Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 18

Richard Bach

 

CAPITULO 18

Exceptuando el ajedrez, entre nosotros no hay acción. No escalamos montañas juntos, ni navegamos ríos, ni hace­mos revoluciones ni arriesgamos la vida. Ni siquiera pilo­teamos aviones. Lo más aventurado que compartimos es una zambullida en el tránsito del bulevar La Ciénaga, des­pués de almorzar. ¿Cómo es posible que ella me hechice tanto?

— ¿Has notado —pregunté, en tanto ella viraba al oeste ,por la Melrose, en dirección a su casa— que nuestra amis­tad es completamente... inactiva?

—¿Inactiva? —Me miró, tan sobresaltada como si yo acabara de tocarla. —Oh, cómo eres. A veces no sé si estás bromeando o hablando en serio. ¡ Inactiva!

—No, de veras. ¿No deberíamos estar practicando, esquí en pleno campo, haciendo surf hasta Hawaii, algo enérgico? Para nosotros, el ejercicio más fuerte es levantar una reina de ajedrez y decir, al mismo tiempo: "Jaque"

 Es una simple observación. Nunca hasta ahora había tenido una amiga como tú. ¿No somos espantosamente cerebrales? ¿No hablamos demasiado?

—Richard —dijo ella—, ajedrez y charla, ¡por favor nada de dar fiestas, nada de tirar el dinero, que es el ejer­cicio favorito de esta ciudad.

Condujo el coche hacia una calle lateral, por la en­trada de su cochera, y detuvo el motor.

—¿Me disculpas un minuto, Leslie? Corro a casa y quemo todos los dólares que tenga. Enseguida vuelvo.

 Ella sonrió.

     

—No hace falta que los quemes. Está bien que tengas dinero. Lo que les importa a las mujeres es que no lo uses para tratar de comprarlas. Cuídate mucho de inten­tarlo.

—Demasiado tarde —dije—. Ya lo hecho. Más de una vez.

Se volvió hacia mí, recostándose contra la porte­zuela del auto. No hizo intento alguno de abrirla.

—¿Tú? No sé por qué me sorprendo tanto. Por algún motivo no logro imaginarte haciendo eso... Cuéntame... ¿Has comprado alguna mujer que valga la pena?

—El dinero hace cosas extrañas. Me da miedo ver que todo me sucede a mí, de primera mano. No es una pelícu­la, sino no-ficción de primera mano, vida real. Es como si yo fuera el tercero en discordia en un triángulo amoroso, como si tratara de interponerme por la fuerza entre una mujer y mi dinero. Para mí todavía es nuevo disponer de tanto dinero en efectivo. Si aparece una señorita muy simpática que no tiene mucho con qué vivir, que está casi en la ruina, que tiene el alquiler atrasado, ¿qué le digo? ¿"No voy a gastar un centavo en ayudarte"?

Necesitaba una respuesta para eso. En ese momento, una parte de mi mujer perfecta estaba representada por tres vistosas amigas que sobrevivían a duras penas.

—Haces lo que te parezca mejor —dijo ella—. Pero no te engañes creyendo que alguien va a amarte porque le pagues el alquiler o la cuenta del mercado. Un modo de asegurarte que no te amen es permitir que depen­dan de tu dinero. ¡Hablo con conocimiento de causa!

Asentí. ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso hay hombres que la siguen por interés?

—No es amor —dije—. Ninguna de ellas me ama. Nos disfrutamos mutuamente.

 Somos felices parásitos mutuos.

 —Grf.

—¿Qué decías?

--Grf: expresión de disgusto. Eso de "felices pará­sitos mutuos" me hace pensar en sabandijas.

—Disculpa. Todavía no he resuelto el problema.

—La próxima vez no les digas que tienes dinero.

—No da resultado. No sirvo en absoluto para enga­ñar. Saco la cartera y se me caen los billetes de cien dóla­res sobre la mesa. Entonces ellas dicen: " ¡Qué cuernos... ¡Dijiste que vivías de la pensión de desempleo!" ¿Y yo qué puedo hacer?

—A lo mejor no tienes remedio. Pero ten cuidado. No hay ciudad como ésta para enseñarte de cuántos modos se puede estrellar la gente que no sabe manejar el dinero. —Por fin abrió su portezuela. — ¿Quieres una ensalada, algo sano? ¿O crema de chocolate caliente para Cerdito?

—Cerdito abandonó la crema de chocolate. ¿Podría­mos compartir una ensalada?

Ya dentro de la casa, ella puso una sonata de Beetho­ven a bajo volumen, preparó una abundantísima ensalada de verduras y queso, y volvimos a conversar. Nos perdi­mos la puesta del sol, nos perdimos una película docu­mental, jugamos al ajedrez, y nuestro tiempo juntos desa­pareció.

—Se ve que tengo el viaje de mañana temprano en la cabeza —dije—. ¿No tienes la impresión de que no estoy jugando como acostumbro? Pierdo tres partidas de cada cuatro. No sé qué me está pasando.

—Estás jugando igual que siempre —respondió ella, guiñando un ojo—. Lo que pasa es que yo estoy mejorando. ¡Recordarás este 11 de julio como el día en que ganaste tu última partida de ajedrez a Leslie Parrish !

—Ríe mientras puedas, traviesa. La próxima vez que te enfrentes a este cerebro, habrá memorizado trampas malignas en el ajedrez, y todas ellas te estarán esperando en el tablero. —Suspiré sin darme cuenta—. Será mejor que me vaya. ¿Tendría mi conductora de Banthas la gen­tileza de llevarme hasta el hotel?

—Sin duda —respondió ella.

Pero no se apartó de la mesa.

Para agradecerle el día pasado, le tomé una mano y se la retuve, leve, cálidamente. Por largo rato nos mira­mos sin hablar; ninguno de los dos se dio cuenta de que el tiempo se había detenido. El silencio, en sí, decía lo que nunca habíamos pensado poner en palabras.

Y de pronto, de algún modo, nos encontramos abra­zados, besándonos suave, suavemente.

No se me ocurrió entonces que, al enamorarme de Leslie Parrish, estaba aniquilando a la única hermana que nunca tuviera.