Era un
maravilloso día de invierno. El sol había lucido con fuerza durante
roda la tarde y la húmeda capa superior de la nieve relucía al
tiempo que se fundía lentamente. Todo resplandecía. Por lo general,
un día así hacía que Sara se sintiera animada. No había nada mejor
que pasear sola, absorta en sus pensamientos, en un día tan hermoso
como éste. Pero estaba enfadada. Había confiado en dar fácilmente
con Salomón. La perspectiva de ir al bosquecillo y encontrar a esa
misteriosa ave había despertado su interés, pero en esos momentos,
al encontrarse sola ahí, sumergida hasta las rodillas en la nieve,
Sara se sintió ridícula.
-¿Pero dónde se
habrá metido ese búho? ¡Qué más da! ¡Me voy a casa!
Decepcionada,
Sara se detuvo en medio del bosquecillo sintiéndose rabiosa,
agobiada y un tanto confundida. De pronto, cuando empezó a
retroceder sobre sus pasos para salir del bosquecillo por el mismo
lugar por el que había entrado, se paró en seco pensando en que
quizá llegaría antes a su casa si atravesaba el prado y enfilaba por
el atajo, como solía hacer durante los meses estivales. Seguro que
el río ya se habrá congelado. Quizá pueda atravesarlo por un lugar
donde se estrecha, pensó pasando por debajo de la rudimentaria
alambrada.
A Sara le chocó
comprobar lo desorientada que se sentía en invierno en ese lugar.
Había cruzado ese prado centenares de veces. Era el prado al que su
tío llevaba a pacer a su caballo durante los meses estivales. Pero
todo tenía un aspecto muy distinto, pues los puntos de referencia
que utilizaba Sara estaban sepultados debajo de la nieve.
En ese lugar el
río estaba completamente helado y cubierto por una capa de nieve de
varios centímetros de espesor. Sara se detuvo, tratando de recordar
dónde se hallaba el punto más estrecho del río. De pronto sintió que
el hielo cedía bajo ella y antes de que pudiera reaccionar, cayó de
espaldas sobre la precaria capa de hielo y la gélida agua del río
empapó rápidamente sus ropas. Sara recordó el maravilloso viaje que
había realizado hacía un tiempo, flotando boca arriba en el río, y
durante unos instantes sintió pánico al imaginar que pudiera
repetirse la experiencia, pero en esta ocasión las heladas aguas la
transportarían río abajo, hacia una muerte segura.
¿Has olvidado que
no puedes ahogarte?, preguntó una amable voz procedente de un lugar
situado sobre la cabeza de Sara.
-¿Quién eres?
-inquirió Sara mirando a su alrededor, escudriñando los desnudos
árboles y achicando los ojos para protegerse del resplandor del sol
que se reflejaba sobre el nevado terreno circundante. Quienquiera
que seas, ¿por qué no me ayudas a salir de aquí?, pensó postrada
sobre el hielo que empezaba a resquebrajarse, temiendo que el menor
movimiento hiciera que éste cediera bajo su peso.

El hielo te
sostendrá. Colócate boca abajo. Incorpórate sobre las rodillas y
arrástrate hasta aquí, dijo su misterioso amigo.
Sin alzar la
vista, Sara se colocó boca abajo y se incorporó lentamente de
rodillas. Luego, con cautela, empezó a arrastrarse hacia el lugar
del que provenía la voz.
Sara no tenía
ganas de conversar. No era el momento oportuno. Estaba empapada,
aterida de frío y rabiosa consigo misma por haber cometido tamaña
estupidez. Lo único que le preocupaba, en esos momentos, era llegar
a casa y cambiarse de ropa antes de que alguien de su familia
regresara y la encontrara con la ropa chorreando.
-Tengo que irme
-dijo Sara. Entrecerrando los ojos para protegerse del sol miró
hacia el punto donde creía haber oído la voz.
Luego empezó a
retroceder sobre sus pasos, tiritando y furiosa por haber tomado la
estúpida decisión de atravesar el río. De pronto reparó en algo.
-¡Eh! ¿Cómo sabes
que no puedo ahogarme? Pero nadie respondió a su pregunta.
-¿Dónde te has
metido? ¡Eh, tú! ¿Dónde estás?
-gritó Sara.