Fue también en este momento que me enteré del
encarcelamiento de Juan el Bautista. Me apenó saber que no era parte de mi
misión rescatarlo, sino honrar la parte que él jugó en el Plan Divino.
La Samaritana y el pozo.
El nombre de la mujer era Nalda y ella era una Samaritana quien, como persona,
era bastante despreciada. No me voy a meter en la historia de por qué esto era
así, porque es toda agua del mismo pozo. El prejuicio y el racismo, como todas
las otras formas de ataque, nacen del miedo. La gente le teme a su valor
interno, temen por su seguridad en un mundo hostil. Pero no pueden vivir así por
mucho tiempo, así que encuentran una fuente externa a ellos para ese miedo: “Es
culpa de esa persona. Debe ser así porque ellos se ven tan distintos a mí, y
hablan diferente y se comportan distinto. Estaré seguro, nuevamente en control,
cuando ellos se vayan.” Por supuesto, aquellos que están siendo atacados también
tienen esos mismos miedos y encuentran a alguien en quién proyectar estos miedos
también. Y así sigue y sigue.
Hermanas y hermanos, les
digo que no hay amor posible en el mundo exterior hasta que lo despertamos
dentro de nosotros mismos, hasta que aprendemos a amarnos a nosotros mismos.
Hasta que recordamos que somos amados por la Fuente, que no hemos hecho nada
malo, que no nos hemos caído de la Gracia. Que no estamos solos. Ustedes son
simplemente niños aprendiendo a encontrar vuestro camino en el mundo y
cometiendo los errores que cometería cualquiera. La sabiduría solamente se gana
con la experiencia, y la experiencia solamente es alcanzada cuando se cometen
los errores. Ciertamente, está bien tomar responsabilidades por los errores y
hacer correcciones, pero también después continuar enamorado de uno mismo y de
aquellos que caminan su camino hacia el mismo destino. No importa el color de
piel, no importa la historia, no importan las creencias, les doy mi palabra que
todos y cada uno de vuestros corazones busca las mismas cosas.
Y estando esta mujer
Nalda en el pozo, yo hablé con ella extensamente acerca de las refrescantes
aguas del espíritu, le pedí un vaso de agua, y me lo brindó alegremente. Un
intercambio humano tan simple, y aún así cargado con tanto peligro en esa época.
Incluso los apóstoles luchaban en contra de que yo hablara con una mujer y una
Samaritana, y aceptara un vaso de agua de su parte. Pero todo ofrece una
oportunidad para una lección de amor, incluso un pozo en el medio del desierto.
Pasé tanto tiempo en el
desierto y en las colinas meditando y comulgando. En algún momento los apóstoles
me preguntaron cómo yo oraba, y les ofrecí la siguiente oración para ellos:
“Padre nuestro que estás en el cielo, Santificado es Tu nombre. Venga a nosotros
tu reino; hágase Tu Voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro
pan de cada día. Y perdona nuestras deudas así como también nosotros hemos
perdonado a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos
del mal, porque Tuyo es el reino, el poder y la gloria por los siglos de los
siglos. Amen.”
Tal vez podría ofrecerles a ustedes una nueva oración para una nueva
era, una oración que los ubica, como manifestación directa de Dios, en el centro
de la responsabilidad espiritual: “Amado Padre/Madre/Dios, bendita es Tu
Presencia dentro de mí. La venida de tu reino es nacida a través de mis manos.
Tu Voluntad es hecha a través de mi corazón. Tu estás en la Tierra, y conmigo,
así como yo estoy en el cielo contigo. En el día de hoy yo soy el que brinda Tu
pan diario a todos. En este día yo perdono todo, porque yo soy el Todo
perdonándome a mi mismo. Juntos nos estamos guiando los unos a los otros lejos
de toda distracción. Nos estamos librando los unos a los otros de cualquier
ilusión seductora. Porque Nosotros somos el reino, somos el poder, somos Tu
gloria,
En Enero de ese año,
recibí la noticia de que Juan el Bautista había sido ejecutado por orden de
Herodes Antipas. Lloré por un amigo querido, quien sacrificó todo por algo más
grande que si mismo.
Una mañana mientras me
relajaba dentro de mi temprana y solitaria caminata matinal para aclarar mis
pensamientos, una vieja mujer vino hacia mí, cubierta de pies a cabeza con
harapos sucios. Una leprosa, que había salido de su pequeña comunidad, la cual
probablemente estaba escondida dentro de un profundo valle o en una oscura
caverna. Ella extendió su mano cubierta de harapos hacia mí y dijo que había
oído de mí y que había estado caminando por varios días. Yo podía ver que ella
tenía un gran sufrimiento, pero no dijo nada acerca de eso. Ella sostenía una
reliquia familiar, un pequeño brazalete, y me pidió si yo podía tocarlo, que
ella lo llevaría de vuelta donde estaba su hija quien también estaba enferma,
para que la juventud y la belleza de su hija se restauraran y pudiera casarse y
tener hijos. Dijo que no pedía por su propia sanación porque ella ya había
vivido una larga vida y tenía muchas hermosas memorias para recordar. Y ella
confiaba en que en el reino de los cielos ella no sería despreciada con
repulsión.
Mi Creador, concédeme el
don, que yo pueda tener siempre la dignidad, la gracia y la humildad de esa
mujer. Que yo pudiera participar en su fuerza y su compasión. Que yo un día
sería igual a la divinidad de esa mujer.
Yo intenté tomar sus
manos y ella las retiró. Suavemente envolví el brazalete con su mano y la
sostuve. Ella comenzó a llorar, tal vez habiendo olvidado la última vez que
había sido contenida sin juicio ni miedo. El amor de Dios fluyó hacia dentro de
ella, despertando ese amor que había sido encerrado por una vida entera de
opresión. Y las llagas se fueron, las lesiones se desvanecieron, la carne
destrozada fue restituida. La vida, la juventud y la vitalidad ardieron
nuevamente en sus ojos, en sus labios y en su corazón. Suavemente corrí el
harapo que cubría su rostro y contemplé el semblante de la Madre y del Padre en
plena gloria: “Vuelve a casa, mi hermosa hermana y encuentra que tu hija también
ha sido agraciada, y sanada por el amor de Dios. Ella se postró de rodillas
llorando de gratitud. Yo me arrodillé y la abracé. Y ambos lloramos por la
belleza y el regalo de la vida eterna.
Una palabra acerca de la
sanación física. Alrededor de cada uno de ustedes se encuentra esa réplica
energética de vuestro cuerpo de la que ya hemos hablado. Es este cuerpo
energético el que crea el cuerpo físico dentro de él. Dentro de este cuerpo
energético se encuentra la información de la salud perfecta. Esta misma
información existe dentro de cada hebra de ADN en el cuerpo físico. Toda
enfermedad comienza primero como un estado emocional el cual eventualmente es
trasladado hacia el cuerpo. Sentimientos de alegría y amor producen salud.
Sentimientos de estrés, miedo, ira y odio producen enfermedad. Por supuesto, el
sendero kármico de cada persona es diferente, y la enfermedad es una gran
maestra de lecciones de vida, y así cada caso es único. ¿Pero qué hay acerca de
las enfermedades en niños y bebés? Tales situaciones son realmente dolorosas de
comprender, especialmente para los padres. Pero les aseguro, a menudo estos
amorosos niños están entre nosotros para enseñarnos acerca de un amor más
profundo, de un sacrificio más profundo y de una compasión más profunda. En sus
frágiles estados, ellos son sanadores tan poderosos como yo. Tan poderosos como
ustedes.
Hónrenlos. Ámenlos.
Ámense a ustedes mismos y a los demás y la enfermedad no será más que un
recuerdo remoto en este planeta. Pero por favor, mis queridos, no se sientan
culpables por vuestras enfermedades, o se avergüencen de no ser una persona lo
suficientemente amorosa como para estar sana. El amor de la Fuente es más sutil
que eso. Seguramente sea que vuestro sufrimiento los está sanando de formas que
no pueden imaginar así como también está sanando a aquellos que los rodean. Sean
tiernos con ustedes mismos. Ustedes son, cada uno de ustedes, seres perfectos,
divinos, experimentando un mundo menos-que-divino, lleno de multitud de desafíos
emocionales y físicos. Ustedes son, cada uno de ustedes, honrados enormemente
por vuestras luchas, porque sanando ustedes, vuestros hermanos y hermanas son
sanados, y así también lo es el mundo y el universo que los rodea. Ustedes no
saben lo poderosos que son. Y me honra estar entre ustedes.
Mi deseo de ver a todos
mis hermanos y hermanas sanados trajo un problema complicado. Yo sabía que no
era mi misión sanar físicamente a cada uno de los que viniera hacia mí. No era
mi rol el arrebatarles su propio poder individual. Mi misión era recordarles
cuán poderosos eran, y así restaurar su espíritu. Yo no podía alejarme de mi
propósito.
Para ese entonces, las
noticias de mis enseñanzas y mis “milagros” se habían extendido rápidamente. Las
multitudes siguiéndome eran cada vez más grandes. Y yo comenzaba a llamar la
atención de aquellos que detentaban el poder dentro de la región, dentro de
Roma, y dentro de los cuerpos de gobierno religiosos locales.
No voy a explicar quién
empezó qué, o quién quería que yo desapareciera, o quién trabajó en su nombre.
Ya ha habido demasiado acerca de estas cuestiones. Mi destino nunca estuvo en
manos de los hombres o de los gobiernos. Yo elegí mi propio destino, así como
ustedes eligen el vuestro a través de las acciones de vuestras vidas diarias.
¿Realmente pensaron que yo no tenía idea de lo que pasaría si continuaba en mi
camino? Y no tenía importancia quién estaba en el poder. Yo molestaba el status
quo. Tarde o temprano me habría convertido en un enemigo del estado. Era
inevitable. La única pregunta real fue ¿cuándo?
En tanto que la cadena de
eventos sucesivos estaba ahora firmemente en movimiento, era tiempo de hacer un
aporte al ministerio: De la compañía de las mujeres elegí a doce, no solo para
encargarse de los enfermos y para asistir con las funciones diarias de la
misión, sino también para enseñar en mi nombre. Ahora les voy a decir los nombre
de estas lamentablemente no reconocidas mujeres, cada una de las cuales sostuvo
las cargas y compartió las alegrías de nuestra misión al igual que los hombres:
Nasanta, la hija de un médico Sirio; Milcha, la prima de Tomás; Raquel, la
cuñada de Jude; Susana, la hija de un rabino de la sinagoga de Nazaret; Joana,
la esposa de Chuza, quien trabajaba para Herodes Antipas; Elizabeth, la hija de
un comerciante adinerado; Marta, la hermana mayor de Andrés y Pedro; Ruth, la
hija mayor de Mateo; Celta, la hija de un guardia Romano; y Agaman, una viuda.
María Magdalena, y
Rebeca, la hija de José de Arimatea completaban el grupo. Déjenme recordarles
que en esa época, a las mujeres no se les permitía ni siquiera entrar en las
sinagoga con los hombres. Nada de esto, por supuesto, le caía bien a los
apóstoles quienes eran, después de todo, hombres de su época. Pero si ellos iban
a permanecer conmigo, ellos tendrían que estar preparados para reconocer cada
injusticia. Todas y cada una de ellas. Luego mandé a los apóstoles a enseñar en
grupos de a dos, de modo que pudieran tener suficiente tiempo como para hablar
entre ellos y decidir si continuarían con mi mensaje. Todos volvieron.
Una cosa más: Estas
mujeres se quedaron conmigo hasta mis últimos días y horas, cuando todos los
otros se habían ido.
Si consideran mínimamente
que no había críticos entre las multitudes que venían a verme, entonces se están
olvidando de la naturaleza humana.
Hubo buscadores genuinos,
y hubo los meramente curiosos, y luego hubo agitadores. Como lo dije antes,
ellos interrumpían preguntando a viva voz por qué, si yo podía hacer milagros,
mi familia en Nazaret aún luchaba económicamente. Y ¿por qué simplemente no
hacía que los romanos desaparecieran? Y que yo no lucía distinto de las docenas
de otros que vagaban por la campiña proclamando que ellos habían oído la Palabra
de Dios. Francamente, ¿quién era yo para hablar en nombre de Dios? Y: “Nada
bueno puede venir de Nazaret”.
No había ninguna
respuesta que yo pudiera darles. Hay aquellos que están listos y los hay quienes
aún están profundamente dentro de la experiencia de la ilusión. Ninguno es mejor
que el otro. Todos están en su camino. Todos alcanzarán la misma destinación
eventualmente.
Pero la crítica de los
sacerdotes cuando yo hablaba en el templo, era de una naturaleza muy diferente.
Su intención era atraparme dentro de sus argumentos, lograr que yo les diera
evidencia de mi blasfemia contra Dios. Verán, la religión de mi época estaba
adherida estrictamente a códigos muy rígidos de conducta, códigos que dictaban
cómo y cuándo uno debía comer, cómo y cuándo uno debía asearse, cuándo y cómo
uno debía comportarse en materia de fe. Todo lo cual no tenía nada que ver con
la fe, pero sí con el poder.
Amigos. Al Padre/Madre no
le interesa en lo más mínimo cómo ustedes llevan adelante vuestras vidas
espirituales. Si las reglas te ayudan a encontrar el amor, entonces sigue esas
reglas. Pero si liberarte de las reglas te ayuda a encontrar a Dios, entonces
arrójalas al viento. ¿Estoy hablando a favor de que no haya leyes? Sí, si
ustedes pueden vivir los unos con los otros, respetando la vida de cada uno, su
pueden amarse los unos a los otros así como se aman a ustedes mismos. Si ese es
el caso, entonces las leyes no son necesarias. Pero como podemos ver todos
fácilmente, eso no es verdad aún. Y así es que todavía necesitan leyes para
gobernar vuestras bajas naturalezas. Y así es como debería ser. ¿Pero de modo
que las leyes y las reglas de conducta los acerquen a la Fuente? No. Dios está
dentro de ustedes. ¿Cuánto más cerca podrían llegar? Los rituales y las
ceremonias les recuerdan que hay un sendero. Pero ellas no son el Sendero.
Ustedes son el único sacerdote, la única iglesia, la única biblia que
necesitarán.
Yo no adhería a los
códigos estrictos de la época – si ellos me distanciaban de mi mensaje y de mis
seguidores. El mensaje lo era todo. Aunque no estaba dentro de mis creencias
personales, yo comería carne con otros si eso ayudara a compartir mi mensaje. Si
quieres liderar gente, primero debes seguirlos a ellos hasta el lugar donde
viven. Debes ver el mundo a través de sus ojos. Debes caminar con sus zapatos. Y
uno debe siempre, primero y antes que nada, enseñar con el ejemplo.
Y entonces, sí, de
acuerdo a las reglas de esa época, yo estaba comprometido en actos de blasfemia.
En todo caso no importaba; porque ellos habrían encontrado, o manufacturado
cualquier evidencia que necesitaban para destruirme.
Sin embargo, les voy a
contar acerca de uno de los cargos elevados en mi contra.
Uno de los Fariseos me
acusó de trabajar con Satán.
El demonio. Infierno. Azufre.
Déjenme ofrecerles el
antiguo significado Hebreo de Satán, que se pronunciaba “Sei-Taan”. No
significaba el demonio, sino la ilusión de la materia, la ilusión del mundo
material y su seducción lejos del mundo espiritual.
Mis queridos. Si es que no van a escuchar nada más de lo que diga en
esta ocasión, entonces escuchen esto: No hay diablo, ni demonios, más que los
que nosotros mismos creamos. No hay infierno, más que el de nuestra propia
construcción. Nunca lo ha habido. No hay purgatorio donde las almas valiosas son
separadas de las indignas. Si el Todo Lo Que Es es amor, entonces eso es todo lo
que puede ser. Mi Padre/Madre no castiga. Lo repito. Dios no castiga. Nunca.
Jamás. Castigo, infierno, venganza, estas son creaciones humanas para mantener a
otros subyugados. “Ojo por ojo”. Un concepto humano de la justicia. Les ofrezco
una simple analogía: todos ustedes conocen personas a través de la historia – e
incluso a través de vuestros periódicos y noticieros – quienes han demostrado
actos extraordinarios de perdón y compasión. Padres que perdonaron al hombre que
violó y asesinó a su amada hija. Soldados que salvaron la vida de sus
torturadores. Hijos adultos que perdonaron a sus padres por los abusos físicos y
emocionales más brutales. Si estos hijos de un Dios vengativo pueden ser así de
amorosos y compasivos, entonces tendrían que ser más poderosos que este Dios.
Pero ¿suena coherente? ¿O es más bien que estas personas simplemente están
expresando la verdadera naturaleza de la Fuente? Lo digo nuevamente: Ustedes
viven en un Universo amoroso. Ustedes son hijos de un Dios amoroso que no juzga
nada – no importa cuán doloroso sea –
¿Eso quiere decir que un
Hitler o un Stalin están en el paraíso? Si, así es. No significa, sin embargo,
que un Hitler o un Stalin no llegue a aprender acerca del dolor y el sufrimiento
que causó. Pero no es el fuego del infierno lo que experimenta, sino el llanto
de los devastados. Él siente el retorcimiento de sus almas. Él ve las
ramificaciones de sus actos. Él llega a conocer las otras elecciones que podría
haber hecho. Y estas revelaciones llegan a través de la guía amorosa del otro
lado del velo, no a través de un castigo forzoso.
Hermanos y hermanas. Les
doy mi palabra de que en vuestros largos viajes en este planeta, todos ustedes
han sido asesinos y han sido el asesinado. Todos ustedes han sido santos y han
sido pecadores. Todos ustedes han sido amos y han sido esclavos. Y así es como
debería ser. ¿De qué otra forma aprende uno las lecciones del crecimiento
espiritual sino a través de la experiencia directa? No hay mejor sanador para la
prostituta que la prostituta. No hay mejor maestro para el abusado y el
extraviado que alguien que también fue abusado y estuvo extraviado. Algún día,
mis queridos, dulces compañeros, ustedes verán, una vez más, cuán magnífico es
el Universo y cuán amoroso es el Plan. Cuán perfecta es su ejecución. Cuán bello
es su destino.
Quiere decir esto, sin
embargo, que no hay cosa tal como el mal? No, sí hay mal. Es la suma total del
más profundo daño, del más doloroso rechazo, del más triste abandono. Es la
excrescencia de una herida no sanada. Es el pedido de ayuda no atendido y dejado
solo. Mis compañeros, puedo describirles profundidades de brutalidad que han
afligido a vuestros hermanos y hermanas que parecerían desafiar la comprensión
humana. Algunos dirían que es el karma de esa persona, o de ese país, o de esa
raza, el hecho de atravesar la pesadilla en la que se encuentran. Pero el karma
existe solamente porque, en algún punto, el miedo fue elegido por sobre el amor.
Tal vez el karma de una persona sea de hecho el experimentar la pobreza. Tal vez
sea también el karma de otro el hecho de alimentarlos. ¿Es que el mal que
existe, y el dolor que es infligido en este mundo, entristecen al Corazón de la
Fuente? Sólo cuando no entristece el nuestro.
Fue en esta época que
Simón Pedro me preguntó: “¿Cuántas veces debería perdonar a un hombre que
insiste en perjudicarme? Y mi respuesta fue: “No sólo siete veces, o incluso
setenta veces, sino setenta veces siete”. ¿Por qué perdonar a alguien que te ha
agraviado ligera o brutalmente? Porque te asegurará tu sanación emocional. La
persona que te ha ofendido, ha traído a escena la ley de causa y efecto, o
karma, y eventualmente, aprenderá la lección de su trasgresión. Las leyes de la
naturaleza son justas. Las leyes de la gente raras veces lo son. Pero el perdón
es algo difícil de hacer, y todo el mundo debe tener el tiempo que necesita como
para trabajar con su experiencia. El duelo no debe ser apresurado. Honren el
proceso. Pero cuando estén listos, consideren perdonar al ofensor. Ni siquiera
tienen que encontrarse con él en persona.
En tanto que todos
ustedes están unidos energéticamente dentro del “holograma” universal,
simplemente envía el pensamiento desde tu corazón hacia aquél que te ha
lastimado, y eso es “registrado” instantáneamente, si quieres, en la Mente de
Dios, y el vínculo energético negativo entre tu y la persona que ha cometido la
trasgresión es cortado – instantáneamente y para siempre. Pero permanece en un
lugar de odio e ira y venganza, y esa ligazón energética permanecerá atada a ti,
y tu fuerza de vida misma será agotada. Pero antes de poder perdonar a alguien,
por favor perdónate a ti mismo. ¿Qué es lo que significa perdonar? Simplemente
seguir dando. ¿Qué es lo que das? La única cosa que realmente posees, porque
todo lo demás es una ilusión: amor. Emite amor. Perdónate a ti mismo por no ser
tan fuerte como quisieras, o tan espiritual o tan amoroso o tan veraz. Déjenlo
ir todo, mis queridos. La culpa y la vergüenza sirven solamente al ego humano.
El amor mantiene al universo unido. Él puede manejar vuestros errores. El perdón
es un acto muy egoísta. Lo recomiendo altamente.
Así es que hubo una
reunión entre Herodes Antipas y los miembros del Sanedrín (Consejo de Judíos).
Ellos incitaron mi arresto por razones obvias, pero Herodes, que nunca tomaba
riesgos, se rehusó. Los miembros de su propio gobierno seguían mi mensaje y le
aseguraban que cada vez que yo había sido llamado el Mesías y había sido urgido
a hablar en contra de los gobernantes, yo había reafirmado que no era ese quién
yo era y que esa no era mi misión. Herodes me veía como un fanático religioso
más. Pero mi palabra había alcanzado Roma también. Y Herodes fue incitado a
reconsiderar su decisión. Y lo hizo. Y se emitió la orden de arresto.