Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 10

Richard Bach

 

CAPITULO 10

Estábamos tendidos al sol en la cubierta de mi encal­mado velero, Donna y yo, derivando en la corriente, cuaren­ta kilómetros al norte de Cayo Hueso.

—Yo no pertenezco a ninguna mujer en la vida —le dije con tranquilidad, con paciencia—, así como ninguna de ellas me pertenece. Eso es tremendamente importante para mí. Te lo prometo: jamás me mostraré posesivo conti­go, ni celoso.

—Qué agradable cambio —dijo ella. Tenía el pelo negro y corto, los ojos pardos cerrados al sol. Su bronceado era el de la teca aceitada, por haber pasado años de verano desde su divorcio, muy lejos, en el norte. —A la mayor parte de los hombres no puedo entenderlos. Vivo como quiero. Estoy con ellos si quiero estar con ellos. Si no quiero, me voy.

¿Eso no te asusta?

     

Movió los tirantes de su bikini, para que el bronceado no tuviera marcas.

—¿Que si me asusta? ¡Me encanta! Nada de cadenas, ni de sogas, ni de nudos; nada de discusiones ni de aburri­miento. Un regalo hecho con el corazón: "Estoy aquí, no porque deba estar ni porque esté atascada aquí, sino porque prefiero estar contigo, en ningún otro lugar del mundo en­tero."

El agua chapoteaba con suavidad. En vez de sombras, en las velas chisporroteaban luces refulgentes.

—Verás que soy tu amigo menos peligroso —dije.

—        ¿El menos peligroso?

—        Porque atesoro mi propia libertad, también atesoro la tuya. Soy sumamente sensible. Si alguna vez te toco, si hago lo que no te guste, sólo hará falta que susurres el más suave de los "No". Desprecio a los intrusos, a los que irrumpen en la intimidad ajena. Si alguna vez sugieres que soy de ésos, descubrirás que me he ido antes de que termines la sugerencia.

Ella se puso de costado, con la cabeza apoyada en el brazo, y abrió los ojos.

—Eso no parece una proposición de casamiento, Richard.

—No lo es.

—        Gracias.

—        ¿Te hacen muchas? —pregunté.

—        Demasiadas —replicó ella—. Con un matrimonio fue suficiente. En mi caso, uno más de los que me convenían. Algunas personas viven mejor casadas. Yo no.

Le conté algunas cosas del matrimonio al que yo había puesto fin, cuando los años felices se hicieron duros y sombríos. Había aprendido exactamente las mismas lec­ciones que ella.

Revisé la suave mesa de vidrio del Golfo, en busca de agitaciones provocadas por el viento. El mar estaba liso co­mo hielo caliente.

—Lástima grande, Donna, que no estemos en desa­cuerdo en algo.

Derivamos por una hora más, antes de que el viento henchiera las velas y el bote se lanzara hacia adelante. Cuando volvimos a pisar tierra firme éramos dos buenos amigos, despidiéndose con un abrazo y con la promesa de volver a vernos un día cualquiera.

Así como con Donna, así con todas las mujeres de mi vida. Respeto por la soberanía, por la intimidad, por la independencia absoluta.

Suaves alianzas contra la soledad:

Eso eran; Frescas y racionales aventuras amorosas sin amor.
Algunas de mis amigas no se habían casado nunca, pero la mayor parte de ellas estaban divorciadas. Unas cuantas eran sobrevivientes de aventuras desgraciadas; habían sido

castigadas por hombres violentos, aterrorizadas, torcidas por la gran tensión hasta acabar en depresiones intermina­bles. Para ellas el amor era un trágico malentendido; el amor era una palabra vacía tras haber perdido todo significado con los golpes del esposo-propietario, del amante-carcelero.

Si hubiera seguido mirando hacia atrás, muy hacia atrás en mis pensamientos, habría encontrado un acertijo: El amor entre hombre y mujer no es palabra que siga funcio­nando. Pero ¿es un significado, Richard?

Eso eran; Frescas y racionales aventuras amorosas sin amor.
Algunas de mis amigas no se habían casado nunca, pero la mayor parte de ellas estaban divorciadas. Unas cuantas eran sobrevivientes de aventuras desgraciadas; habían sido

castigadas por hombres violentos, aterrorizadas, torcidas por la gran tensión hasta acabar en depresiones intermina­bles. Para ellas el amor era un trágico malentendido; el amor era una palabra vacía tras haber perdido todo significado con los golpes del esposo-propietario, del amante-carcelero.

Si hubiera seguido mirando hacia atrás, muy hacia atrás en mis pensamientos, habría encontrado un acertijo:

El amor entre hombre y mujer no es palabra que siga funcio­nando. Pero ¿es un significado, Richard?