Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO TRES

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO TRES

De lo único que Sara era consciente, mientras yacía de espaldas en el suelo cubierto de barro, frente a su taquilla, era de que el codo le dolía mucho.

 
   

Caerse siempre produce una conmoción. Ocurre en un abrir y cerrar de ojos. Te diriges apresuradamente a ocupar tu pupitre en la clase antes de que suene el timbre, cuando de pronto das un traspiés y te encuentras tumbada boca arriba en el suelo, inmóvil, sorprendida y con todo el cuerpo molido. Y lo peor que puede pasarte es caerte en la escuela, delante de todos.

Al alzar los ojos Sara vio un mar de rostros que la observaban con expresión divertida, sonriendo despectivamente, riendo disimuladamente o carcajeándose de ella.

¡Como si a ellos no les hubiera ocurrido nunca nada parecido!

 

Después de darse cuenta de que no existía nada tan divertido como un hueso roro o una herida sangrando, o una víctima retorciéndose de dolor, la multitud se dispersó y los morbosos compañeros de Sara regresaron a sus respectivas aulas.

Un brazo enfundado en un jersey azul se inclinó sobre ella y una mano le tomó la suya para ayudada a incorporarse al tiempo que la voz de una niña le preguntaba:

-¿Estás bien? ¿Quieres levantarte?

No, pensó Sara, quiero esfumarme, pero como eso era imposible y la multitud de curiosos ya se había dispersado, sonrió tímidamente mientras Ellen la ayudaba a ponerse de pie.

Sara nunca había hablado con Ellen, aunque la había visto por los pasillos de la escuela. Ellen iba dos cursos más adelantada que Sara y hacía sólo un año que estudiaba en su escuela.

En realidad, Sara apenas sabía nada sobre Ellen, pero era normal. Los niños mayores no se trataban con los más pequeños. Existía una ley no escrita al respecto.

Pero Ellen sonreía siempre, y aunque tenía pocos amigos y casi siempre andaba sola, parecía feliz. Quizás era por eso que Sara se había fijado en ella. Sara también era una niña solitaria. Prefería andar sola.

-Cuando llueve estos suelos se ponen muy resbaladizos -comentó Ellen-. Lo raro es que no se caiga más gente aquí.

Todavía un poco aturdida, y tan avergonzada que apenas podía articular palabra, Sara no prestó atención a las palabras que pronunciaba Ellen, pero el tono de su voz le hizo sentirse mejor.

A Sara le chocó comprobar que se sentía tan impresionada por otra persona. Era raro que prefiriera las palabras pronunciadas por otra persona a la paz que le producía sumirse en sus propios pensamientos. Sí, era una sensación muy extraña.

-Gracias -murmuró Sara mientras trataba de quitarse el barro que tenía adherido a la falda.

 -Cuando se seque tendrá mejor aspecto -comentó Ellen.

A Sara volvió a impresionarle no lo que dijo Ellen, unas palabras normales y corrientes, sino la forma en que las había dicho.

La voz sosegada y clara de Ellen alivió un poco la sensación de tragedia y trauma que padecía Sara, eliminando su enorme bochorno y dándole renovada energía.

En realidad no importa -respondió Sara- Más vale que nos apresuremos si no queremos llegar tarde.

Cuando ocupó su pupitre -con el codo dolorido, con la ropa manchada, los cordones de los zapatos desatados y el pelo lacio y castaño cayéndole desordenado sobre los ojos- se sintió mejor de lo que jamás se había sentido en clase. No era lógico, pero era así.

 

Aquel día, la caminata de regreso a casa después de clase fue distinta. En lugar de enfrascarse en sus apacibles pensamientos, sin apenas fijarse en nada salvo el estrecho sendero que discurría ante ella en la nieve, Sara se sentía pletórica de energía y animada.

 

Como le apetecía cantar, se puso a cantar. Avanzaba alegremente por el camino tarareando una conocida canción y observando a las gentes del pequeño pueblo ocupándose de sus quehaceres.

Al pasar frente al único restaurante del pueblo, a Sara se le ocurrió detenerse para merendar después de clase. A menudo le bastaba con comerse un donut cubierto de chocolate, un cucurucho de helado o una pequeña porción de patatas fritas para distraerse unos momentos y dejar de pensar en la larga y monótona jornada que había pasado en la escuela...

Todavía me queda toda la paga semanal, pensó Sara, deteniéndose en la acera frente al pequeño café, dudando si entrar. Por fin decidió no hacerlo, recordando las palabras que su madre le repetía con frecuencia: «Si meriendas se te quitarán las ganas de cenar».

 

Sara no comprendía esas palabras, porque siempre tenía ganas de comer cuando le ofrecían algo que estaba rico. Sólo cuando la comida no tenía un aspecto apetecible, o, peor aún, cuando no olía bien, encontraba algún pretexto para rechazada o comer sólo un par de bocados.

Yo creo que son los otros los que me quitan las ganas de comer, pensó Sara, sonriendo mientras reemprendía el camino hacia su casa. De todos modos hoy no necesitaba nada, porque todo iba como la seda en el mundo de Sara.