Sara y la
amistad eterna entre aves del mismo plumaje
CAPÍTULO
OCHO
Esther y Jerry Hicks
CAPÍTULO OCHO
-¿Eres un
maestro, Salomón?
Desde luego,
Sara.
-Pero no hablas
de las cosas sobre las que los verdaderos maestros, disculpa, los
otros maestros, hablan. Me refiero a que hablas sobre cosas que me
interesan. Unas cosas muy interesantes.
En realidad,
Sara, sólo hablo sobre las cosas de las que tú hablas. Sólo te
ofrezco información que puede serte útil cuando me haces una
pregunta. Todas las respuestas que se ofrecen sin que nadie haya
hecho una pregunta al respecto son una pérdida de tiempo. Ni el
alumno ni el maestro se divierten con ellas.
Sara
pensó en lo que acababa de decide Salomón, y reparó en que a
menos que ella le preguntara algo concreto, el búho apenas
decía nada.
-Espera
un momento, Salomón. Recuerdo que me dijiste algo sin que yo
te preguntara nada.
¿Qué
dije, Sara?
-Dijiste: « ¿Has
olvidado que no puedes ahogarte?» Fue lo primero que me dijiste,
Salomón. Yo no te dije una palabra. Estaba tumbada sobre el hielo,
pero no te hice ninguna pregunta.
Eso indica que
Salomón no es el único aquí que habla sin mover los labios.
-¿A qué te
refieres?
Formulaste una
pregunta, Sara, aunque no con palabras.
Las preguntas no
sólo pueden formularse con palabras.
-Eso es muy raro,
Salomón. ¿Cómo puedes formular una pregunta sin palabras?
Pensando la
pregunta. Muchos seres y criaturas se comunican a través del
pensamiento. Lo cierto es que se comunican con más frecuencia de ese
modo que con palabras. Las personas son las únicas que utilizan
palabras. Pero incluso ellas se comunican en muchos casos a través
del pensamiento en lugar de hacerlo con palabras.
Piensa en ello.
Como ves, Sara,
soy un maestro viejo y requetesabio que hace muchísimo tiempo
comprobó que ofrecer a un alumno una información que éste no ha
solicitado es una Pérdida de tiempo.
Sara se rió del
exagerado énfasis que Salomón dio a las palabras «requetesabio» y «muchíííísimo».
Me encanta este búho loco, pensó.
Tú
también me encantas, Sara, respondió Salomón. Sara se
sonrojó; había olvidado que Salomón podía oír sus
pensamientos. De pronto, sin decir más, Salomón alzó vuelo
agitando sus potentes alas y desapareció de la vista de Sara