Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 15

Richard Bach

 

CAPITULO 15

—Hoy llamó Kathy, desde Florida —dijo Leslie, volviendo sus piezas de ajedrez a sus lugares para iniciar otra partida—. ¿Es celosa?

—No puede ser —respondí—. Los celos no entran en mi acuerdo con las mujeres.

Fruncí el ceño para mis adentros; después de tantos años, todavía tengo que murmurar: "La reina sobre su pro­pio color" para acomodar debidamente mis piezas.

—Quería saber si tienes alguna amiguita especial por aquí, ya que últimamente vienes tanto a Los Ángeles.

—Oh, vamos —dije—, estás bromeando.

—En serio.

—¿Qué le dijiste?

—Que no se preocupara, porque cuando estás aquí no sales con nadie y pasas todo el tiempo conmigo. Creo que quedó más tranquila, pero deberías revisar una vez más tu trato de celos —no con ella, para asegurarte.

Abandonó la mesa por un minuto, para estudiar su colección de grabaciones.

—Tengo la Primera de Brahms por Ozawa, por Ormandy y por Mehta. ¿Cuál prefieres?

—Lo que más te distraiga cuando juegas al ajedrez.

Ella pensó por un momento, eligió un cassette y lo deslizó en la intrincada electrónica de su sistema de sonido.

—Lo que más me inspira —corrigió—. Para distraerme tengo otras grabaciones.

Jugamos por media hora, una partida ardua desde el primer movimiento. Ella acababa de releer sus ideas mo­dernas sobre aperturas en ajedrez, con lo cual me hubiera hecho polvo de no haber terminado yo Trampas, errores y giros bruscos, dos días antes. Jugamos casi hasta hacer tablas; luego, una brillante jugada de mi parte y la partida se tambaleó.

A mi modo de ver, sólo una jugada podía impedir el desastre. La única escapatoria de Leslie consistía en avanzar con un oscuro peón, para controlar el cuadrado oculto alrede­dor del cual yo había construido una delicada estratagema. Sin ese cuadrado, mis esfuerzos caerían en escombros.

Esa parte de mí que se toma el ajedrez en serio deseaba que ella descubriera la jugada, demoliera mi posición y me obligara a luchar por mi vida de madera tallada a mano (cuando mejor juego es cuando estoy entre la espada y la pared). Sin embargo, no lograba imaginar cómo iba a recobrarme si ella bloqueaba ese esquema.

La parte de mí que toma el ajedrez como un mero juego esperaba que ella no la viera, pues la estrategia que yo tenía preparada era muy bonita y elegante. El sacrificio de la reina y cinco jugadas más para llegar a jaque mate.

Cerré los ojos por un minuto, mientras ella estudiaba el tablero, y los volví a abrir, impactado por un notable pensamiento.

Frente a mí tenía una mesa y una ventana llena de color, más allá, los parpadeos crepusculares de Los Ánge­les, los restos de junio desvaneciéndose en el mar. Recortada contra los parpadeos y el color estaba Leslie, nublada por la cavilación, tan quieta como  un venado alerta sobre un tablero de ajedrez, miel y crema fundidas en las sombras de un atardecer aún por llegar. Una visión cálida y suave, pensé. ¿De dónde vino, quién es el responsable de ella?

 Una rápida trampita de palabras, una red de tinta y libreta de bolsillo sobre la idea, antes de que desaparezca.
De tanto en tanto, escribí, es divertido, cerrar los ojos y, en esa oscuridad, decirnos: "Yo soy el hechicero, y cuando abra los ojos veré un mundo que he creado yo, y por el cual sólo yo soy completamente responsable." Lentamente, luego, los párpados se levantan como telones, descubriendo el centro del escenario. Y allí, claro está, aparece nuestro mundo, tal como lo construimos.

Escribí eso a toda velocidad, en la luz mortecina. Des­pués cerré los ojos e hice la prueba una vez más: "Yo soy el hechicero..." Lentamente, volví a abrir los ojos.

Codos sobre la mesa de ajedrez, rostro apoyado en las manos, vi a Leslie Parrish, ojos grandes y oscuros mirando directamente a los míos.

—¿Qué escribió el wookie? —dijo.

Se lo leí.

—Esa pequeña ceremonia —dije— es un modo de recor­darnos quién es el que dirige el espectáculo.

Ella lo intentó.

—Yo soy la hechicera... —Al abrir los ojos sonrió. — ¿Eso acaba de ocurrírsete ahora?

Asentí.

—Entonces, ¿yo te he creado? —insistió ella—. ¿Soy la responsable de que estés en el escenario? ¿Y las películas, los helados, las partidas de ajedrez, las conversaciones?

Volví a asentir, diciendo:

—¿No te parece que sí? Tú eres la causa de mí-tal-cómo-me-conoces. En el mundo entero no hay otra persona que conozca al Richard que está en tu vida. Y nadie conoce a la Leslie que está en la mía.

—Es una linda nota. ¿Me leerías otras? ¿O es una indiscreción pedirlo?

Encendí una luz.

—Me alegro de que lo comprendas: estas notas son muy personales.

Lo dije con ligereza, pero era verdad. ¿Sabía ella, acaso, que eso era otra cinta de confianza entre ambos? Primero, que ella, tan respetuosa de mi intimidad, pidiera conocer las notas; segundo, que yo se las leyera. Tuve la impresión de que ella lo sabía muy bien.

—Aquí hay algunos títulos para libros —dije—. Plumas esponjadas: un observador de pájaros descubre un escándalo nacional. Este podría dar pie a cinco tomos: ¿Qué excita sexualmente a los patos?

Volví la página, me salteé una lista de mercado, volví otra página.

Miremos un espejo; una cosa es segura: lo que vemos no es lo que somos. Eso fue después de tu charla sobre los espejos, ¿recuerdas? Cuando miramos hacia atrás, nues­tros días han pasado en un relámpago. El tiempo no dura y nadie va a vivir mucho tiempo. ALGO sirve de puente sobre el tiempo. ¿Qué, qué, qué?

—Se nota que no todos están terminados todavía.

—El mejor modo de pagar un momento encantador es disfrutarlo.

Lo único que hace añicos los sueños es el término medio. ¿Por qué no tratar de vivir como si fuéramos sumamente inteligentes? ¿Cómo viviríamos si fuéramos espiri­tualmente avanzados?

Llegué a la primera página de la notas correspondien­tes a ese mes.

¿-¿Cómo salvar las ballenas? ¡COMPRÁNDOLAS! Si compráramos las ballenas y las convirtiéramos en ciuda­danas norteamericanas, francesas, australianas o japonesas, ningún país del mundo se atrevería a ponerles la mano encima.

Levanté los ojos para mirarla, por sobre la libreta. —Eso es todo por este mes —dije.

— ¿Comprándolas? —repitió ella.

—Todavía no he solucionado los detalles. Cada ballena llevaría la bandera del país al que pertenece, como si fuera una especie de pasaporte gigantesco. Impermeable, por supuesto. El dinero de la venta de ciudadanía irá a un gran Fondo para las Ballenas, o algo así. Podría dar resul­tado.

— ¿Y qué haces con ellas?

—Dejarlas en libertad de ir donde quisieran, de criar ballenitas...

Ella se echó a reír.

—Te preguntaba qué hacías con las notas.

—Ah. Al terminar cada mes vuelvo a leerlas y veo qué están tratando de decirme. Tal vez algunas terminen en un cuento o en un libro, tal vez no. Ser una nota es llevar una vida muy incierta.

—Estas notas de esta noche, ¿te dicen algo?

—Todavía no sé. Un par de ellas están diciendo que no sé a ciencia cierta si este planeta es mi hogar. ¿Nunca tuviste la sensación de ser turista en la tierra? Vas caminando por una calle y de pronto la ves como una postal móvil a tu alrededor. Así vive la gente, en grandes cajas con forma de casas, para guarecerse de "viento" y "lluvia", con agujeros abiertos en los costados para ver hacia afuera. Se trasladan en cajas más pequeñas, pintadas de diferentes colores, con ruedas en las esquinas. Necesitan esta cultura cajística porque cada persona se imagina encerrada en una caja llamada "cuerpo", con brazos y piernas, dedos para mover lápices y herramientas, idiomas porque han olvidado cómo comunicarse, ojos porque han olvidado cómo ver. Extraño planetita. Ojalá estuvieras aquí. Vuelvo pronto.

     

¿Nunca te pasó?

—De vez en cuando. Pero así no —respondió ella.

—¿Puedo traerte algo de la cocina? —pregunté—. ¿Una galleta o algo así?

—No, gracias.

Me levanté en busca del frasco de galletitas, puse una inclinada torre de granizados de chocolate en un plato, para cada uno de nosotros.

— ¿Leche?

—No, gracias.

Llevé a la mesa las galletitas y la leche.

—Las notas son recordatorios. Me ayudan a recordar que soy turista en la tierra, me recuerdan qué extrañas costumbres tienen aquí, y cuánto me gusta el lugar. Cuando hago eso, casi puedo recordar cómo es el sitio de donde vinimos. Hay un imán que está tirando de nosotros, tirando de nosotros contra la cerca que marca el límite de este mundo. Tengo la extraña sensación de que provenimos del otro lado de la cerca.

Leslie tenía preguntas al respecto; también tenía respuestas que a mí no se me habían ocurrido. Conocía un mundo-como-debería-ser, y yo le aposté a que era un mun­do-como-es sin guerras, en alguna dimensión paralela. La idea nos divirtió y fue derritiendo el reloj.

Tomé una galletita de chocolate, la imaginé caliente, la ataqué con suavidad. Leslie se recostó en el asiento con una curiosa sonrisita, como si le interesaran mis notas, los pensamientos que a mí me resultaban tan fascinantes.

— ¿Hemos hablado ya de la literatura? —pregunté.

—No. —Al fin alargó la mano hacia una galletita, que­brada su resistencia por la paciente e implacable proxi­midad de su bocado favorito. —Me encantaría escucharte. Apuesto a que comenzaste a escribir siendo muy joven.

Qué extraño, pensé. ¡Quiero que ella sepa quién soy!

—Sí. En casa, cuando yo era niño, libros por doquier. Cuando aprendí a gatear había libros a la altura de mi nariz. Cuando pude ponerme de pie, había libros hasta donde me daba la vista, hasta donde yo no podía llegar. Libros en alemán, latín, hebreo, griego, inglés y castellano. Mi padre era ministro religioso; se crió en Wisconsin hablando en alemán; aprendió inglés a los seis años, estudió los idiomas de la Biblia y todavía los habla. Mi madre trabajó en Puerto Rico por muchos años. Papá leía cuentos en alemán y me los traducía en tanto iba leyendo; mamá me hablaba en castellano aunque yo no comprendiera, así que me crié casi inmerso en palabras. ¡Delicioso!

"Me encantaba abrir los libros para ver cómo empeza­ba. Los escritores crean libros tal como nosotros escribi­mos vidas. Un escritor puede conducir a cualquier perso­naje, a cualquier acontecimiento, con cualquier propósito, para demostrar cualquier cosa. ¿Qué hace este escritor, o este ogro, quería saber yo, con una Página Uno en blanco? ¿Qué le hacen a mi mente y a mi espíritu cuando leo sus palabras? ¿Me aman, me desprecian o no se ocupan de mí? Descubrí que algunos autores son cloroformo, pero otros, tréboles y jengibre.

"Después fui a la secundaria, aprendí a odiar nuestra gramática y me aburrí tanto de ella que bostezaba setenta veces en una clase de cincuenta minutos y salía, al final, cacheteándome para despertarme. En el último año, en la escuela secundaria Woodrow Wilson, de Long Beach, California, elegí Creación Literaria para escapar al tormento de la literatura inglesa. Sala cuatro diez, era. Creación Lite­raria, sexta hora."

Ella apartó la silla de la mesa, escuchando.

—El profesor de esa materia era John Gartner, el instructor de fútbol. Pero John Gartner, Leslie, también era escritor. ¡Un verdadero escritor, de carne y hueso! Escribía cuentos y artículos para revistas de deporte, y libros para adolescentes: Rock Taylor, adiestrador de fútbol; Rock Taylor, adiestrador de béisbol. Un oso, era; medía cerca de uno noventa y dos, y las manos eran así de grandes; rudo, justo, divertido y colérico, a veces. Nosotros sabíamos que le encantaba su trabajo y que nos amaba.

De pronto me apareció una lágrima en el ojo; la enju­gué rápidamente, pensando qué extraño, no había pensado en John Gartner, el Grandote... Hace diez años que murió y sólo ahora siento esta cosa rara en la garganta. Continué apresuradamente, en la esperanza de que ella no se diera cuenta:

—"Bueno, muchachos' nos dijo el primer día. "Ya sé que están aquí para no estudiar Literatura Inglesa." Entre nosotros circuló cierto murmullo culpable y la clase desvió a medias la vista. "Permítanme decirles", continuó, "que si alguien quiere sacar sobresaliente en la libreta de califica­ciones, el único modo es mostrarme un cheque por una obra literaria que haya escrito y vendido este semestre." Se oyó un coro de gruñidos, gemidos y aullidos: "Oh, señor GARTNER eso no es justo, pobrecitos nosotros, estudiantes de secundaria, cómo quiere que... ¡Eso no es JUSTO, señor Gartner!" Que él silenció con una palabra que sonaba como GROUL.

"No tiene nada de malo sacar Distinguido. Distingui­do es más que Bueno. Y ustedes pueden ser más que Buenos sin vender lo que escriban, ¿no? Pero Sobresaliente es Su­perior. ¿No están de acuerdo en que, si venden lo que han escrito, será Superior y, por lo tanto, merecerán un Sobresaliente?"

-Tomé la penúltima galletita de mi plato.

— ¿Estoy contándote más de lo que deseas saber? —le pregunté—. Sé franca.

—Cuando quiera que te calles te lo diré —aseguró ella—. Mientras no te lo diga, sigue, ¿quieres?

—Bueno. En aquellos tiempos yo me preocupaba mucho por las calificaciones.

Ella sonrió, recordando las libretas de calificaciones.

—Escribí mucho y envié artículos y cuentos a periódi­cos y revistas. Justo antes de que terminara el semestre envié un cuento al suplemento dominical del Long Beach Press-Telegram, sobre un club de astrónomos aficionados: "Ellos conocen al hombre de la luna"

" ¡Imagínate la sorpresa! Llego de la escuela, entro con el cubo de desperdicios de la calle, doy de comer al perro y mamá me entrega la carta del Press-Telegram. , ¡Hielo instantáneo en todas las venas! La abro temblando, me trago las palabras, comienzo otra vez a leer desde el principio. ¡Compraron mi cuento! ¡Adjuntan cheque por veinticinco dólares!

"No puedo dormir, no veo la hora de que abra la escue­la, por la mañana. Por fin abre, por fin la sexta hora, y lanzo dramáticamente el cheque en su escritorio, ¡JUOMP!, " ¡Ahí tiene su cheque, señor Gartner!"

"La cara... la cara se le enciende y me estrecha la mano de tal modo que no puedo moverla por una hora. Entonces anuncia a la clase que Dick Bach vendió un artículo, con lo cual me hace sentir reducido a medio centímetro de altura. Me saqué un Sobresaliente en Creación Literaria, sin más esfuerzos. Y supongo que ése es el final del cuento.

Me quedé pensando en ese día... ¿veinte años antes o ayer? ¿Qué pasa con el tiempo en nuestra mente?

—Pero no lo fue —dijo ella.

— ¿No fue qué?

—El final de la historia.

-No. John Gartner nos enseñó qué era un escritor. Estaba trabajando en una novela sobre los profesores. Grito de septiembre. No sé si la habrá terminado antes de morir...

Una vez más, un extraño endurecimiento en la garganta; me pareció mejor seguir, terminar la historia y cambiar de tema.

—Todas las semanas nos traía un capítulo de su libro, lo leía en voz alta y nos preguntaba cómo se lo podía escri­bir mejor. Era su primera novela para adultos. En ella había un relato de amor, y la cara se le ponía intensamente roja cuando leía partes de ella; reía y sacudía la cabeza en medio de una frase, si pensaba que era demasiado auténtica y delicada para que un adiestrador de fútbol la compartiera con su clase de literatura. Le costaba mucho escribir sobre las mujeres. Cada vez que se alejaba demasiado de los deportes y la vida al aire libre, se percibía en su modo de escribir; hablar de mujeres era pisar hielo delgado. Por eso lo criticábamos con saña; le decíamos: "Señor Gartner, la señorita parece mucho menos real que Rock Taylor. ¿No hay algún modo de que usted pueda mostrárnosla en vez de contárnosla?"

"Entonces él aullaba de risa y se secaba la frente con el pañuelo. Y estaba de acuerdo, estaba de acuerdo. Porque eso era lo que John el Grandote nos metía siempre en la cabeza, golpeando con el puño sobre el escritorio. " ¡No me CUENTEN, MUESTRENME! ¡INCIDENTE! y ¡EJEMPLO!"

—Lo amabas mucho, ¿verdad?

Eliminé otra lágrima.

—Eh... era un buen profesor, pequeña wookie.

—Si lo amabas, ¿qué tiene de malo decir que lo amabas?

—Nunca lo pensé de ese modo. Pero lo amaba, sí. Y lo amo.

Y de pronto, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, me encontré arrodillado frente a ella, rodeándole las piernas con los brazos, con la cabeza en su falda, sollo­zando por un profesor de cuya muerte me había enterado de quinta mano sin parpadear, años antes.

Ella me acarició la nuca.

—No importa —me dijo, suavemente—, no importa. El ha de estar muy orgulloso de ti y de tus libros. El también ha de amarte.

Qué sensación extraña, pensé. ¡Esto es llorar! Desde hacía mucho tiempo no hacía más que apretar los dientes y bajar acero contra el dolor. ¿Cuándo había llorado por última vez? Ya no lo recordaba. El día en que murió mi madre, un mes antes de que yo me hiciera cadete de avia­ción, para ganar mis alas en el adiestramiento para pilotos de la Fuerza Aérea. Desde el día en que me uní a la vida mi­litar, práctica intensiva en control de emociones: Señor Bach, desde ahora en adelante usted saludará a las polillas y a las moscas. ¿Por qué saludará a las polillas y a las mos­cas? Saludará a las polillas y a las moscas porque ellas tienen alas y usted no. Hay una polilla en aquella ventana. Señor Bach, media vuelta: ¡FRENTE! Adelante: ¡MARCH! Y... al... ¡TO! Frente a la polilla: ¡FRENTE! Saa... ¡LUDO! Bórrese esa sonrisa de la boca, señor. Ahora pise esa sonrisa, mate esa sonrisa. ¡MATELA! Ahora recó­jala, llévela afuera y entiérrela. ¿Cree que este programa es broma? ¡Quién manda en sus emociones; Señor Bach!

Esa era la médula de mi adiestramiento, eso era lo que importaba: ¿Quién manda?

¿Quién manda? ¡Yo! ¡Yo, el racional! Yo, el lógico, el que estudia, sopesa, juzga y escoge el modo de actuar, el modo de ser. Yo-el-racional nunca tengo en cuenta a Yo-el­emocional, esa despreciada minoría; nunca le permitía que tomara el volante.

Hasta esta noche, al compartir un fragmento de mi pasado con una hermana mejor amiga.

—Perdona, Leslie —dije, enderezándome, secándome la cara—. No me explico qué pasó. Nunca había hecho algo así. Lo siento mucho.

— ¿Nunca habías hecho qué? ¿Afligirte por que alguien hubiera muerto o llorar?

—Llorar, desde hace mucho tiempo.

—Pobre Richard... Tal vez debieras llorar con más fre­cuencia.

—No, gracias. No creo que mereciera mi propia apro­bación si abusara de eso.

—¿Te parece mal que los hombres lloren?

Corrí la silla hacia atrás.

—Que otros hombres lloren, si quieren, pero no creo que sea correcto para mí.

—Ah —dijo ella.

Sentí que estaba cavilando sobre eso, juzgándome. ¿Qué clase de persona podía fallar contra otra por no que­rer dominar sus emociones? Tal vez una mujer amante, mucho más experta que yo sobre las emociones y el modo de expresarlas. Al cabo de un minuto, sin dar su veredicto, dijo:

— ¿Y después qué pasó?

—Después abandoné el primer y último desperdicio de año en la universidad. Pero no fue un desperdicio. Seguí un curso de tiro con arco y allí conocí a Bob Keech, mi instructor de vuelo. La universidad fue una pérdida de tiempo, pero las lecciones de vuelo me cambiaron la vida. Pero dejé de escribir, una vez terminada la secundaria, hasta que salí de la Fuerza Aérea, me casé y descubrí que no duraba en ningún empleo. En ninguno. Me enloquecía de aburrimiento y renunciaba. Era mejor morir de hambre que vivir con él ¡stam! del reloj al marcar tarjeta, dos veces al día.

"Entonces, por fin, comprendí lo que nos había en­señado John Gartner: ¡Esto es lo que se siente al vender un cuento! Años después de su muerte, recibí su men­saje. Si el estudiante de secundaria pudo vender un cuento, ¿por qué no puede vender otros el adulto?

Me observaba a mí mismo con curiosidad. Nunca había hablado de ese modo con nadie.

—Así comencé a coleccionar notas de rechazo. Vendía uno o dos cuentos y ganaba un montón de rechazos, hasta que el bote literario se hundía y yo empezaba a pasar hambre. Entonces buscaba empleo como mensajero, fabri­cante de alhajas, dibujante o redactor técnico; lo conservaba hasta que no aguantaba más. Vuelta a escribir, a vender un cuento o dos, a juntar rechazos hasta que el bote se volvía a hundir. Buscaba otro trabajo... Una y otra vez. En cada oportunidad el bote literario se hundía más, hasta que al fin pude sobrevivir, a duras penas, y nunca miré mucho hacia atrás. Así llegué a ser escritor.

En el plato de ella había un montón de galletitas; en el mío, migajas. Me lamí la punta del dedo y toqué las migajas, comiéndolas en pulcro orden, una tras otra. Sin comentarios, siempre escuchando, ella pasó sus galle­titas a mi plato, dejando una sola para sí.

—Siempre había querido llevar una vida de aventuras —dije—. Me costó mucho tiempo comprender que sólo yo podía darme una vida de aventuras. Por eso empecé a hacer las cosas que deseaba hacer y a escribir sobre ellas: cuentos para libros y revistas.

Leslie me estudiaba con atención, como si yo fuera un hombre al que ella había conocido mil años antes. De pronto me sentí culpable.

—Sigo y sigo —dije—. ¿Qué mal me has hecho? Ahora, si te digo que soy más escuchador que hablador, no me vas a creer.

—Los dos somos escuchadores —comentó, y los dos so­mos habladores.

—Mejor terminemos nuestra partida de ajedrez —dije—. Te tocaba jugar a ti.

Había olvidado mi elegante trampa; me llevó tanto tiempo recordarla como a ella estudiar su posición y mover.

No movió el peón que era esencial para su sobré vivencia. Me sentí entristecido y encantado. Al menos podría mostrarle mi maravillosa trampa satinada en el momento de cerrarse. Después de todo, esto es aprender, pensé, no el hecho de perder el juego, sino cómo lo perdemos, cómo nos cambia el perder, qué obtenemos de eso que no teníamos antes, para aplicarlo a otras partidas. Perder, de un modo extraño, es ganar.

Aun así, una parte de mí se entristecía por ella. Mi reina avanzó y levantó a su caballo del tablero, aunque estaba custodiado. Ahora su peón tomaría a mi reina para el sacrificio. Anda, pequeño demonio, toma la reina y disfruta mientras puedas.

Su peón no comió a mi reina. En cambio, después de un momento, su alfil voló de una esquina del tablero a la otra. Sus ojos, en azul nocturno, observaron los míos, esperando la reacción.

—Jaque mate —susurró.

Me convertí en cenizas, incrédulo. Estudié lo que ella acababa de hacer, saqué mi libreta y escribí media página.

— ¿Qué escribiste?

—Un pensamiento nuevo, lindo —dije—. Eso es apren­der, después de todo: no el hecho de perder el juego, sino cómo lo perdemos, cómo nos cambia el perder, qué obte­nemos de eso que no tuviéramos antes, para aplicarlo a otras partidas. Perder, de un modo extraño, es ganar.

Estaba livianamente sentada en el sofá, sin zapatos, con los pies cómodamente recogidos bajo el cuerpo. Yo, sentado en el sillón de enfrente, puse con cuidado los zapatos sobre la mesa, para no dejar marcas en el vidrio.

Enseñar a Leslie a hablar jerigonza era como ver a un novato del esquí actuático cuando se pone de pie, en el primer tirón. Una vez captados los principios del lenguaje, lo habló. A mí me había costado días enteros, cuando niño, de descuidar el álgebra para dominarlo.

—        Bupenopo, Lespelipi —dije—, ¿enpetipienpedespe lopo quepe espetoipo dipicienpendopo?

—        Cipierpe... cipierpe... ¡tapamenpetepe quepe puepe­dopo! —respondió ella—. ¿Cópomopo sepe dipicepe pelusa­lorium enpe jeperipigonpozapa?

—        ¡Caparampabapa, pepelupusapaloporipiumpu, cla­paropo!

¡Con qué celeridad aprendía, qué placer era para la mente! El único modo de mantenerse a la par con ella era haber estudiado algo que ella no hubiera visto nunca, in­ventar nuevas reglas de comunicación o asomarse al vacío, apoyándose en la mera intuición. Esa noche me asomé.

—Con sólo mirar me doy cuenta de que lleva mucho tiempo tocando el piano, señorita Parrish. Basta mirar esas partituras, las sonatas de Beethoven en papel ama­rillo, con viejas marcas de lápiz entre las notas. Déjame adivinar... ¿desde qué estabas en la secundaria?

Sacudió negativamente la cabeza.

—Desde antes. Cuando yo era pequeñita hice un teclado en papel para practicar, porque no teníamos dinero para comprar un piano. Antes de eso, antes de que supiera cami­nar,

dice mi madre que gateé hasta el primer piano que vi e intenté tocar. Desde entonces en adelante sólo quería músi­ca. Pero no la tuve por mucho tiempo. Mis padres sé divor­ciaron; Mi madre enfermó; mi hermano y yo pasamos un tiempo rebotando de hogar adoptivo en hogar adoptivo.

Apreté los dientes. Qué niñez amarga, pensé. ¿Cómo la ha afectado?

—Cuando yo tenía once años, mi madre salió del hos­pital y nos mudamos a lo que podrías considerar las ruinas de una casa anterior a la Guerra Revolucionaria: muros de piedra grandes, gruesos, medio desmigajados, ratas, agu­jeros en los suelos, estufa clausurada con tablas. La alquila­mos por doce dólares al mes y mamá trató de arreglarla.

Un día se enteró de que había un viejo piano vertical en venta ¡y me lo compró! Le costó una fortuna, cuarenta dólares. Pero me cambió el mundo; nunca más volví a ser la misma.

Me asomé cautelosamente, arrastrándome por otra rama.

— ¿Recuerdas la vida previa en que tocabas el piano?

—No —respondió—. No sé si creo en otras vidas. Pero hay algo extraño. Cuando se trata de música que no vaya más allá de Beethoven, del 1800 y tantos, es como si la aprendiera por segunda vez; me resulta fácil, como si la conociera a primera vista. Beethoven, Schubert, Mozart... Como reencontrarse con viejos amigos. Pero Chopin no, Liszt no... Eso es música nueva para mí.

— ¿Y Johann Sebastián? Es un compositor anterior, de principios del siglo XVIII.

—        No. A él también tengo que estudiarlo.

—Si alguien hubiera tocado el piano a principios del siglo XIX —comenté—, tendría que haber conocido a Bach, ¿no?

Ella sacudió la cabeza.

—No. Su música estaba perdida; se la olvidó hasta mediados de siglo; entonces fueron redescubiertos y publi­cados otra vez sus manuscritos. En 1810, 1820, nadie sabía nada de Bach.

Se me estremeció el pelo de la nuca.

—¿No quieres averiguar si viviste entonces? Lo leí en un libro; hay un modo de recordar las vidas anteriores. ¿Quieres probar?

—Tal vez algún día...

¿Por qué se muestra reacia? ¿Cómo es posible que una persona tan inteligente no esté segura de que nuestro ser no es meramente un fogonazo en la eternidad?

No mucho después de eso, a las once de la noche, consulté mi reloj. Eran las cuatro de la mañana.

—¡Leslie! ¿Sabes qué hora es?

Se mordió el labio y miró el techo por un largo ins­tante.

—¿Las nueve?