Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO VEINTICUATRO

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO VEINTICUATRO

Sara se encontró en un extraño bosquecillo, rodeada por unas preciosas flores primaverales mientras unos pájaros y unas mariposas de brillante colorido revoloteaban alrededor de ella.

Bien, Sara, parece que hoy tienes mucho que contarme, dijo Salomón.

 
   

-¡Salomón! -gritó Sara eufórica-o ¡No estás muerto! ¡Ay, Salomón, cuánto me alegro de verte!

¿Por qué te sorprendes, Sara? Ya te dije que la muerte no existe.

¿Y bien, Sara, de qué quieres que hablemos?, preguntó Salomón con calma, como si no hubiera ocurrido nada de particular.

-Ya sé que me dijiste que la muerte no existe, Salomón, pero parecías estar muerto. Tu cuerpo estaba inerte y pesado, tenías los ojos cerrados y no respirabas.

Estabas acostumbrada a ver a Salomón de una cierta forma, pero ahora tienes la oportunidad -porque tu deseo es mayor que antes - de ver a Salomón de una forma más amplia. Más universal.

-¿A qué te refieres?

 

Por regla general las personas sólo ven a través de sus ojos físicos, pero ahora tienes la oportunidad de ver las cosas a través de unos ojos más amplios, los ojos de la auténtica Sara que habita dentro de la Sara física.

-¿Quieres decir que hay otra Sara dentro de mí, como el Salomón que vive dentro de mi Salomón?

Así es, Sara. Y esa Sara interior vivirá eternamente. Esa Sara interior jamás morirá, al igual que este Salomón interior, el que ves aquí, jamás morirá.

-Eso suena estupendamente, Salomón. ¿Volveré a verte mañana en el Sendero de Thacker?

No, Sara, no estaré allí. La niña frunció el ceño.

¡Piensa en ello, Sara! Cada vez que desees charlar con Salomón, podrás hacerlo.

Estés dónde estés. Ya no tendrás que ir al bosquecillo. Sólo tendrás que pensar en Salomón -y reacordar lo que sientes cuando conversas con él- y acudiré para charlar contigo.

-Me alegro, Salomón. Pero me encantaban los ratos que pasábamos juntos en el bosquecillo. ¿Seguro que no puedes volver allí, como antes?

Te aseguro que nuestra forma de comunicarnos te gustará Sara y la amistad eterna... aún más que los buenos ratos que pasábamos en el bosquecillo. Podremos comunicarnos cómo y cuándo queramos. Ya lo verás. Lo pasaremos estupendamente.

-Muy bien, Salomón. Te creo. Buenas noches, Sara.

-¡Salomón! -exclamó Sara, que no quería que su amigo la dejara tan pronto.

¿Qué, Sara?

-Gracias por no haber muerto. Buenas noches, Sara. Todo va bien.