En realidad Jason
y Billy no habían cambiado, pero ya no conseguían enfurecerla. Al
menos, no tanto como antes.
Sara saludó con
la mano al señor Matson, que como de costumbre tenía la cabeza
debajo del capó del coche de un cliente, tras lo cual siguió
caminando hacia el bosquecillo de Salomón.
-¡Qué día tan
espléndido! -exclamó Sara en voz alta, alzando la vista para
contemplar el hermoso cielo azul de la tarde y aspirar el aire puro
primaveral.
Sara solía
sentirse más animada cuando se fundía la última nieve del invierno y
empezaban a asomar la hierba y las flores de la primavera. El
invierno era muy largo en ese lugar, pero no era la desaparición del
invierno lo que animaba a Sara, sino el hecho de que terminaran las
clases. Los tres meses de libertad que se avecinaban eran motivo más
que suficiente para que Sara se alegrara. Pero sabía que su alegría
no tenía que ver con el hecho de que estuviera a punto de terminar
el curso, sino con el descubrimiento de su válvula. Había aprendido
a mantenerla abierta en cualquier circunstancia.
Me encanta
sentirme libre, pensó Sara. Me encanta sentirme bien. Me encanta no
temer nada...
-¡Ayyyy! -gritó
de pronto, saltando para no tropezar con la serpiente más gigantesca
que jamás había visto, la cual estaba extendida cuan larga era, y
era larguísima, en el camino. Tras aterrizar en el suelo, Sara echó
correr como alma vendida al viento, sin detenerse un instante hasta
cerciorarse de haber dejado bien atrás a la serpiente.
»Quizá no sea tan
valiente como creía -dijo Sara, riéndose de sí misma. Luego rompió a
reír a carcajadas al comprender el motivo que había puesto en fuga a
Jason ya Billy y sus pocas ganas de detenerse para cincharla.
Cuando llegó al
bosquecillo de Salomón, aún se reía. 
Salomón esperaba
a Sara ilusionado y pacientemente. Te veo hoy muy alegre, Sara.
-¡Últimamente me
ocurren unas cosas muy extrañas, Salomón! Justo cuando empezaba a
pensar que comprendía una cosa, ocurría algo que me demostraba que
no entendía nada. Había empezado a pensar que era muy valiente, que
nada me asustaba, pero ha ocurrido algo que me ha dado un susto de
muerte. ¡Qué raro es todo esto, Salomón!
No pareces muerta
de miedo, Sara.
-Bueno, quizá
haya exagerado un poco, porque, como puedes ver, no estoy muerta...
Me refería a que
no pareces asustada. Te veo muy alegre y risueña.
-Ahora me río,
pero cuando me topé con una serpiente gigantesca en el camino,
dispuesta a morderme, no me reí en absoluto. Pensaba en lo valiente
e intrépida que me he vuelto, cuando de pronto sentí pánico y eché a
correr como si me persiguiera el diablo.
Entiendo,
respondió Salomón. No seas demasiado dura contigo misma, Sara. Es
muy normal reaccionar de esa forma cuando te enfrentas a una
circunstancia que te desagrada. No es tu reacción inicial a algo lo
que marca el tono de tu vibración, ni de tu punto de atracción, lo
que influye de modo decisivo es lo que hagas más tarde.
-¿Qué quieres
decir?
¿Por qué crees
que te asustaste al ver la serpiente? -¡Pues porque era una
serpiente, Salomón! ¡Esos bichos me horripilan! Te muerden y hacen
que te pongas enferma, hasta pueden matarte. Algunas se enroscan
alrededor de tu cuerpo y te asfixian -declaró Sara, muy ufana,
recordando los detalles de un horripilante documental sobre la
naturaleza que había visto en la escuela.
Sara se detuvo
para recuperar el resuello y tratar de calmarse. Sus ojos
centelleaban y el corazón le latía con violencia.
¿Crees que estas
palabras que has pronunciado hacen que te sientas mejor o peor,
Sara?
La niña
reflexionó unos momentos antes de responder. Estaba tan excitada y
ansiosa de explicar el efecto que le producían las serpientes, que
no se había parado a pensar en cómo le afectaban sus palabras.
A eso me refería
cuando dije que lo más importante es lo que hagas más tarde, Sara.
Mientras hablas sin parar sobre esa y otras serpientes y todas las
cosas horribles que pueden hacerte, permaneces en una vibración
negativa, lo cual indica que es muy probable que atraigas otras
experiencias desagradables relacionadas con serpientes.
_ ¿Pero qué puedo
hacer, Salomón? ¡Si hubieras visto a esa serpiente gigantesca! Por
poco tropiezo con ella. Cualquiera sabe lo que me habría hecho... y
dale. Sigues imaginando, Y manteniendo como tu imagen de
pensamiento, algo que no deseas.
Sara guardó
silencio. Sabía a qué se refería Salomón, pero no sabía qué hacer al
respecto. La serpiente era tan enorme, la había tenido tan cerca Y
le había dado tanto miedo, que no podía plantearse el asunto de otro
modo.
-De acuerdo,
Salomón, dime qué habrías hecho tú si fueras una niña y por poco
pisas una serpiente gigantesca.
En primer lugar,
Sara, ten presente que tu objetivo, ante todo, es hallar un punto en
el que te sientas mejor. Si te concentras en otro objetivo, te
desviarás del camino que debes seguir. Si tratas de adivinar dónde
se ocultan todas las serpientes, te sentirás peor.
Si te propones
mantenerte ojo avizor para no volver a tropezarte con otra
serpiente, te sentirás agobiada. Si tratas de aprender a identificar
a todas las serpientes, para clasificar/as como buenas o malas, te
sentirás abrumada ante una tarea tan ingente. Si tratas de analizar
las circunstancias, sólo conseguirás sentirte peor. Tu único
objetivo es tratar de enfocar este asunto de forma que te sientas
mejor de lo que te sentías cuando pegaste un salto y echaste a
correr para huir de la serpiente.
-¿Y qué debo
hacer, Salomón?
Repetirte algo
como: «Esta gigantesca serpiente está tumbada al sol. Se alegra de
que el invierno haya terminado, y le gusta tomar el sol, lo mismo
que a mí».
-Pero eso no hace
que me sienta mejor.
Entonces repite:
«Esta gigantesca serpiente no siente el menor interés por mí. Ni
siquiera alzó la vista cuando pasé coarriendo junto a ella. Tiene
otras cosas que hacer que dedicarse a morder a las niñas».
-Eso sí hace que
me sienta mejor. ¿Qué más? «Siempre ando con cautela, continuó
Salomón. Menos mal que vi a la serpiente, o intuí su presencia y
salté sobre ella para no importunarla. La serpiente habría hecho lo
mismo para no tropezar conmigo. »
-¿Tú crees que
eso es lo que habría hecho la serpiente, Salomón? ¿Cómo lo sabes?
Hay multitud de
serpientes a tu alrededor, Sara. Habitan en el río, entre la hierba
que Pisas. Cuando pasas junto a ellas, se apartan de tu camino.
Saben que hay espacio suficiente para todos. Conocen el equilibrio
perfecto de tu planeta físico. Ellas también mantienen sus válvulas
abiertas, Sara.
-¿Las serpientes
tienen unas válvulas?
Por supuesto.
Todos los animales de tu planeta tienen válvulas. Y por lo general
las mantienen abiertas.
-Hummm -murmuró
Sara, sintiéndose mucho mejor.
¿Ves cómo te
sientes más animada? Nada ha cambiado.
La serpiente
sigue tumbada en el lugar donde la viste. Las circunstancias no han
cambiado. Lo que ha cambiado es la forma en que te sientes.
Sara comprendió
que Salomón estaba en lo cierto. A partir de ahora, cuando pienses
en serpientes, sentirás una emoción positiva. Se abrirá tu válvula,
y las suyas también. Y seguiréis viviendo en armonía.
Los ojos de Sara
brillaban de satisfacción al captar el significado de las palabras
del búho.
-De acuerdo,
Salomón. Tengo que irme. Te veré mañana.
Salomón sonrió
cuando Sara echó a andar por el camino brincando de gozo. De pronto
la niña se detuvo y preguntó sin volverse:
-¿Crees que
volveré a tener miedo de las serpientes, Salomón?
Es posible, Sara.
Pero si sientes miedo, ya sabes cómo eliminarlo.
-Es verdad
-respondió Sara sonriendo.
Y con el tiempo,
añadió Salomón, tu temor desaparecerá por completo. No sólo el que
te inspiran las serpientes, sino todo lo demás. 
Durante el camino
de regreso a casa después de abandonar el bosquecillo, Sara
contempló la nueva hierba primaveral y se preguntó cuántas
serpientes se ocultarían allí.
Al principio se
estremeció un poco ante la terrorífica perspectiva de que hubiera
unas serpientes acechándola entre los matojos de los caminos que
ella recorría, pero luego pensó en lo amables que eran por
permanecer ocultas y apartarse de su camino.