Después de darse
cuenta de que no existía nada tan divertido como un hueso roro o una
herida sangrando, o una víctima retorciéndose de dolor, la multitud
se dispersó y los morbosos compañeros de Sara regresaron a sus
respectivas aulas.
Un brazo
enfundado en un jersey azul se inclinó sobre ella y una mano le tomó
la suya para ayudada a incorporarse al tiempo que la voz de una niña
le preguntaba:
-¿Estás bien?
¿Quieres levantarte?
No, pensó Sara,
quiero esfumarme,
pero como eso era imposible y la multitud de curiosos ya se había
dispersado, sonrió tímidamente mientras Ellen la ayudaba a ponerse
de pie.
Sara nunca había
hablado con Ellen, aunque la había visto por los pasillos de la
escuela. Ellen iba dos cursos más adelantada que Sara y hacía sólo
un año que estudiaba en su escuela.
En realidad, Sara
apenas sabía nada sobre Ellen, pero era normal. Los niños mayores no
se trataban con los más pequeños. Existía una ley no escrita al
respecto.
Pero Ellen
sonreía siempre, y aunque tenía pocos amigos y casi siempre andaba
sola, parecía feliz. Quizás era por eso que Sara se había fijado en
ella. Sara también era una niña solitaria. Prefería andar sola.
-Cuando llueve
estos suelos se ponen muy resbaladizos -comentó Ellen-. Lo raro es
que no se caiga más gente aquí.
Todavía un poco
aturdida, y tan avergonzada que apenas podía articular palabra, Sara
no prestó atención a las palabras que pronunciaba Ellen, pero el
tono de su voz le hizo sentirse mejor.
A Sara le chocó
comprobar que se sentía tan impresionada por otra persona. Era raro
que prefiriera las palabras pronunciadas por otra persona a la paz
que le producía sumirse en sus propios pensamientos. Sí, era una
sensación muy extraña.
-Gracias -murmuró
Sara mientras trataba de quitarse el barro que tenía adherido a la
falda.
-Cuando se seque
tendrá mejor aspecto -comentó Ellen.
A Sara volvió a
impresionarle no lo que dijo Ellen, unas palabras normales y
corrientes, sino la forma en que las había dicho.
La voz sosegada y
clara de Ellen alivió un poco la sensación de tragedia y trauma que
padecía Sara, eliminando su enorme bochorno y dándole renovada
energía.
En realidad no
importa -respondió Sara- Más vale que nos apresuremos si no queremos
llegar tarde.
Cuando ocupó su
pupitre -con el codo dolorido, con la ropa manchada, los cordones de
los zapatos desatados y el pelo lacio y castaño cayéndole
desordenado sobre los ojos- se sintió mejor de lo que jamás se había
sentido en clase. No era lógico, pero era así.
Aquel día, la
caminata de regreso a casa después de clase fue distinta. En lugar
de enfrascarse en sus apacibles pensamientos, sin apenas fijarse en
nada salvo el estrecho sendero que discurría ante ella en la nieve,
Sara se sentía pletórica de energía y animada.
Como le apetecía
cantar, se puso a cantar. Avanzaba alegremente por el camino
tarareando una conocida canción y observando a las gentes del
pequeño pueblo ocupándose de sus quehaceres.
Al pasar frente
al único restaurante del pueblo, a Sara se le ocurrió detenerse para
merendar después de clase. A menudo le bastaba con comerse un donut
cubierto de chocolate, un cucurucho de helado o una pequeña porción
de patatas fritas para distraerse unos momentos y dejar de pensar en
la larga y monótona jornada que había pasado en la escuela...
Todavía me queda
toda la paga semanal, pensó Sara, deteniéndose en la acera frente al
pequeño café, dudando si entrar. Por fin decidió no hacerlo,
recordando las palabras que su madre le repetía con frecuencia:
«Si meriendas se te quitarán las ganas de cenar».
Sara no
comprendía esas palabras, porque siempre tenía ganas de comer cuando
le ofrecían algo que estaba rico. Sólo cuando la comida no tenía un
aspecto apetecible, o, peor aún, cuando no olía bien, encontraba
algún pretexto para rechazada o comer sólo un par de bocados.