Movió los
tirantes de su bikini, para que el bronceado no tuviera marcas.
—¿Que si
me asusta? ¡Me encanta! Nada de cadenas, ni de sogas, ni de nudos;
nada de discusiones ni de aburrimiento. Un regalo hecho con el
corazón: "Estoy aquí, no porque deba estar ni porque esté atascada
aquí, sino porque prefiero estar contigo, en ningún otro lugar del
mundo entero."
El agua
chapoteaba con suavidad. En vez de sombras, en las velas
chisporroteaban luces refulgentes.
—Verás
que soy tu amigo menos peligroso —dije.
—
¿El menos peligroso?
—
Porque atesoro mi propia libertad, también atesoro la tuya. Soy
sumamente sensible. Si alguna vez te toco, si hago lo que no te
guste, sólo hará falta que susurres el más suave de los "No".
Desprecio a los intrusos, a los que irrumpen en la intimidad ajena.
Si alguna vez sugieres que soy de ésos, descubrirás que me he ido
antes de que termines la sugerencia.
Ella se
puso de costado, con la cabeza apoyada en el brazo, y abrió los
ojos.
—Eso no
parece una proposición de casamiento, Richard.
—No lo
es.
—
Gracias.
—
¿Te hacen muchas? —pregunté.
—
Demasiadas —replicó ella—. Con un matrimonio fue suficiente. En mi
caso, uno más de los que me convenían. Algunas personas viven mejor
casadas. Yo no.
Le conté
algunas cosas del matrimonio al que yo había puesto fin, cuando los
años felices se hicieron duros y sombríos. Había aprendido
exactamente las mismas lecciones que ella.
Revisé la
suave mesa de vidrio del Golfo, en busca de agitaciones provocadas
por el viento. El mar estaba liso como hielo caliente.
—Lástima
grande, Donna, que
no estemos en desacuerdo en algo.
Derivamos
por una hora más, antes de que el viento henchiera las velas y el
bote se lanzara hacia adelante. Cuando volvimos a pisar tierra firme
éramos dos buenos amigos, despidiéndose con un abrazo y con la
promesa de volver a vernos un día cualquiera.
Así como
con Donna, así con todas las mujeres de mi vida. Respeto por la
soberanía, por la intimidad, por la independencia absoluta.
Suaves
alianzas contra la soledad:
Eso eran;
Frescas y racionales aventuras amorosas sin amor.
Algunas de mis amigas no se habían casado nunca, pero la mayor parte
de ellas estaban divorciadas. Unas cuantas eran sobrevivientes de
aventuras desgraciadas; habían sido
castigadas por hombres violentos, aterrorizadas, torcidas por la
gran tensión hasta acabar en depresiones interminables. Para ellas
el amor era un trágico malentendido; el amor era una palabra vacía
tras haber perdido todo significado con los golpes del
esposo-propietario, del amante-carcelero.
Si
hubiera seguido mirando hacia atrás, muy hacia atrás en mis
pensamientos, habría encontrado un acertijo: El amor entre hombre y
mujer no es palabra que siga funcionando. Pero ¿es un significado,
Richard?