Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO DOS

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO DOS

-¿Querías decir algo, Sara?

Sara se sobresaltó al oír al señor Jorgensen pronunciar su nombre.

-Sí, señor. ¿Sobre qué, señor? -balbuceó mientras los otros veintisiete alumnos de la clase se reían.

 
   

Sara no entendía por qué les divertía tanto a sus compañeros el que otro metiera la pata, pero siempre se ponían a reír estrepitosamente, como si hubiera ocurrido algo verdaderamente cómico. ¿Qué tiene de cómico el que uno se sienta avergonzado? Sara no conocía la respuesta a esa pregunta, pero no era el momento de pensar en ello, porque el señor Jorgensen seguía plantado junto a ella, haciendo que se sintiera increíblemente avergonzada mientras sus compañeros observaban la escena con evidente regocijo.

-¿Puedes responder a mi pregunta, Sara?

Más risas. ('Cuándo acabará este suplicio?

-Levántate, Sara, y danos tu respuesta.

¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Tan importante es que responda a esa pregunta?

 

Cinco o seis niños, los sabihondos de la clase, se apresuraron a levantar la mano para dejar a Sara en ridículo.

-No, señor -musitó Sara, hundiéndose en su asiento.

-¿Qué has dicho, Sara? –

preguntó el maestro con aspereza.

-He dicho que no, señor, que no sé la respuesta a esa pregunta – contestó Sara levantando más la voz.

Pero el señor Jorgensen no había terminado aún con ella.

-¿Sabes la pregunta, Sara?

La niña se sonrojó abochornada. No tenía la más resmota idea de cuál era la pregunta. Había estado absorta en sus pensamientos, en su propio mundo.

-¿Me permites que te de un consejo, Sara?

Sara no levantó la vista, porque sabía que tanto si se lo permitía como si no el señor Jorgensen soltaría lo que quería decide.

-Te aconsejo, señorita, que dediques más tiempo a pensar en las cosas importantes que comentamos en clase en lugar de distraerte mirando por la ventana y pensando en tonterías. Procura asimilar las lecciones con esa cabeza de chorlito que tienes.

Más risotadas.

¿Cuándo se acabará la clase?

En aquel momento sonó, por fin, el timbre.

Sara echó a andar lentamente hacia su casa, observando cómo sus botas rojas se hundían en la nieve. Se alegraba de que nevara. Se alegraba de estar tranquila y a solas.

Se alegraba de tener la oportunidad de enfrascarse en la privacidad de sus pensamientos durante la caminata de tres kilómetros a casa.

Observó que el lecho del río debajo del puente de la calle Mayor estaba casi completamente cubierto de hielo y pensó en bajar a comprobar el grosor del hielo, pero decidió dejado para otro día. Contempló el agua que fluía debajo de la capa de hielo y sonrió al pensar en los numerosos rostros que mostraba el río a lo largo del año. Lo más divertido del trayecto a casa era atravesar el puente tendido sobre el río. Siempre ocurría algo interesante en ese lugar.

Después de cruzar el puente, Sara alzó la vista por primera vez desde que había salido del patio de la escuela y sintió cierta tristeza al pensar que sólo faltaban dos manzanas para que su apacible caminata a casa concluyera. Aminoró el paso para saborear la paz que había recuperado, tras lo cual se volvió y caminó unos metros hacia atrás, contemplando de nuevo el puente.

-¡Paciencia! --dijo Sara suspirando suavemente al enfilar el camino de grava de su casa. Se detuvo en los escalones de entrada para desprender un trozo grande de hielo con la bota y lo lanzó de un puntapié sobre un montón de nieve. Luego se quitó las botas mojadas y entró en casa.

Sara cerró la puerta sigilosamente y colgó su grueso y empapado abrigo en el perchero, procurando hacer el menor ruido posible. No se parecía en nada a los otros miembros de su familia, que al entrar gritaban a voz en cuello: «j Ya estoy aquí!» Me gustaría ser una ermitaña, pensó al atravesar la salita de estar para dirigirse a la cocina.

Una ermitaña tranquila y feliz, que Piensa, que habla o no dice nada, que elige ella misma todo lo que quiere hacer cada día de su vida. ¡Sí!