicales, menos perfectos para el mortal, menos capacitados para su trabajo?

Y bueno, ¿por qué no pueden ser así los ángeles guar­dianes?, pensé, lamentando no tener mi libreta de notas. ¿Por qué no un planeta de ángeles que iluminaran mutuamente sus vidas con aventuras y misterios? ¿Por qué no unos pocos, al menos, que pudieran hallarse mutuamente de vez en cuando?

—Entonces, ¿creamos el cuerpo que a nuestro mortal le parezca más delicioso? —dijo— Cuando el maestro es bello ¿se presta más atención?

— ¡Exacto! —dije—. Un momento, por favor.

Encontré la libreta en el suelo, junto a la cama; escri­bí lo que ella decía y puse, atrás, un guión y la L de Leslie.

— ¿Has notado —dije— que, después de tratar a una per­sona por algún tiempo, ésta cambia de aspecto?

—Puede ser el hombre más atractivo del mundo —con­cordó ella—, pero se vuelve más desabrido que maíz sal­teado cuando no tiene nada que decir. Y si el más feo de los hombres te dice lo que le interesa y por qué le interesa, en dos minutos es tan bello que te dan ganas de abra­zarlo.

Sentí curiosidad.

—¿Has salido con muchos hombres feos?

—Con muchos no.

—¿Por qué no, si para ti se ponen hermosos?

—Porque cuando ven a María Estrella toda emperi­follada y bonita, preparada para salir en

cámara, suponen que ella sólo tiene ojos para José Galán. Rara vez me invi­tan a salir, Richard.

Pobres tontos, pensé. Rara vez la invitan. Porque creemos en la superficie, olvidamos que las superficies no son lo que somos nosotros. Cuando descubrimos un ángel de mente deslumbrante, su cara se torna aun más encantadora. Y entonces: "Ah, a propósito", nos dice, "también tengo este cuerpo..."

Lo anoté en la libreta.

—Algún día —dijo ella, poniendo la bandeja del desa­yuno en la mesita de noche— te voy a pedir que me leas otras notas.

El movimiento hizo caer la sábana otra vez. Levantó los brazos, estirándose lujuriosamente.

—Ahora no te lo pido —dijo, acercándose—. Por hoy, no más preguntas.

Como yo ya no podía pensar, me pareció mejor así.

Sentí curiosidad.

—¿Has salido con muchos hombres feos?

—Con muchos no.

—¿Por qué no, si para ti se ponen hermosos?

—Porque cuando ven a María Estrella toda emperi­follada y bonita, preparada para salir en cámara, suponen que ella sólo tiene ojos para José Galán. Rara vez me invi­tan a salir, Richard.

Pobres tontos, pensé. Rara vez la invitan. Porque creemos en la superficie, olvidamos que las superficies no son lo que somos nosotros. Cuando descubrimos un ángel de mente deslumbrante, su cara se torna aun más encantadora. Y entonces: "Ah, a propósito", nos dice, "también tengo este cuerpo..."

Lo anoté en la libreta.

—Algún día —dijo ella, poniendo la bandeja del desa­yuno en la mesita de noche— te voy a pedir que me leas otras notas.

El movimiento hizo caer la sábana otra vez. Levantó los brazos, estirándose lujuriosamente.

—Ahora no te lo pido —dijo, acercándose—. Por hoy, no más preguntas.

Como yo ya no podía pensar, me pareció mejor así.