Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO VEINTITRES

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO VEINTITRÉS

Sara no sabía qué hacer ni cómo explicar a sus padres quién era Salomón, ni lo importante que su amistad era para ella. Tenía la cabeza como un bombo y se arrepentía de no haber hablado a sus padres sobre Salomón, porque ahora no sabía cómo explicarles la tragedia que su muerte representaba para ella.

 
   

Había dependido por completo de Salomón para que la aconsejara y consolara, cortando prácticamente esos vínculos con su familia, y ahora tenía que enfrentarse a la pérdida de su amigo. Sara se sentía completamente sola, sin saber a quién acudir.

No sabía qué hacer con Salomón. El suelo seguía cubierto por una dura capa de hielo, de modo que no podía cavar una fosa para enterrarlo. La perspectiva de arrojado a la caldera de carbón, como había visto hacer a su padre con cadáveres de pájaros y ratones, era demasiado atroz para pensar siquiera en ella.

Sara permanecía sentada en los escalones de la entrada de su casa, sosteniendo a Salomón en brazos, llorando a lágrima viva, cuando el coche de su padre se detuvo en el camino empedrado. Su padre se apeó apresuradamente, sosteniendo la cartera empapada de Sara y los desvencijados libros de texto que ésta había dejado olvidados junto al sendero.

 

-El señor Matson me llamó al despacho, Sara. Encontró tu cartera y tus libros junto al sendero. ¡Temíamos que te hubiera ocurrido algo malo! ¿Estás bien?

Sara se limpió la cara, avergonzada de que su padre la viera en ese estado.

Quería ocultar a Salomón, seguir manteniéndolo en secreto, pero al mismo tiempo deseaba contárselo todo a su padre confiando en que eso la consolaría.

-¿Qué ha ocurrido, Sara? ¿Qué pasa, tesoro?

-¡Ay, papá! -contestó Sara-o Jason y Billy han matado a Salomón.

-¿Salomón? -preguntó su padre mientras Sara abría su abrigo para mostrarle a su difunto amigo.

-Lo siento mucho, Sara. -El hombre no sabía por qué ese búho muerto era tan importante para la niña, pero estaba claro que padecía un auténtico trauma. Jamás había visto a su hija tan desesperada. Deseaba abrazarla y besada para consolada, pero sabía que lo que había ocurrido era tan grave para ella, que no podría consolada de ese modo.

Entrégame a Salomón, Sara. Cavaré una fosa detrás del gallinero para enterrado. Entra en casa, hace mucho frío.

Entonces Sara se percató de que estaba helada. A regañadientes, depositó en brazos de su padre el preciado cuerpo de Salomón. Se sentía débil y profundamente apenada. Se quedó sentada en los escalones de la entrada, mirando a su padre mientras se alejaba portando en brazos a su hermoso Salomón. Sara sonrió con amargura sin dejar de llorar al observar la seriedad y la delicadeza con que su padre transportaba el cuerpo del ave, como si comprendiera lo valioso que era para ella.

Sara se tumbó en la cama, vestida. Se quitó los zapatos y los dejó caer al suelo y lloró con la cara sepultada en la almohada, hasta que al cabo de un rato se quedó dormida.