Caminando
de un modo que era casi correr, se fue por el pasillo hasta su sala,
abrió la puerta, entró, cerró tras de sí y me dejó solo en el
corredor.
Ojalá no
tuvieras que irte, pensé, mientras entraba en mi propio cuarto, a
dos puertas de
distancia. Ojalá no tuvieras que huir.
Si movía
mi caballo podía cambiar las presiones en el tablero, frenando su
ataque. Ella tenía cierta ventaja, pero aún no había ganado.
Moví la
pieza y observé sus ojos una vez más, gozando de esa belleza que,
extrañamente, no se alteraba ante mi contraataque.
Un año
después de ese encuentro, en el ascensor, yo había entablado juicio
al director de esa película, por cambios introducidos en el libreto
sin mi aprobación. Aunque la corte dictaminó que él debía retirar mi
nombre de entre los títulos y revertir algunos de los peores
cambios, me costaba no romper los muebles mientras discutía el
asunto directamente con él. Hubo que buscar un mediador con el que
ambos pudiéramos hablar.
El
mediador resultó ser la actriz Leslie Parrish, la mujer que había
compartido el ascensor conmigo desde el vestíbulo al tercer piso.
La cólera
se derretía al hablar con ella. Era serenidad y razón. De inmediato
confié en ella.
Ahora
Hollywood quería convertir el último libro en una película. Juré que
prefería quemar el relato antes de permitir que lo destrozaran en
pantalla. Si había que hacerlo, ¿no sería mejor que lo hiciera mi
propia empresa? Leslie era la única persona de Hollywood en quien yo
confiaba; volé a Los Ángeles para hablar con ella una vez más.
En la
mesa lateral de su oficina había un tablero de ajedrez.
Los
juegos de ajedrez para oficinas suelen ser caprichos de los
diseñadores, cosas fantasiosas con reinas parecidas a alfiles
parecidos a peones, piezas esparcidas al azar y en los sitios
incorrectos. Ese equipo era un Staunton de madera para campeonato,
con un rey de nueve centímetros sobre el tablero de veintiocho, el
rincón blanco a la derecha de los jugadores los caballos apuntando
hacia adelante.
—¿Hay
tiempo para una partida rápida? —había dicho yo, al terminar la
entrevista. No era el mejor ajedrecista de la ciudad, pero tampoco
el peor; jugaba desde los siete años y poseía cierta confianza
arrogante frente al tablero.
Ella
había mirado su reloj.
—Bueno
—dijo.
El hecho
de que ganara la partida me dejó frío de asombro. El modo en que
ganó, el esquema de su pensamiento en el tablero, me devolvió el
calor con su encanto, y algo más.
En la
entrevista siguiente jugamos a ganar dos partidas de tres.
Al mes
siguiente formamos una corporación. Ella se dedicó a buscar el modo
de filmar la película con un mínimo de probabilidades de desastre,
y jugamos a ganar seis partidas de once.
A partir
de eso no hicieron falta reuniones. Yo me trepaba al último de mis
aviones, ocho toneladas de jet para adiestramiento, ex propiedad de
la Fuerza Aérea; subía a diez mil metros y volaba de Florida a Los
Ángeles para pasar un día jugando al ajedrez con Leslie.
Nuestras
partidas se volvieron menos dignas de campeonatos; se permitía
hablar y tener
en la
mesa leche y galletitas.
—Richard,
pedazo de bestia —dijo, frunciendo el ceño por sobre las piezas. Su
parte del tablero estaba en verdaderas dificultades.
—Sí
—reconocí, muy pagado de mí mismo—, soy una bestia astuta.
—Pero...
jaque con el caballo —dijo— y jaque con el alfil, y ¡jaque a la
reina! ¿No te parece una linda movida?
Quedé sin
sangre en la cara. Esperaba un jaque, pero el jaque a la reina era
una sorpresa.
—Linda,
en verdad —reconocí; los años de adiestramiento en emergencias me
obligaban a mostrarme indiferente. —Caramba... hum... Esa movida
merece ser puesta en un marco, de tan linda. Pero me escaparé como
una sombra. De algún modo, como una sombra, señorita Parrish, la
Bestia se escapará.
A veces
la bestia escapaba retorciéndose; otras, era arreada hasta un corral
y víctima de jaque mate, sólo para renacer media galletita después,
tratando de hacer caer a Leslie en sus trampas.
¡Qué
extraña, la alquimia entre nosotros! Yo suponía que ella contaba con
una variedad de hombres para sus aventuras amorosas, como yo
mujeres para las mías. Suponer bastaba; Ninguno de nosotros se
entrometía; cada uno respetaba infinitamente la intimidad del otro.
Hasta que
una vez, en medio de una partida, ella dijo:
—
Esta noche dan en la Academia una película que yo debería ver. El
director puede convenirnos. ¿Quieres venir?
—Me
encantaría —dije, distraído, atendiendo a mi defensa contra su
ataque al costado del rey.
Nunca
hasta entonces había estado dentro del teatro de la Academia de
Artes y Ciencias Cinematográficas; quedaba aturdido por su hechizo
con sólo pasar en auto frente al edificio. Y allí estaba, adentro,
viendo una película nueva entre una multitud de estrellas. Qué
extraño, pensé. De buenas a primeras, mi simple vida de piloto se
conecta con el interior de Hollywood por medio de un libro y una
amiga que me derrota con mucha frecuencia en mi juego favorito.
Después
de la película, mientras ella conducía el coche hacia el este por el
bulevar Santa Mónica, en la media luz del atardecer, me asaltó la
inspiración.
—
Leslie, ¿no te gustaría...?
El
silencio era tan torturante que ella preguntó: — ¿Si no me gustaría
qué cosa?
—
Leslie, ¿no te gustaría tomar un helado con crema de chocolate
caliente?
Ella
retrocedió.
—
¿Un qué?
—
Un helado... Con crema de chocolate... caliente. ¿Y una partida de
ajedrez?
—
¡Qué idea depravada! La del helado con crema, digo. ¿No has notado
que vivo a cereales, verduras crudas y yogurt? ¿Que sólo de vez en
cuando como una galletita?
—
Mm... Me di cuenta, sí. Por eso necesitas un helado con crema de
chocolate caliente. ¿Cuánto hace? Sé franca. Si fue la semana
pasada, tienes que decir la semana pasada.
—¿La
semana pasada? ¡Será el año pasado! ¡Mírame! ¿Tengo pinta de haber
estado comiendo helados con crema de chocolate