¿Nunca te
pasó?
—De vez
en cuando. Pero así no —respondió ella.
—¿Puedo
traerte algo de la cocina? —pregunté—. ¿Una galleta o algo así?
—No,
gracias.
Me
levanté en busca del frasco de galletitas, puse una inclinada torre
de granizados de chocolate en un plato, para cada uno de nosotros.
— ¿Leche?
—No,
gracias.
Llevé a
la mesa las galletitas y la leche.
—Las
notas son recordatorios. Me ayudan a recordar que soy turista en la
tierra, me recuerdan qué extrañas costumbres tienen aquí, y cuánto
me gusta el lugar. Cuando hago eso, casi puedo recordar cómo es el
sitio de donde vinimos. Hay un imán que está tirando de nosotros,
tirando de nosotros contra la cerca que marca el límite de este
mundo. Tengo la extraña sensación de que provenimos del otro lado de
la cerca.
Leslie
tenía preguntas al respecto; también tenía respuestas que a mí no se
me habían ocurrido. Conocía un mundo-como-debería-ser, y yo le
aposté a que era un mundo-como-es sin guerras, en alguna dimensión
paralela. La idea nos divirtió y fue derritiendo el reloj.
Tomé una
galletita de chocolate, la imaginé caliente, la ataqué con suavidad.
Leslie se recostó en el asiento con una curiosa sonrisita, como si
le interesaran mis notas, los pensamientos que a mí me resultaban
tan fascinantes.
— ¿Hemos
hablado ya de la literatura? —pregunté.
—No. —Al
fin alargó la mano hacia una galletita, quebrada su resistencia por
la paciente e implacable proximidad de su bocado favorito. —Me
encantaría escucharte. Apuesto a que comenzaste a escribir siendo
muy joven.
Qué
extraño, pensé. ¡Quiero que ella sepa quién soy!
—Sí. En
casa, cuando yo era niño, libros por doquier. Cuando aprendí a
gatear había libros a la altura de mi nariz. Cuando pude ponerme de
pie, había libros hasta donde me daba la vista, hasta donde yo no
podía llegar. Libros en alemán, latín, hebreo, griego, inglés y
castellano. Mi padre era ministro religioso; se crió en Wisconsin
hablando en alemán; aprendió inglés a los seis años, estudió los
idiomas de la Biblia y todavía los habla. Mi madre trabajó en Puerto
Rico por muchos años. Papá leía cuentos en alemán y me los traducía
en tanto iba leyendo; mamá me hablaba en castellano aunque yo no
comprendiera, así que me crié casi inmerso en palabras. ¡Delicioso!
"Me
encantaba abrir los libros para ver cómo empezaba. Los escritores
crean libros tal como nosotros escribimos vidas. Un escritor puede
conducir a cualquier personaje, a cualquier acontecimiento, con
cualquier propósito, para demostrar cualquier cosa. ¿Qué hace este
escritor, o este ogro, quería saber yo, con una Página Uno en
blanco? ¿Qué le hacen a mi mente y a mi espíritu cuando leo sus
palabras? ¿Me aman, me desprecian o no se ocupan de mí? Descubrí que
algunos autores son cloroformo, pero otros, tréboles y jengibre.
"Después
fui a la secundaria, aprendí a odiar nuestra gramática y me aburrí
tanto de ella que bostezaba setenta veces en una clase de cincuenta
minutos y salía, al final, cacheteándome para despertarme. En el
último año, en la escuela secundaria Woodrow Wilson, de Long Beach,
California, elegí Creación Literaria para escapar al tormento de la
literatura inglesa. Sala cuatro diez, era. Creación Literaria,
sexta hora."
Ella
apartó la silla de la mesa, escuchando.
—El
profesor de esa materia era John Gartner, el instructor de fútbol.
Pero John Gartner, Leslie, también era escritor. ¡Un verdadero
escritor, de carne y hueso! Escribía cuentos y artículos para
revistas de deporte, y libros para adolescentes: Rock Taylor,
adiestrador de fútbol; Rock Taylor, adiestrador de béisbol. Un
oso, era; medía cerca de uno noventa y dos, y las manos eran así de
grandes; rudo, justo, divertido y colérico, a veces. Nosotros
sabíamos que le encantaba su trabajo y que nos amaba.
De pronto
me apareció una lágrima en el ojo; la enjugué rápidamente, pensando
qué extraño, no había pensado en John Gartner, el Grandote... Hace
diez años que murió y sólo ahora siento esta cosa rara en la
garganta. Continué apresuradamente, en la esperanza de que ella no
se diera cuenta:
—"Bueno,
muchachos' nos dijo el primer día. "Ya sé que están aquí para no
estudiar Literatura Inglesa." Entre nosotros circuló cierto murmullo
culpable y la clase desvió a medias la vista. "Permítanme decirles",
continuó, "que si alguien quiere sacar sobresaliente en la libreta
de calificaciones, el único modo es mostrarme un cheque por una
obra literaria que haya escrito y vendido este semestre." Se oyó un
coro de gruñidos, gemidos y aullidos: "Oh, señor GARTNER eso no es
justo, pobrecitos nosotros, estudiantes de secundaria, cómo quiere
que... ¡Eso no es JUSTO, señor Gartner!" Que él silenció con una
palabra que sonaba como GROUL.
"No tiene
nada de malo sacar Distinguido. Distinguido es más que Bueno. Y
ustedes pueden ser más que Buenos sin vender lo que escriban, ¿no?
Pero Sobresaliente es Superior. ¿No están de acuerdo en que, si
venden lo que han escrito, será Superior y, por lo tanto, merecerán
un Sobresaliente?"
-Tomé la
penúltima galletita de mi plato.
— ¿Estoy
contándote más de lo que deseas saber? —le pregunté—. Sé franca.
—Cuando
quiera que te calles te lo diré —aseguró ella—. Mientras no te lo
diga, sigue, ¿quieres?
—Bueno.
En aquellos tiempos yo me preocupaba mucho por las calificaciones.
Ella
sonrió, recordando las libretas de calificaciones.
—Escribí
mucho y envié artículos y cuentos a periódicos y revistas. Justo
antes de que terminara el semestre envié un cuento al suplemento
dominical del Long Beach Press-Telegram, sobre un club de
astrónomos aficionados: "Ellos conocen al hombre de la luna"
"
¡Imagínate la sorpresa! Llego de la escuela, entro con el cubo de
desperdicios de la calle, doy de comer al perro y mamá me entrega la
carta del Press-Telegram. , ¡Hielo instantáneo en todas las venas!
La abro temblando, me trago las palabras, comienzo otra vez a leer
desde el principio. ¡Compraron mi cuento! ¡Adjuntan cheque por
veinticinco dólares!
"No puedo
dormir, no veo la hora de que abra la escuela, por la mañana. Por
fin abre, por fin la sexta hora, y lanzo dramáticamente el cheque en
su escritorio, ¡JUOMP!, " ¡Ahí tiene su cheque, señor Gartner!"
"La
cara... la cara se le enciende y me estrecha la mano de tal modo que
no puedo moverla por una hora. Entonces anuncia a la clase que Dick
Bach vendió un artículo, con lo cual me hace sentir reducido a medio
centímetro de altura. Me saqué un Sobresaliente en Creación
Literaria, sin más esfuerzos. Y supongo que ése es el final del
cuento.
Me quedé
pensando en ese día... ¿veinte años antes o ayer? ¿Qué pasa con el
tiempo en nuestra mente?
—Pero no
lo fue —dijo ella.
— ¿No fue
qué?
—El final
de la historia.
-No. John
Gartner nos enseñó qué era un escritor. Estaba trabajando en una
novela sobre los profesores. Grito de septiembre. No sé si la habrá
terminado antes de morir...
Una vez
más, un extraño endurecimiento en la garganta; me pareció mejor
seguir, terminar la historia y cambiar de tema.
—Todas
las semanas nos traía un capítulo de su libro, lo leía en voz alta y
nos preguntaba cómo se lo podía escribir mejor. Era su primera
novela para adultos. En ella había un relato de amor, y la cara se
le ponía intensamente roja cuando leía partes de ella; reía y
sacudía la cabeza en medio de una frase, si pensaba que era
demasiado auténtica y delicada para que un adiestrador de fútbol la
compartiera con su clase de literatura. Le costaba mucho escribir
sobre las mujeres. Cada vez que se alejaba demasiado de los deportes
y la vida al aire libre, se percibía en su modo de escribir; hablar
de mujeres era pisar hielo delgado. Por eso lo criticábamos con
saña; le decíamos: "Señor Gartner, la señorita parece mucho menos
real que Rock Taylor. ¿No hay algún modo de que usted pueda
mostrárnosla en vez de contárnosla?"
"Entonces
él aullaba de risa y se secaba la frente con el pañuelo. Y estaba de
acuerdo, estaba de acuerdo. Porque eso era lo que John el Grandote
nos metía siempre en la cabeza, golpeando con el puño sobre el
escritorio. " ¡No me CUENTEN, MUESTRENME! ¡INCIDENTE! y ¡EJEMPLO!"
—Lo
amabas mucho, ¿verdad?
Eliminé
otra lágrima.
—Eh...
era un buen profesor, pequeña wookie.
—Si lo
amabas, ¿qué tiene de malo decir que lo amabas?
—Nunca lo
pensé de ese modo. Pero lo amaba, sí. Y lo amo.
Y de
pronto, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, me encontré
arrodillado frente a ella, rodeándole las piernas con los brazos,
con la cabeza en su falda, sollozando por un profesor de cuya
muerte me había enterado de quinta mano sin parpadear, años antes.
Ella me
acarició la nuca.
—No
importa —me dijo, suavemente—, no importa. El ha de estar muy
orgulloso de ti y de tus libros. El también ha de amarte.
Qué
sensación extraña, pensé. ¡Esto es llorar! Desde hacía mucho tiempo
no hacía más que apretar los dientes y bajar acero contra el dolor.
¿Cuándo había llorado por última vez? Ya no lo recordaba. El día en
que murió mi madre, un mes antes de que yo me hiciera cadete de
aviación, para ganar mis alas en el adiestramiento para pilotos de
la Fuerza Aérea. Desde el día en que me uní a la vida militar,
práctica intensiva en control de emociones: Señor Bach, desde ahora
en adelante usted saludará a las polillas y a las moscas. ¿Por qué
saludará a las polillas y a las moscas? Saludará a las polillas y a
las moscas porque ellas tienen alas y usted no. Hay una polilla en
aquella ventana. Señor Bach, media vuelta: ¡FRENTE! Adelante: ¡MARCH!
Y... al... ¡TO! Frente a la polilla: ¡FRENTE! Saa... ¡LUDO! Bórrese
esa sonrisa de la boca, señor. Ahora pise esa sonrisa, mate esa
sonrisa. ¡MATELA! Ahora recójala, llévela afuera y entiérrela.
¿Cree que este programa es broma? ¡Quién manda en sus emociones;
Señor Bach!
Esa era
la médula de mi adiestramiento, eso era lo que importaba: ¿Quién
manda?
¿Quién
manda? ¡Yo! ¡Yo, el racional! Yo, el lógico, el que estudia, sopesa,
juzga y escoge el modo de actuar, el modo de ser. Yo-el-racional
nunca tengo en cuenta a Yo-elemocional, esa despreciada minoría;
nunca le permitía que tomara el volante.
Hasta
esta noche, al compartir un fragmento de mi pasado con una hermana
mejor amiga.
—Perdona,
Leslie —dije, enderezándome, secándome la cara—. No me explico qué
pasó. Nunca había hecho algo así. Lo siento mucho.
— ¿Nunca
habías hecho qué? ¿Afligirte por que alguien hubiera muerto o
llorar?
—Llorar,
desde hace mucho tiempo.
—Pobre
Richard... Tal vez debieras llorar con más frecuencia.
—No,
gracias. No creo que mereciera mi propia aprobación si abusara de
eso.
—¿Te
parece mal que los hombres lloren?
Corrí la
silla hacia atrás.
—Que
otros hombres lloren, si quieren, pero no creo que sea correcto para
mí.
—Ah —dijo
ella.
Sentí que
estaba cavilando sobre eso, juzgándome. ¿Qué clase de persona podía
fallar contra otra por no querer dominar sus emociones? Tal vez una
mujer amante, mucho más experta que yo sobre las emociones y el modo
de expresarlas. Al cabo de un minuto, sin dar su veredicto, dijo:
— ¿Y
después qué pasó?
—Después
abandoné el primer y último desperdicio de año en la universidad.
Pero no fue un desperdicio. Seguí un curso de tiro con arco y allí
conocí a Bob Keech, mi instructor de vuelo. La universidad fue una
pérdida de tiempo, pero las lecciones de vuelo me cambiaron la vida.
Pero dejé de escribir, una vez terminada la secundaria, hasta que
salí de la Fuerza Aérea, me casé y descubrí que no duraba en ningún
empleo. En ninguno. Me enloquecía de aburrimiento y renunciaba. Era
mejor morir de hambre que vivir con él ¡stam! del reloj al marcar
tarjeta, dos veces al día.
"Entonces, por fin, comprendí lo que nos había enseñado John
Gartner: ¡Esto es lo que se siente al vender un cuento! Años después
de su muerte, recibí su mensaje. Si el estudiante de secundaria
pudo vender un cuento, ¿por qué no puede vender otros el adulto?
Me
observaba a mí mismo con curiosidad. Nunca había hablado de ese modo
con nadie.
—Así
comencé a coleccionar notas de rechazo. Vendía uno o dos cuentos y
ganaba un montón de rechazos, hasta que el bote literario se hundía
y yo empezaba a pasar hambre. Entonces buscaba empleo como
mensajero, fabricante de alhajas, dibujante o redactor técnico; lo
conservaba hasta que no aguantaba más. Vuelta a escribir, a vender
un cuento o dos, a juntar rechazos hasta que el bote se volvía a
hundir. Buscaba otro trabajo... Una y otra vez. En cada oportunidad
el bote literario se hundía más, hasta que al fin pude sobrevivir, a
duras penas, y nunca miré mucho hacia atrás. Así llegué a ser
escritor.
En el
plato de ella había un montón de galletitas; en el mío, migajas. Me
lamí la punta del dedo y toqué las migajas, comiéndolas en pulcro
orden, una tras otra. Sin comentarios, siempre escuchando, ella pasó
sus galletitas a mi plato, dejando una sola para sí.
—Siempre
había querido llevar una vida de aventuras —dije—. Me costó mucho
tiempo comprender que sólo yo podía darme una vida de aventuras. Por
eso empecé a hacer las cosas que deseaba hacer y a escribir sobre
ellas: cuentos para libros y revistas.
Leslie me
estudiaba con atención, como si yo fuera un hombre al que ella había
conocido mil años antes. De pronto me sentí culpable.
—Sigo y
sigo —dije—. ¿Qué mal me has hecho? Ahora, si te digo que soy más
escuchador que hablador, no me vas a creer.
—Los dos
somos escuchadores —comentó, y los dos somos habladores.
—Mejor
terminemos nuestra partida de ajedrez —dije—. Te tocaba jugar a ti.
Había
olvidado mi elegante trampa; me llevó tanto tiempo recordarla como a
ella estudiar su posición y mover.
No movió
el peón que era esencial para su sobré vivencia. Me sentí
entristecido y encantado. Al menos podría mostrarle mi maravillosa
trampa satinada en el momento de cerrarse. Después de todo, esto es
aprender, pensé, no el hecho de perder el juego, sino cómo lo
perdemos, cómo nos cambia el perder, qué obtenemos de eso que no
teníamos antes, para aplicarlo a otras partidas. Perder, de un modo
extraño, es ganar.
Aun así,
una parte de mí se entristecía por ella. Mi reina avanzó y levantó a
su caballo del tablero, aunque estaba custodiado. Ahora su peón
tomaría a mi reina para el sacrificio. Anda, pequeño demonio, toma
la reina y disfruta mientras puedas.
Su peón
no comió a mi reina. En cambio, después de un momento, su alfil voló
de una esquina del tablero a la otra. Sus ojos, en azul nocturno,
observaron los míos, esperando la reacción.
—Jaque
mate —susurró.
Me
convertí en cenizas, incrédulo. Estudié lo que ella acababa de
hacer, saqué mi libreta y escribí media página.
— ¿Qué
escribiste?
—Un
pensamiento nuevo, lindo —dije—. Eso es aprender, después de
todo: no el hecho de perder el juego, sino cómo lo perdemos, cómo
nos cambia el perder, qué obtenemos de eso que no tuviéramos antes,
para aplicarlo a otras partidas. Perder, de un modo extraño, es
ganar.
Estaba
livianamente sentada en el sofá, sin zapatos, con los pies
cómodamente recogidos bajo el cuerpo. Yo, sentado en el sillón de
enfrente, puse con cuidado los zapatos sobre la mesa, para no dejar
marcas en el vidrio.
Enseñar a
Leslie a hablar jerigonza era como ver a un novato del esquí
actuático cuando se pone de pie, en el primer tirón. Una vez
captados los principios del lenguaje, lo habló. A mí me había
costado días enteros, cuando niño, de descuidar el álgebra para
dominarlo.
—
Bupenopo, Lespelipi —dije—, ¿enpetipienpedespe lopo quepe espetoipo
dipicienpendopo?
—
Cipierpe... cipierpe... ¡tapamenpetepe quepe puepedopo! —respondió
ella—. ¿Cópomopo sepe dipicepe pelusalorium enpe jeperipigonpozapa?
—
¡Caparampabapa, pepelupusapaloporipiumpu, claparopo!
¡Con qué
celeridad aprendía, qué placer era para la mente! El único modo de
mantenerse a la par con ella era haber estudiado algo que ella no
hubiera visto nunca, inventar nuevas reglas de comunicación o
asomarse al vacío, apoyándose en la mera intuición. Esa noche me
asomé.
—Con sólo
mirar me doy cuenta de que lleva mucho tiempo tocando el piano,
señorita Parrish. Basta mirar esas partituras, las sonatas de
Beethoven en papel amarillo, con viejas marcas de lápiz entre las
notas. Déjame adivinar... ¿desde qué estabas en la secundaria?
Sacudió
negativamente la cabeza.
—Desde
antes. Cuando yo era pequeñita hice un teclado en papel para
practicar, porque no teníamos dinero para comprar un piano. Antes de
eso, antes de que supiera caminar,
dice mi
madre que gateé hasta el primer piano que vi e intenté tocar. Desde
entonces en adelante sólo quería música. Pero no la tuve por mucho
tiempo. Mis padres sé divorciaron; Mi madre enfermó; mi hermano y
yo pasamos un tiempo rebotando de hogar adoptivo en hogar adoptivo.
Apreté
los dientes. Qué niñez amarga, pensé. ¿Cómo la ha afectado?
—Cuando
yo tenía once años, mi madre salió del hospital y nos mudamos a lo
que podrías considerar las ruinas de una casa anterior a la Guerra
Revolucionaria: muros de piedra grandes, gruesos, medio
desmigajados, ratas, agujeros en los suelos, estufa clausurada con
tablas. La alquilamos por doce dólares al mes y mamá trató de
arreglarla.