En Suiza se hace la confirmación
a los trece años y os dan un versículo para que os acompañe
en la vida. Como
nosotros éramos
trillizos hubo que encontrar uno que nos conviniese a los tres,
y se pusieron de acuerdo sobre el que
hemos
mencionado. A
mi
me dieron la palabra
amor. Por ello yo
quisiera hablaros del amor.
Para mi amor
quiere decir vida y muerte,
pues las dos son una misma
cosa."
Nací como una niña
"no deseada". No porque mis
padres no quisieran tener hijos, por el contrario, deseaban una
niña, pero una niña bien robusta de unos cinco kilos. No
esperaban tener trillizos. Y cuando aparecí yo, pesaba alrededor
de un
kilogramo y era
muy fea. No tenia
nada de pelo y fui seguramente
para ellos una gran decepción, Quince
minutos
después nació el segundo niño y veinte
minutos
después el tercero, que pesaba casi tres kilos. En ese
momento
nuestros padres se sintieron felices, aunque quizás hubieran
preferido devolver a dos de nosotros.
Yo creo que nada en la vida se debe al azar y así ocurrió con
las circunstancias
de mi nacimiento.
Me proporcionaron el sentimiento
de que incluso una "nada" de
menos de un kilo debía probar con todas sus fuerzas que
tenia derecho a vivir.
Tuve que trabajar muy
duramente, como
lo hacen los ciegos, que se creen obligados a aplicarse diez
veces mas de lo
ordinario para no perder su empleo.
Al final
de la segunda guerra mundial
yo era adolescente y sentía en
mi una gran necesidad
de hacer algo por este mundo
tan perturbado por la guerra. Me jure a
mi
misma
que al final
de la guerra iría a Polonia para participar en los primeros
auxilios y colaborar en la atención a los
mas necesitados.
Mantuve mi promesa
y yo creo que eso fue el principio
de mi ulterior
trabajo que debía tratar sobre el
morir y la
muerte.

Yo misma
visite los campos de
concentración y vi con mis
propios ojos vagones repletos de zapatos de niños, así como
otros llenos de cabello humano
que había pertenecido a las víctimas
del campo de exterminio
nazi. Se transportaba ese cabello a Alemania
para confeccionar almohadas.
No se puede seguir siendo la
misma
persona después de haber visto con los propios ojos los hornos
crematorios y haber
olido con la propia nariz los campos
de concentración, sobre todo siendo entonces tan joven, como
era
mi caso, porque lo
que se veía allí con toda claridad era la inhumanidad
reflejada en
todos nosotros.
Cada uno de los que estamos
en esta sala puede convertirse en un
monstruo nazi, pero
de igual manera cada
uno tiene la oportunidad de llegar a ser la Madre Teresa de
Calcuta. Comprenderéis
el significado de esto, y a quien aludo. Es una de
mis
santas
que en la India recoge por la calle niños y adultos
moribundos y hambrientos.
Es un ser maravilloso,
me gustaría
mucho que tuvieseis
ocasión de conocerla.
Antes de ir a América,
yo practicaba la medicina
en Suiza y me sentía
muy feliz. De hecho,
yo había preparado mi
vida para ir a la India con el fin de trabajar como
medico
-como lo hizo Albert
Schweitzer en África-, pero dos
meses antes de partir
se me informo
que el proyecto había fracasado y en lugar de la jungla india yo
desembarcaba en la
jungla neoyorquina, después de haberme
casado con un americano
que me llevo allí,
donde menos ganas
tenia de vivir. Esto tampoco
fue una casualidad.
No fue el azar.
Es fácil cambiarse de
casa en una ciudad que a uno 1e gusta, pero irse a vivir a una
ciudad que no nos atrae en absoluto, es una prueba a la que os
sometéis para
verificar que sois capaces de realizar el objetivo fijado para
la propia vida.
Encontré un trabajo de medico
en el Manhattan State Hospital, que también
es
un sitio horrible. En aquella época yo no sabia gran cosa de
psiquiatría y me
sentía muy sola,
miserable
y desgraciada. Además
yo no quería hacer desgraciado a
mi
marido, así que
me dedique completamente
a mis
enfermos y
me identifique con su
soledad, su desgracia y su desesperación.
Poco a poco ellos empezaron
a confiar en mi y a
comunicarme
sus sentimientos,
y de pronto comprendí
que no estaba sola con mis
miserias.
Durante dos años lo único que hice fue vivir y trabajar con
estos enfermos. Para
compartir su soledad
celebraba
con ellos todas sus fiestas, ya fueran Yon Kippour, Navidad,
Hannukkan o Pascua. Como
os decía, sabia poco de psiquiatría, y particularmente
de psiquiatría
teórica, que en mi
posición tenia que conocer.
A causa de mis
insuficientes conocimientos
lingüísticos, tenia dificultades para comunicarme
con mis
enfermos, pero nos amábamos
mucho. Sí verdaderamente,
nos amábamos
mucho. Al cabo de dos
años el noventa y cuatro por ciento de esos enfermos
pudieron abandonar el hospital y defenderse en Nueva York, y
desde entonces muchos
de ellos trabajan y asumen
todas sus responsabilidades. Debo deciros que todos estaban
condenados como
“esquizofrénicos irrecuperables”.
Intento explicaros que el saber es útil, sin duda, pero que el
conocimiento solo
no ayudara a nadie. Si no utilizáis, además
de la cabeza, vuestro corazón y vuestra alma,
no ayudareis a nadie. Fueron estos enfermos
mentales al principio
sin esperanza, los que me
enseñaron esta verdad. En el transcurso de
mi trabajo con ellos
(ya fueran esquizofrénicos crónicos o niños
minusvalidos
mentales, o
moribundos) descubrí
que
cada uno tiene una finalidad propia. Cada uno de estos enfermos
puede no solamente
aprender y recibir vuestra ayuda, sino llegar a convertirse además
en vuestro maestro.
Esto también es
verdad, tanto en los niños minusvalidos
mentales aunque no
tengan más que seis
meses, como
en el de los esquizofrénicos profundos, que a primera
vista tienen
un comportamiento
animal. Pero los
mayores
maestros de este
mundo son los
moribundos.
Si uno se toma el tiempo
de sentarse junto a la cabecera de la cama
de los moribundos,
ellos son los que nos informan
sobre las etapas del morir.
Nos muestran de que
modo pasan por los
estados de cólera, de desesperación, del “por que justamente
yo?” y también
la forma en que
acusan a Dios, rechazándolo incluso durante un tiempo.Luego
comercian con El y
caen seguidamente en
las peores depresiones. Pero si a lo
largo de estas fases están acompañados
por un ser que les ama,
pueden llegar al estado
de aceptación.
Todo esto no tiene aun nada que ver con las fases del
morir propiamente
dicho. Nosotros las llamamos
fases del morir
porque carecemos de
una mejor denominación.
Mucha gente vive fases similares
en el momento
en que un amigo o amiga
los abandona
o al perder un empleo
o si tienen que abandonar la casa en la que vivieron durante
cincuenta años para ir a un asilo, o algunas veces, incluso, al
perder un animalito
domestico o simplemente
una lentilla de contacto. En
mi opinión, el sentido del sufrimiento
es este: todo sufrimiento
genera crecimiento.
La mayoría de la
gente considera sus condiciones de vida como
difíciles y sus pruebas y sus tormentos
como una
maldición, un castigo
de Dios, algo negativo. Si pudiéramos
comprender que nada
de lo que nos ocurre es negativo, y subrayo:
¡absolutamente
nada!... Todos los sufrimientos
y pruebas, incluso las perdidas
mas importantes,
así como todos los
acontecimientos
ante los que decimos:
“Si lo hubiese sabido antes no lo habría podido soportar”, son
siempre regalos. Ser
infeliz y sufrir es como
forjar el hierro candente, es la ocasión que nos es dada para
crecer y la única
razón de nuestra existencia.
No se puede crecer psíquicamente
estando sentado en un jardín donde os sirven una suculenta cena
en una bandeja de plata, sino que se crece cuando se esta enfermo,
o cuando hay que hacer frente a una perdida dolorosa. Se crece
si no se esconde la cabeza
en la arena sino que se acepta el sufrimiento
intentando comprenderlo,
no como una
maldición o un
castigo sino como un
regalo hecho con un fin determinado.
Quisiera citaros un ejemplo
clínico. En uno de mis
grupos de trabajo, que duran una semana,
y en los que todos los participantes viven juntos, había una
mujer joven.
No había perdido a su hijo, pero había tenido que enfrentarse a
varias “pequeñas muertes”,
como nosotros las llamamos.
Cuando dio a luz a su segundo hijo, una niña
muy esperada, se le
informo de forma
muy inhumana
que la criatura tenia un severo retraso y que nunca seria capaz
de reconocerla como a
su madre. Apenas
había tenido tiempo
de darse cuenta de lo que
para ella suponía esta prueba,. cuando fue abandonada por su
esposo.
Se encontró por lo tanto sola, con dos niños que dependían de
ella y sin ingresos económicos
ni asistencia.
Al principio su actitud fue negativa. Negaba todo enérgicamente.
No pronunciaba ni siquiera las palabras “enfermo
mental”. Después su
cólera se volvió contra Dios. Lo
maldijo, negó su
existencia hasta llegar a insultarlo. Después intento
negociar con El, haciéndole promesas.
“Si por lo menos
mi niña pudiera
aprender algo,
si al menos pudiera
reconocer a su madre”...
Finalmente reconoció
un significado profundo en el hecho de haber tenido esta hija.
Ahora me gustaría
contaros como logró
solucionar su problema.
Comenzó comprendiendo
que nada de lo que nos ocurre es debido a la casualidad. Miraba
a su hija con mas
frecuencia para intentar encontrar el sentido de
esta vida tan miserable
sobre la tierra, y encontró la solución del enigma.
Me gustaría leeros un poema
que escribió y que explica como
encontró la respuesta. Ella no es
poeta, pero este es un poema
muy conmovedor
en el que se identifica con su niña, que habla con su
madrina, y por eso lo
ha titulado:
PARA MI MADRINA
¿Que
es una madrina?
Yo se que tu eres algo especial. Durante
meses esperaste
mi llegada,
estabas presente y me
viste cuando solo tenia unos
minutos, Me cambiaste
los panales cuando tenia solo unos días Imaginabas
en sueños como seria
tu primera ahijada,
Seria algo tan especial como
tu hermana.
Con tu pensamiento,
ya me acompañabas
a la escuela, a la universidad y al altar
¿Que
seria yo?
¿Seria un honor para
los míos?
Pero Dios tenia otros proyectos para
mi.
Yo no soy mas que yo
misma.
Nadie dijo que yo tendría que ser algo precioso. Algo no
funciona en mi
cabeza.
Seré por siempre un
hijo de Dios.
Soy feliz. Amo a todo
el mundo y todos
me aman
No puedo decir muchas
palabras.
Pero puedo hacerme
entender y comprender
el afecto, el calor, la ternura, el amor.
En mi vida hay seres
particulares.
A veces estoy sentada y sonrío y a veces lloro. Quisiera saber
por que...
¿Que
mas puedo pedir?
Claro está que nunca iré a la universidad y que nunca
me casare. Pero no
estés triste, Dios me
ha hecho muy
especial.
No puedo hacer el mal,
yo no puedo mas que amar.
¿recuerdas
cuando fui bautizada?
Me tenias en brazos y esperabas que no gritara, ¡y que no
me cayera de tus
brazos! Nada de eso ocurrió y fue un día
muy feliz.
¿Por
eso fuiste mi
madrina?
Sé que eres tierna y cálida, que
me amas,
y que en tus ojos
hay algo muy
particular. Veo esta mirada
y siento este amor en
otros. Debo de ser especial para tener tantas
madres.
A los ojos del mundo
nunca tender éxito,
Pero te aseguro algo que poca gente puede hacer
puesto que no conozco mas
que amor, bondad e
inocencia, la eternidad nos pertenecerá,
madrina
mía.
Esta es la misma
madre que unos
meses antes estaba
dispuesta a que su niña resbalara hacia la piscina, esperando
que se cayera y se ahogara mientras
ella estuviese ocupada en la cocina. Espero que os deis cuenta
de la transformación
de esta mujer Esto
les ocurre a los que están dispuestos a
mirar
las cosas que les suceden desde el otro lado
de la medalla. Nada
tiene un solo aspecto. Aunque alguien este gravemente
enfermo, aunque sufra
y no tenga a nadie a quien confiarse, aunque la
muerte venga a
buscarlo a
la mitad de la vida y
no haya comenzado
todavía a vivir de veras, aun así es preciso que
mire
el lado opuesto de la medalla.
De pronto se llega a formar
parte de esas pocas personas que pueden echar por la
borda todo lo superfluo, y dirigirse a alguien
diciéndole: “Te amo”,
pues saben que no les queda
mucho tiempo
de vida. Se puede al fin hacer cosas que verdaderamente
se
tiene deseos de hacer. Muchos de entre vosotros no hacen el
trabajo que en su fuero interno habrían querido realizar.
Deberíais volver a casa y empezar
otra cosa,
¿comprendéis
lo que os quiero decir?
Nadie debería vivir en función de lo que los otros han
dicho que hay que hacer. Esto es como
si se obligase a un adolescente a emprender
un oficio que no le conviene. Si se escucha la voz interior y el
propio saber interno, que con relación a uno
mismo
es el mas importante,
entonces uno no se engañara y sabrá lo que debe hacer con su
vida. En este contexto el factor tiempo
no tiene ninguna importancia.
Después de haber trabajado con
moribundos durante
muchos años y tras
haber aprendido al lado de ellos lo que es esencial en la vida,
ya que hablan de sus arrepentimientos,
de sus disgustos, justo antes de
morir, cuando todo
parece demasiado
tarde, comencé a
reflexionar sobre que es la
muerte.
En mis
cursos, el testimonio
ofrecido por la señora Schwarz fue el primero
que conocimos de una
experiencia extracorporal experimentada
por alguno de nuestros enfermos.
Actualmente, en 1977
ya disponemos de
centenares de testimonios
parecidos, redactados en California, en Australia o en otros
lugares. Todos tienen un denominador
común, y es que las
personas en cuestión abandonaron su cuerpo físico con toda
conciencia. Esta muerte,
de la que los científicos quieren convencernos, no existe en
realidad. La muerte
no es mas que el
abandono del cuerpo físico, de la
misma
manera
que la mariposa deja
su capullo de seda. La muerte
es el paso a un nuevo estado de conciencia en el que se continua
experimentando,
viendo, oyendo, comprendiendo,
siendo, y en el que se tiene la posibilidad de continuar
creciendo. La única cosa que
perdemos en esta
transformación es
nuestro cuerpo físico, pues ya no lo necesitamos.
Es como si se
acercase la primavera,
guardamos nuestro
abrigo de invierno sabiendo que
ya esta demasiado
usado y no nos lo pondremos
de todas maneras. La
muerte no es otra
cosa.
Ninguno de mis
enfermos que haya
vivido una experiencia del umbral
de la muerte, ha
tenido a continuación miedo
a morir, y quisiera
subrayarlo, ¡ni siquiera uno solo de ellos!
Muchos de estos enfermos
nos han contado también
que, además de la
paz, de la calma y de
la certeza de percibir sin ser percibidos, habían tenido la impresión
de integridad física; por ejemplo,
alguien que había perdido una pierna a consecuencia de
un accidente de automóvil,
la vio separada, en el suelo, y a la vez tuvo la impresión
de conservar las dos piernas después de haber abandonado su
cuerpo.
Una de nuestras enfermas
se volvió ciega a consecuencia de una explosión en un
laboratorio. Inmediatamente
después se encontró en el exterior de su cuerpo pudiendo
ver de nuevo. Miraba las consecuencias de este accidente y
describió más tarde
lo que ocurría cuando la gente llegaba al lugar. Cuando los
médicos consiguieron
hacerla
volver a la vida, se había quedado completamente
ciega. Esta es la explicación de por que
muchos de los
moribundos luchan
contra nuestras tentativas de volverlos a la vida,
cuando ellos se encuentran en un lugar
mucho
mas
maravilloso,
mas bello y
más perfecto.
A propósito, los momentos
que me han parecido
mas impresionantes
han sido
los que se relacionan con mi
trabajo con niños moribundos.
No hace mucho tiempo
que me vengo
dedicando a este aspecto de
mis tareas.
Actualmente casi
todos mis
enfermos son niños.
Yo los llevo a sus casas para que puedan
morir. Preparo a sus
padres, a sus
hermanos y hermanas.
Los niños temen estar
solos en el momento
de la muerte, tienen
miedo
de que no haya nadie junto a ellos. En el acontecimiento
espiritual del pasaje no
se esta solo, como tampoco
estamos solos en la
vida cotidiana, pero esto no lo sabemos.
Por tanto, en el momento
de la transformación,
nuestros guías espirituales, nuestros ángeles de la guarda y los
seres queridos que se fueron antes que nosotros, estarán cerca
de nosotros y nos ayudaran. Esto nos ha sido confirmado
siempre, así que ya
no dudamos nunca de
este hecho. ¡Notad bien que hago esta afirmación
como hecho
científico! Siempre
hay alguien para ayudarnos cuando nos transformamos.
Generalmente son los
padres o madres que
nos han “precedido”, los abuelos o abuelas o incluso un niño que
haya partido antes que nosotros, y frecuentemente
llegamos incluso
a encontrar a personas que ignorábamos
estuviesen ya del “otro lado”...
Tenemos el caso de
una chiquilla de doce años que no quería hablar con su
madre
de su experiencia maravillosa,
puesto que ninguna madre
quiere oír que uno de
sus hijos se haya sentido mejor
en otro lugar que no sea su casa, y esto es comprensible.
La experiencia de la niña era tan extraordinaria que tuvo la
necesidad de contársela a alguien y entonces le confío a su
padre lo que había vivido en el
momento
de su
“muerte”. Fueron
acontecimientos
tan maravillosos que
no quería volver. Independientemente
del esplendor magnifico
y de la luminosidad
extraordinaria que han sido descritos
por la mayoría de los
sobrevivientes, lo que este caso tiene de particular es que su
hermano estaba a su
lado y la había abrazado con amor
y ternura.
Después de haber contado todo esto a su padre añadió: “Lo único
que no comprendo de
todo esto es que en realidad yo no tengo un hermano”.
Su padre se puso a llorar y le contó que, en efecto, ella había
tenido un hermano del
que nadie 1e había hablado hasta ahora, que había
muerto tres
meses antes de su
nacimiento.
Comprendéis por que
os cito un ejemplo como
este? Porque
mucha gente tiene
tendencia a decir: “Claro, no se había
muerto aun y en el
momento
de la muerte, naturalmente,
se piensa en los que se ama
y se los imagina uno
físicamente”.
Pero esta niña de doce años no había podido representarse a su
hermano.
Yo siempre pregunto a
todos mis
niños moribundos a
quien desearían ver, a quien les gustaría tener cerca de ellos.
Claro está que mi
pregunta se refiere siempre
a
una presencia terrestre (muchos
de mis
enfermos no son
creyentes y yo no podría hablar con ellos de una presencia
después de la muerte.
Se sobreentiende que no impongo
a
nadie mis
convicciones). Les pregunto pues a
mis
niños a quien les gustaría tener cerca
si tuvieran que elegir a una persona. El noventa por ciento se
deciden por “mama”
o
“papa". Con los niños negros es diferente, ellos prefieren a
menudo a una de sus
tías o abuelas, pues las ven
mas frecuentemente
y las quieren mas.
Aquí solo se trata de diferencias culturales. Ninguno de los
niños que optaron por “papa” o “mama”
contó, tras una de estas experiencias del umbral
de la muerte, haber
visto a ninguno de sus padres, a
menos que uno de
ellos hubiese muerto
antes.
Mucha gente podría decir otra vez: “Se trata de una proyección
del pensamiento
engendrada por un deseo. Como
los que mueren están
solos, se sienten abandonados y tienen
miedo,
es por eso que imaginan
a alguien a quien amar”.
Si esta afirmación
fuera cierta, el noventa y nueve por ciento de
mis
niños de cinco, seis o siete años deberían
vera su padre o a su madre.
Hemos consignado los
casos a lo largo de los años, yninguno de ellos ha dicho, en el
caso de su muerte
aparente, que había visto a su padre o
a su madre, puesto
que éstos vivían aun.
Sobre la cuestión de saber a quien se ve en una
muerte aparente, dos
condiciones
se manifiestan con un
denominador común:
primera, que la
persona percibida debía de haber “partido” antes, aunque solo
fuera unos minutos
antes y segunda, que debía de haber existido un lazo de amor
real entre ellos.
Pero aun no os he contado el caso de la señora Schwarz. Murió
dos semanas después
de que su hijo terminara
la escuela. Yo la hubiera olvidado sin duda como
una mas de
mis
numerosos pacientes
si ella no hubiera regresado y
me hubiese visitado.
Aproximadamente
diez meses después de
su entierro yo estaba furiosa, una vez
mas. Mi seminario
sobre el morir y la
muerte estaba a punto
de hacer agua. Debía renunciar a la colaboración del pastor con
el que trabajaba y al que quería
mucho. Mientras, el
nuevo pastor buscaba influir en el publico recurriendo a los
medios de comunicación.
Estabamos pues
obligados a hablar cada semana
de las mismas
cosas,
pues mi seminario
entretanto se había convertido en un acontecimiento.
Yo no tenia ningunas ganas de continuar participando. Sentía la
situación como una
especie de tentativa de querer prolongar una vida que no vale la
pena de ser vivida. Yo no podía ser yo
misma.
No veía otra salida para alejarme
de ese trabajo que la de dejar la universidad. La decisión era
difícil pues amaba
mi trabajo, pero no
llevado a cabo de esa manera.
Tome a
mi pesar esta
decisión: “Abandonare la universidad hoy
mismo,
presentare mi dimisión
al final del seminario
sobre el morir y la
muerte”.
Después de cada seminario
el pastor y yo tomábamos
a la vez el ascensor y terminábamos
nuestra discusión sobre el trabajo cuando uno de los dos se
detenía. El problema
de este pastor es que oía mal,
lo que lo complicaba
todo. Entre la sala de conferencias y los ascensores le dije
tres veces que debía volver a los cursos, pero no
me
escuchaba y continuaba hablando de otra cosa. Yo estaba al borde
de la
desesperación, y cuando me
desespero me vuelvo
muy activa. Antes de
que el ascensor
se detuviese lo cogí por el cuello, aunque el era gigantesco, y
le dije: “Quédese ahí. He tomado
una decisión muy importante
de la que quisiera informarle”.
En ese momento
apareció una mujer
delante del ascensor. Sin querer, yo 1a
miraba
fijamente. No puedo
describirla, pero os podéis imaginar
como se siente uno
cuando se encuentra con alguien quien se conoce
mucho y de pronto no
se sabe quien
es. Le dije entonces al pastor: “Dios
mío,
¿quien es?
Yo conozco a esa mujer,
me
mira
y espera que usted tome
el ascensor para acercarse a
mí”. Estaba
tan preocupada por la
visión de esa mujer
que se me había
olvidado por completo
que seguía asiendo al pastor por el cuello. Con esa aparición
mi proyecto fue
desbaratado.
La mujer era
muy transparente,
pero no tanto como
para poder ver a través de
ella. Le pregunté una vez mas
al pastor si la conocía, pero no
me respondió. No
insistí y
lo ultimo que le dije
fue
más o
menos esto: “¡Vaya!
Iré a verla y le diré que por el
momento
no recuerdo su nombre”.
Estas fueron
mis
ultimas palabras
antes de que él partiera.
Desde el momento
en que subió al ascensor la
mujer se acerco a mi
y me dijo:
“Doctora Ross, yo debía volver.
¿Me permite
que la acompañe a su
despacho? No abusare
de su tiempo”. Dijo
algo mas o
menos parecido, y como
aparentemente sabía
donde estaba mi
despacho y conocía mi
nombre
me sentí aliviada al
no tener que
admitir que yo no
recordaba el suyo. Sin embargo,
fue el camino
mas largo de
mi vida. Yo soy
psiquiatra y trabajo desde hace
mucho tiempo
con enfermos
esquizofrénicos a
los que quiero mucho.
Cuando me cuentan
alucinaciones visuales les contesto siempre:
“Si, ya lo se, ves una virgen en la pared pero yo no puedo
verla”. Y ahora yo me
digo a
mi
misma:
“Elizabeth, tu sabes que ves a esta
mujer y, sin embargo,
esto no puede ser verdad”. ¿Podéis
poneros en mi lugar?
Mientras caminaba
desde los ascensores hasta midespacho,
me seguía preguntando
si era posible lo que estaba viendo,
me decía a
mi
misma:
“Estoy demasiado
cansada y necesito vacaciones. Tengo que tocar a esta
mujer para saber si
está caliente o fría”. Fue el camino
mas increíble que yo
haya hecho nunca. Durante todo el tiempo
ni siquiera sabia por qué hacia todo esto ni quien era ella.
De hecho, incluso rechace el pensamiento
de que esta aparición pudiera ser la de la señora Schwarz, que
había sido enterrada hacia algunos
meses. Cuando juntas
alcanzamos la puerta
de mi despacho, ella
la bario como yo
fuera la invitada en mi
casa.
La abrió con una finura, una dulzura y un amor
irresistible y dijo: “Doctora Ross, yo debía venir por dos
razones. La primera,
para darle las gracias a usted y al pastor G.
(se trataba del maravilloso
pastor negro con el que me
entendía tan bien) por todo lo que hicieron por
mi,
pero la verdadera razón por la que debía volver es para decirle
que no
debe abandonar este trabajo sobre el
morir y la
muerte, por lo
menos, no por ahora”.
Yo la miraba,
pero no puedo ahora decir si en aquel
momento
pensaba realmente que
la señora Schwarz estaba delante de
mi,
sabiendo que había sido enterrada hacia
diez meses. Además
yo no creía que tales cosas fueran posibles.
Finalmente
me fui a
mi despacho. Toque
los objetos que conocía como
reales. Toque mi
escritorio, pase la mano
por la mesa, palpe la
silla. Todo estaba
concretamente
presente. Podréis imaginaros
que todo ese tiempo
yo esperaba que por aquella
mujer desapareciese. Pero no desaparecía sino que
me repetía insistente
pero amablemente
“Doctora Ross, ¿me
escucha? Su trabajo no ha terminado
todavía.
Nosotros la ayudaremos,
sabrá cuando podrá dejarlo, pero se lo ruego, no lo interrumpa
ahora. ¿Me lo promete?
Su trabajo no ha hecho
mas que comenzar”.
Durante ese tiempo yo
pensaba: “Dios mío,
nadie me creerá si
cuento lo que estoy viviendo ahora, ni siquiera
mis
mas íntimos
amigos”.
En aquella época, evidentemente,
yo no me imaginaba
que un ida podría hablar delante de centenares de personas. Por
fin la científica que hay en
mi termino
sobreponiéndose y astutamente
le dije: Ya sabrá usted que el pastor G. vive actualmente
en Urbana, puesto que ha vuelto a una parroquia”.
Y continúe casi inmediatamente:
“Seguramente estará
encantado de recibir una nota suya.
¿Ve
usted algún inconveniente?”.
Y le pase un lápiz y una hoja de papel.
Naturalmente, no
tenia ninguna intención de enviar esas líneas a
mi amigo,
pero necesitaba una prueba palpable, puesto que esta claro que
una persona enterrada no
puede escribir una carta. Esa
mujer, con una
sonrisa muy humana,
mejor dicho, no humana,
con una sonrisa llena de amor,
podía leer todos mis
pensamientos. Yo
sabia mejor que nunca
que se trataba de lectura de pensamiento.
Cogió el papel y escribió varias líneas. (Naturalmente,
las enmarcamos
y las guardamos como
un tesoro.) Después dijo, sin abrir la boca: “¿Esta
usted contenta?”. Yo
la miraba
fijamente y pensaba:
“No podré compartir
con nadie esta experiencia pero conservare esta hoja de papel”.
Después, preparándose para partir
me repitió: “Doctora
Ross, me lo promete,
¿verdad? Yo sabia que
me hablaba de la
continuación de mi
trabajo, y le respondí: “Sí, lo prometo”.
Desapareció. Guardamos
todavía sus líneas manuscritas.
Hace alrededor de un año y medio
se me informo
que mi trabajo
relacionado con los moribundos
había terminado
puesto que otros podrían continuarlo y que ese trabajo
no era la verdadera vocación para la que yo había venido a la
tierra. Mi trabajo sobre el
morir y la muerte
no seria para mí
mas que una prueba
para verificar si era capaz de imponerme
a pesar de las dificultades, la difamación,
la resistencia y muchas
cosas mas. Salí bien
de este examen y lo
aprobé. La segunda prueba consistía en verificar si la
gloria se me subiría
a la cabeza, pero no se me
subió, y también la
pasé.