Llama Violeta

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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 12

Richard Bach

 

CAPITULO 12

No habíamos cambiado una palabra por varios mi­nutos.

Leslie Parrish guardaba silencio ante el tablero de aje­drez, hecho de pino y nogal; yo igual, de mi lado. A lo largo de nueve movidas, en medio de un juego que quitaba el aliento, el cuarto estuvo silencioso, exceptuando el suave golpe de un caballo o una reina puestos en su sitio o sacados de él, un ocasional "hm" o "ik" al abrirse en el tablero las líneas de fuerza, al cerrarse con potencia.

Los ajedrecistas esbozan sus retratos en el movimiento de sus piezas. La señorita Parrish no engañaba ni hacía amenazas huecas. Jugaba con los ojos abiertos y francamente.

Yo la observaba por entre mis dedos entrelazados, sonriendo, aun cuando ella acababa de capturarme el alfil y amenazaba, en el próximo movimiento, con comerme un caballo cuya pérdida yo no podía permitirme.

Había visto esa cara por primera vez años antes. Nues­tro primer contacto fue de la manera más importante posi­ble: por coincidencia.

—¿Sube? —preguntó ella, y corrió por el vestíbulo hacia el ascensor.

—Sí. —Retuve la puerta abierta hasta que ella estuvo adentro. —¿Dónde baja?

—En el tercero, por favor —dijo ella.

Yo también bajaba en el tercero.

La puerta se detuvo por un segundo; suavemente, se cerró con un rumor opaco.

Los ojos gris-azulados me echaron una mirada de agra­decimiento. Sostuve esa mirada por menos de un cuarto de segundo, para indicarle que había sido un placer esperar. Luego, cortésmente, desvié la vista. Maldita cortesía, pensé. ¡Qué cara adorable! ¿La habría visto en el cine, en la televisión? No me atreví a preguntar.

Ascendimos en silencio. Ella me llegaba al hombro; pelo dorado, recogido dentro de una gorra color lacre. No vestía como estrella de cine: camisa de trabajo, desteñida, bajo una chaqueta de las que la Marina vende como rezago, vaqueros y botas de cuero. ¡Y qué rostro hermoso!

Ha venido por la película, a filmar exteriores, pensé. ¿Será del equipo técnico?

Qué placer sería conocerla. Pero está tan lejos... ¿No es interesante, Richard, lo infinitamente lejos que está? Te separa de ella un espacio de setenta centímetros, pero no hay modo de franquear ese abismo y decir "hola".

Si al menos pudiéramos inventar un modo, pensé, si al menos éste fuera un mundo en donde cualquier desconocido pudiera decir me encantas y quisiera saber quién eres. Con un código: "No gracias", si el encanto no fuera mutuo.

Pero ese mundo aún no había sido creado. El viaje de medio minuto concluyó sin una sola palabra. La puerta se abrió con otro rumor suave.

—Gracias —dijo ella.

     

Caminando de un modo que era casi correr, se fue por el pasillo hasta su sala, abrió la puerta, entró, cerró tras de sí y me dejó solo en el corredor.

Ojalá no tuvieras que irte, pensé, mientras entraba en mi propio cuarto, a dos puertas de

distancia. Ojalá no tuvie­ras que huir.

Si movía mi caballo podía cambiar las presiones en el tablero, frenando su ataque. Ella tenía cierta ventaja, pero aún no había ganado.

Moví la pieza y observé sus ojos una vez más, gozando de esa belleza que, extrañamente, no se alteraba ante mi contraataque.

Un año después de ese encuentro, en el ascensor, yo había entablado juicio al director de esa película, por cam­bios introducidos en el libreto sin mi aprobación. Aunque la corte dictaminó que él debía retirar mi nombre de entre los títulos y revertir algunos de los peores cambios, me costaba no romper los muebles mientras discutía el asunto directamente con él. Hubo que buscar un mediador con el que ambos pudiéramos hablar.

El mediador resultó ser la actriz Leslie Parrish, la mu­jer que había compartido el ascensor conmigo desde el ves­tíbulo al tercer piso.

La cólera se derretía al hablar con ella. Era serenidad y razón. De inmediato confié en ella.

Ahora Hollywood quería convertir el último libro en una película. Juré que prefería quemar el relato antes de permitir que lo destrozaran en pantalla. Si había que hacerlo, ¿no sería mejor que lo hiciera mi propia empresa? Leslie era la única persona de Hollywood en quien yo confiaba; volé a Los Ángeles para hablar con ella una vez más.

En la mesa lateral de su oficina había un tablero de ajedrez.

Los juegos de ajedrez para oficinas suelen ser caprichos de los diseñadores, cosas fantasiosas con reinas parecidas a alfiles parecidos a peones, piezas esparcidas al azar y en los sitios incorrectos. Ese equipo era un Staunton de madera para campeonato, con un rey de nueve centímetros sobre el tablero de veintiocho, el rincón blanco a la derecha de los jugadores los caballos apuntando hacia adelante.

—¿Hay tiempo para una partida rápida? —había dicho yo, al terminar la entrevista. No era el mejor ajedrecista de la ciudad, pero tampoco el peor; jugaba desde los siete años y poseía cierta confianza arrogante frente al tablero.

Ella había mirado su reloj.

—Bueno —dijo.

El hecho de que ganara la partida me dejó frío de asombro. El modo en que ganó, el esquema de su pensamiento en el tablero, me devolvió el calor con su encanto, y algo más.

En la entrevista siguiente jugamos a ganar dos partidas de tres.

Al mes siguiente formamos una corporación. Ella se dedicó a buscar el modo de filmar la película con un míni­mo de probabilidades de desastre, y jugamos a ganar seis partidas de once.

A partir de eso no hicieron falta reuniones. Yo me tre­paba al último de mis aviones, ocho toneladas de jet para adiestramiento, ex propiedad de la Fuerza Aérea; subía a diez mil metros y volaba de Florida a Los Ángeles para pasar un día jugando al ajedrez con Leslie.

Nuestras partidas se volvieron menos dignas de cam­peonatos; se permitía hablar y tener

en la mesa leche y ga­lletitas.

—Richard, pedazo de bestia —dijo, frunciendo el ceño por sobre las piezas. Su parte del tablero estaba en verda­deras dificultades.

—Sí —reconocí, muy pagado de mí mismo—, soy una bestia astuta.

—Pero... jaque con el caballo —dijo— y jaque con el al­fil, y ¡jaque a la reina! ¿No te parece una linda movida?

Quedé sin sangre en la cara. Esperaba un jaque, pero el jaque a la reina era una sorpresa.

—Linda, en verdad —reconocí; los años de adiestramiento en emergencias me obligaban a mostrarme indife­rente. —Caramba... hum... Esa movida merece ser puesta en un marco, de tan linda. Pero me escaparé como una sombra. De algún modo, como una sombra, señorita Parrish, la Bestia se escapará.

A veces la bestia escapaba retorciéndose; otras, era arreada hasta un corral y víctima de jaque mate, sólo para renacer media galletita después, tratando de hacer caer a Leslie en sus trampas.

¡Qué extraña, la alquimia entre nosotros! Yo suponía que ella contaba con una variedad de hombres para sus aven­turas amorosas, como yo mujeres para las mías. Suponer bastaba; Ninguno de nosotros se entrometía; cada uno respe­taba infinitamente la intimidad del otro.

Hasta que una vez, en medio de una partida, ella dijo:

—        Esta noche dan en la Academia una película que yo debería ver. El director puede convenirnos. ¿Quieres venir?

—Me encantaría —dije, distraído, atendiendo a mi de­fensa contra su ataque al costado del rey.

Nunca hasta entonces había estado dentro del teatro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas; quedaba aturdido por su hechizo con sólo pasar en auto frente al edificio. Y allí estaba, adentro, viendo una película nueva entre una multitud de estrellas. Qué extraño, pensé. De bue­nas a primeras, mi simple vida de piloto se conecta con el interior de Hollywood por medio de un libro y una amiga que me derrota con mucha frecuencia en mi juego favorito.

Después de la película, mientras ella conducía el coche hacia el este por el bulevar Santa Mónica, en la media luz del atardecer, me asaltó la inspiración.

—        Leslie, ¿no te gustaría...?

El silencio era tan torturante que ella preguntó: — ¿Si no me gustaría qué cosa?

—        Leslie, ¿no te gustaría tomar un helado con crema de chocolate caliente?

Ella retrocedió.

—        ¿Un qué?

—        Un helado... Con crema de chocolate... caliente. ¿Y una partida de ajedrez?

—        ¡Qué idea depravada! La del helado con crema, digo. ¿No has notado que vivo a cereales, verduras crudas y yo­gurt? ¿Que sólo de vez en cuando como una galletita?

—        Mm... Me di cuenta, sí. Por eso necesitas un helado con crema de chocolate caliente. ¿Cuánto hace? Sé franca. Si fue la semana pasada, tienes que decir la semana pasada.

—¿La semana pasada? ¡Será el año pasado! ¡Mírame! ¿Tengo pinta de haber estado comiendo helados con crema de chocolate

Por primera vez, la miré. Me recosté en el asiento y par­padeé al descubrir lo que el macho

más torpe veía de inmediato: Que era una mujer extraordinariamente atractiva, que la mente responsable de crear ese rostro exquisito también había creado un cuerpo haciendo juego.

En los meses que llevaba tratándola, ella había sido un encantador espíritu sin cuerpo, una mente que era un desa­fío danzante, un libro de referencias sobre producción fíl­mica, música clásica, política, ballet.

—        ¿Y bien? ¿Dirías tú que vivo a helados?

—        ¡Bellísimo! Quiero decir, ¡no! ¡Definitivamente, ése no es cuerpo de helados con crema de chocolate caliente!

Eso lo puedo asegurar...

Me estaba ruborizando. Qué cosa estúpida en un hom­bre grande, pensé. ¡Richard, cambia inmediatamente de tema!

—        Un heladito pequeño —dije, apresuradamente— no te haría ningún mal, sería la felicidad. Si puedes girar allá entre el tránsito, podemos echar mano de un par de helados con crema de chocolate, pequeños, ahora mismo...

Me miró, encendió una sonrisa para asegurarme que nuestra amistad estaba a salvo; sabía que yo acababa de reparar en su cuerpo por primera vez, y no le molestaba. Pero a sus amigos varones les importaría, por cierto, pensé, y eso podía traer problemas.

Sin discusión, sin decirle una palabra, borré de mi pen­samiento la idea de su cuerpo. Para aventuras amorosas tenía a mi mujer perfecta; para amiga y socia comercial, necesitaba mantener a Leslie Parrish exactamente como estaba.