Un tanto
sorprendida por el empeño de Salomón en buscarle tres pies al gato,
Sara empezó de nuevo.
-Muy bien. Quiero
volar porque andar por el suelo no es divertido y porque tardas
mucho en ir de un sintió a otro.
¡Ay, Sara! ¿Ves
como sigues hablando de lo que no deseas y el motivo de que no lo
desees? Vuelve a intentarlo.
-De acuerdo.
Quiero volar porque... No lo entiendo, Salomón. ¿Qué quieres que
diga?
Quiero que me
digas lo que deseas, Sara.
-¡QUIERO VOLAR!
-gritó Sara, enojada por la incapacidad de Salomón de comprenderla.
Bien, Sara. Ahora
dime por qué quieres volar. ¿Qué imaginas que significa volar? ¿Cómo
te sentirías? Explícamelo para que lo comprenda, Sara. Descríbeme lo
que se siente al volar. No quiero que me digas lo que sientes ahí
abajo, en tierra, ni lo que significa no volar. Quiero que me digas
lo que se siente al volar.
Sara cerró los
ojos, captando lo que quería decir Salomón, y respondió:
-Volar es
sentirse libre, Salomón. Es como flotar, pero más rápido.
¿Y qué verías si
volaras?
-Vería todo el
pueblo a mis pies. Vería la calle Mayor, los coches circulando y las
personas caminando. Vería el río. Vería mi escuela.
¿Qué se siente al
volar, Sara?
Descríbeme la sensación. Sara se detuvo con los ojos cerrados,
fingiendo que volaba sobre su pueblo.
-¡Sería
divertidísimo, Salomón! Volar debe de ser muy divertido. Surcaría el
aire a la velocidad del viento. Me sentiría libre. ¡Me sentiría
de fábula! -prosiguió Sara, absorta en la visión que imaginaba.
De pronto,
experimentando la misma sensación de poder que había intuido en las
alas de Salomón cuando le veía alzar el vuelo desde la cerca día
tras día, la niña sintió un potente impulso que la elevó por el aire
a una velocidad que la dejó sin aliento.
Durante unos
momentos tuvo la sensación de que su cuerpo pesaba una tonelada, e
inmediatamente después como si fuera ingrávido. Y luego se puso a
volar.
-¡Mírame,
Salomón!
-exclamó Sara
entusiasmada-o ¡Estoy volando! Salomón volaba junto a ella y ambos
surcaron el aire sobre el pueblo de Sara. El pueblo en el que había
nacido. El pueblo que conocía palmo a palmo. ¡El pueblo que en esos
momentos descubría desde una perspectiva que jamás había imaginado!
-¡Qué bien! ¡Esto
es genial, Salomón! ¡Me encanta volar!
Salomón sonrió de
gozo ante el extraordinario entusiasmo que demostraba Sara.
-¿Adónde vamos,
Salomón? Puedes ir adonde desees.
-¡Esto es
supergenial! -gritó Sara, observando su pequeño y apacible pueblo.
Jamás le había
parecido tan hermoso.
La niña había
contemplado su pueblo desde el aire en cierta ocasión, cuando su tío
la había llevado a ella y a su familia a dar un paseo en su
avioneta. Pero apenas había visto nada. Las ventanas de la avioneta
estaban muy altas y cada vez que se había puesto de rodillas para
acercar la cara a la ventana y mirar por ella, su padre le había
obligado a sentarse y abrocharse el cinturón de seguridad. De modo
que Sara no se había divertido mucho aquel día.
Pero esto es muy
distinto... Lo veía todo. Las calles y los edificios de su pueblo.
Veía los pequeños
comercios dispuestos a lo largo de la calle Mayor: Hoyt's Store, la
tienda de ultramarinos, Pete's Drugstore, donde vendían comestibles,
periódicos y medicamentos, la oficina de Correos... Veía su hermoso
río serpenteando a través del pueblo.
Unos cuantos
coches circulaban por las calles, y un puñado de personas se
desplazaban de un lado a otro...
-¡Ay, Salomón!
-exclamó Sara estupefacta-o ¡Esto es lo mejor que me ha pasado en la
vida! Vayamos a mi escuela. Te enseñaré dónde me paso el de. -La voz
de la niña se disipó mientras se dirigía volando hacia su escuela.
-¡Qué aspecto tan
distinto tiene la escuela desde el aire! -comentó Sara, asombrada de
lo enorme que parecía. Daba la impresión que el tejado se prolongaba
hasta el infinito-
¡Qué bien!
-exclamó-o ¿Podemos bajar para acercamos, o tenemos que volar tan
alto?
Puedes ir adonde
desees, Sara.
Tras emitir otro
grito de gozo, Sara descendió para sobrevolar el patio de recreo y
pasar lentamente frente a la ventana de su clase.
-¡Esto es genial!
¡Mira, Salomón! ¡Puedo ver mi pupitre, y ahí está el señor Jorgensen!
Sara y Salomón
volaron de un extremo del pueblo hasta el otro, efectuando a veces
un vuelo rasante para elevarse de nuevo por el aire hasta casi tocar
las nubes.
-¡Mira, Salomón,
ahí están Jason y Billy! ¡Eh, Jason, mira cómo vuelo! –gritó Sara.
Pero Jason no la oyó-. ¡Eh, Jason! -gritó de nuevo Sara más fuerte-o
¡Mírame!
¡Estoy volando!
Jason no puede
oírte, Sara.
-¿Por qué? Yo le
oigo a él.
Es demasiado
pronto para él. N o ha empezado a formular preguntas. Pero ya lo
hará. A su debido tiempo. 
Entonces Sara
comprendió, con mayor claridad, por qué Jason y Billy no habían
visto aún a Salomón.
-A ti tampoco
pueden verte, ¿verdad Salomón? Sara se alegraba de que Jason y Billy
no pudieran ver a Salomón. Si pudieran vedo, serían un estorbo,
pensó.
Sara no recordaba
haber disfrutado tanto en su vida.
Volaba tan alto
que los coches que circulaban por la calle Mayor parecían
hormiguitas. Luego, sin el menor esfuerzo, descendió en picado hasta
casi rozar el suelo, chillando de gozo y asombrada de la velocidad
con la que surcaba el aire. Se deslizó sobre el río con la cara tan
próxima a la superficie del agua que percibió el dulce olor a musgo,
pasó por debajo del puente de la calle Mayor y salió por el otro
lado.
Salomón volaba
junto a ella, como si ambos hubieran practicado este vuelo
centenares de veces.
Volaron durante
horas, hasta que, con el mismo poderoso impulso que la había elevado
por el aire, Sara descendió para regresar a su cuerpo y a tierra.
La niña estaba
tan excitada que apenas podía recobrar el resuello. Había sido la
experiencia más fabulosa de su vida.
-¡Ha sido
increíble, Salomón! -gritó Sara. Tenía la sensación de que había
volado durante horas.
-¿Qué hora es?
-preguntó mirando de pronto su reloj, convencida de que iba a tener
problemas por volver tarde a su casa, pero el reloj indicaba que
sólo habían transcurrido unos segundos.
-Tu vida es muy
rara, Salomón. Nada es lo que parece.
¿A qué te
refieres, Sara?
-Pues que hemos
volado por todo el pueblo sin que haya pasado el tiempo. ¿No te
parece raro? Y el hecho de que yo pueda verte, y hablar contigo,
mientras que Jason y Billy no pueden verte ni hablar contigo. ¿Eso
tampoco te parece raro?
Si ellos lo
desearan con la suficiente fuerza, podrían verme y hablar conmigo, o
si yo lo deseara con la suficiente fuerza, podría influir en sus
deseos.
-¿Qué quieres
decir?
Fue el entusiasmo
de Jason y Billy por algo que en realidad no habían visto lo que te
condujo a mi bosquecillo. Ellos fueron un eslabón muy importante en
la cadena de sucesos que desemboco en nuestro encuentro.
-Supongo que
tienes razón -respondió Sara, negándose a reconocer que su hermano
había sido el artífice de esta extraordinaria experiencia. Prefería
pensar que era un chinchoso y no el elemento clave de esta
maravillosa aventura que ella había vivido.
Eso requería un
esfuerzo de imaginación que Sara no estaba dispuesta a hacer.
Bien, Sara,
explícame lo que has aprendido hoy, dijo Salomón sonriendo.
-¿Que
puedo volar por todo el pueblo sin que pase el tiempo?
-contestó Sara con tono inquisitivo, preguntándose si eso era lo que
Salomón deseaba oír-o ¿Qué Jason y Billy no pueden oírme ni verme
cuando vuelo, porque son demasiado jóvenes o no están preparados?
¿Que ahí arriba, cuando vuelas, no sientes frío?
Todo eso está muy
bien, Sara, y lo comentaremos más adelante, ¿pero no has observado
que mientras hablabas sobre lo que no deseabas, no conseguías lo que
deseabas? En cambio, cuando empezaste a hablar sobre lo que sí
deseabas -lo que es más importante, cuando empezaste a sentir lo que
deseabas- ¿lo conseguiste al instante?
Sara guardó
silencio mientras trataba de recordar lo que había dicho con
anterioridad. Pero no era fácil pensar en lo que había considerado o
sentido antes de volar. Prefería reflexionar sobre su experiencia
voladora.
Piensa en ello
con frecuencia, Sara, y practícalo tantas veces como puedas.
-¿Quieres que
practique volar? ¡De acuerdo!
No sólo volar,
Sara. Quiero que practiques pensar en lo que deseas y por qué lo
deseas, hasta que logres sentirlo. Esto es lo más importante que
aprenderás de mí, Sara.
