
CAPITULO 11
No hay
errores. Los acontecimientos que atraemos a nosotros, por
desagradables que sean, son necesarios para aprender lo que
necesitamos aprender; todos los pasos que damos son necesarios para
llegar a los sitios que hemos escogido.
Tendido
en el suelo, hundido en una espesa alfombra de color canela, pensaba
en eso. Estos tres años no han sido errores. Construí cada uno de
esos años con cuidado, con un millón de decisiones por cada uno, en
aviones, entrevistas para publicaciones, veleros, viajes,
películas, personal de negocios, conferencias, programas de
televisión, manuscritos, cuentas bancarias y operaciones a plazo en
cobre.
A la luz
del día, exhibiciones aéreas en el pequeño jet nuevo; por la noche,
conversaciones y contactos con muchas mujeres, todas ellas
adorables, ninguna ella.
Estaba
convencido de que ella no existía, pero aún me asediaba.
¿Estaría
ella igualmente segura de que yo no existía? ¿Acaso mi fantasma
perturbaba sus convicciones? ¿Había en ese momento, en algún sitio,
una mujer tendida en una lujosa alfombra, en una casa construida
sobre un hangar con cinco aviones adentro, tres más en el prado y un
aeroplano con flotadores amarrado al borde del agua?
Dudoso.
Pero ¿alguien podía estar solo en medio de artículos periodísticos y
programas de televisión, solitario y rodeado de amantes, dinero,
amigos contratados como personal, agentes, abogados, gerentes y
contadores? Eso era posible.
Su
alfombra podía ser de otro color, pero el resto...
Ella
podía estar al otro lado de un espejo desde aquí, hallando su hombre
perfecto en cincuenta hombres, pero siempre andando sola.
Reí para
mis adentros. ¡Qué duro es morir el viejo mito del amor único!
En el
césped, abajo, se puso en marcha el motor de un avión. Ese debía ser
Slim haciendo andar
el Twin Cessna. Le perdía un sobrealimentador, del lado derecho. Los
sobrealimentadores modificados son problemas modificados, pensé,
atornillados a algo que, por lo demás, es un buen motor.
Y no
habría tenido respuestas.
Pasaron
los meses, ondulantes; a medida que perdía interés en el amor, en lo
que es y no es, también perdía el motivo para buscar a mi oculta
alma gemela. Gradualmente su lugar fue ocupado por una idea distinta
que iba emergiendo, una idea tan racional e impecable como aquéllas
sobre las cuales giraban ahora mis asuntos comerciales.
Si la
pareja perfecta, pensaba, es la que satisface todas nuestras
necesidades a cada momento, y si una de nuestras necesidades es la
variedad en sí, ¡entonces ninguna persona, en ninguna parte, puede
ser la pareja perfecta!
La única
alma gemela auténtica debe hallarse en muchas personas diferentes.
Mi mujer perfecta es, en parte, el ingenio e intelecto de esta
amiga; en parte, la abrumadora belleza de aquélla; en parte, la
despreocupación aventurera de otra. Si ninguna de estas mujeres
estuviera disponible en un momento dado, mi alma gemela relumbraría
en otros cuerpos, en otros lugares. El ser perfecta no incluye no
estar disponible.
—¡Richard, la idea en sí es absurda! ¡No dará
resultado!
Si él yo interior me hubiera gritado eso, como lo
hizo, yo le habría llenado la boca de trapos.
—Demuéstrame qué tiene de malo esta idea —le habría
dicho yo—. Demuéstrame por qué no puede dar resultado. Y hazlo sin
utilizar las palabras amor, matrimonio, entrega. Hazlo atado y
amordazado, mientras yo grito, más alto de lo que tú puedes, cómo
pienso manejar mi vida.
¿Qué te parece? El diseño mujer-perfecta-en-muchas
mujeres ganó la contienda sin levantar un dedo.
Una infinita provisión de dinero. Todos los aviones
que se me antojen. La mujer perfecta para mí solo. ¡Esto es la
felicidad!
El Rapide y el planeador motorizado están allá
abajo, juntando polvo. El Rapide va a necesitar una reconstrucción
dentro de poco, un trabajo monstruoso, tratándose de un biplano de
ese tamaño. Mejor venderlo; Total, lo piloteo poco. A todos los
piloteo poco. Para mí son desconocidos, como todo lo que tengo en la
vida. ¿Qué estoy tratando de aprender? ¿Que, pasado un tiempo y en
exceso, las máquinas comienzan a adueñarse de nosotros?
No, pensé, la lección es ésta: Recibir un montón de
dinero es recibir una espada de vidrio, con la hoja hacia adelante.
Es mejor manejarla con mucho cuidado, señor, muy lentamente,
mientras uno se pregunta para qué sirve.
Se encendió el otro motor en el Twin. La
revisación en tierra debió ser satisfactoria
y él ha decidido levantar vuelo para probarlo en el aire. Un ventoso
chorro de potencia al poner el aparato en movimiento; luego, el
dulce rugir de los motores se desvaneció, en tanto carreteaba hacia
la pista.
¿Qué más había aprendido? Que no había sobrevivido a
la publicidad tan intacto como yo creía. Anteriormente, nunca habría
creído que alguien podía tener curiosidad por lo que yo pensara y
dijera, por ver cómo era, dónde vivía, qué hacía con mi tiempo y mi
dinero. Tampoco que me afectaría de ese modo, llevándome de vuelta a
las cavernas.
Los que caen en cámara o en imprenta, pensé, no
tropezaron. Sabiéndolo o no, han elegido personalmente ser ejemplos
para el resto, se han ofrecido como modelos. Este lleva una vida de
maravillas; aquel otro es una bola sin manija, algo suelto sobre
cubierta. Este se enfrenta a la adversidad o a su talento con
tranquila prudencia; ésta chilla, aquél se precipita a la muerte,
ése ríe.
Diariamente, el mundo somete a prueba a sus
celebridades, y nosotros observamos, fascinados, sin poder apartar
la vista. Porque las pruebas que soportan nuestros ejemplos son las
pruebas que todos debemos soportar. Se enamoran, se casan, aprenden,
renuncian y comienzan otra vez, se arruinan; nos transportan y son
transportados, a plena vista de la cámara y de la tinta.
Hay una sola prueba a la que ellos se enfrentan y
nosotros no: la de la celebridad en sí. Y aun entonces observamos.
Algún día nos tocará a nosotros estar ante las candilejas; siempre
vienen bien los ejemplos.
¿Qué ha sido, me pregunté, del piloto que operaba en
los campos del Medio Oeste? ¿Tan pronto se convirtió de simple
volador en emperifollado playboy?
Me levanté para cruzar mi casa desierta hasta la
cocina busqué un plato de copos de maíz que se estaban
poniendo rancios y volví al sillón puesto frente a la ventana
panorámica, para contemplar el lago.
¿Playboy
yo? Ridículo. Por dentro no he cambiado No he cambiado ni un
poquito.
¿No dicen
eso todos los playboys emperifollados Richard? Un Piper Cub, de la
academia vecina, practicaba acuatizajes sobre superficies serenas...
El largo y lento descenso, con la potencia encendida; luego, un
suave roce al centelleante lago Theresa, media vuelta y carreteo pan
el despegue.
Las
candilejas me habían enseñado cómo ocultarme, dónde edificar muros.
Todo el mundo tiene blindajes de hierro y clavos de punta en algún
lugar interior, que dicen hasta aquí puedes llegar conmigo.
Para los
extrovertidos, la popularidad es diversión No les molestan las
cámaras; son parte del juego, y ha, gente muy simpática detrás de
esas lentes. Yo puedo ser simpático mientras ellos también lo sean,
y hasta dos minutos más.
Tal era
la altura de mi muralla, aquel día, en Florida.
Entre las
personas que me conocían de una entrevista aquí, de una portada
allá, de un artículo en la acera de enfrente, casi nadie podía saber
lo agradecido que yo les estaba por tanta cortesía, por su respeto a
mi intimidad
Me
sorprendía la correspondencia, me alegraba la familia de lectores
para quienes las extrañas ideas que yo amaba tenía sentido. Había
mucha gente allá afuera: hombres y mujeres inquisitivos,
aprehendientes, de toda raza, edad y nación, de todo tipo de
experiencia. ¡La familia era mucho más numerosa de lo que yo había
supuesto!
Lado a
lado con las cartas deliciosas, de vez en cuando llegaban algunas
extrañas: escriba mi idea; hágame publicar; deme dinero si no
quiere arder en el infierno.