Llama Violeta

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Yogi Ramacharaka

 

Capítulo Catorce: Asociación astral

 

Todos los que reflexionan sobre la otra vida suelen preguntar: "¿Nos conoceremos allí unos a otros?" Esta pregunta está arraigada en el corazón de la humanidad por el amor y el afecto.

Aunque el mundo celeste proporcionara toda clase de dichas, no sería tal cielo para la generalidad de las almas si no pudieran gozar de la compañía de aquellos a quienes amaron en la tierra.

El alma anhela instintivamente la compañía no sólo de sus seres amados, como el esposo, la esposa y los hijos, sino también la de los parientes predilectos y amigos íntimos.

Sin la seguridad de esta continuada compañía, fuera el cielo una desolada y fría mansión para la generalidad de las almas.

 

Pero nos congratulamos de que los yogis han sido claros y explícitos sobre este asunto, asegurando que los anhelos y esperanzas del corazón humano se verán plenamente realizados en la vida celeste.

No sólo nos reconoceremos allí todos, sino que se fortalecerán aún más los lazos que nos ligan a nuestros parientes y amigos y contraeremos nuevas relaciones con las almas con que simpaticemos, aunque no las hayamos conocido en la tierra.

En el mundo celeste tiene el alma mayor posibilidad de establecer íntimas relaciones amistosas con las almas de su misma tónica, pues consumidos por el fuego astral los siniestros afectos egoístas y pasionales, es capaz de contraer amistades muy puras.

En el mundo celeste puede encontrar el alma a otras almas que tengan sus mismos anhelos y aspiraciones, de suerte que lo que en la vida terrena fueron sueños y quimeras sean entonces los incidentes ordinarios de la nueva vida del alma.

Aquello por lo que en vano suspiró el alma en la tierra lo encuentra abundosamente fructificado en el cielo.

Para comprender lo que esto significa basta pensar en los elevados ideales sustentados en la tierra por quienes tienen altísimo concepto de las relaciones entre los hombres.

Aunque este concepto se amortigüe a veces por imposibilidad de positiva expresión en el mundo físico, permanece constante en el alma; y una de las tragedias de la vida terrena es que dicho concepto parezca "demasiado bueno" para ser verdad.

El puro amor conyugal siempre tiene por trasfondo el anhelo de seguir los cónyuges unidos en el cielo como lo estuvieron en la tierra; y, sin embargo, pocas veces se libra este ideal de las salpicaduras del cieno mundano.

También son pocas las veces en que las relaciones entre padres, hijos y hermanos se acercan a la realización del ideal de puro amor que alienta en la intimidad del corazón humano.

Tan verdadero es el ideal del amor desinteresado, tan constante es su presencia, que cuando en la vida terrena vemos dos almas enlazadas por la pura y abnegada amistad sentimos conmovido de gozosa ternura y simpatía nuestro ánimo.

La descripción de este ideal en la novela, el canto, la poesía o el drama alumbra manantiales de emoción armónica y de sincera simpatía que nos elevan a los niveles superiores del pensamiento y de la vida.

¿Cuál no debe ser entonces la felicidad, el gozo, la dicha y bienaventuranza, la completa satisfacción de la vida en un plano de existencia donde toda expresión es natural y se realizan los ideales?

Verdaderamente, nos reconoceremos allí no sólo todos cuantos nos hayamos conocido y amado en la tierra, sino que también trabaremos conocimiento con las almas que armonicen con la nuestra.

Quienes estuvieron relacionados en la tierra por lazos de parentesco o amistad de índole espiritual, hallarán en el mundo celeste ocasiones favorables de manifestar su mutuo amor y profunda simpatía.

Todo lo más alto que a la imaginación humana le quepa forjar en tal compañía, no es más que pálido reflejo de lo que el alma ha de experimentar.

Inútil es el intento de describir estas experiencias, porque son insuficientes las más expresivas palabras para representar la verdad.

La respuesta a la pregunta debe necesariamente ser que cada cual se examine por introversión y hallará impresa en su interior la imagen de la máxima felicidad posible en semejante estado de conciencia, y considerar que aquella imagen está mil veces por debajo de la realidad.

Únicamente en la armonía de la música, en la rítmica cadencia de la alta poesía, en las líneas de una bella obra de arte puede el alma prisionera en la carne tener un vislumbre del verdadero amor en el devacán.

Estas consideraciones dan al alma débiles insinuaciones de lo que ha de experimentar en la vida celeste.

Tal es una de las razones por las cuales la música, la pintura y la poesía son capaces a veces de alzarnos sobre el ambiente material que de ordinario nos rodea.

En los relámpagos de conciencia cósmica que suelen sorprender a las almas espiritualmente iluminadas está incluida la realización del anhele de compañía en los planos superiores.

Bien expresó Whitman la dificultad de describir en frases ordinarias y balbucientes palabras la realización de esta verdad:

En éxtasis se me apareció otro sol inefable que ofuscó mi vista.
Y conocí todos los brillantes orbes desconocidos hasta entonces de la futura tierra, del país celeste.
No quiero despertar, porque nada me parece lo que antes me parecía. O si despierto será como si fuese por vez primera, de suerte que todo lo de antes se desvanezca como un sueño.
Si trato de referir lo que experimenté, no puedo. Mi lengua es insuficiente. Mi pecho no alienta y quedo mudo.


Por su parte, dice Emerson :
Las palabras de quien habla de aquella vida deben sonar a hueco para los que no vibran con el mismo pensamiento. No me atreveré a hablar de ella. Mis palabras no entrañarían su augusto sentido. Serían incompletas y frías. Sólo ella puede inspirar a quien ella quiera, y entonces sus palabras serán líricas, dulces y universales como el soplar del viento. Sin embargo, aún por medio de palabras profanas, ya que no puedo valerme de las sagradas, deseo señalar el cielo de esta deidad y referir las insinuaciones recibidas de la ascendente sencillez y vigor de la Suprema Ley.

La dificultad de explicar al profano la índole de las relaciones entre las almas durante la vida celeste consiste en que se encastilla en la idea de que el cielo o mundo celeste es un lugar, sin tener en cuenta que no es tal lugar, sino un estado de conciencia variable según el individuo.

Así es que estar en el cielo con los seres amados significa hallarse en el mismo nivel de conciencia, y por tanto en relación mucho más estrecha que la que puede establecer la proximidad de lugar.

La armonía entre las condiciones de vida de las almas en el mundo celeste las pone en más cercano contacto del que el hombre terreno puede imaginar.

Débil símil de estas condiciones son aquellas en que se hallan en la tierra dos amantes que se quieran con toda su alma, como se dice vulgarmente, y en un amoroso arrobamiento entrefundan en una sus dos almas.

Esta condición psíquica los acerca mucho más que si carentes de ella estuvieran uno junto a otro, y da idea de la condición de las almas afines en el mundo celeste.

Alguien tal vez objete diciendo que si dos almas se hallan en distintos subplanos del mundo celeste no les será posible gozar de su mutua compañía.

Pero cuantos están familiarizados con las verdades ocultas saben que el alma siente en el mundo celeste la simpática atracción del alma que se halla en un subplano inferior y con ella establece un enlace psíquico, parecido a una modalidad superior de telepatía, de suerte que posibilita la relación mental y espiritual entre ambas, mucho más íntima que cualquiera relación en la tierra.

Además, según dijimos en otro capítulo, el alma puede visitar a las que se hallan en los subplanos inferiores al suyo, y de esta v de otras maneras se efectúa la asociación de las almas en el mundo celeste.

Las almas susceptibles de simpatía no se quedan jamás solas en el plano astral ni en el devacán, pues todo cuanto fue noblemente enaltecedor en la vida terrena se magnifica y acrecienta en la vida superior. Sólo quedan por lo bajo las escorias.

Hay una ley natural que igualmente rige en los planos astral y físico, y en ambos regula y gobierna todas las cosas.

El alma desencarnada no se substrae a las leyes de la Naturaleza cuando sale del mundo físico, sino que asciende a un plano o nivel de la Naturaleza mucho más abundoso, suave y pleno que cuanto de mejor quepa imaginar en la tierra.

Una vez eliminadas las escorias por la vibración astral, el alma florece y fructifica en la nueva vida.

Hay una palabra que mejor que otra alguna expresa el significado espiritual y la finalidad de la vida y de sus experiencias en los planos superiores. Esta palabra es AMOR.

Es el perfecto Amor que todo temor desvanece, cuya fluir es gozo y cuyo fruto es Paz

 

 
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Yogi Ramacharaka

 

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