Las gaviotas se hallaban reunidas en Sesión de Consejo cuando Juan
tocó tierra, y parecía que habían estado así reunidas durante algún
tiempo. Estaban, efectivamente, esperando.
-¡Juan Salvador Gaviota! ¡Ponte al Centro! -las palabras de la
gaviota mayor sonaron con la voz solemne propia de las altas
ceremonias. Ponerse en el centro sólo significaba gran vergüenza o
gran honor. Situarse en el centro por honor, era la forma en que se
señalaba a los jefes más destacados entre las gaviotas. Por
supuesto, pensó, la bandada de la comida esta mañana vio el
Descubrimiento. Pero yo no quiero honores. No tengo ningún deseo de
ser líder. Sólo quiero compartir lo que he encontrado, y mostrar
esos nuevos horizontes que nos están esperando. Y dio un paso al
frente.
-Juan Salvador Gaviota -dijo la mayor-. ¡Ponte en el centro para tu
vergüenza ante la mirada de tus semejantes!
Sintió como si le hubieran golpeado con un madero. Sus rodillas
empezaron a temblar, sus plumas se combaron, y le zumbaban los
oídos. ¿Al Centro para deshonrarme? ¡Imposible! ¡El descubrimiento!
¡No entienden! ¡Están equivocados! ¡Están equivocados!
-Por su irresponsabilidad temeraria -entonó la voz solemne-, al
violar la dignidad y la tradición de la familia de las gaviotas...
Ser puesto en el centro por deshonor significaba que le expulsarían
de la sociedad de las gaviotas, desterrado a una vida solitaria en
los lejanos acantilados.
-Algún día, Juan Salvador Gaviota, aprenderás que la
irresponsabilidad se paga. La vida es lo desconocido y lo
irreconocible, salvo que hemos nacido para comer y vivir el mayor
tiempo posible.
Una gaviota nunca replica al consejo de la bandada, pero la voz de
Juan se hizo oír: