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Y Jesús respondió...
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Pero
ellos le contestaron. “¿Adónde iremos, Maestro? Pues en ti están
las palabras de la vida eterna. Dinos cuáles son los pecados que
debemos evitar, para que nunca más conozcamos la enfermedad”.
Jesús respondió: “Así sea según vuestra fe”, y se sentó entre
ellos diciendo:
“Fue dicho a aquellos de los antiguos tiempos: ‘Honra a tu Padre
Celestial y a tu Madre Terrenal y cumple sus mandamientos, para
que tus días sean cuantiosos sobre la tierra’. Y luego se les
dio el siguiente mandamiento: ‘No matarás’, pues Dios da a todos
la vida, y lo que Dios ha dado no debe el hombre arrebatarlo.
Pues en verdad os digo que de una misma Madre procede cuanto
vive sobre la tierra. Por tanto quien mata, mata a su hermano. Y
de él se alejará la Madre Terrenal y le retirará sus pechos
vivificadores. Y se apartarán de él sus ángeles y Satán tendrá
su morada en su cuerpo. Y la carne de los animales muertos en su
cuerpo se convertirá en su propia tumba. Pues en verdad os digo
que quien mata se mata a sí mismo, y quien come la carne de
animales muertos come del cuerpo de la muerte. Pues cada gota de
su sangre se convierte en la suya en veneno; su respiración en
la suya en hedor; su carne en la suya en forúnculos; sus huesos
en los suyos en yeso; sus intestinos en los suyos en
descomposición; sus ojos en los suyos en costras; sus oídos en
los suyos en ceras. Y su muerte será la suya propia. Pues
solamente en el servicio de vuestro Padre Celestial son vuestras
deudas de siete años perdonadas en siete días. Mientras que
Satán no os perdona nada y debéis pagarle todo. Ojo por ojo,
diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por
quemadura, herida por herida, vida por vida, muerte por muerte.
Pues el costo del pecado es la muerte. No matéis, ni comáis la
carne de vuestra inocente presa, no sea que os convirtáis en
esclavos de Satán. Pues ese es el camino de los sufrimientos y
conduce a la muerte. Sino haced la voluntad de Dios, de modo que
sus ángeles os sirvan en el camino de la vida. Obedeced, por
tanto, las palabras de Dios: ‘Mirad, os he dado toda hierba que
lleva semilla, sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol, en
el que se halla el fruto de una semilla que dará el árbol. Este
será vuestro alimento. Y a todo animal de la tierra, y a toda
ave del cielo, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra,
donde se halle el aliento de la vida, doy toda hierba verde como
alimento. También la leche de todo lo que se mueve y que vive
sobre la tierra será vuestro alimento. Al igual que a ellos les
he dado toda hierba verde, así os doy a vosotros su leche. Pero
no comeréis la carne, ni la sangre que la aviva. Y en verdad
demandaré vuestra sangre que brota con fuerza, y vuestra sangre
en la que se halla vuestra alma. Demandaré todos los animales
asesinados y las almas de todos los hombres asesinados. Pues yo
el Señor tu Dios soy un Dios fuerte y celoso, castigando la
iniquidad de los padres sobre sus hijos hasta la tercera y
cuarta generación de aquellos quienes me odian, y mostrando
misericordia hacia los millares de aquellos que me aman y
cumplen mis mandamientos.
Ama al Señor tu Dios con todo corazón con
toda tu alma y con todas tus fuerzas, este es el primer y más
grande mandamiento. Y el segundo es este: ‘Ama a tu prójimo como
a ti mismo’. No hay mandamiento más grande que estos.
Y tras estas palabras todos permanecieron en silencio, excepto
uno que voceó: “¿Qué debo hacer, Maestro, si veo que una bestia
salvaje ataca a mi hermano en el bosque’ ¿Debo dejar perecer a
mi hermano o matar a la bestia salvaje? ¿No transgrediría así la
ley?”
Y Jesús
respondió: “Fue dicho a aquellos de los antiguos tiempos: ‘Todos
los animales que se mueven sobre la tierra, todos los peces del
mar y todas las aves del cielo, han sido puestos bajo vuestro
poder’. En verdad os digo que de todas las criaturas que viven
sobre la tierra, solo el hombre creó Dios a su imagen. Por ello,
los animales son para el hombre, y no el hombre para los
animales. No transgredirás, por tanto, la ley si matas al animal
salvaje para salvar a tu hermano. Pues en verdad te digo que el
hombre es más que el animal. Pero quien mata al animal sin causa
alguna, sin que éste le ataque, por el deseo de matar, o por su
carne, o porque se oculta, o incluso por sus colmillos, malvada
es la acción que comete, pues él mismo se convierte en bestia
salvaje. Y por tanto su fin ha de ser también como el fin de los
animales salvajes”.
Y
otro dijo entonces. “Moisés, el más grande de Israel, consintió
a nuestros antepasados comer la carne de animales limpios, y
sólo prohibió la carne de los animales impuros. ¿Por qué,
entonces, nos prohibes la carne de todos los animales? ¿Qué ley
viene de Dios, la de Moisés o la tuya?
Y Jesús
respondió: “Dios dio, a través de Moisés, diez mandamientos a
vuestros antepasados. ‘Estos mandamientos son duros’, dijeron
vuestros antepasados y no pudieron cumplirlos. Cuando Moisés vio
esto, tuvo compasión de sus gentes y no quiso que se perdiesen.
Y les dio entonces diez veces diez mandamientos, menos duros,
para que los siguiesen. En verdad os digo que si vuestros
antepasados hubiesen sido capaces de seguir los diez
mandamientos de Dios, Moisés no habría tenido nunca necesidad de
sus diez veces diez mandamientos. Pues aquel cuyos pies son
fuertes como la montaña de Sión, no necesita muletas; mientras
que aquel cuyos miembros flaquean, llega más lejos con muletas
que sin ellas. Y Moisés dijo al Señor: ‘Mi corazón está lleno de
tristeza, pues mi pueblo se perderá. Porque no tienen
conocimiento, ni son capaces de comprender tus mandamientos. Son
como niños pequeños que no pueden entender aun las palabras de
su padre. Consiente, Señor, que les dé otras leyes, para que no
se pierdan. Si ellos no pueden estar contigo, Señor, que al
menos no estén contra ti; que puedan mantenerse a sí mismos, y
cuando haya llegado el momento y estén maduros para tus
palabras, revélales tus leyes’. Por eso rompió Moisés las dos
tablas de piedra donde estaban escritos los diez mandamientos, y
les dio en su lugar diez veces diez. Y de estas diez veces diez,
los escribas y los fariseos han hecho cien veces diez
mandamientos. Y han puesto insoportables cargas sobre vuestros
hombros, que ni ellos mismos sobrellevan. Pues cuanto más
cercanos a Dios están los mandamientos, menos necesitamos; y
cuanto más lejanos se hallan de Dios, más necesitamos entonces.
Por eso innumerables son las leyes de los fariseos y de los
escribas, siete las leyes del Hijo del Hombre tres las de los
ángeles, Y una la de Dios.
Por eso yo solamente os enseño las leyes que podéis comprender,
para que os convirtáis en hombres y sigáis las siete leyes del
Hijo del Hombre. Entonces os revelarán también los ángeles sus
leyes, para que el Espíritu Santo de Dios descienda sobre
vosotros y os guíe hacia su ley”.
Y todos estaban asombrados de su sabiduría, y le pedían:
“continúa Maestro, y enséñanos todas las leyes que podemos
recibir”.
Y
Jesús
continuó: “Dios ordenó a vuestros antepasados: ‘No matarás’.
Pero su corazón estaba endurecido y mataron. Entonces Moisés
deseó que por lo menos no matasen hombres, y les permitió matar
a los animales. Y entonces el corazón de vuestros antepasados se
endureció más aun, y mataron a hombres y animales por igual.
Mas yo os digo: No matéis ni a
hombres ni a animales, ni siquiera el alimento que llevéis a
vuestra boca. Pues si coméis alimento vivo, él mismo os
vivificará; pero si matáis vuestro alimento, la comida muerta os
matará también.
Pues la vida viene solo de la vida, y de la muerte viene siempre
la muerte. Porque todo cuanto mata vuestros alimentos, mata
también a vuestros cuerpos. Y todo cuanto mata vuestros cuerpos
también mata vuestras almas. Y vuestros cuerpos se convierten en
lo que son vuestros alimentos, igual que vuestros espíritus se
convierten en lo que son vuestros pensamientos. Por tanto, no
comáis nada que el fuego, el hielo o el agua haya destruido.
Pues los alimentos quemados, helados o descompuestos quemarán,
helarán y corromperán también vuestro cuerpo. No seáis como el
loco agricultor que sembró en su campo semilla cocinadas,
heladas y descompuestas. Y llegó el otoño y sus campos no dieron
nada. Y grande fue su aflicción. Sino sed como aquel agricultor
que sembró en su campo semilla viva, y cuyo campo dio espigas
vivas de trigo, pagándole el céntuplo por las semillas que
plantó. Pues en verdad os digo, vivid solo del fuego de la vida,
y no preparéis vuestros alimentos con el fuego de la muerte, que
mata vuestros alimentos, vuestros cuerpos y también vuestras
almas.
“Maestro, ¿dónde se halla el fuego de la vida?”, preguntaron
algunos de ellos.
“En vosotros, en vuestra sangre y en vuestros cuerpos”.
“¿Y el fuego de la muerte?”, preguntaron otros.
“Es el fuego que arde fuera de vuestro cuerpo, que es más
caliente que vuestra sangre. Con ese fuego de muerte cocináis
vuestro alimento en vuestros hogares y en vuestros campos. En
verdad os digo que el mismo fuego destruye vuestro alimento y
vuestros cuerpos como el fuego de la maldad que destroza
vuestros pensamientos y destroza vuestros espíritus. Pues
vuestro cuerpo es lo que coméis, y vuestro espíritu es lo que
pensáis. No comáis nada, por tanto, que haya matado un fuego más
fuerte que el fuego de la vida. Preparad, pues, y comed todas
las frutas de los árboles, todas las hierbas de los campos y
toda leche de los animales buena para comer. Pues todas estas
cosas la ha nutrido y madurado el fuego de la vida, todas son
dones de los ángeles de nuestra Madre Terrenal. Mas no comáis
nada a lo que solo el fuego de la muerte haya dado sabor, pues
tal es de Satán”.
“¿Cómo deberíamos cocer sin fuego el pan nuestro de cada día,
Maestro?”, preguntaron algunos con desconcierto.
“Dejad que los ángeles de Dios preparen vuestro pan. Humedeced
vuestro trigo para que el ángel del agua lo penetre. Ponedlo
entonces al aire, para que el ángel del aire lo abrace también.
Y dejadlo de la mañana a la tarde bajo el sol, para que el ángel
de la luz del sol descienda sobre él. Y la bendición de los tres
ángeles hará pronto que el germen de la vida brote en vuestro
trigo. Moled entonces vuestro grano y haced finas obleas, como
hicieron vuestros antepasados cuando partieron de Egipto, la
morada de la esclavitud. Ponedlas de nuevo bajo el sol en cuanto
aparezca y, cuando se halle en lo más alto de los cielos, dadle
la vuelta para que el ángel de la luz del sol las abrace también
por el otro lado, y dejadla así hasta que el sol se ponga. Pues
los ángeles del agua, del aire y de la luz del sol alimentaron y
maduraron el trigo en el campo, y ellos deben igualmente
preparar también vuestro pan. Y el mismo sol que, con el fuego
de la vida, hizo que el trigo creciese y madurase, debe cocer
vuestro pan con el mismo fuego. Pues el fuego del sol da vida al
trigo, al pan y al cuerpo. Pero el fuego de la muerte mata el
trigo, el pan y el cuerpo. Y los ángeles vivos del Dios Vivo
solamente sirven a los hombres vivos. Pues Dios es el dios de lo
vivo y no el Dios de lo muerto.
Comed, pues, siempre de la mesa de Dios: los frutos de los
árboles, el grano y las hierbas del campo, la leche de los
animales, y la miel de las abejas. Pues todo más allá de esto es
de Satán y por los caminos del pecado y la enfermedad conduce
hacia la muerte. Mientras que los alimentos que coméis de la
abundante mesa de Dios dan fortaleza y juventud a vuestro
cuerpo, y nunca conoceréis la enfermedad. Pues la mesa de Dios
alimentó a Matusalén, el viejo, y en verdad os digo que si vivís
igual como él vivió, también el Dios de lo vivo os dará una
larga vida sobre la tierra como la suya.
Pues en verdad os digo que el Dios de lo vivo es más rico que
todos los ricos de la tierra y su abundante mesa es más rica que
la más rica de las mesas de festín de todos los ricos de la
tierra. Comed, pues, durante toda vuestra vida en la mesa de
nuestra Madre Terrenal, y nunca conoceréis la necesidad. Y
cuando comáis en su mesa, comedlo todo tal como se halle en la
mesa de la Madre Terrenal. No cocinéis ni mezcléis todas las
cosas unas con otras, o vuestros intestinos se convertirán en
ciénagas humeantes. Pues en verdad os digo que esto es
abominable a los ojos del Señor.
Y no seáis como el sirviente avaricioso que comía siempre de la
mesa de su señor la ración de otros. Y todo lo devoraba y lo
mezclaba en su glotonería. Y viendo aquello, su señor se
encolerizó con él y le expulsó de la mesa. Y cuando todos
acabaron su comida, mezcló cuanto quedó en la mesa y llamó al
glotón sirviente, y le dijo: ‘Toma y come esto junto a los
cerdos, pues tu lugar está entre ellos, y no en mi mesa’:
Tenedlo en cuenta por tanto, y no profanéis con todo tipo de
abominaciones el templo de vuestros cuerpos. Contentaos con dos
o tres tipos de alimento, que siempre hallaréis en la mesa de
nuestra Madre Terrenal. Y no deseéis devorar todo cuanto veáis
en rededor vuestro. Pues en verdad os digo que si mezcláis en
vuestro cuerpo todo tipo de alimentos, entonces cesará la paz en
vuestro cuerpo y se desatará en vosotros una guerra
interminable. Y se aniquilará vuestro cuerpo como los hogares y
los reinos que divididos entre sí aseguran su propia
destrucción. Pues vuestro Dios es el Dios de la paz, y nunca
ayuda a la división. No levantéis, pues, contra vosotros la
cólera de Dios, para que no vaya a expulsaron de su mesa y os
veáis obligados a ir a la mesa de Satán, donde el fuego de los
pecados, de las enfermedades y de la muerte corromperá vuestros
cuerpos.
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Y cuando comáis, no comáis hasta no poder más. Huid de las
tentaciones de Satán y escuchad la voz de los ángeles de Dios.
Pues Satán y su poder os tentarán siempre a que comáis más y
más. Pero vivid por el espíritu y resistid los deseos del
cuerpo. Y que vuestro ayuno complazca siempre a los ángeles de
Dios. Así que tomad cuenta de cuanto hayáis comido cuando os
sintáis saciados y comed siempre menos de una tercera parte de
ello.
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http://www.santmat-meditation.net/2/castellano/santmat/santmat.html
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