-No es más que un
dolor de cabeza, tesoro. Me ha dolido todo el día y al final decidí
que no podía quedarme otro minuto más en el trabajo, de modo que
regresé a casa. -¿Te sientes mejor?
-La cabeza me
duele menos cuando cierro los ojos.
Me quedaré
acostada un ratito. No tardaré en salir. Cierra la puerta de la
habitación y cuando llegue tu hermano, dile que saldré dentro de un
rato. Si duermo unos minutos me sentiré mejor.
Sara salió de la
habitación de su madre de puntillas y cerró la puerta con suavidad.
Se quedó unos momentos en el pasillo, sin saber qué hacer. Sabía que
tenía que hacer las faenas de la casa que hacía cada día de su vida,
pero hoy todo parecía distinto.
Sara no recordaba
la última vez que su madre no hubiera acudido al trabajo por
sentirse indispuesta, y le preocupaba que hubiera llegado tan
temprano a casa. Notaba un nudo en el estómago y se sentía
desorientada. No se había percatado de hasta qué punto el carácter
estable y alegre de su madre tenían un efecto tranquilizador sobre
ella.
-Esto no me gusta
-dijo Sara en voz alta-o Esperó que el dolor de cabeza de mamá
desaparezca enseguida.
Sara. Sara oyó la
voz de Salomón. ¿Tu felicidad depende de las circunstancias que te
rodean? Creo que ésta es una buena oportunidad para practicar.
-De acuerdo,
Salomón. ¿Pero cómo quieres que practique? ¿Qué debo hacer?
Abre tu válvula,
Sara. Cuando te sientes mal, significa que tu válvula está cerrada.
Procura pensar en algo que haga que te sientas mejor, hasta que
notes que tu válvula vuelve a abrirse.
Sara se dirigió a
la cocina, pensando en su madre postrada en la cama en la habitación
de al lado. Vio el bolso de su madre sobre la mesa de la cocina; no
podía dejar de pensar en su madre.
Toma la decisión
de hacer algo, Sara. Piensa en tus tareas y decide hacerlas esta
noche en un tiempo récord. Decide hacer algo más, algo más que tus
tareas habituales.
Esa idea hizo que
Sara se pusiera de inmediato manos a la obra. Se movió rápidamente,
recogiendo las cosas que diversos miembros de la familia habían ido
dejando desperdigadas por la casa, lentamente, a lo largo de varias
horas ayer por la tarde, antes de acostarse. Recogió los periódicos
diseminados por el suelo de la sala de estar y los colocó en una
pila ordenada, tras lo cual quitó el polvo de las superficies de las
mesas en la sala de estar. Luego limpió el lavabo y la bañera del
único baño de la casa. Vació los cubos de basura en la cocina y la
papelera del baño. Ordenó los papeles que tenía su padre diseminados
sobre el amplio escritorio de roble, tan enorme que apenas cabía en
el rincón de la sala de estar, procurando no dejar nada muy lejos
del lugar donde lo había dejado su padre. No estaba segura de si
existía cierto orden en el desorden de su padre, pero en todo caso
no quería causar problemas. Su padre pasaba muy poco tiempo sentado
ante su escritorio, y Sara se preguntaba a menudo por qué había
dedicado un espacio tan grande de la sala de estar a aquel trasto.
Pero procuraba a su padre un lugar donde reflexionar y, lo que era
más importante, un lugar donde dejar los papeles sobre los que no
quería seguir pensando en aquellos momentos.
Sara se movió con
rapidez, decidida a terminar cuanto antes, y cuando tomó la decisión
de no pasar el aspirador sobre la alfombra de la sala de estar, para
no molestar a su madre, se percató de lo bien que se sentía después
del breve rato que había dedicado a limpiar y recoger la casa. Pero
al decidir no pasar el aspirador, para no importunar a su madre que
estaba descansando, volvió a concentrarse en la circunstancia
negativa, lo cual le hizo sentir de nuevo aquella incómoda sensación
en la boca del estómago.

¡Es asombroso!,
pensó Sara. Ahora me doy cuenta de que la forma en que me siento
depende sólo de las cosas a las que presto atención. Las
circunstancias no han cambiado, pero mi atención sí.
Sara se sintió
entusiasmada. Había descubierto algo muy importante. Había
descubierto que su alegría no dependía de ninguna otra persona ni
objeto.
De pronto oyó que
se abría la puerta de la habitación de su madre y ésta salió al
pasillo y entró en la cocina. -¡Qué limpio y ordenado está todo,
Sara! -exclamó su madre, que parecía sentirse más aliviada.
-¿Ya no te duele
la cabeza, mamá? -preguntó Sara con ternura.
-Me siento mucho
mejor, Sara. He podido descansar un rato porque sabía que tú te
ocuparías de todo. Gracias, cariño.
Sara se sentía
divinamente. Sabía que en realidad no había hecho mucho más de lo
que hacía todos los días al llegar de la escuela.