Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 13

Richard Bach

 

CAPITULO 13

—No es el fin del mundo —dijo Stan, en voz baja, aun antes de que yo me hubiera instalado en la silla, al otro lado de su escritorio—. Es lo que podríamos llamar un pequeño revés. Ayer se vino abajo la Bolsa de la Costa Oeste. Se presentaron en quiebra. Has perdido un poco de dinero.

Mi asesor financiero siempre se expresaba con ex­cesiva moderación. Por eso apreté los dientes ante esas palabras.

—        ¿Cuánto es el poco de dinero que hemos perdido, Stan?

—        Unos seiscientos mil dólares —dijo—, quinientos noventa y tantos mil.

— ¿Perdidos?

Oh, algún día el tribunal de quiebras te hará dar unos cuantos centavos por dólar.

__Yo los daría por perdidos.

Tragué saliva.

     

—        Menos mal que diversificamos. ¿Cómo están las cosas en la Lonja de Productos de Chicago?

-           Allí también sufriste algunos contratiempos. Momen­táneos, sin duda. Estás padeciendo la serie de pérdidas más larga que jamás he debido graficar. No puede seguir así eter­namente, pero por el momento, no es lo mejor que puede pasar. Bajaste unos ochocientos mil dólares.

¡Estaba hablando de más dinero del que yo tenía!

¿Cómo podía perder más de lo que tenía? Seguramente hablaba en papeles. Es una pérdida en papeles. La gente no puede perder más dinero del que tiene.

Si yo pudiera aprender algo de dinero, tal vez haría bien en prestar más atención a este asunto. Pero tendría que estudiar durante meses, y manejar dinero no es como volar; es algo aburrido y sofocante; hasta los gráficos son difíciles de seguir.

—No es tan grave como parece —dijo—. Una pérdida de un millón de dólares reducirá tus impuestos a cero; has perdido más que eso, de modo que este año no pagarás un centavo de réditos. Pero si se pudiera elegir, yo prefe­riría no haberlo perdido.

No sentía enojo ni desesperación alguna; era como en­contrarme de pronto en una comedia de situaciones, como si, al girar en mi silla con la suficiente celeridad, pudiera ver las cámaras de televisión y el público de un estudio, en vez de una pared en la oficina de Stan.

Escritor desconocido gana millones y los pierde de la noche a la mañana. ¿No está demasiado usada, la idea? ¿Es esto mi vida, en verdad? Eso me preguntaba mientras Stan explicaba los desastres.

Los que tienen un ingreso de un millón de dólares siempre han sido otra gente. Yo, por el contrario, siempre he sido yo. Soy piloto de aeroplanos, un piloto ambu­lante que cobra por llevar pasajeros desde los henares. Soy escritor lo menos que puedo, sólo cuando me obliga una idea demasiado encantadora para dejarla morir no-escrita... ¿Qué está haciendo alguien como yo con más de cien dóla­res en el banco? Eso es todo lo que cualquiera puede necesi­tar de una vez, al fin y al cabo.

—Ya que estás aquí —prosiguió Stan, tranquilamente—, conviene que te lo diga. Esa inversión que hiciste a través de Tamara, ese préstamo para el desarrollo de países extranje­ros, con altos intereses y respaldado por el gobierno... bien: El cliente de esa mujer desapareció con el dinero. Eran sólo cincuenta mil dólares, pero tienes que estar enterado.

Yo no podía creerlo.

— ¡Pero si es amigo de ella, Stan! ¡Ella le tenía confianza! ¿Y desapareció?

—Sin dejar señas, como dicen. —Me estudió la cara. _ ¿Confías en Tamara?

Oh, caramba. ¡Ese tema estaba más gastado todavía! ¿Mujer bonita acepta a tonto rico por cincuenta mil dólares?

—Stan, ¿estás queriendo decirme que Tamara tuvo algo que ver...?

—Puede ser. El endoso del cheque parece echo por su mano. El nombre es diferente, pero la escritura es la misma.

—Estás bromeando.

Usó la llave para abrir un cajón de archivo y sacó un sobre, del que me entregó un cheque cancelado. Sekay Limited, estaba endosado, por Wendy Smythe. Mayúsculas altas y lanzadas, graciosos descensos en las yes. Si las hu­biera visto en un sobre, habría jurado que era una nota de Tamara.

—Esa puede ser la escritura de cualquiera —dije, devolviéndolo a Stan por sobre el escritorio.

El no dijo otra palabra. Estaba convencido de que el dinero lo tenía ella. Pero Tamara era cosa mía; no habría investigaciones a menos que yo lo pidiera. Y yo no lo pediría jamás, jamás le diría a ella una palabra sobre eso. Y jamás volvería a confiar en ella.

—Te queda algo de dinero, sí —dijo él—. Y hay nuevos ingresos, por supuesto, todos los meses. Después de un largo período de mala suerte, el mercado tiene que cambiar. Ahora bien, podrías poner el capital restante en moneda extranjera. Tengo el pálpito de que el dólar va a bajar con respecto al marco holandés, en cualquier momento, así que podrías resarcirte de las pérdidas, de la noche a la mañana.

—De eso no sé nada —dije—. Haz lo que te parezca mejor, Stan.

Con tantas luces de alarma encendidas, con tantas campanas anunciando peligro, mi imperio parecía una planta nuclear tres minutos antes de fundirse.

Por fin me levanté, recogí mi chaqueta de piloto, que estaba en el brazo del diván.

—Algún día hablaremos de esto como de nuestro punto bajo —le dije—. Desde ahora en adelante, las cosas no pueden sino mejorar, ¿no es cierto?

Como si no hubiera oído, agregó:

—Quería decirte otra cosa. No es fácil. ¿No has oído decir que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente? Bueno, es cierto. Y creo que también podría ser cierto en mi caso.

No entendí lo que deseaba decir y tuve miedo de pre­guntar. Su rostro estaba impasible. ¿Stan, corrompido? No era imposible. Yo lo había mirado con respeto por muchos años; no podía poner su honradez en tela de juicio. "Tam­bién podría ser cierto en mi caso" sólo podía referirse a que, alguna vez, por error, había cargado un poco de más en una cuenta de gastos. Y seguramente la había corregido, por supuesto, aunque se sentía culpable de todos modos, obli­gado a decírmelo.

 A todas luces, si me lo estaba diciendo era porque no pensaba volver a cometer esos errores.

—No importa, Stan. Lo que importa es lo que hagamos a partir de ahora.

—Está bien —dijo él.

Borré el incidente de mi cerebro. El dinero restante estaba en manos de Stan y de la gente a quien él conocía y respetaba; gente a la que se le pagaba bien por sus servi­cios. ¿Acaso gente así podía arruinar esos complicados asuntos de dinero, como quien arroja desde el tejado una bolsa de resortes? Claro que no, sobre todo considerando que las cosas estaban saliendo tan mal.

Todos sufrimos re­veses, pero mis expertos son de mente rápida, pensé, y pronto encontrarán abundantes soluciones.