
Hasta hoy
no puedo explicar qué fue lo que se apoderó de mí. Seguramente, la
premonición de un desastre inminente, que me indujo a alejarme
incluso de aquel hombre extraño y curioso que se llamaba Donald
Shimoda. Cuando se trata de confraternizar con la catástrofe, ni el
Mesías en persona tiene suficiente poder para hacerme quedar.
En el
campo reinaba el sosiego: se trataba de una inmensa pradera
silenciosa, desnuda bajo la cúpula del cielo. El único rumor era el
de un arroyuelo, pero para captarlo había que forzar mucho el oído.
Nuevamente solo. Uno se habitúa a la soledad, pero basta
interrumpirla un día para que haya que volver a empezar el proceso
de acostumbramiento desde el principio.
- Muy
bien , no estuve mal durante algún tiempo - dije en voz alta,
dirigiéndome a la pradera -. No estuvo mal y tal vez tenga mucho que
aprender de ese individuo. Pero las muchedumbres me hartan incluso
cuando están de buen talante... Y si están asustadas y van a
crucificar a alguien, o a venerarlo, entonces lo lamento, ¡ pero no
lo soporto !
El
discurso me pilló desprevenido, Shimoda podría haber dicho
exactamente las mismas palabras. ¿ Por qué se quedó allí? Yo había
tenido la prudencia de partir y no era ni remotamente un mesías.
Ilusiones. ¿Qué entendía él por ilusiones? Eso importaba más de todo
lo que había dicho o hecho. Fue categórico cuando proclamó: "¡Todo
en el mundo son ilusiones!", como si sólo con su énfasis pudiera
grabarme la idea en la cabeza. Ciertamente era un problema, y yo
necesitaba su gracia, pero aún no sabía lo que significaba.
Al cabo
de un rato encendí una fogata y me preparé una especie de goulash de
sobras con restos de carne, fideos secos y dos salchichas que
llevaba conmigo hacía tres días y que habrían salido beneficiadas
con un buen hervor. La bolsa de herramientas estaba aplastada contra
la caja de provisiones y saqué instintivamente de su interior la
llave de dos bocas. La miré, la limpié y la utilicé para revolver el
goulash. Estaba solo, entendedlo bien, sin que nadie me observara,
por pura diversión intenté hacerla flotar en el aire, como lo había
hecho él. Si la arrojaba hacia arriba y parpadeaba cuando llegaba a
su apogeo y empezaba a bajar, tenía la fugaz sensación de que
flotaba. Pero luego se deslomaba sobre el suelo o sobre mi rodilla y
la fantasía se disipaba rápidamente. ¿Cómo hacía él, con esa misma
herramienta ?
Si todo
esto es ilusión, señor Shimoda, entonces, ¿qué es lo real ? Y si
esta vida es ilusión, ¿ por qué la vivimos ? Al final me di por
vencido, lancé la llave otro par de veces y desistí. Entonces me
sentí súbitamente contento, repentinamente feliz de estar donde
estaba y de saber lo que sabía, aunque eso no fuera la clave de toda
la existencia, ni aun de unas pocas ilusiones.
Cuando
estoy solo a veces canto. "Oh, yo y mi viejo Paint..." entoné
palmoteando el ala del Fleet con auténtico cariño (recordad que no
había nadie que pudiera oírme). "Vagaremos por el cielo...
brincando por los campos de heno hasta que uno de los dos afloje..."
Yo componía la música y la letra a medida que cantaba. "Y no seré
yo quien afloje, Paint... A menos que se te rompa un larguero... y
entonces te ceñiré con alambre de enfardar... y seguiremos
volando... seguiremos volando..."
Cuando me
siento inspirado y feliz, los versos son infinitos, porque entonces
la rima no es importante. Había dejado de pensar en los problemas
del mesías : carecía de medios para descifrar quién era o qué quería
decir : por lo tanto, dejé de esforzarme y supongo que eso fue lo
que me regocijó.
Aproximadamente a las diez se extinguió el fuego, y con él mi
canción.
- Allí
donde estés, Donald Shimoda - dije, desenrollando la manta debajo
del ala -, te deseo un vuelo dichoso y que no encuentres
muchedumbres. Si eso es lo que anhelas. No, retiro lo dicho. Te
deseo, querido mesías solitario, que encuentres todo lo que anheles
encontrar.
Cuando me
quité la camisa, su manual cayó del bolsillo. Lo leí allí donde se
abrió.
El
vínculo que une
a tu
auténtica familia,
no es
de sangre, sino
de
respeto y de goce mutuo.
Es
raro que los miembros
de una
familia
se
críen bajo
el
mismo techo.
No ví que
aplicación tenían tales palabras en mi caso y me dije una vez más
que nunca debía permitir que un libro sustituyera a mi propio
entendimiento. Me arrebujé debajo de la manta y luego me sentí como
si hubieran apagado una lamparilla : abrigado y lúcido bajo el cielo
y bajo millones de estrellas que tal vez fueran ilusiones, pero
bellísimas, en verdad.
Cuando
desperté amanecía, entre un resplandor rosado y sombras de oro. No
me desveló la luz, sino algo que me rozaba la cabeza, muy
suavemente. Imaginé que era un tallo de heno. La segunda vez supuse
que era un insecto, le di una violenta palmada y casi me rompí la
mano...Una llave de dos bocas es un trozo de hierro muy duro para
darle con toda la fuerza, y me despejó rápidamente. La llave rebotó
contra la articulación del alerón, se clavó por un momento entre la
hierba y luego se remontó majestuosamente para seguir flotando en el
aire. Después , mientras la observaba, totalmente despejado, fue a
posarse plácida sobre la tierra y se quedo quieta. Cuando por fin me
decidí a levantarla, comprobé que era la misma llave de dos bocas
que yo conocía y estimaba, tan pesada como siempre, tan ansiosa como
siempre por encarnizarse con los irritantes tornillos y tuercas.
- ¡Vaya
con la maldita... !
Nunca
digo "demonios" ni "maldito", lo cual es un resabio de la
personalidad que adquirí en mi infancia. Pero estaba realmente
intrigado y no se me ocurrió ninguna otra exclamación. ¿Qué le
sucedía a mi llave ? Donald Shimoda estaba por lo menos a cien
kilómetros de aquel lugar, más allá del horizonte. Sopesé la
herramienta, la examiné, la balanceé, y me sentí como un antropoide
prehistórico incapaz de entender la rueda que gira delante de sus
ojos. Tenía que haber una explicación sencilla...
Al fin
capitulé, ofuscado, la guardé en la bolsa y encendí el fuego para
freírme un poco de pan. No tenía prisa por irme. Podía pasar el día
allí, si me apetecía.
El pan
acababa de hincharse en la sartén y había llegado el momento de
darle la vuelta, cuando oí un ruido en el cielo, por el oeste.
No era
posible que el ruido procediera del avión de Shimoda ni que alguna
otra persona me hubiera rastreado precisamente hasta ese campo,
entre tantos otros similares que se multiplican por millones en el
Medio Oeste. Pero supe que se trataba de él y empecé a silbar...
mirando el pan y el cielo y buscando una frase aplomada para saludar
su llegada.
Era el
Travel Air, efectivamente, que pasó a ras del Fleet, se remontó
bruscamente para describir un viraje espectacular y luego planeo por
el espacio para posarse a 90 kilómetros por hora, la velocidad a que
debe aterrizar un Travel Air. Acercó su avión al mío y apagó el
motor. No dije nada. Agité la mano, pero permanecí mudo. Incluso
deje de silbar.
Salió de
la carlinga y se aproximó al fuego.
- Hola,
Richard.
- Llegas
tarde - respondí -. Casi se me quema el pan.
- Lo
siento.
Le pasé
una taza con agua del arroyo y un plato de estaño con la mitad del
pan y un poco de margarina.
- ¿Cómo
han ido las cosas ?
- Bien -
respondió con una sonrisa tenue y fugaz. - Salí con vida.
- Dudé
que lo lograras.
Permaneció en silencio.
- ¿Sabes
una cosa ? - dijo al fin, contemplando el contenido del plato -.
Esto es realmente espantoso.
- Nadie
te obliga a comer mi pan frito - respondí, enfadado - ¿Porqué todos
lo aborrecen ? ¡NO LE GUSTA A NADIE ! ¿Qué explicación tiene eso,
sublime maestro ?
- Bien -
manifestó sonriendo -, y ahora hablo en mi condición de Dios...,
diría que tu crees que es sabroso y en consecuencia, le encuentras
buen sabor. Pruébalo sin pensar vehementemente lo que piensas y
descubrirás que recuerda a un... incendio...después de una
inundación...en un molino harinero. ¿No te parece ? Supongo que le
echaste aposta esta brizna de hierba.
-
Disculpa, cayó de mi manga, no sé como. ¿Pero no te parece que el
pan básico, en sí mismo...no la hierba ni ese trocito chamuscado que
veo ahí...el pan básico, no crees que... ?
-
Horrible - dijo, devolviéndome todo lo que le había dado, menos un
mordisco -. Prefiero morir de hambre. ¿Aún tienes el melocotón ?
- En la
caja.
¿Cómo me
había encontrado ? Un avión de ocho metros de envergadura no es
fácil de hallar en veintiséis mil kilómetros cuadrados de praderas.
Sobre todo con el sol de frente. Pero me promrtí a mí mismo que no
se lo preguntaría. Si deseaba decírmelo, ya me lo diría.
- ¿Cómo
me has encontrado ? Podía haber aterrizado en cualquier lugar.
Había
abierto la lata de melocotón y cogías las mitades cn un cuchillo...
lo cual no era nada fácil.
- Los
iguales se atraen - mientras escurría una rodaja.
- ¿Cómo
dices ?
- Es una
ley cósmica.
- Oh.
Terminé
el pan y después fregué la sartén con agua del arroyo. ¡Un pan
excelente !
- ¿No te
molestaría explicármelo ? ¿Cómo puedo tener semejanzas con tu
excelente personalidad ? ¿O cuando hablaste de iguales te referías a
los aviones ?
-
Nosotros, los hacedores de milagros, debemos mantenernos unidos -
manifestó.
Lo dijo
de tal manera que la frase fue al mismo tiempo amable y atroz.
-
Eh...Don. Con relación a tu último comentario...¿Quieres tener la
gentileza de aclarar a qué te refieres cuando hablas de nosotros lo
hacedores de milagros ?
- A
juzgar por la posición de la llaves de dos bocas que veo en la bolsa
de herramientas diría que esta mañana has estado ensayando el viejo
truco de la levitación. ¿Me equivoco ?
- ¡Yo no
he ensayado nada ! Me desperté...¡la llave me despertó por sí sola !
- Oh. Por
sí sola - se reía de mí.
- ¡Sí,
POR SÍ SOLA !
- Sabes
tanto de obrar milagros, Richard, como de preparar pan frito.
No le
contesté. Me limité a sentarme sobre la manta arrollada y me quedé
tan callado como pude. Si quería decir algo, que lo dijera cuando
quisiese.
- Algunos
de nosotros comenzamos a aprender estas cosas subconscientemente.
Nuestra mente consciente no las acepta, de modo que obramos
portentos en sueños. - Miró el cielo y las primeras nubecillas de la
jornada -. No seas impaciente, Richard. Todos estamos en camino de
ilustrarnos. Ahora lo captarás muy pronto y antes de darte cuenta
serás un viejo y sabio maestro espiritual.
- ¿Por
qué dices que sucederá antes de darme cuenta ? ¡No quiero darme
cuenta ! ¡No quiero saber nada !
- No
quieres saber nada.
- Bueno,
sí, quiero saber por qué existe el mundo y qué es, y por qué estoy
aquí y a dónde iré a continuación... Quiero saber eso. Cómo volar
sin un avión, si se me antojara.
- Lo
lamento.
- ¿Qué
lamentas ?
- No
sucede así. Si descubres lo que es este mundo, como funciona,
automáticamente empiezas a obrar milagros. O lo que la gente
denominará milagros. Pero, desde luego, nada es milagroso. Cuando
aprendes lo que sabe el mago, sus actos dejan de ser mágicos. -
Apartó la mirada del cielo -. Tú eres como todos los demás, ya lo
sabes. Sencillamente ignoras, aún, que lo sabes.
- No
recuerdo - dije -, no recuerdo que me hayas preguntado si yo quería
prender lo que, sea lo que fuere, ha hecho que las multitudes y las
desgracias te buscaran durante toda tu vida. Aparentemente se me ha
borrado de la memoria.
Apenas
terminé de pronunciar estas palabras, comprendí que contestaría que
lo recordaría más tarde, y que al decirlo estaría en lo cierto.
Se estiró
sobre la hierba, utilizando como almohada los restos de harina que
quedaban en el saco.
-
Escucha, no te inquietes por las multitudes. No podrán tocarte a
menos que lo desees. Eres mágico, recuerda : haces ¡puf ! y te
vuelves invisible y atraviesas puertas.
- La
muchedumbre te atrapó en Troy ¿no es cierto ?
- ¿Acaso
dije que no quería que lo hiciera ? Yo lo permití. Me gustó. Todos
nosotros tenemos algo de sensiblería, porque de lo contrario jamás
prosperaríamos como Maestros.
- ¿Pero
acaso no has renunciado ? ¿No leí.. ?
- Tal
como marchaban las cosas me estaba convirtiendo en el
Único-y-Exclusivo-Mesías-de-Todas-las-Horas, y ese es el cargo del
que dimití indeclinablemente. Pero no puedo olvidar lo que aprendí
en el curso de toda la vida, ¿no crees ?
Cerré los
ojos y trituré una brizna de paja.
-
Escucha, Donald, ¿qué es lo que quieres dar a entender ? ¿Por qué no
te sinceras conmigo y explicas lo que ocurre ?
Permaneció un largo rato callado y respondió :
- Quizás
deberías decírmelo tú. Dime qué es lo que yo te quiero dar a
entender , y te corregiré si te equivocas.
Reflexioné un minuto y resolví apabullarle.
- Muy
bien, te lo diré.
Hice una
pausa experimental, para verificar cuánto podía esperar Don si mi
explicación no brotaba con suficiente fluidez. El sol ya estaba
suficientemente alto para irradiar calor, y lejos, en un campo que
no alcanzábamos a ver, un agricultor trabajaba con un tractor
Diesel, cultivando maíz en domingo.
- Muy
bien, te lo diré - repetí -. En primer lugar ; no fue una
coincidencia nuestro encuentro en aquella parcela de Ferris, ¿tengo
razón ?
Hizo tan
poco ruido como el heno al crecer.
- Y en
segundo lugar, entre nosotros dos existe una especie de pacto
místico que aparentemente yo he olvidado y tú no.
Soplaba
un viento suave y sus ráfagas modulaban el ronquido lejano del
tractor.
Una parte
de mi ser, que no pensaba que lo que yo decía fuera ficción,
escuchaba mis palabras. Estaba confeccionando una historia verídica.
- Diré
que nos encontramos hace tres o cuatro mil años, día más, día menos.
Nos gusta el mismo tipo de aventuras, probablemente odiamos el mismo
tipo de bárbaros, cada uno de nosotros prende con la misma alegría y
más o menos con la misma rapidez que el otro. Tú tienes mejor
memoria. El hecho de que volviéramos a encontrarnos fue lo que
justificó que dijeras : "Los iguales se atraen". - Cogí otra brizna
de paja -. ¿Qué tal ?
- Al
principio pensé que sería una larga marcha - comentó -. Será una
larga marcha, pero pienso que existe una ligera posibilidad de que
esta vez llegues a la meta. Sigue hablando.

- Además,
no hace falta que siga hablando porque ya sabes qué es lo que sabe
la gente. Pero si no dijera todo esto, no sabrías qué es lo que creo
saber, y si no se cumple esa condición, no podré aprender nada de lo
que deseo aprender. - Dejé la brizna. - ¿Qué provecho sacas de esto,
Don ? ¿Por qué te ocupas de gente como yo ? Cuando alguien esta tan
avanzado como tú, todos esos poderes portentosos no son más que
ventajas accesorias. No me necesitas, no necesitas absolutamente
nada de este mundo.
Volví la
cabeza y le miré. Tenía los ojos cerrados.