Llama Violeta Llama Violeta
Descargas
 
 

El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO SIETE

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO SIETE

Sara despertó a la mañana siguiente y, como de costumbre, se arrebujó debajo las mantas, resistiéndose a enfrentarse a un nuevo día. De improviso se acordó de Salomón.

Salomón, pensó, ¿te he visto o te he soñado?

 
   

Pero entonces, al despabilarse, recordó haber regresado al bosquecillo, después de clase, en busca de Salomón, y cómo el hielo cedió bajo su peso. No, Salomón, no eres un sueño. Jason tenía razón. Eres real.

Sara hizo una mueca al recordar a Jason y Billy gritando mientras se adentraban en el bosquecillo en busca de Salomón. De pronto comenzó a embargarle el nerviosismo que experimentaba cada vez que pensaba en Jason inmiscuyéndose en su vida, agobiándola. No le diré nada a Jason, ni a nadie, que he visto a Salomón. Es mi secreto.

Sara se esforzó durante todo el día en prestar atención a sus maestros. No cesaba de pensar en el resplandeciente bosquecillo y el ave gigantesca y mágica.

(¿Es cierto que me habló Salomón?, se preguntó ¿O son imaginaciones mías? Quizás estaba aturdida debido a la caída.

Quizás estaba inconsciente y lo soñé. (¿Ocurrió realmente?

 

Sara estaba impaciente por regresar de nuevo al bosquecillo, para comprobar si Salomón existía realmente.

Cuando por fin sonó el último timbre, Sara se detuvo junto a su taquilla para dejar en ella sus libros y la cartera. Era el segundo día que Sara no transportaba todos sus libros a casa. Había descubierto que el hecho de ir cargada de libros la protegía de sus entrometidos colegas. Los libros constituían una barrera que impedía que sus pelmazos, frívolos y bromistas compañeros se acercaran a ella. Pero Sara no quería que nada entorpeciera hoy su camino. Salió por la puerta principal de la escuela como una exhalación y se dirigió al Sendero de Thacker.

Cuando dejó la calzada y enfiló por el Sendero de Thacker, vio a un gigantesco búho posado sobre un poste de la cerca, a la vista de cualquiera. Daba casi la sensación de que la estaba esperando. A Sara le sorprendió encontrar tan fácilmente a Salomón.

Había pasado mucho tiempo buscando a ese escurridizo y misterioso búho y ahora se topaba con él, posado tranquilamente sobre la cerca, como si hubiera estado siempre allí.

Sara no sabía cómo abordar a Salomón. ¿Qué debo hacer?, se preguntó. Me parece raro acercarme a ese gigantesco búho y decir/e: «Hola, (¿Cómo estás? »

Hola, ¿cómo estás?, preguntó el gigantesco búho a Sara.

 

Sara retrocedió de un salto. Salomón se echó a reír a carcajadas.

No pretendía asustarte, Sara. ¿Cómo estás?

-Muy bien, gracias. Es que no estoy acostumbrada a hablar con búhos.

Es una lástima, respondió Salomón. Algunos de mis mejores amigos son búhos.

Sara se echó a reír.

-Qué gracioso eres, Salomón.

Salomón, hummm..., contestó el búho. Es un bonito nombre Salomón. Sí, creo que me gusta.

Sara se sonrojó avergonzada. Había olvidado que nadie les había presentado.

Jason le había dicho que el búho se llamaba Salomón. Pero había sido el padre de Billy quien había elegido ese nombre.

-Lo siento -dijo Sara-o Debí preguntarte tu nombre.

Bueno, la verdad es que nunca había pensado en ello, respondió el búho. Pero Salomón es un bonito nombre.

Me gusta. -¿No habías pensado nunca en eso? ¿O sea que no tienes nombre?

Pues no, contestó el búho.

Sara no daba crédito a lo que oía.

-¿Cómo es posible que no tengas un nombre?

Verás, Sara, sólo las personas necesitan poner una etiqueta a las cosas. Nosotros ya sabemos quiénes somos, de modo que no damos importancia a las etiquetas. Pero me gusta el nombre de Salomón. Y puesto que estás acostumbrada a llamar a los demás por su nombre, me parece bien que me llames así. Sí, me gusta el nombre de Salomón. De ahora en adelante me llamaré Salomón.

Salomón parecía tan contento con su nuevo nombre que Sara dejó de sentirse turbada. Al margen de su nombre, era muy agradable charlar con ese búho.

-¿Crees que debo hablar a otras personas sobre ti, Salomón?

Tal vez. Pero a su debido tiempo.

-¿Entonces piensas que de momento debo guardarlo en secreto?

Es preferible que lo hagas durante un tiempo. Hasta que se te ocurra lo que debes decir.

-Claro. Quedaría un tanto chocante que dijera a los demás: «Tengo un amigo búho que me habla sin mover los labios».

Permíteme señalar que los búhos no tenemos labios, Sara. Sara se echó a reír.

Qué búho tan divertido.

-Ya sabes a qué me refiero, Salomón. ¿Cómo puedes hablar sin utilizar la boca?

¿Y cómo es que no he oído nunca a nadie de por aquí hablar sobre ti o hablar contigo?

Nadie de por aquí me ha oído nunca. Lo que oyes no es el sonido de mi voz,

Sara. Recibes mis pensamientos.

-No lo entiendo. ¡Puedo oírte!

Te parece que me oyes, y es cierto, pero no me oyes con los oídos. No como oyes otras cosas.

En éstas se levantó una ráfaga helada y Sara se ajustó la bufanda alrededor del cuello y se encasquetó el gorro de punto hasta las orejas.

Está a punto de oscurecer, Sara. Seguiremos charlando mañana. Piensa en lo que hemos comentado. Esta noche, cuando sueñes, observarás que puedes ver. Aunque tengas los ojos cerrados, verás tus sueños. De modo que si no necesitas los ojos para ver, tampoco necesitas los oídos para oír.

Y antes de que Sara tuviera tiempo de objetar que los sueños son distintos de la realidad, Salomón dijo: Adiós, Sara. Qué día tan espléndido, ¿verdad? Tras estas palabras el búho alzó el vuelo y, agitando sus poderosas alas, se elevó sobre el bosquecillo, la cerca y su diminuta amiga.

« ¡Eres gigantesco, Salomón.!», pensó Sara. La niña recordó las palabras de Jason: « ¡Es gigantesco, Sara, ven a verlo!»

Cuando Sara emprendió el camino a casa a través de la nieve, recordó que Jason prácticamente la había conducido casi a rastras hasta el bosquecillo, andando tan rápidamente debido a su impaciencia que a Sara le había costado seguirle. Qué extraño, pensó Sara, Jason tenía mucho interés en que yo viera a este gigantesco búho y ahora, desde hace tres días, no ha vuelto a decir una palabra sobre el tema. Me choca que él y Billy no hayan venido aquí cada día en busca de Salomón. Parece como si se hubieran olvidado de él. Tengo que acordarme de preguntar mañana a Salomón lo que opina sobre esto.

 

Durante los próximos días Sara se decía a menudo: «Tengo que preguntar a Salomón lo que opina sobre esto». Solía llevar siempre un pequeño cuaderno en el bolsillo, en el que tomaba nota de los temas que quería comentar con él.

 

A Sara le parecía que no tenía tiempo suficiente para hablar con Salomón de todas las cosas que le quería decir. El breve espacio de tiempo entre la salida de la escuela y la hora en que debía regresar a casa, para hacer sus tareas antes de que su madre regresara del trabajo, consistía en poco más de treinta minutos.

 

No es justo, pensó Sara. Me paso el día con esos aburridos maestros, que no son ni una décima parte tan inteligentes como Salomón, y una escasa media hora con el maestro más inteligente que jamás he tenido. Hummm, un maestro... Tengo un maestro que es un búho. Al pensar en ello Sara soltó una carcajada.

-Tengo que preguntar a Salomón qué opina de eso.