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Menos mal que diversificamos. ¿Cómo están las cosas en la Lonja de
Productos de Chicago?
- Allí también sufriste algunos contratiempos.
Momentáneos, sin duda. Estás padeciendo la serie de pérdidas más
larga que jamás he debido graficar. No puede seguir así
eternamente, pero por el momento, no es lo mejor que puede pasar.
Bajaste unos ochocientos mil dólares.
¡Estaba
hablando de más dinero del que yo tenía!
¿Cómo
podía perder más de lo que tenía? Seguramente hablaba en papeles. Es
una pérdida en papeles. La gente no puede perder más dinero del que
tiene.
Si yo
pudiera aprender algo de dinero, tal vez haría bien en prestar más
atención a este asunto. Pero tendría que estudiar durante meses, y
manejar dinero no es como volar; es algo aburrido y sofocante; hasta
los gráficos son difíciles de seguir.
—No es
tan grave como parece —dijo—. Una pérdida de un millón de dólares
reducirá tus impuestos a cero; has perdido más que eso, de modo que
este año no pagarás un centavo de réditos. Pero si se pudiera
elegir, yo preferiría no haberlo perdido.
No sentía
enojo ni desesperación alguna; era como encontrarme de pronto en
una comedia de situaciones, como si, al girar en mi silla con la
suficiente celeridad, pudiera ver las cámaras de televisión y el
público de un estudio, en vez de una pared en la oficina de Stan.
Escritor
desconocido gana millones y los pierde de la noche a la mañana. ¿No
está demasiado usada, la idea? ¿Es esto mi vida, en verdad? Eso me
preguntaba mientras Stan explicaba los desastres.
Los que
tienen un ingreso de un millón de dólares siempre han sido otra
gente. Yo, por el contrario, siempre he sido yo. Soy piloto de
aeroplanos, un piloto ambulante que cobra por llevar pasajeros
desde los henares. Soy escritor lo menos que puedo, sólo cuando me
obliga una idea demasiado encantadora para dejarla morir
no-escrita... ¿Qué está haciendo alguien como yo con más de cien
dólares en el banco? Eso es todo lo que cualquiera puede necesitar
de una vez, al fin y al cabo.
—Ya que
estás aquí —prosiguió Stan, tranquilamente—, conviene que te lo
diga. Esa inversión que hiciste a través de Tamara, ese préstamo
para el desarrollo de países extranjeros, con altos intereses y
respaldado por el gobierno... bien: El cliente de esa mujer
desapareció con el dinero. Eran sólo cincuenta mil dólares, pero
tienes que estar enterado.
Yo no
podía creerlo.
— ¡Pero
si es amigo de ella, Stan! ¡Ella le tenía confianza! ¿Y desapareció?
—Sin
dejar señas, como dicen. —Me estudió la cara. _ ¿Confías en Tamara?
Oh,
caramba. ¡Ese tema estaba más gastado todavía! ¿Mujer bonita acepta
a tonto rico por cincuenta mil dólares?
—Stan,
¿estás queriendo decirme que Tamara tuvo algo que ver...?
—Puede
ser. El endoso del cheque parece echo por su mano. El nombre es
diferente, pero la escritura es la misma.
—Estás
bromeando.
Usó la
llave para abrir un cajón de archivo y sacó un sobre, del que me
entregó un cheque cancelado. Sekay Limited, estaba endosado, por
Wendy Smythe. Mayúsculas altas y lanzadas, graciosos descensos en
las yes. Si las
hubiera visto en un sobre, habría jurado que era una nota de
Tamara.
—Esa
puede ser la escritura de cualquiera —dije, devolviéndolo a Stan por
sobre el escritorio.
El no
dijo otra palabra. Estaba convencido de que el dinero lo tenía ella.
Pero Tamara era cosa mía; no habría investigaciones a menos que yo
lo pidiera. Y yo no lo pediría jamás, jamás le diría a ella una
palabra sobre eso. Y jamás volvería a confiar en ella.
—Te queda
algo de dinero, sí —dijo él—. Y hay nuevos ingresos, por supuesto,
todos los meses. Después de un largo período de mala suerte, el
mercado tiene que cambiar. Ahora bien, podrías poner el capital
restante en moneda extranjera. Tengo el pálpito de que el dólar va a
bajar con respecto al marco holandés, en cualquier momento, así que
podrías resarcirte de las pérdidas, de la noche a la mañana.
—De eso
no sé nada —dije—. Haz lo que te parezca mejor, Stan.
Con
tantas luces de alarma encendidas, con tantas campanas anunciando
peligro, mi imperio parecía una planta nuclear tres minutos antes de
fundirse.
Por fin
me levanté, recogí mi chaqueta de piloto, que estaba en el brazo del
diván.
—Algún
día hablaremos de esto como de nuestro punto bajo —le dije—. Desde
ahora en adelante, las cosas no pueden sino mejorar, ¿no es cierto?
Como si
no hubiera oído, agregó: