Sara estaba
impaciente por regresar de nuevo al bosquecillo, para comprobar si
Salomón existía realmente.
Cuando por fin
sonó el último timbre, Sara se detuvo junto a su taquilla para dejar
en ella sus libros y la cartera. Era el segundo día que Sara no
transportaba todos sus libros a casa. Había descubierto que el hecho
de ir cargada de libros la protegía de sus entrometidos colegas. Los
libros constituían una barrera que impedía que sus pelmazos,
frívolos y bromistas compañeros se acercaran a ella. Pero Sara no
quería que nada entorpeciera hoy su camino. Salió por la puerta
principal de la escuela como una exhalación y se dirigió al Sendero
de Thacker.
Cuando dejó la
calzada y enfiló por el Sendero de Thacker, vio a un gigantesco búho
posado sobre un poste de la cerca, a la vista de cualquiera. Daba
casi la sensación de que la estaba esperando. A Sara le sorprendió
encontrar tan fácilmente a Salomón.
Había pasado
mucho tiempo buscando a ese escurridizo y misterioso búho y ahora se
topaba con él, posado tranquilamente sobre la cerca, como si hubiera
estado siempre allí.
Sara no sabía
cómo abordar a Salomón. ¿Qué debo hacer?, se preguntó. Me
parece raro acercarme a ese gigantesco búho y decir/e: «Hola, (¿Cómo
estás? »
Hola, ¿cómo
estás?, preguntó el gigantesco búho a Sara.
Sara retrocedió
de un salto. Salomón se echó a reír a carcajadas.
No pretendía
asustarte, Sara. ¿Cómo estás?
-Muy bien,
gracias. Es que no estoy acostumbrada a hablar con búhos.
Es una lástima,
respondió Salomón. Algunos de mis mejores amigos son búhos.
Sara se echó a
reír.
-Qué gracioso
eres, Salomón.
Salomón, hummm...,
contestó el búho. Es un bonito nombre Salomón. Sí, creo que me
gusta.
Sara se sonrojó
avergonzada. Había olvidado que nadie les había presentado.
Jason le había
dicho que el búho se llamaba Salomón. Pero había sido el padre de
Billy quien había elegido ese nombre.
-Lo siento -dijo
Sara-o Debí preguntarte tu nombre.
Bueno, la verdad
es que nunca había pensado en ello, respondió el búho. Pero Salomón
es un bonito nombre.
Me gusta. -¿No
habías pensado nunca en eso? ¿O sea que no tienes nombre?
Pues no, contestó
el búho.
Sara no daba
crédito a lo que oía.
-¿Cómo es posible
que no tengas un nombre?
Verás, Sara, sólo
las personas necesitan poner una etiqueta a las cosas. Nosotros ya
sabemos quiénes somos, de modo que no damos importancia a las
etiquetas. Pero me gusta el nombre de Salomón. Y puesto que estás
acostumbrada a llamar a los demás por su nombre, me parece bien que
me llames así. Sí, me gusta el nombre de Salomón. De ahora en
adelante me llamaré Salomón.

Salomón parecía
tan contento con su nuevo nombre que Sara dejó de sentirse turbada.
Al margen de su nombre, era muy agradable charlar con ese búho.
-¿Crees que debo
hablar a otras personas sobre ti, Salomón?
Tal vez. Pero a
su debido tiempo.
-¿Entonces
piensas que de momento debo guardarlo en secreto?
Es preferible que
lo hagas durante un tiempo. Hasta que se te ocurra lo que debes
decir.
-Claro. Quedaría
un tanto chocante que dijera a los demás: «Tengo un amigo búho que
me habla sin mover los labios».
Permíteme señalar
que los búhos no tenemos labios, Sara. Sara se echó a reír.
Qué búho tan
divertido.
-Ya sabes a qué
me refiero, Salomón. ¿Cómo puedes hablar sin utilizar la boca?
¿Y cómo es que no
he oído nunca a nadie de por aquí hablar sobre ti o hablar contigo?
Nadie de por aquí
me ha oído nunca. Lo que oyes no es el sonido de mi voz,
Sara. Recibes mis
pensamientos.
-No lo entiendo.
¡Puedo oírte!
Te parece que me
oyes, y es cierto, pero no me oyes con los oídos. No como oyes otras
cosas.
En éstas se
levantó una ráfaga helada y Sara se ajustó la bufanda alrededor del
cuello y se encasquetó el gorro de punto hasta las orejas.
Está a punto de
oscurecer, Sara. Seguiremos charlando mañana. Piensa en lo que hemos
comentado. Esta noche, cuando sueñes, observarás que puedes ver.
Aunque tengas los ojos cerrados, verás tus sueños. De modo que si no
necesitas los ojos para ver, tampoco necesitas los oídos para oír.
Y antes de que
Sara tuviera tiempo de objetar que los sueños son distintos de la
realidad, Salomón dijo: Adiós, Sara. Qué día tan espléndido,
¿verdad? Tras estas palabras el búho alzó el vuelo y, agitando sus
poderosas alas, se elevó sobre el bosquecillo, la cerca y su
diminuta amiga. 
« ¡Eres
gigantesco, Salomón.!», pensó Sara. La niña recordó las palabras de
Jason: « ¡Es
gigantesco, Sara, ven a verlo!»
Cuando Sara
emprendió el camino a casa a través de la nieve, recordó que Jason
prácticamente la había conducido casi a rastras hasta el
bosquecillo, andando tan rápidamente debido a su impaciencia que a
Sara le había costado seguirle. Qué extraño, pensó Sara, Jason tenía
mucho interés en que yo viera a este gigantesco búho y ahora, desde
hace tres días, no ha vuelto a decir una palabra sobre el tema. Me
choca que él y Billy no hayan venido aquí cada día en busca de
Salomón. Parece como si se hubieran olvidado de él. Tengo que
acordarme de preguntar mañana a Salomón lo que opina sobre esto.
Durante los
próximos días Sara se decía a menudo: «Tengo que preguntar a Salomón
lo que opina sobre esto». Solía llevar siempre un pequeño cuaderno
en el bolsillo, en el que tomaba nota de los temas que quería
comentar con él.
A Sara le parecía
que no tenía tiempo suficiente para hablar con Salomón de todas las
cosas que le quería decir. El breve espacio de tiempo entre la
salida de la escuela y la hora en que debía regresar a casa, para
hacer sus tareas antes de que su madre regresara del trabajo,
consistía en poco más de treinta minutos.