Lo intentó otra vez a setecientos metros de altura, descendiendo en
vertical, el pico hacia abajo y las alas completamente extendidas y
estables desde el momento en que pasó los setenta kilómetros por
hora. Necesitó un esfuerzo tremendo, pero lo consiguió. En diez
segundos, volaba como una centella sobrepasando los ciento treinta
kilómetros por hora. ¡Juan había conseguido una marca mundial de
velocidad para gaviotas!
Pero el triunfo duró poco. En el instante en que empezó a salir del
picado, en el instante en que cambió el ángulo de sus alas, se
precipitó en el mismo terrible e incontrolado desastre de antes y, a
ciento treinta kilómetros por hora, el desenlace fue como una
explosión de dinamita. Juan Gaviota se desintegró y fue a
estrellarse contra un mar duro como un ladrillo.
Era ya pasado el anochecer, cuando recobró el sentido, y se halló a
la luz de la luna y flotando en el océano. Sus alas desgreñadas
parecían lingotes de plomo, pero el fracaso le pesaba aún más sobre
la espalda. Débilmente deseó que el peso fuera suficiente para
arrastrarle al fondo, y así terminar con todo.
A medida que se hundía, una voz hueca y extraña resonó en su
interior. No hay forma de evitarlo. Soy gaviota. Soy limitado por la
naturaleza. Si estuviese destinado a aprender tanto sobre volar,
tendría por cerebro cartas de navegación. Si estuviese destinado a
volar a alta velocidad, tendría las alas cortas de un halcón, y
comería ratones en lugar de peces. Mi padre tenía razón. Tengo que
olvidar estas tonterías. Tengo que volar a casa, a la bandada, y
estar contento de ser como soy: una pobre y limitada gaviota.
La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió. Durante la noche, el
lugar para una gaviota es la playa y, desde ese momento, se prometió
ser una gaviota normal. Así todo el mundo se sentiría más feliz.
Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia tierra,
agradecido de lo que había aprendido sobre cómo volar a baja altura
con el menor esfuerzo.

La luna y las luces centellando en el agua, trazandoluminosos
senderos en la oscuridad...
-Pero no
-pensó-. Ya he terminado con esta manera de ser, he terminado con
todo lo que he aprendido. Soy una gaviota como cualquier otra
gaviota, y volaré como tal.
Así es que ascendió dolorosamente a treinta metros y aleteó con más
fuerza luchando por llegar a la orilla.
Se encontró mejor por su decisión de ser como otro cualquiera de la
bandada. Ahora no habría nada que le atara a la fuerza que le
impulsaba a aprender, no habría más desafíos ni más fracasos. Le
resultó grato dejar ya de pensar, y volar, en la oscuridad, hacia
las luces de la playa.
¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca voz. ¡Las gaviotas nunca
vuelan en la oscuridad!
Juan no estaba alerta para escuchar. Es grato todo esto, pensó. La
Luna y las luces centelleando en el agua, trazando luminosos
senderos en la oscuridad, y todo tan pacífico y sereno...
¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad! ¡Si hubieras
nacido para volar en la oscuridad, tendrías los ojos de búho!
¡Tendrías por cerebro cartas de navegación! ¡Tendrías las alas
cortas de un halcón!
Allí, en la noche, a treinta metros de altura, Juan Salvador Gaviota
parpadeó. Sus dolores, sus resoluciones, se esfumaron.
¡Alas cortas! ¡Las alas cortas de un halcón!
¡Esta es la solución! ¡Qué necio he sido! ¡No necesito más que un
ala muy pequeñita, no necesito más que doblar la parte mayor de mis
alas y volar sólo con los extremos! ¡Alas cortas!
Subió a setecientos metros sobre el negro mar, y sin pensar por un
momento en el fracaso o en la muerte, pegó fuertemente las antealas
a su cuerpo, dejó solamente los afilados extremos asomados como
dagas al viento, y cayó en picado vertical.
El viento le azotó la cabeza con un bramido monstruoso. Cien
kilómetros por hora, ciento treinta, ciento ochenta y aún más
rápido. La tensión de las alas a doscientos kilómetros por hora no
era ahora tan grande como antes a cien, y con un mínimo movimiento
de los extremos de las alas aflojó gradualmente el picado y salió
disparado sobre las olas, como una gris bala de cañón bajo la Luna.
Entornó sus ojos contra el viento hasta transformarlos en dos
pequeñas rayas, y se regocijó. ¡A doscientos kilómetros por hora! ¡Y
bajo control! ¡Si pico desde mil metros en lugar de quinientos, ¿a
cuánto llegaré...?
Olvidó las recientes resoluciones de hace un momento, arrebatadas
por ese gran viento. Sin embargo, no se sentía culpable al romper
las promesas que había hecho a sí mismo. Tales promesas existen
solamente para las gaviotas que aceptan lo corriente. Uno que ha
palpado la perfección en su aprendizaje no necesita esa clase de
promesas.
Al amanecer, Juan Gaviota estaba practicando de nuevo. Desde dos mil
metros los pesqueros eran puntos sobre el agua plana y azul, la
Bandada de la Comida una débil nube de insignificantes motitas en
circulación.
Estaba vivo, y temblaba ligeramente de gozo, orgulloso de que su
miedo estuviera bajo control. Entonces, sin ceremonias, encogió sus
antealas, extendió los cortos y angulosos extremos, y se precipitó
directamente hacia el mar. Al pasar los dos mil metros, logró la
velocidad máxima, el viento era una sólida y palpitante pared sonora
contra la cual no podía avanzar con más rapidez. Ahora volaba recto
hacia abajo a trescientos veinte kilómetros por hora. Tragó saliva,
comprendiendo que se haría trizas si sus alas llegaban a desdoblarse
a esa velocidad, y se despedazaría en un millón de partículas de
gaviota. Pero la velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la
velocidad era pura belleza.
Empezó su salida del picado a trescientos metros, los extremos de
las alas batidos y borrosos en ese gigantesco viento, y en ese
camino, el barco y la multitud de gaviotas se desenfocaban y crecían
con la rapidez de una cometa.
No pudo parar; no sabía aún ni cómo girar a esa velocidad.
Una colisión sería la muerte instantánea.
Así es que cerró los ojos.
Sucedió entonces que esa mañana, justo después del amanecer, Juan
Salvador Gaviota salió volando directamente en medio de la bandada
de la comida marcando trescientos dieciocho kilómetros por hora, los
ojos cerrados y en medio de un rugido de viento y plumas. La Gaviota
de la Providencia le sonrió por esta vez, y nadie resultó muerto.
Cuando al fin apuntó su pico hacia el cielo azul, aun zumbaba a
doscientos cuarenta kilómetros por hora. Al reducir a treinta y
extender sus alas otra vez, el pesquero era una miga en el mar, mil
metros más abajo.
Sólo pensó en el triunfo, ¡La velocidad máxima! ¡Una gaviota a
trescientos veinte kilómetros por hora! Era un descubrimiento, el
momento más grande y singular en la historia de la Bandada, y en ese
momento una nueva época se abrió para Juan Gaviota. Voló hasta su
solitaria área de prácticas, y doblando sus alas para un picado
desde tres mil metros, se puso a trabajar en seguida para descubrir
la forma de girar.
Se dio cuenta de que al mover una sola pluma del extremo de su ala
una fracción de centímetro, causaba una curva suave y extensa a
tremenda velocidad. Antes de haberlo aprendido, sin embargo, vio que
cuando movía más de una pluma a esa velocidad, giraba como una bala
de rifle. Y así fue Juan la primera gaviota de este mundo en
realizar acrobacias aéreas.
No perdió tiempo ese día en charlar con las otras gaviotas, sino que
siguió volando hasta después de la puesta del sol. Descubrió el
rizo, el balance lento, el balance en punta, la barrena invertida,
el medio rizo invertido.

¿Quién es más responsable que una gaviota
que ha encontrado y persigue un significado,
un fin más alto para la vida?
