Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO CUATRO

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO CUATRO

Sara se detuvo en el puente de la calle Mayor, para comprobar si el hielo que cubría el río tenía el suficiente grosor para atravesado a pie. Vio unas pocas aves posadas sobre el hielo y las huellas de un perro grande en la nieve que lo cubría, pero observó que la capa de hielo aún no era lo bastante gruesa para soportar su peso, cargada como iba con su pesado abrigo, sus botas y su voluminosa cartera llena de libros.

 
   

Más vale que espere un poco, pensó mientras contemplaba el río helado a sus pies.

Asomada sobre el hielo, apoyada en la herrumbrosa barandilla que creía que había sido instalada allí para su uso y disfrute, sintiéndose mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo, Sara decidió quedarse un rato admirando el espléndido río.

Depositó la cartera a sus pies y se apoyó contra la herrumbrosa barandilla de metal, su lugar favorito.

Descansando apoyada en la barandilla, disfrutando del paisaje, Sara sonrió al recordar el día en que el camión cargado de heno del señor Jackson transformó una parte de la vieja barandilla en un magnífico observatorio, cuando el señor Jackson pisó bruscamente el freno en la carretera húmeda Y helada para evitar atropellar a Harvey, el perro salchicha de la señora Peterson.

 

Todos los habitantes de la población comentaron durante meses el episodio, recalcando la suerte que había tenido el señor Jackson de que su camión no se precipitara en el río. A Sara le chocaba la manía que tenía la gente de exagerar las cosas y hacer que parecieran mas serias de lo que eran en realidad. Si el camión del señor Jackson se hubiera precipitado al río, la situación habría sido muy distinta. Estaría justificado el follón que se había armado. O bien si el señor Jackson se hubiera caído al río y se hubiera ahogado, habrían tenido motivos de hablar sobre el asuntó. Pero el señor Jackson no se había caído al río. Por lo que sabía Sara, no había ocurrido nada grave. El camión no había sufrido daños. El señor Jackson tampoco se había lastimado. Harvey se había llevado un buen susto y su dueña no lo dejó salir de casa durante varios días, pero no le había pasado nada. A la gente le gusta preocuparse porque si pensó Sara. Pero le entusiasmó descubrir el nuevo observatorio sobre el río.

Debido al impacto, los grandes y recios postes de acero habían quedado combados, formando una especie de plataforma sobre el agua. Era tan perfecta, que parecía construida expresamente para satisfacer Y alegrar a Sara.

Apoyada en la barandilla, contemplando el río aguas abajo, Sara observó el gigantesco tronco que flotaba en la superficie, lo cual también le hizo sonreír. Otro «accidente" que le venía de perilla.

Una fuerte ventolera había dañado una de los grandes árboles que crecían en una de las orillas del río. De modo que el agricultor dueño del terreno había reunido a unos voluntarios de la población Y habían podado todas las ramas del árbol, antes de talarlo.

Sara no entendía por qué se había organizado aquel revuelo. A fin de cuentas, se trataba tan sólo de un inmensa y vetusto árbol.

Su padre no la había dejado aproximarse lo suficiente para oír lo que decían los hombres, pera Sara había oído comentar a uno de ellos que les preocupaba que el tendido eléctrico estuviera cerca del árbol. Pero en esos momentos las grandes sierras mecánicas habían empezado a funcionar y el ruido había impedido a Sara oír el resto de la conversación, de modo que había seguido observando a cierta distancia el gran acontecimiento, junto con la mayoría de habitantes del pueblo.

De pronto las sierras mecánicas enmudecieron y Sara oyó gritar a alguien: « ¡Dios mío! ¡NO!" La niña recordó que se había tapado los oídos Y había cerrado los ojos. Cuando el gigantesco árbol cayó, tuvo la sensación de que un terremoto había sacudido el pueblo, pero al abrir los ojos emitió una exclamación de gozo al contemplar el perfecto puente creado por el tranco que comunicaba los pequeños senderos situados a ambos lados del río.

Mientras Sara gozaba admirando el paisaje desde su nido de metal, respiró hondo, deseando aspirar el maravilloso olor del río. Se sentía como hipnotizada. Los aromas, el sonido Constante y sistemático del agua... Me encanta este viejo río, pensó sin apartar la Vista del enorme tronco que atravesaba el río aguas abajo.

A Sara le encantaba extender los brazos para mantener el equilibrio y tratar de atravesar el tronco lo más rápidamente posible. No sentía temor alguno, pero tenía siempre presente que el menor resbalón podía hacer que cayera al río. Además, cada vez que pasaba sobre el tronco oía la advertencia de su madre resonando inoportunamente en su cabeza: « ¡No te acerques al río, Sara! ¡Podrías ahogarte!»

Pero Sara apenas prestaba atención a esas palabras, porque sabía algo que su madre ignoraba. Sabía que no podía ahogarse.

Tranquila y en paz con el mundo, Sara siguió apoyada en su observatorio particular recordando lo que había ocurrido dos veranos antes al atravesar ese tronco.

Había sucedido a última hora de la tarde, cuando Sara había terminado todas sus tareas y había bajado al río. Después de permanecer un rato contemplando el paisaje desde su plataforma de metal, había echado a andar por el sendero hasta alcanzar el tronco. El nivel del río, muy crecido debido a la nieve fundida, era más elevado que de costumbre y el agua casi cubría el tronco. Sara había dudado en atravesar el río sobre el tronco.

Pero luego, impulsada por un caprichoso entusiasmo, había decidido atravesar el precario puente. Al alcanzar aproximadamente la mitad del mismo, se había detenido y se había girado unos instantes, con ambos pies apuntando aguas abajo, oscilando ligeramente, pero enseguida había recuperado el equilibrio y el entusiasmo. De improviso había aparecido Fuzzy, el chucho sarnoso de los Pittsfield, corriendo a través del puente, saludándola con unos alegres ladridos y chocando con ella con tal fuerza que la había arrojado a las tumultuosas aguas.

¡Estoy perdida!', había pensado Sara. ¡Tal como me había advertido mi madre, moriré ahogada! Pero los hechos se habían sucedido con demasiada rapidez no dándole tiempo a entretenerse en esas reflexiones. De pronto la niña se había encontrado flotando asombrosa y maravillosamente en el río boca arriba, contemplando una de las vistas más espléndidas que jamás había visto.

Había paseado por las orillas centenares de veces, pero era una perspectiva distinta de cuanto había contemplado hasta esa fecha. Deslizándose suavemente sobre ese increíble cojín de agua, Sara había contemplado el cielo azul enmarcado por árboles de formas perfectas, ora abundantes ora escasos, a veces gruesos a veces delgados, que presentaban un sinfín de hermosas tonalidades verdes.

Sara no había reparado en que el agua estaba muy fría, sino que se sentía como si flotara sobre una alfombra mágica, suave y apaciblemente, a salvo.

Durante unos instantes le había parecido que oscurecía. El río la había arrastrado hasta un frondoso bosquecillo, cuyas copas tapaban casi por completo el cielo.

-¡Qué bien! ¡Qué árboles tan fantásticos! -había exclamado Sara en voz alta.

Nunca había llegado a pie hasta ese lugar situado río abajo. Eran unos árboles imponentes, frondosos, y algunas de sus ramas se inclinaban hasta casi rozar el río.

En estas vio una rama larga y sólida que parecía inclinarse amistosamente sobre el río como ofreciéndole una mano.

-Gracias, árbol -había dicho Sara dulcemente, ganando la orilla con ayuda de la rama-o Un gesto muy amable por tu parte.

La niña se había detenido en la ribera, aturdida pero eufórica, mientras trataba de orientarse.

-¡Córcholis! -exclamó Sara al divisar el enorme granero rojo de los Peterson.

Casi no daba crédito a sus ojos. Tenía la impresión de haber atravesado en un par de minutos casi diez kilómetros de campos y pastizales llevada por el río. Pero no le había importado recorrer a pie esa distancia para regresar a su casa. Embargada por una deliciosa euforia, Sara emprendió el camino de vuelta a casa dando saltos de alegría.

Tan pronto como había conseguido quitarse sus ropas manchadas, las había metido en la lavadora y se había apresurado a llenar la bañera de agua caliente. No vale la pena dar a mamá otro quebradero de cabeza, había pensado. Eso no la tranquilizará.

 

Sara se había sumergido en el agua caliente, sonriendo, mientras se lavaba para desprenderse del cúmulo de hojas, tierra e insectos de río que tenía adheridos a su pelo castaño y rizado, convencida de que su madre estaba equivocada.

Sara sabía que no se ahogaría nunca.