A
nivel físico del hombre, este juego de fuerzas se manifiesta como
sexualidad. Mediante ella, el hombre está unido en su totalidad con
el perpetuo acto de la creación de la vida, y el éxtasis que puede
experimentar en ella refleja la bendición de la creación.
Las
fuerzas del yin y el yang se manifiestan en todo el universo como
polaridad. Para poder existir, todo tiene un polo opuesto. Cada uno
de los polos sólo existe por el otro polo; si desaparece una
polaridad, tampoco existe la otra. Esta regla fundamental puede
aplicarse a todo. Por ejemplo, sólo podemos espirar si también
inspiramos; si dejamos uno de ellos, también se nos priva de lo
otro; lo interior condiciona lo exterior; el día condiciona la
noche; la luz condiciona la sombra; el nacimiento, la muerte; la
mujer, el hombre, etc., siendo en todos los casos ambas polaridades
mutuamente intercambiables. Cada polo necesita complementarse con un
opuesto.
El
yin y el yang simbolizan de forma muy intuitiva el movimiento
rítmico de toda la vida. El yin representa una cara de la totalidad,
la femenina, extensiva, intuitiva, pasiva e inconsciente; el yang la
masculina, concentradora, intelectual, activa y consciente. Sin
embargo, aquí no se incluye ninguna valoración en el sentido de
«tener más valor que el otro».


El equilibrio existente en el universo que nos rodea es
el resultado de las relaciones entre las parejas contrarias. Como en
este universo todo se encuentra en un perpetuo flujo de movimiento,
tanto el yin como el yang están ya presentes en forma latente en el
correspondiente polo opuesto. Esto se simboliza mediante el punto
blanco dentro del yin oscuro, y por el punto oscuro dentro del yang
blanco. Cada uno de ambos polos oculta en sí mismo en forma de
semilla el polo opuesto, y sólo es una cuestión de tiempo cuándo una
de las polaridades se transformará en la otra correspondiente. En
algunos ámbitos, esta inversión se consuma en fracciones de segundo,
como, por ejemplo, en el plano atómico. En el ser humano, este
cambio de polaridad, de masculino a femenino, o viceversa, sólo es
posible a través de diversas encarnaciones. El día y la noche
necesitan en promedio doce horas para efectuar un cambio semejante,
y la inspiración y espiración sólo unos segundos.
Inversión de las
polaridades
Todas
las cosas vienen y van, se mueven y cambian debido al intercambio y
a la interacción de estas dos fuerzas fundamentales del universo.
Pero solo ambos ciclos dan como resultado la unidad completa.
También el amor y la sexualidad obtienen su fundamento por esta ley
regular. Dos polos pugnan por fusionarse en la unidad, se atraen al
igual que se atraen mutuamente entre sí los diferentes polos de un
imán. Si se produce una unión de las fuerzas contrarias, se
intercambian entre sí. La mujer y el hombre tienen polarización
contraria en todos sus rasgos fundamentales. Esta diferente
polarización también existe en el plano energético. En dondequiera
que el hombre presenta un polo positivo, la mujer está dotada con un
polo negativo, y viceversa. Como ya se ha explicado en el capítulo
de introducción, este fenómeno también se produce en el sentido de
giro de los chakras (en la homosexualidad, por ejemplo, se presenta
una polarización energética opuesta a la norma). Así, entre la mujer
y el hombre existe una atracción y una complementación en todos los
planos representados por los chakras, que pueden conducir a una
fusión intima completa. Para alcanzarla, sin embargo, los chakras
deben estar lo más libres posible de bloqueos. En la unión sexual,
el flujo energético a lo largo del canal principal, del Sushumna, se
excita e intensifica fuertemente. El flujo energético del segundo
chakra aumenta enormemente y, cuando no existen bloqueos en el
sistema de chakras, éste sobrante de energía carga todos los demás
chakras. Aquí la energía sexual, que representa una forma
determinada de prana, se transforma en las frecuencias de los
chakras restantes. A partir de los chakras, y a través de los nadis,
irradia en el cuerpo físico y hacia el cuerpo energético, y los
llena de fuerza vital multiplicada. En el clímax de esta unión se
produce una violenta descarga mutua de energía a través de los siete
chakras y una fusión en todos los planos, representados por los
chakras. Ambos miembros de la pareja se sienten vivificados hasta lo
más profundo de su ser y al mismo tiempo totalmente relajados;
sienten una unión íntima y un amor que va más allá de la voluntad
personal de poseer. La relación de pareja se consuma sin depender ya
de las cosas exteriores.
Una
unión sexual tan satisfactoria sólo puede vivirse en esta dimensión
cuando los componentes de la pareja se entregan mutuamente por
completo y se liberan de toda angustia que podría obstaculizar el
libre flujo en el sistema energético. Basta con que un único chakra
esté bloqueado en uno de los componentes de la pareja para que la
unión no pueda experimentarse en toda su completitud. El chakra
bloqueado provoca, además, una alteración del flujo energético del
mismo chakra en el compañero.
La
mayoría de las personas sólo viven la sexualidad a través del
segundo chakra. En el hombre, asimismo, la energía del chakra
radical desempeña un papel dominante como fuerza instintiva física.
Sin embargo, si la sexualidad queda limitada al chakra inferior, se
convierte en una vivencia en general bastante unilateral, de la que
ambos compañeros salen básicamente debilitados e insatisfechos, y
tienen la tendencia a separarse rápidamente y seguir por su cuenta.
Es como si, en un instrumento de cuerda, sólo se trastearan dos
cuerdas, pero nunca se consiguiera sacar toda la gama de sonidos
completa. Desde el punto de vista energético, en una práctica sexual
limitada de esta forma se consume efectivamente mucha energía,
puesto que se extraen energías de otros chakras y se transforman en
energía sexual, para después irradiarla a través del segundo chakra.
Las energías se ven imposibilitadas de tomar su camino natural hacia
arriba e introducirse simultáneamente en los siete chakras para
llenarlos con energía vital adicional.
El
camino más natural para disolver los bloqueos que impiden una unión
sexual perfecta en todos los planos en un intercambio de energías
del chakra del corazón. Cuando ambos compañeros de la pareja
irradian el amor de su corazón libremente y sin miedos, se armoniza
a ojos vistas su propio sistema energético, al igual que el de la
otra persona. Los bloqueos provocados por la angustia se disuelven,
y es posible un intercambio en los planos de los siete chakras.
Aquí
estriba la razón más profunda de por qué la unión sexual se
experimenta como muy satisfactoria cuando, además de la atracción
física, existe un sentimiento de profundo amor entre los compañeros
de la pareja. Se activan las frecuencias superiores y la sexualidad
se eleva más allá del estar juntos meramente corporal, hasta
convertirse en una unión espiritual.
Éste
es el arte del tantra, enseñado y practicado desde hace milenios.
Aquí se llega a una vivencia orgásmica ampliamente violenta que, en
general, se considera posible. Una experiencia semejante nos lleva
de hecho a zonas de otra dimensión de vivencia y sentimiento.
Súbitamente somos conscientes de que las energías sexuales no están
encerradas en nuestros genitales. Existen en cada una de nuestras
células, al igual que el juego de las fuerzas femeninas y masculinas
existe en todas las formas de manifestación de la creación.

El Juego de la
vida, dualidad y unidad
