Sara no había
tenido muchas Oportunidades de entrar en casa de los Pack, pero las
pocas veces que había puesto los pies en ella, por haberla enviado
su madre con
un recado, le
había impresionado lo ordenada y limpia que estaba siempre, sin un
detalle fuera de lugar. ¡La ley de la atracción universal!, pensó
Sara.
El hermano de
Sara, Jason, y su revoltoso amigo Billy, pasaron a toda velocidad
Junto a Sara montados en sus bicis, aproximándose cuanto podían sin
chocar con ella. - ¡Eh, Sara, fíjate por dónde vas! -se mofó Jason.
Sara les oyó reír
a carcajadas mientras circulaban por la calle.
¡Mocosos!, pensó
Sara Ocupando de nuevo su lugar en la calzada, irritada por haberse
apartado para dejarles pasar.
-Son tal para
cual -masculló_. Se divierten haciendo trastadas. -De pronto se paró
en seco-o Aves del mismo plumaje -comentó sonriendo. ¡Dios los cría
y ellos se juntan! ¡Ésa es la ley de la atracción universal!
¡Y afecta a todas
las personas y objetos que existen en el Universo! Sara recordó las
palabras de Salomón.
Al día siguiente,
Sara pasó un buen rato buscando pruebas de la ley de la atracción
universal.
¡Están en todas
partes!, pensó mientras observaba a adultos, niños y adolescentes
ocupándose de sus quehaceres en el pueblo.
Sara se detuvo en
Hoyt's Store, una tienda de ultramarinos y otros artículos, situada
en el centro del pueblo, no lejos del camino a la escuela. Compró
una goma de borrar para suplir a la que un compañero le había
perdido prestada ayer y no se la había devuelto, y una chocolatina
para después del almuerzo.
A Sara le gustaba
entrar en esta tienda. Siempre le producía una sensación agradable.
Los dueños de la tienda eran tres hombres joviales y risueños que
continuamente estaban dispuestos a bromear con las personas que
entraban en el establecimiento. Como era la única tienda de
ultramarinos del pueblo, siempre estaba llena, pero incluso cuando
se formaban largas colas, los dueños no dejaban de sonreír y bromear
con quienquiera que les siguiera el juego.
-¿Cómo te va,
pequeña? -le preguntó sonriendo el más alto de los tres hombres.
Su entusiasmo
sorprendió un poco a Sara. Los dueños de la tienda no solían bromear
con ella, cosa que a Sara le tenía sin cuidado, pero hoy parecían
más dispuestos.
-Muy bien
-respondió Sara resueltamente.
-¡Así me gusta!
¿Qué vas a comerte en primer lugar, la chocolatina o la goma de
borrar?
-Creo que primero
me comeré la chocolatina. ¡La goma de borrar la reservo para el
postre! -contestó Sara sonriendo.
El señor Hoyt
soltó una carcajada, sorprendido del buen humor de Sara. Su
ingeniosa respuesta sorprendió también a la misma Sara.
-¡Que pases un
buen día, tesoro! ¡Diviértete!
Sara se sentía
estupendamente cuando salió de la tienda y enfiló por la calle
Mayor. Aves del mismo plumaje, pensó. La ley de la atracción
universal. ¡Está en todas partes!
¡Qué día tan
hermoso! Sara alzó la vista y contempló el cielo límpido y azul,
apreciando el tibio y maravilloso día de invierno.
-¡Brrrruuuuum!
–gritaron Jason y Billy al unísono al pasar como una exhalación
junto a Sara, montados en sus bicicletas y pedaleando a toda
velocidad. Pasaron casi rozándola, sin chocar con ella pero
salpicándole las piernas de barro.
-¡Monstruos!
-chilló Sara enfurecida. Esto no tiene sentido. Tengo que
comentárselo a Salomón.
Cuando sus
empapadas ropas se secaron Sara consiguió eliminar la mayoría de
manchas de barro, pero al término de la jornada seguía sintiéndose
confundida y furiosa.
Estaba furiosa
con] asan, pero eso no era una novedad. También estaba enfadada con
Salomón, con la ley de la atracción universal, con las aves del
mismo plumaje y con las personas malas. En realidad, estaba enfadada
prácticamente con todo el mundo.
Como de
costumbre, Salomón estaba posado sobre la cerca, esperando
pacientemente la visita de Sara.
Hoy pareces muy
excitada, Sara. ¿De qué quieres hablarme?
-¡Hay algo que no
encaja en esta ley de la atracción universal! -contestó Sara.
La niña se
detuvo, esperando a que Salomón n la corrigiera.
Continúa, Sara.
-Dijiste que
según la ley de la atracción todos los cuerpos semejantes se atraen
mutuamente, ¿no es así? y Jason y Billy son malos. Se pasan el día
buscando la forma de fastidiar a la gente. -Sara se detuvo unos
instantes, suponiendo que Salomón la interrumpiría.
Prosigue.
-Pero yo no soy
mala, Salomón. Quiero decir que no me dedico a salpicar a las
personas con barro ni atropelladas con mi bici. No atrapo ni mato a
animalitos ni desinflo los neumáticos de la gente, así que no
entiendo por qué Jason y Billy andan siempre detrás de mí. No somos
aves del mismo plumaje. ¡Somos muy distintos!
¿De veras crees
que Jason y Billy son malos, Sara?
-¡Estoy
convencida!
Son unos granujas,
en eso estoy de acuerdo contigo, dijo Salomón sonriendo, pero son
como todas las personas y los seres del Universo. Constituyen una
mezcla de lo deseable y lo indeseable. ¿No has visto nunca hacer
algo bueno a tu hermano? -Alguna vez, pero muy pocas -balbució
Sara-o Tengo que pensar en ello. Pero sigo sin entenderlo, Salomón.
¿Por qué no me dejan tranquila? ¡Yo no me meto con ellos!
Escucha, Sara.
Siempre tienes la opción de contemplar algo que deseas, o algo que
no deseas. Cuando contemplas algo que deseas, por el simple hecho de
mirarlo empiezas a vibrar junto con esa persona o cosa. Te asemejas
a esa persona o cosa ¿Lo has entendido, Sara?
-¿Te refieres a
que por el mero hecho de observar a una persona que es mala, me
convierto también en mala?
No exactamente,
pero veo que empiezas a captar/o. Imagina un tablero con lucecitas,
aproximadamente del tamaño de tu cama.
-¿Un tablero con
lucecitas?
Sí. Un tablero
con un millar de lucecitas, como las lucecitas de un árbol de
Navidad, que sobresalen del tablero. Un mar de luces. Miles de
luces, y tú eres una de ellas. Cuando prestas atención a algo, por
el mero hecho de prestar/e atención, tu luz en el tablero se
enciende y, en ese momento, todas las otras luces en el tablero -es
decir, en una armonía vibratoria con tu luz -, se encienden también.
Esas luces encendidas representan tu mundo. Son las personas y las
experiencias a las que ahora tienes un acceso vibratorio.
Piensa en ello,
Sara.
De todas las
personas que conoces, a cuál de ellas fastidia y chincha más tu
hermano Jason? -¡A mí, Salomón! -respondió Sara sin vacilar-o ¡No
deja de chincharme!
Y de todas las
personas que conoces, c' cuál de ellas crees que se siente más
molesta por las trastadas de Jason? ¿Quién crees que enciende su luz
en el tablero de lucecitas en una armonía vibratoria con esos
granujas?
Sara rompió a
reír, empezando a captar el asunto. -Yo, Salomón. Yo soy quien se
siente más molesta por sus trastadas. Mi lucecita en el tablero se
enciende constantemente cuando observo a Jason y me enfurezco con
él.
De modo, Sara,
que cada vez que ves algo que no te gusta, cuando reparas en ello,
te resistes a ello y piensas en ello, enciendes tu lucecita en el
tablero, pero no consigues librarte de la sensación de molestia. Con
frecuencia te pones a vibrar incluso cuando Jason no anda cerca. Eso
es porque recuerdas lo que ocurrió la última vez que tu hermano
andaba cerca. Pero lo mejor de esto es que siempre sabes, por la
forma en que te sientes, con qué o quién has adquirido una armonía
vibratoria.
- ¿A qué te
refieres?
Cada vez que te
sientes feliz, cada vez que sientes aprecio por alguien o algo, cada
vez que observas los aspectos positivos de esa persona u objeto,
vibras en armonía con lo que sí deseas. Pero cada vez que te sientes
enojada o temerosa, cada vez que te sientes culpable o decepcionada,
en esos momentos adquieres armonía con lo que no deseas.
-¿Cada vez,
Salomón?
Sí. Siempre
puedes guiarte por tus sentimientos. Es una guía segura. Medita
sobre ello, Sara. Durante los próximos días, mientras observas a las
personas que te rodean, presta atención a cómo te sientes. Muéstrate
a ti misma con qué adquieres una armonía vibratoria.
-Muy bien. Lo
intentaré, Salomón. Pero es muy difícil. Tendré que practicado
muchas veces.
Es cierto. Es
agradable tener a tantas personas a tu alrededor con las que
practicar. Diviértete con esto.
Y tras estas
palabras, Salomón alzó el vuelo y desapareció.
Para ti es fácil
decir/o, Salomón, pensó Sara. Tú puedes elegir con quién quieres
pasar el rato. No tienes que ir a la escuela y soportar a Lynn ya
Tommy. No tienes que convivir con Jason.
De
pronto, con tanta claridad como si Salomón estuviera allí sentado
hablando directamente con ella, Sara le oyó decir: