Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO SEIS

Esther y Jerry Hicks

 
 

CAPÍTULO SEIS

Sara no recordaba ningún momento en que le resultara fácil concentrarse en lo que ocurría en clase. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que la escuela era un lugar muy aburrido. Pero aquel día, sin excepción, fue el peor que Sara había tenido que soportar. No conseguía concentrarse en lo que decía el maestro. No dejaba de pensar en el bosquecillo. Cuando por fin sonó el timbre, Sara guardó la cartera en su taquilla y se dirigió al bosque.

 
   

-Debo de estar loca -murmuró para sí mientras se adentraba en el bosquecillo dejando sus huellas profundamente impresas en la nieve-. Busco a un estúpido búho que probablemente ni siquiera existe. Bueno, si no lo encuentro enseguida, me marcho. No quiero que Jason sepa que he venido ni que siento interés por esa ave.

Sara se detuvo y aguzó el oído. El silencio era tan denso que hasta oía su propia respiración. No vio a ningún animal. Ni un ave ni una ardilla. Nada. De no ser por las huellas que Jason, ella y el perro habían dejado allí el día anterior, Sara habría pensado que era la única criatura viva en el planeta.

 

Era un maravilloso día de invierno. El sol había lucido con fuerza durante roda la tarde y la húmeda capa superior de la nieve relucía al tiempo que se fundía lentamente. Todo resplandecía. Por lo general, un día así hacía que Sara se sintiera animada. No había nada mejor que pasear sola, absorta en sus pensamientos, en un día tan hermoso como éste. Pero estaba enfadada. Había confiado en dar fácilmente con Salomón. La perspectiva de ir al bosquecillo y encontrar a esa misteriosa ave había despertado su interés, pero en esos momentos, al encontrarse sola ahí, sumergida hasta las rodillas en la nieve, Sara se sintió ridícula.

-¿Pero dónde se habrá metido ese búho? ¡Qué más da! ¡Me voy a casa!

Decepcionada, Sara se detuvo en medio del bosquecillo sintiéndose rabiosa, agobiada y un tanto confundida. De pronto, cuando empezó a retroceder sobre sus pasos para salir del bosquecillo por el mismo lugar por el que había entrado, se paró en seco pensando en que quizá llegaría antes a su casa si atravesaba el prado y enfilaba por el atajo, como solía hacer durante los meses estivales. Seguro que el río ya se habrá congelado. Quizá pueda atravesarlo por un lugar donde se estrecha, pensó pasando por debajo de la rudimentaria alambrada.

A Sara le chocó comprobar lo desorientada que se sentía en invierno en ese lugar. Había cruzado ese prado centenares de veces. Era el prado al que su tío llevaba a pacer a su caballo durante los meses estivales. Pero todo tenía un aspecto muy distinto, pues los puntos de referencia que utilizaba Sara estaban sepultados debajo de la nieve. 

En ese lugar el río estaba completamente helado y cubierto por una capa de nieve de varios centímetros de espesor. Sara se detuvo, tratando de recordar dónde se hallaba el punto más estrecho del río. De pronto sintió que el hielo cedía bajo ella y antes de que pudiera reaccionar, cayó de espaldas sobre la precaria capa de hielo y la gélida agua del río empapó rápidamente sus ropas. Sara recordó el maravilloso viaje que había realizado hacía un tiempo, flotando boca arriba en el río, y durante unos instantes sintió pánico al imaginar que pudiera repetirse la experiencia, pero en esta ocasión las heladas aguas la transportarían río abajo, hacia una muerte segura.

¿Has olvidado que no puedes ahogarte?, preguntó una amable voz procedente de un lugar situado sobre la cabeza de Sara.

-¿Quién eres? -inquirió Sara mirando a su alrededor, escudriñando los desnudos árboles y achicando los ojos para protegerse del resplandor del sol que se reflejaba sobre el nevado terreno circundante. Quienquiera que seas, ¿por qué no me ayudas a salir de aquí?, pensó postrada sobre el hielo que empezaba a resquebrajarse, temiendo que el menor movimiento hiciera que éste cediera bajo su peso.

El hielo te sostendrá. Colócate boca abajo. Incorpórate sobre las rodillas y arrástrate hasta aquí, dijo su misterioso amigo.

Sin alzar la vista, Sara se colocó boca abajo y se incorporó lentamente de rodillas. Luego, con cautela, empezó a arrastrarse hacia el lugar del que provenía la voz.

 

Sara no tenía ganas de conversar. No era el momento oportuno. Estaba empapada, aterida de frío y rabiosa consigo misma por haber cometido tamaña estupidez. Lo único que le preocupaba, en esos momentos, era llegar a casa y cambiarse de ropa antes de que alguien de su familia regresara y la encontrara con la ropa chorreando.

-Tengo que irme -dijo Sara. Entrecerrando los ojos para protegerse del sol miró hacia el punto donde creía haber oído la voz.

Luego empezó a retroceder sobre sus pasos, tiritando y furiosa por haber tomado la estúpida decisión de atravesar el río. De pronto reparó en algo.

-¡Eh! ¿Cómo sabes que no puedo ahogarme? Pero nadie respondió a su pregunta.

-¿Dónde te has metido? ¡Eh, tú! ¿Dónde estás?

-gritó Sara.

En éstas, el ave más gigantesca que jamás había visito alzó el vuelo desde la copa de un árbol, elevándose por el aire, describió un círculo sobre el bosquecillo y el prado y desapareció en dirección del sol.

Sara se quedó estupefacta, mirando hacia el cielo con los párpados entornados para evitar que la deslumbrara el sol. ¡Salomón!