Todos los
habitantes de la población comentaron durante meses el episodio,
recalcando la suerte que había tenido el señor Jackson de que su
camión no se precipitara en el río. A Sara le chocaba la manía que
tenía la gente de exagerar las cosas y hacer que parecieran mas
serias de lo que eran en realidad. Si el camión del señor Jackson se
hubiera precipitado al río, la situación habría sido muy distinta.
Estaría justificado el follón que se había armado. O bien si el
señor Jackson se hubiera caído al río y se hubiera ahogado, habrían
tenido motivos de hablar sobre el asuntó. Pero el señor Jackson no
se había caído al río. Por lo que sabía Sara, no había ocurrido nada
grave. El camión no había sufrido daños. El señor Jackson tampoco se
había lastimado. Harvey se había llevado un buen susto y su dueña no
lo dejó salir de casa durante varios días, pero no le había pasado
nada. A la gente le gusta preocuparse porque si pensó Sara.
Pero le entusiasmó descubrir el nuevo observatorio sobre el río.
Debido al
impacto, los grandes y recios postes de acero habían quedado
combados, formando una especie de plataforma sobre el agua. Era tan
perfecta, que parecía construida expresamente para satisfacer Y
alegrar a Sara.
Apoyada en la
barandilla, contemplando el río aguas abajo, Sara observó el
gigantesco tronco que flotaba en la superficie, lo cual también le
hizo sonreír. Otro «accidente" que le venía de perilla.
Una fuerte
ventolera había dañado una de los grandes árboles que crecían en una
de las orillas del río. De modo que el agricultor dueño del terreno
había reunido a unos voluntarios de la población Y habían podado
todas las ramas del árbol, antes de talarlo.
Sara no entendía
por qué se había organizado aquel revuelo. A fin de cuentas, se
trataba tan sólo de un inmensa y vetusto árbol.
Su padre no la
había dejado aproximarse lo suficiente para oír lo que decían los
hombres, pera Sara había oído comentar a uno de ellos que les
preocupaba que el tendido eléctrico estuviera cerca del árbol. Pero
en esos momentos las grandes sierras mecánicas habían empezado a
funcionar y el ruido había impedido a Sara oír el resto de la
conversación, de modo que había seguido observando a cierta
distancia el gran acontecimiento, junto con la mayoría de habitantes
del pueblo.
De pronto las
sierras mecánicas enmudecieron y Sara oyó gritar a alguien: « ¡Dios
mío! ¡NO!" La niña recordó que se había tapado los oídos Y había
cerrado los ojos. Cuando el gigantesco árbol cayó, tuvo la sensación
de que un terremoto había sacudido el pueblo, pero al abrir los ojos
emitió una exclamación de gozo al contemplar el perfecto puente
creado por el tranco que comunicaba los pequeños senderos situados a
ambos lados del río.
Mientras Sara
gozaba admirando el paisaje desde su nido de metal, respiró hondo,
deseando aspirar el maravilloso olor del río. Se sentía como
hipnotizada. Los aromas, el sonido Constante y sistemático del
agua... Me encanta este viejo río, pensó sin apartar la Vista del
enorme tronco que atravesaba el río aguas abajo.
A Sara le
encantaba extender los brazos para mantener el equilibrio y tratar
de atravesar el tronco lo más rápidamente posible. No sentía temor
alguno, pero tenía siempre presente que el menor resbalón podía
hacer que cayera al río. Además, cada vez que pasaba sobre el tronco
oía la advertencia de su madre resonando inoportunamente en su
cabeza: « ¡No te acerques al río, Sara! ¡Podrías ahogarte!»
Pero Sara apenas
prestaba atención a esas palabras, porque sabía algo que su madre
ignoraba. Sabía que no podía ahogarse.

Tranquila y en
paz con el mundo, Sara siguió apoyada en su observatorio particular
recordando lo que había ocurrido dos veranos antes al atravesar ese
tronco.
Había sucedido a
última hora de la tarde, cuando Sara había terminado todas sus
tareas y había bajado al río. Después de permanecer un rato
contemplando el paisaje desde su plataforma de metal, había echado a
andar por el sendero hasta alcanzar el tronco. El nivel del río, muy
crecido debido a la nieve fundida, era más elevado que de costumbre
y el agua casi cubría el tronco. Sara había dudado en atravesar el
río sobre el tronco.
Pero luego,
impulsada por un caprichoso entusiasmo, había decidido atravesar el
precario puente. Al alcanzar aproximadamente la mitad del mismo, se
había detenido y se había girado unos instantes, con ambos pies
apuntando aguas abajo, oscilando ligeramente, pero enseguida había
recuperado el equilibrio y el entusiasmo. De improviso había
aparecido Fuzzy, el chucho sarnoso de los Pittsfield, corriendo a
través del puente, saludándola con unos alegres ladridos y chocando
con ella con tal fuerza que la había arrojado a las tumultuosas
aguas.
¡Estoy perdida!',
había pensado Sara. ¡Tal como me había advertido mi madre, moriré
ahogada! Pero los hechos se habían sucedido con demasiada rapidez no
dándole tiempo a entretenerse en esas reflexiones. De pronto la niña
se había encontrado flotando asombrosa y maravillosamente en el río
boca arriba, contemplando una de las vistas más espléndidas que
jamás había visto.
Había paseado por
las orillas centenares de veces, pero era una perspectiva distinta
de cuanto había contemplado hasta esa fecha. Deslizándose suavemente
sobre ese increíble cojín de agua, Sara había contemplado el cielo
azul enmarcado por árboles de formas perfectas, ora abundantes ora
escasos, a veces gruesos a veces delgados, que presentaban un sinfín
de hermosas tonalidades verdes.
Sara no había
reparado en que el agua estaba muy fría, sino que se sentía como si
flotara sobre una alfombra mágica, suave y apaciblemente, a salvo.
Durante unos
instantes le había parecido que oscurecía. El río la había
arrastrado hasta un frondoso bosquecillo, cuyas copas tapaban casi
por completo el cielo.
-¡Qué bien! ¡Qué
árboles tan fantásticos! -había exclamado Sara en voz alta.
Nunca había
llegado a pie hasta ese lugar situado río abajo. Eran unos árboles
imponentes, frondosos, y algunas de sus ramas se inclinaban hasta
casi rozar el río.
En estas vio una
rama larga y sólida que parecía inclinarse amistosamente sobre el
río como ofreciéndole una mano.
-Gracias, árbol
-había dicho Sara dulcemente, ganando la orilla con ayuda de la
rama-o Un gesto muy amable por tu parte.
La niña se había
detenido en la ribera, aturdida pero eufórica, mientras trataba de
orientarse.
-¡Córcholis!
-exclamó Sara al divisar el enorme granero rojo de los Peterson.
Casi no daba
crédito a sus ojos. Tenía la impresión de haber atravesado en un par
de minutos casi diez kilómetros de campos y pastizales llevada por
el río. Pero no le había importado recorrer a pie esa distancia para
regresar a su casa. Embargada por una deliciosa euforia, Sara
emprendió el camino de vuelta a casa dando saltos de alegría.
Tan pronto como
había conseguido quitarse sus ropas manchadas, las había metido en
la lavadora y se había apresurado a llenar la bañera de agua
caliente. No vale la pena dar a mamá otro quebradero de cabeza,
había pensado. Eso no la tranquilizará.