Cinco o seis
niños, los sabihondos de la clase, se apresuraron a levantar la mano
para dejar a Sara en ridículo.
-No, señor
-musitó Sara, hundiéndose en su asiento.
-¿Qué has dicho,
Sara? –
preguntó el
maestro con aspereza.
-He dicho que no,
señor, que no sé la respuesta a esa pregunta – contestó Sara
levantando más la voz.
Pero el señor
Jorgensen no había terminado aún con ella.
-¿Sabes la
pregunta, Sara?
La niña se
sonrojó abochornada. No tenía la más resmota idea de cuál era la
pregunta. Había estado absorta en sus pensamientos, en su propio
mundo.
-¿Me permites que
te de un consejo, Sara?
Sara no levantó
la vista, porque sabía que tanto si se lo permitía como si no el
señor Jorgensen soltaría lo que quería decide.
-Te aconsejo,
señorita, que dediques más tiempo a pensar en las cosas importantes
que comentamos en clase en lugar de distraerte mirando por la
ventana y pensando en tonterías. Procura asimilar las lecciones con
esa cabeza de chorlito que tienes.
Más risotadas.
¿Cuándo se
acabará la clase?
En aquel momento
sonó, por fin, el timbre.
Sara echó a andar
lentamente hacia su casa, observando cómo sus botas rojas se hundían
en la nieve. Se alegraba de que nevara. Se alegraba de estar
tranquila y a solas.
Se alegraba de
tener la oportunidad de enfrascarse en la privacidad de sus
pensamientos durante la caminata de tres kilómetros a casa.
Observó que el
lecho del río debajo del puente de la calle Mayor estaba casi
completamente cubierto de hielo y pensó en bajar a comprobar el
grosor del hielo, pero decidió dejado para otro día. Contempló el
agua que fluía debajo de la capa de hielo y sonrió al pensar en los
numerosos rostros que mostraba el río a lo largo del año. Lo más
divertido del trayecto a casa era atravesar el puente tendido sobre
el río. Siempre ocurría algo interesante en ese lugar. 
Después de cruzar
el puente, Sara alzó la vista por primera vez desde que había salido
del patio de la escuela y sintió cierta tristeza al pensar que sólo
faltaban dos manzanas para que su apacible caminata a casa
concluyera. Aminoró el paso para saborear la paz que había
recuperado, tras lo cual se volvió y caminó unos metros hacia atrás,
contemplando de nuevo el puente.
-¡Paciencia!
--dijo Sara suspirando suavemente al enfilar el camino de grava de
su casa. Se detuvo en los escalones de entrada para desprender un
trozo grande de hielo con la bota y lo lanzó de un puntapié sobre un
montón de nieve. Luego se quitó las botas mojadas y entró en casa.

Sara cerró la
puerta sigilosamente y colgó su grueso y empapado abrigo en el
perchero, procurando hacer el menor ruido posible. No se parecía en
nada a los otros miembros de su familia, que al entrar gritaban a
voz en cuello: «j Ya estoy aquí!» Me gustaría ser una ermitaña,
pensó al atravesar la salita de estar para dirigirse a la cocina.