Sara no daba
crédito a sus oídos. El impacto de lo que acababa de oír era tan
intenso, tan importante... Pero lo único que parecía interesarle a]
asan era el hecho de que Salomón fuera menos voluminoso de lo que
había creído. A Sara le parecía que iba a estallarle la cabeza. Dejó
la cartera en el suelo y echó a correr más deprisa de lo que había
corrido nunca hacia el bosquecillo de Salomón.
-¡Salomón!
¡Salomón! ¿Dónde estás? -gritó Sara desesperada.
Estoy aquí, Sara.
No te alarmes.
De pronto Sara
vio a Salomón postrado en el suelo como un pelele.
-¡Ay, Salomón!
-exclamó Sara cayendo de rodillas sobre la nieve-o ¿Qué te han
hecho? ¡Estás malherido!
El pobre búho
estaba hecho una pena. Era un amasijo de plumas tiesas y
desordenadas y la blanca e inmaculada nieve que le rodeaba estaba
teñida de sangre. - ¡Salomón, Salomón! ¿Qué puedo hacer? 
No ha pasado nada
grave, Sara, te lo aseguro.
-Pero estás
sangrando. Todo está lleno de sangre. ¿Te pondrás bien?
Por supuesto,
Sara. Todo tiene solución.
-No me vengas con
esas pamplinas de que todo tiene solución. ¡Está claro que no es
así!
Acércate, Sara,
dijo Salomón.
Sara se acercó a
rastras hasta donde se hallaba Salomón y le sostuvo la cabeza con
una mano mientras con la otra le acariciaba debajo de la barbilla.
Era la primera vez que tocaba a Salomón, cuyas plumas tenían un
tacto suave. En aquellos momentos parecía muy vulnerable. Unos
gruesos lagrimones rodaron por las mejillas No confundas a este
maltrecho montón de huesos y plumas con lo que realmente es Salomón.
Este cuerpo no es sino un punto focal, o un punto de perspectiva,
que deja entrever algo infinitamente más importante. Al igual que tu
cuerpo tampoco eres realmente tú, Sara. No es sino la perspectiva
que utilizas, de momento, para dejar que tu auténtica persona
juegue, se desarrolle y sea feliz.
-Pero yo te
quiero, Salomón. ¿Qué haré sin ti?
¿De dónde sacas
esas cosas, Sara? Salomón no va a desaparecer. ¡Salomón perdurará
eternamente!
-¡Te estás
muriendo, Salomón! -protestó Sara, sintiéndose más herida de lo que
jamás se había sentido.
Escúchame, Sara.
No voy a morir, porque la muerte no existe. Es cierto que no volveré
a utilizar este cuerpo, de momento, pero de todos modos empezaba a
estar muy viejo y achacoso. Padezco artrosis en el cuello desde el
día en que traté de girar la cabeza por completo para complacer a
los nietos de Thacker.
Sara se echó a
reír sin dejar de llorar. Salomón siempre lograba hacerla reír,
incluso en los momentos más trágicos.
Nuestra amistad
durará eternamente, Sara. De modo que cuando quieras charlar con
Salomón, no tienes más que identificar el tema que quieras comentar,
concentrarte en él, situarte en un punto en el que te sientas a
gusto y yo estaré a tu lado.
-¿Me lo prometes,
Salomón? ¿De verdad, podré verte y tocarte?
Probablemente no,
Sara. Al menos durante un tiempo, pero en cualquier caso nuestra
amistad no se basaba en eso.
Tú y yo somos
amigos mentales.
Tras esas últimas
palabras, el maltrecho cuerpo de Salomón se desplomó sobre la nieve
y sus grandes ojos se cerraron.
-¡No! -El grito
de Sara reverberó a través del prado-o ¡No me dejes, Salomón!
Pero Salomón no
respondió.
Sara se levantó,
sin dejar de contemplar el cuerpo inerte de Salomón. Parecía muy
pequeño tendido sobre la nieve mientras el viento agitaba suavemente
su plumaje.
Sara se quitó el
abrigo y lo depositó sobre la nieve junto a Salomón. Luego lo alzó
con cuidado, abrió su abrigo y lo envolvió en él. A continuación,
sin reparar en que hacía mucho frío, la niña echó a andar por el
Sendero de Thacker transportando a Salomón en brazos.