
CAPITULO 1
Hoy ella
estará aquí.
Miré
hacia abajo desde la cabina, entre el viento y la corriente de la
hélice, a través de un kilómetro de otoño, hacia mí henar
alquilado, hacia la esquirla de azúcar que era mi letrero,
VUELE-$3-VUELE, atado al portón abierto.
Ambos
lados de la ruta, en torno del cartel, estaban atestados de autos.
Debían ser como sesenta, y la multitud consiguiente, que había
venido a ver los vuelos. Ella podía estar allí en ese momento,
recién llegada. Eso me hizo sonreír. ¡Tal vez!
Moderé la
marcha del motor, dándole poca potencia; levanté más el morro del
biplano Fleet y dejé que las alas perdieran sustentación. Luego metí
el timón todo a una banda, todo a estribor, y clavé la palanca de
mandos hacia atrás.
La verde
tierra, maíz y soja, granjas y praderas calmas como el mediodía, al
caer el fondo estallaron en el borrón arremolinado de una barrena
para exhibición, algo que, desde tierra, debía parecer una vieja
máquina voladora súbitamente fuera de control.
La proa
bajó bruscamente y el mundo giró, convertido en un tornado de
colores que se envolvía a mis gafas, cada vez a mayor velocidad.
¿Cuánto
tiempo llevo sintiendo tu falta, querida alma gemela, pensé, querida
señora sabia, mística y encantadora?. Hoy, por fin, la coincidencia
te traerá a Russell, Iowa; te tomará de la mano para conducirte
hasta ese alfalfar, allá abajo. Caminarás hasta el borde de la
multitud, sin saber bien por qué, con curiosidad por contemplar una
página de la historia aún viva, brillantes pinturas girando en el
aire.
El
biplano se retorció hacia abajo, pateando contra mí, en los
controles, por trescientos metros el tornado se volvió más a pico,
más cerrado, más estruendoso a cada segundo.
Girar...
hasta... Ahora.
Empujé la
palanca hacia adelante, salí de la izquierda y pisé con fuerza el
pedal de timón derecho. Los borrones se hicieron más apretados, más
rápidos, una, dos veces alrededor, la barrena cesó y nos lanzamos
en picada, a toda la velocidad posible.
Ella
estará hoy aquí, pensé, porque también ella está sola. Porque ha
aprendido todo lo que quiere aprender por sí misma. Porque hay una
persona en el mundo hacia la cual se la está guiando. Y esa persona,
en este mismo instante, está piloteando este avión.
Giro
cerrado, moderar marcha, apagar, hélice detenida... da deslizarse
hacia abajo, flotar sin ruido hasta la tierra, seguir por inercia
hasta detenerse frente a la multitud.
La voy a
reconocer en cuanto la vea, pensé, luminosa anticipación. La voy a
reconocer en cuanto la vea.
En
derredor del aeroplano había hombres y mujeres, familias con la
cesta de picnic, niños en bicicleta, observando. Dos perros, cerca
de los niños.
Emergí de
la cabina, miré a las gentes y me gustaron. Y entonces me encontré
escuchando mi propia voz, curiosa-mente ajeno; al mismo tiempo
estaba buscándola entre la multitud.
— ¡Russell
desde el aire, amigos! ¡ Véanla flotara la deriva en los campos de
Iowa! ¡Ultima oportunidad antes de que nieve! Asciendan hasta donde
sólo vuelan los pájaros y los ángeles...
Unos cuantos rieron y aplaudieron para que otro
fuera el primero.
Algunas
caras, suspicaces, llenas de preguntas; algunas caras ansiosas y
aventuradas; también algunas caras bonitas, divertidas, intrigadas.
Pero por ninguna parte la cara que yo estaba buscando.
— ¿Seguro
que no hay peligro? —dijo una mujer—. ¡Con lo que acabo de ver, no
podría jurar que usted conduzca bien!
Bronceada
por el sol, de claros ojos pardos, quería que la convencieran.
—No hay
el menor peligro, señora; suave como un plumón de cardo. Este Fleet
está volando desde el 24 de diciembre de 1928... Probablemente sirva
para un vuelo más antes de hacerse pedazos...
Me miró
parpadeando, sobresaltada.
—Era una
broma —le dije—. Seguirá volando años después de que usted y yo nos
hayamos ido, se lo garantizo.
—
Creo que ya esperé bastante —comentó—. Siempre he tenido ganas de
volar en uno de éstos...
—
Le va a encantar.
Hice
girar la hélice para poner en marcha el motor, le mostré cómo entrar
en la carlinga delantera, la ayudé con el cinturón de seguridad.
Imposible, pensé. Ella no está. ¡No-estar no es posible! ¡Todos los
días convencido de que hoy-será-el-día, y todos los días me
equivoco!
A esa
primera pasajera siguieron otros treinta, antes de que cayera el
sol. Volé y hablé, hasta que todos se fueron a su casa, para cenar y
pasar la noche juntos, dejándome solo.
Solo.
¿Acaso
ella es una ficción?
Silencio.
Un minuto
antes de que hirviera el agua, saqué la cacerola de mi fogata, vertí
un poco de mezcla para chocolate caliente y revolví con un tallo de
heno. Con el ceño fruncido, me dije:
—Soy un
tonto si la busco acá.
Ensarté
en un palo un panecillo de canela de la semana anterior y lo tosté
sobre las hilachas del fuego.
Esta
aventura de pasarme la década del '70 haciendo exhibiciones
ambulantes con un viejo biplano, pensé, en otros tiempos estaba
condimentada con signos de interrogación. Ahora es tan conocida y
carente de peligro que lo mismo daría vivir en un álbum de recortes.
Después de cien barrenas, puedo hacerlas con los ojos cerrados.
Después de buscar en la milésima multitud, comienzo a dudar de que
las almas gemelas aparezcan en los henares.
Se gana bastante llevando pasajeros; no me voy a
morir de hambre. Pero tampoco estoy aprendiendo nada nuevo.
Me estoy
demorando.
Mi último
verdadero aprendizaje se había producido dos veranos antes, al ver
en un campo un biplano Travel Air blanco y dorado: otro aviador
ambulante. Al aterrizar conocí a Donald Shimoda, Mesías retirado,
ex-Salvador-del-Mundo. Nos hicimos amigos, y en esos últimos meses
de su vida él me pasó algunos secretos de su extraña misión.
El diario
que llevara en esa temporada se había convertido en un libro,
enviado a un editor y publicado no hacía mucho. Como yo practicaba
bien casi todas sus lecciones, rara vez
me veía
puesto a prueba, pero el problema del alma gemela no podía
resolverlo en absoluto.
Cerca de
la cola del Fleet sonó un leve crujido: pasos subrepticios rozando
el heno. Se interrumpieron cuando me volví para escuchar; luego
avanzaron lentamente, acechándome.
Agucé la
vista en la oscuridad.
—¿Quién
anda allí?
¿Una
pantera? ¿Un leopardo? En Iowa no puede ser; no hay leopardos en
Iowa desde...
Otro paso
lento en el heno de la noche. Tiene que ser... ¡un lobo!
Me lancé
hacia el equipo de herramientas, manoteando un cuchillo, una llave
inglesa grande, pero demasiado tarde. En ese momento, por detrás de
la rueda del aeroplano, asomó un antifaz de bandido, blanco y negro,
ojos brillantes estudiándome, hocico peludo olfateando
inquisitivamente en dirección a la caja de provisiones.
No era un
lobo.
— Caramba... Bueno, hola... —dije.
Me reí de
mi corazón, que palpitaba de ese modo, y fingí que estaba guardando
la llave inglesa.
A los
cachorros de mapache, rescatados y criados como mascotas en el Medio
Oeste, se los pone en libertad cuando ya tienen un año, pero siempre
siguen siendo mascotas.
No tiene
nada …
— Está
bien... ¡Ven, ven, amiguito! ¿Tienes hambre?
Cualquier
cosa dulce me vendría bien; una barrita de chocolate o... ¿bombones
de merengue? Yo sé que tienes bombones de merengue.
El
mapache se alzó sobre las patas traseras por un momento, moviendo
la nariz y probando el aire que venía desde la comida. Me miró. El
resto de los bombones de merengue, si no los vas a comer tú, me
vendrían bien.
Saqué la
bolsa y volqué un montoncito de esas cosas suaves, empolvadas, sobre
mi ropa de cama.
—Aquí
tienes. Acércate.
El
mini-oso, ruidosamente dedicado al postre, se llenó la boca de
bombones de merengue, masticándolos con feliz gratitud.
Rechazó
mi pan frito casero después de darle medio mordisco; terminó los
bombones, tragó casi todo mi cereal con miel y bebió la cacerola de
agua que le serví. Luego pasó un rato sentado, contemplando el
fuego. Al fin olfateó que era hora de seguir andando.
—Gracias
por la visita —le dije.
Los ojos
oscuros se clavaron solemnemente en los míos.
Gracias por la comida. No eres mal humano. Nos
veremos mañana por la noche. Tu pan frito es horrible.
Con eso,
la peluda bestezuela se alejó; el rabo anillado desapareció entre
las sombras, los pasos crujieron más levemente por el heno,
dejándome solo con mis pensamientos y las ansias por mi dama.
Todo
vuelve siempre a ella.
No es
imposible, pensé, ¡no es demasiado pedir! ¿Qué me diría Donald
Shimoda, si estuviera sentado aquí esta noche, bajo el ala, si
supiera que aún no la he encontrado?
Diría
algo obvio, eso es lo que diría. Lo extraño de sus secretos
consistía en que todos eran simples.
Si yo le
dijera que había fracasado al buscarla, ¿qué? Él estudiaría su
panecillo de canela, buscando inspiración se peinaría con los dedos
el pelo negro y diría:
—Volar
con el viento, Richard, de ciudad en ciudad, ¿no se te ha ocurrido
que no es el modo de hallarla, sino de perderla?
Simple. Y
luego esperaría, sin decir una palabra, la respuesta que yo tuviera
para darle.
A eso yo
habría dicho, si él estuviera aquí, yo habría dicho:
—De
acuerdo: volar por los horizontes no es el modo. Renuncio. Dime tú.
¿Cómo la busco?
Él
entornaría los ojos, fastidiado por el hecho de que yo se lo
preguntara a él y no a mí mismo.
—¿Eres
feliz? ¿Estás haciendo, en este momento, exactamente lo que más
deseas hacer en el mundo?
El hábito
habría respondido que sí, por supuesto, que estoy haciendo de mi
vida justamente lo que se me antoja.
Vino el
frío de la noche, empero; la misma pregunta de él, y algo había
cambiado. ¿Estoy haciendo, en este momento, lo que más quiero
hacer?
— ¡No!
— ¡Qué
sorpresa! —habría dicho Shimoda—. ¿Qué significado le atribuyes a
eso?
Parpadeé,
abandoné la imaginación y hablé en voz alta.
—¡Bueno,
significa que estoy harto de volar llevando pasajeros! En este
momento estoy contemplando mi última fogata; ese pequeño de Russell,
al atardecer, fue el último pasajero que jamás llevaré.
Traté de
decirlo otra vez:
—Estoy harto de volar llevando pasajeros.
Un
espanto lento y silencioso. Un zumbar de preguntas
Por un momento saboreé mi nueva ignorancia, la hice
girar en mi lengua. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a ser de mí?
Tras la seguridad laboral del aviador ambulante, estalló por
sorpresa un nuevo placer, desplomándose sobre mí como una fresca ola
de las profundidades. ¡No sabía qué hacer!
Dicen que
cuando una puerta se cierra, otra se abre. Veo la puerta que acaba
de cerrarse; tiene un letrero que dice AVIADOR AMBULANTE, y atrás
hay cajas y cajones de aventuras que me cambiaron de quien era en
quien soy. Y ahora es tiempo de seguir. ¿Dónde está la puerta que
acaba de abrirse?
Si ahora mismo yo fuera un alma avanzada, pensé,
Shimoda no, pero sí un yo avanzado, ¿qué me diría a mí mismo?
Pasó un
momento y supe lo que diría:
—Mira
todo cuanto tienes en derredor en este momento, Richard, y
pregunta: "¿Qué hay de malo en este cuadro?"
Miré a mí
alrededor en la oscuridad. El cielo no estaba mal. ¿Cómo puede estar
mal algo
con
estrellas estallando en diamantes a miles de años-luz, y yo mirando
los fuegos artificiales desde un lugar seguro? ¿Qué hay de malo en
un avión tan robusto y leal como el Fleet, listo para llevarme
adonde yo quiera? Nada malo.
Lo que
está mal en el cuadro es esto: ¡ella no está conmigo! ¡Y voy a hacer
algo para solucionar eso ahora mismo!
Despacio,
Richard, pensé. Esta vez, para variar, no actúes como siempre. ¡No
tan rápido, por favor! Por favor. Primero, piensa. Con atención.
Era de
esperar. Había otra pregunta en la oscuridad, algo que no había
preguntado a Donald Shimoda, algo que él no había contestado.
¿Por qué
ocurría siempre que las personas más avanzadas, aquéllas cuyas
enseñanzas, retorcidas hasta convertirlas en religiones, duraban
siglos y siglos, por qué ocurría siempre que ellas estaban
invariablemente solas?
¿Por qué
nunca vemos radiantes cónyuges o milagrosos pares con quienes ellos
compartan sus aventuras y su amor? Los rodean sus discípulos y sus
curiosos, a estos pocos tan admirados; los aprietan quienes acuden a
ellos en busca de curación y luz. Pero ¿con qué frecuencia vemos
cerca a sus almas gemelas, a sus gloriosos y potentes seres amados?
Algunas veces? ¿Una vez cada tanto?
Tragué
saliva, súbitamente seca la garganta.
Nunca.