Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 11

Richard Bach

 

CAPITULO 11

No hay errores. Los acontecimientos que atraemos a nosotros, por desagradables que sean, son necesarios para aprender lo que necesitamos aprender; todos los pasos que damos son necesarios para llegar a los sitios que hemos escogido.

Tendido en el suelo, hundido en una espesa alfombra de color canela, pensaba en eso. Estos tres años no han sido errores. Construí cada uno de esos años con cuidado, con un millón de decisiones por cada uno, en aviones, en­trevistas para publicaciones, veleros, viajes, películas, per­sonal de negocios, conferencias, programas de televisión, manuscritos, cuentas bancarias y operaciones a plazo en cobre.

A la luz del día, exhibiciones aéreas en el pequeño jet nuevo; por la noche, conversaciones y contactos con muchas mujeres, todas ellas adorables, ninguna ella.

Estaba convencido de que ella no existía, pero aún me asediaba.

¿Estaría ella igualmente segura de que yo no existía? ¿Acaso mi fantasma perturbaba sus convicciones? ¿Había en ese momento, en algún sitio, una mujer tendida en una lujosa alfombra, en una casa construida sobre un hangar con cinco aviones adentro, tres más en el prado y un aeroplano con flotadores amarrado al borde del agua?

Dudoso. Pero ¿alguien podía estar solo en medio de artículos periodísticos y programas de televisión, solitario y rodeado de amantes, dinero, amigos contratados como personal, agentes, abogados, gerentes y contadores? Eso era posible.

Su alfombra podía ser de otro color, pero el resto...

Ella podía estar al otro lado de un espejo desde aquí, hallando su hombre perfecto en cincuenta hombres, pero siempre andando sola.

Reí para mis adentros. ¡Qué duro es morir el viejo mito del amor único!

En el césped, abajo, se puso en marcha el motor de un avión. Ese debía ser Slim haciendo andar el Twin Cessna. Le perdía un sobrealimentador, del lado derecho. Los sobrealimentadores modificados son problemas modi­ficados, pensé, atornillados a algo que, por lo demás, es un buen motor.

Y no habría tenido respuestas.

Pasaron los meses, ondulantes; a medida que perdía interés en el amor, en lo que es y no es, también perdía el motivo para buscar a mi oculta alma gemela. Gradualmente su lugar fue ocupado por una idea distinta que iba emer­giendo, una idea tan racional e impecable como aquéllas sobre las cuales giraban ahora mis asuntos comerciales.

Si la pareja perfecta, pensaba, es la que satisface todas nuestras necesidades a cada momento, y si una de nuestras necesidades es la variedad en sí, ¡entonces ninguna persona, en ninguna parte, puede ser la pareja perfecta!

La única alma gemela auténtica debe hallarse en muchas personas diferentes. Mi mujer perfecta es, en parte, el ingenio e intelecto de esta amiga; en parte, la abrumadora belleza de aquélla; en parte, la despreocupación aventurera de otra. Si ninguna de estas mujeres estuviera disponible en un momento dado, mi alma gemela relumbraría en otros cuerpos, en otros lugares. El ser perfecta no incluye no estar disponible. 

—¡Richard, la idea en sí es absurda! ¡No dará resultado!

Si él yo interior me hubiera gritado eso, como lo hizo, yo le habría llenado la boca de trapos.

—Demuéstrame qué tiene de malo esta idea —le habría dicho yo—. Demuéstrame por qué no puede dar resultado. Y hazlo sin utilizar las palabras amor, matrimonio, entrega. Hazlo atado y amordazado, mientras yo grito, más alto de lo que tú puedes, cómo pienso manejar mi vida.

¿Qué te parece? El diseño mujer-perfecta-en-muchas­ mujeres ganó la contienda sin levantar un dedo.

Una infinita provisión de dinero. Todos los aviones que se me antojen. La mujer perfecta para mí solo. ¡Esto es la felicidad!

     

El Rapide y el planeador motorizado están allá abajo, juntando polvo. El Rapide va a necesitar una reconstruc­ción dentro de poco, un trabajo monstruoso, tratándose de un biplano de ese tamaño. Mejor venderlo; Total, lo piloteo poco. A todos los piloteo poco. Para mí son desconocidos, como todo lo que tengo en la vida. ¿Qué estoy tratando de aprender? ¿Que, pasado un tiempo y en exceso, las máquinas comienzan a adueñarse de nosotros?

No, pensé, la lección es ésta: Recibir un montón de dinero es recibir una espada de vidrio, con la hoja hacia adelante. Es mejor manejarla con mucho cuidado, señor, muy lentamente, mientras uno se pregunta para qué sirve.

Se encendió el otro motor en el Twin. La revisación en tierra debió ser satisfactoria y él ha decidido levantar vuelo para probarlo en el aire. Un ventoso chorro de po­tencia al poner el aparato en movimiento; luego, el dulce rugir de los motores se desvaneció, en tanto carreteaba hacia la pista.

¿Qué más había aprendido? Que no había sobrevivido a la publicidad tan intacto como yo creía. Anteriormente, nunca habría creído que alguien podía tener curiosidad por lo que yo pensara y dijera, por ver cómo era, dónde vivía, qué hacía con mi tiempo y mi dinero. Tampoco que me afectaría de ese modo, llevándome de vuelta a las cavernas.

Los que caen en cámara o en imprenta, pensé, no tro­pezaron. Sabiéndolo o no, han elegido personalmente ser ejemplos para el resto, se han ofrecido como modelos. Este lleva una vida de maravillas; aquel otro es una bola sin manija, algo suelto sobre cubierta. Este se enfrenta a la adversidad o a su talento con tranquila prudencia; ésta chilla, aquél se precipita a la muerte, ése ríe.

Diariamente, el mundo somete a prueba a sus cele­bridades, y nosotros observamos, fascinados, sin poder apartar la vista. Porque las pruebas que soportan nuestros ejemplos son las pruebas que todos debemos soportar. Se enamoran, se casan, aprenden, renuncian y comienzan otra vez, se arruinan; nos transportan y son transportados, a plena vista de la cámara y de la tinta.

Hay una sola prueba a la que ellos se enfrentan y noso­tros no: la de la celebridad en sí. Y aun entonces observamos. Algún día nos tocará a nosotros estar ante las candi­lejas; siempre vienen bien los ejemplos.

¿Qué ha sido, me pregunté, del piloto que operaba en los campos del Medio Oeste? ¿Tan pronto se convirtió de simple volador en emperifollado playboy?

Me levanté para cruzar mi casa desierta hasta la cocina busqué un plato de copos de maíz  que se estaban poniendo rancios y volví al sillón puesto frente a la ventana panorámica, para contemplar el lago.

¿Playboy yo? Ridículo. Por dentro no he cambiado No he cambiado ni un poquito.

¿No dicen eso todos los playboys emperifollados Richard? Un Piper Cub, de la academia vecina, practicaba acuatizajes sobre superficies serenas... El largo y lento descenso, con la potencia encendida; luego, un suave roce al centelleante lago Theresa, media vuelta y carreteo pan el despegue.

Las candilejas me habían enseñado cómo ocultarme, dónde edificar muros. Todo el mundo tiene blindajes de hierro y clavos de punta en algún lugar interior, que dicen hasta aquí puedes llegar conmigo.

Para los extrovertidos, la popularidad es diversión No les molestan las cámaras; son parte del juego, y ha, gente muy simpática detrás de esas lentes. Yo puedo ser simpático mientras ellos también lo sean, y hasta dos minutos más.

Tal era la altura de mi muralla, aquel día, en Florida.

Entre las personas que me conocían de una entrevista aquí, de una portada allá, de un artículo en la acera de enfrente, casi nadie podía saber lo agradecido que yo les estaba por tanta cortesía, por su respeto a mi intimidad

Me sorprendía la correspondencia, me alegraba la fa­milia de lectores para quienes las extrañas ideas que yo ama­ba tenía sentido. Había mucha gente allá afuera: hombres y mujeres inquisitivos, aprehendientes, de toda raza, edad y nación, de todo tipo de experiencia. ¡La familia era mucho más numerosa de lo que yo había supuesto!

Lado a lado con las cartas deliciosas, de vez en cuando llegaban algunas extrañas: escriba mi idea; hágame publi­car; deme dinero si no quiere arder en el infierno.

Por la familia yo sentía una feliz e íntima calidez, en­viaba postales como respuesta; contra los otros era otra tonelada de hierro atornillada a mi muro, con dagas soldadas a lo largo del tope, y arrebataba prontamente los harapos del felpudo que decía "Bienvenidos".

Yo era una persona mucho más privada de lo que jamás pensara. ¿Acaso no me conocía bien anteriormente, o esta­ba cambiando? Más y más prefería quedarme solo en casa, un día, un mes, unos años. Varado en mi casa grande, con mis nueve aviones y telarañas de decisiones que jamás volvería a tomar.

Levanté la vista del suelo a las fotografías de la pared. Eran fotos de aviones que me interesaban. No había allí un solo ser humano, ni una sola persona. ¿Qué había pasado en mí? Antes me gustaba quien yo era. ¿Aún seguía gustándome?

Bajé las escaleras hasta el hangar, empujé afuera el bi­plano para exhibiciones y me deslicé en la cabina. "En este aeroplano conocí a Kathy", pensé.

El arnés en los hombros, cinturones de seguridad, mezcla rica, bomba de combustible conectada, contacto encendido. Tanta promesa sin cumplir, y ahora me está empujando hacia el matrimonio. Como si yo no le hubiera explicado nunca los males que trae el matrimonio, como si no le hubiera demostrado que yo soy, para ella, sólo parte del hombre perfecto.

— ¡Despejen la hélice! —grité, por costumbre, al espa­cio vacío.

Y oprimí el arranque.

Medio minuto después del despegue estaba volan­do cabeza abajo, ascendiendo a  seiscientos metros por minuto, con el viento estallando sobre mi casco y mis an­teojos. Me encanta. Primero, un giro extralento, a die­ciséis cuartas. ¿Cielo despejado? ¿Listo? ¡Ya!

La tierra verde y plana de Florida; lagos y pantanos se elevaron majestuosamente, inmensamente a mi derecha, giraron enormes y anchos sobre mi cabeza, se pusieron a mi izquierda.

Nivelar. Luego ¡VAM! ¡VAM! ¡VAM! Giró y giró la tierra en súbitas sacudidas, dieciséis veces. Directamente hacia arriba para un encabritamiento en cabeza de martillo, apretar el timón izquierdo, lanzarse en picada, con el viento aullando en los cables entre las alas cortas, y empujar la palanca hacia adelante para recobrar a doscientos cuarenta kilómetros por hora, cabeza abajo. Lancé la cabeza hacia atrás y miré la tierra, hacia arriba. La palanca súbitamente toda atrás, duro con el timón derecho y el biplano retrocedió, detuvo las alas derechas y giró dos veces en redondo, un doble giro verde cielo y azul tierra; palanca delante, timón izquierdo y ¡JAN!, se detuvo, invertido.

Una S para aplastarme en el asiento con cinco Ges, en­tubar la visión por un diminuto agujero de claridad rodeado de gris, lanzarse en picada hasta los treinta metros sobre mi zona de práctica y luego repetir toda la maniobra a baja altura, a altura de exhibición.

Despeja la mente, eso de ver las barbas de musgo lan­zadas hacia el parabrisas de uno, un pantano lleno de ci­preses y lagartos rodando a trescientos grados por segundo, alrededor de nuestro casco.

El corazón sigue solitario.