-¿Qué le ha
pasado al señor Jorgensen, Salomón?
-preguntó Sara-o
Parece otro hombre.
Es el mismo,
Sara, pero has observado otras cosas en él. -No creo que haya
observado otras cosas en él, sino que hace cosas que no hacía antes.
¿Por ejemplo?
-Sonríe más que
antes. A veces sonríe antes de que suene el timbre. Antes apenas
sonreía. ¡Hasta me ha guiñado el ojo! Y en clase cuentas unas
historias tan divertidas que hace que nos riamos a carcajadas.
Parece más feliz que antes, Salomón.
Todo parece
indicar que tu maestro se ha unido a tu cadena de la alegría, Sara.
La niña se quedó
pasmada. ¿Acaso Salomón le atribuía a ella el cambio en la conducta
del señor Jorgensen?
-¿Quieres decir
que he sido yo quien ha hecho que el señor Jorgensen se sienta más
feliz?
No ha sido sólo
cosa tuya, Sara, porque el señor Jorgensen desea ser feliz. Pero tú
le has ayudado a recordar que desea ser feliz. Y le has ayudado a
recordar por qué decidió ser maestro. -Yo no he hablado con el señor
Jorgensen de esas cosas, Salomón.
¿Cómo pude
haberle ayudado a recordarlas?
Lo conseguiste a
través del aprecio que sientes por el señor Jorgensen. Verás, cada
vez que prestas atención a alguien, o a algo, y al mismo tiempo
sientes esa maravillosa sensación de aprecio, haces que se
intensifique el estado de felicidad de esas personas. Les
proporcionas un baño de aprecio.
-¿Como si las
rociara con la manguera del jardín? _Sara rió de gozo, satisfecha de
que se le había ocurrido esa ingeniosa analogía.
Sí, Sara, es algo
muy parecido. Pero antes de que puedas rociar a las personas con la
manguera, tienes que conectada al grifo y abrirlo. Y eso lo haces al
apreciarlas.
Cada vez que
sienten aprecio o amor por alguien, cada vez que ves algo positivo
en una persona o en algo, te conectas al grifo.
-¿Quién instala
el aprecio en el grifo, Salomón? ¿De dónde sale?
Siempre ha estado
ahí, Sara. Es algo natural. -¿Entonces por qué las personas no
rocían siempre a los demás con su aprecio?
Porque la mayoría
de las personas se han desconectado del grifo, Sara. N o
intencionadamente, pero no saben cómo permanecer conectadas a él.
-Así que según
tú, ¿puedo conectarme cuando quiera al grifo y rociar con mi aprecio
a quien quiera, en cualquier momento y en cualquier lugar?
Así es, Sara. Y
cada vez que rocíes a las personas con tu manguera de aprecio,
observarás unos cambios evidentes. -¡Vaya! -murmuró Sara, tratando
de captar mentalmente la magnitud de lo que acababa de averiguar-o
¡Es como magia, Salomón!
Al principio
parece magia, Sara, pero al cabo de un tiempo te parecerá de lo más
natural. Sentirse bien -y convertirte en un catalizador para que
otros se sientan bien – es la cosa más natural.
Sara cogió la
cartera y la chaqueta que se había quitado, dispuesta a despedirse
de Salomón hasta el día siguiente.
Recuerda, Sara,
que tu tarea consiste en mantenerte conectada al grifo.
Sara se detuvo y
se volvió para mirar a Salomón, comprendiendo de golpe que esto
quizá no fuera tan fácil, ni tan mágico, corno el búho le había dado
a entender. -
¿Existe algún
truco para mantenerme conectada al grifo, Salomón?
Quizá requiera un
poco de práctica, al principio. Pero al cabo de un tiempo
conseguirás dominar/o. Durante los próximos días, Piensa en algo, y
luego presta atención a cómo te sientes. Observarás que cuando
sientas aprecio, satisfacción, cuando felicites a alguien o veas
aspectos positivos en una persona u objeto, te sentirás
maravillosamente, lo cual significa que estás conectada al grifo.
Pero cuando censures, critiques o culpes a alguien por algo, no te
sentirás bien. Yeso significa que estás desconectada, al menos
durante el rato que te sientes mal. Diviértete con esto, Sara.
Tras esas
palabras, Salomón desapareció.
Sara echó a andar
hacia su casa sintiéndose eufórica.
Había disfrutado
mucho con el juego del aprecio que le había propuesto Salomón, pero
la idea de apreciar a alguien o algo con el propósito de conectarse
a ese maravilloso grifo le parecía aún más excitante. Le daba más
motivos para apreciar lo que le rodeaba.
Sara dobló la
esquina y enfiló el último tramo del trayecto hacia su casa cuando
vio a la vieja tía Zoie avanzando lentamente por el camino empedrado
de su casa.
Sara no la había
visto en todo el invierno y le sorprendió veda fuera. Como la tía
Zoie no la había visto, Sara se abstuvo de saludada, pues no quería
sobresaltada ni entablar con ella la larga conversación que se
temía. La tía Zoie caminaba muy despacio, y a lo largo de los años
Sara había aprendido a ahorrarse el mal rato de ver a la tía Zoie
tratando de hallar las palabras con que expresar sus pensamientos.
Parecía corno si su mente trabajara más deprisa que sus labios y se
hiciera un lío con los pensamientos que bullían en su cabeza. El
hecho de que Sara tratara de ayudada, apuntando alguna que otra
palabra, sólo servía para irritar aún más a la tía Zoie. De modo que
Sara decidió evitar encontrarse con ella. Pero tampoco era la
solución ideal. Le entristeció ver cómo la pobre anciana subía
torpemente los escalones de la entrada. Se sujetaba a la barandilla
con todas sus fuerzas, avanzando pasito a paso, salvando lentamente
los cuatro o cinco escalones del porche de su casa. 
Espero no acabar
como ella cuando sea vieja, pensó Sara.
Entonces recordó
su última charla con Salomón. ¡El grifo! ¡La rociaré con el grifo!
Primero, me conectaré al grifo y luego la rociaré con mi aprecio.
Pero no lograba experimentar ese sentimiento. Bueno, volveré a
intentar/o. Sara se sentía frustrada.
-Esto es
importante, Salomón -rogó a su amigo el búho-o La tía Zoie también
necesita que la rocíe con mi aprecio.
Pero no obtuvo
respuesta de Salomón.
-¿Dónde te has
metido, Salomón? -gritó Sara, sin darse cuenta de que la tía Zoie
había reparado en su presencia y la observaba desde el porche.
-¿Con quién
hablas? -preguntó la anciana a Sara. Sara se sobresaltó.
-Con nadie
-respondió turbada, echando a andar apresuradamente por el camino.