En lugar de andar
siempre con la vista clavada en sus pies, o absorta en sus
pensamientos, Sara se mostraba extrañamente interesada en lo que
ocurría en su pueblo de montaña, insólitamente observadora y
asombrosamente comunicativa.
-¡Hay muchas
cosas que apreciar! -murmuró Sara para sus adentros. La máquina
quitanieves ha limpiando la mayoría de las calles. Lo cual es muy de
agradecer, pensó.
Eso también lo
aprecio.
Vio un camión de
reparaciones aparcado frente a la tienda de Bergman's, con la
escalera extensible desplegada por completo. Había un operario
encaramado en lo alto de la escalera, manipulando un poste del
tendido eléctrico, mientras su compañero le observaba atentamente
desde el suelo. Sara se preguntó qué estarían haciendo, y llegó a la
conclusión de que seguramente estaban reparando uno de los cables de
energía eléctrica que estaban cubiertos de hielo. Eso está bien,
pensó. Es muy de agradecer que esos hombres se ocupen de que
funcione la electricidad en nuestro pueblo. Lo aprecio sinceramente.
Cuando Sara entró
en el patio de la escuela, un bus escolar, lleno de niños, dobló la
esquina y se detuvo ante la fachada. Sara no vio sus rostros porque
todas las ventanas estaban empañadas de vaho, pero conocía
perfectamente el trayecto del bus. El conductor, que llevaba desde
antes del amanecer recorriendo todo el condado para recoger a sus
díscolos pasajeros, ayudó a la mitad de los mismos a apearse frente
a la escuela de Sara. La otra mitad la depositaría ante la vieja
escuela de Sara, situada en la calle Mayor. Es muy de agradecer lo
que hace el conductor del bus, pensó Sara. Lo aprecio mucho.
Al entrar en el
edificio Sara se quitó el grueso abrigo, sintiendo el grato calor
que reinaba en el interior. Aprecio este edificio, y la caldera que
lo mantiene caldeado, y al conserje que se encarga de encender/a.
Recordó haberle visto arrojar unas paladas de carbón a la caldera,
para alimentar el fuego durante unas horas, y haberle visto retirar
las grandes escorias rojas de la caldera. Aprecio a este conserje
que se encarga de que no pasemos frío.
Sara se sentía
estupendamente. Estoy empezando a captar la importancia de apreciar
ciertas cosas, pensó. Me extraña que no se me ocurriera antes. ¡Es
genial ¡ -¡Hola, carita de bebé!
Sara oyó una voz
falsamente nasal burlándose de alguien. Era un comentario tan
antipático, que al oírlo Sara hizo una mueca de disgusto. El
contraste entre la maravillosa sensación que había experimentado y
el desagradable sonido de esas palabras le chocó.
¡Ya están
metiéndose otra vez con el pobre Donald!, pensó Sara. En efecto, los
dos bravucones habían vuelto a las andadas.
Habían acorralado
a Donald en el pasillo y el pobre niño estaba apretujado contra su
taquilla. Sara vio los rostros de Lynn y Tommy sonriendo
despectivamente a escasos centímetros del de Donald.
De golpe Sara
perdió su timidez. 
-¡Sois unos
cafres! ¿Por qué no os metéis con alguien de vuestro tamaño? -Eso no
era exactamente lo que la niña pretendía decir, puesto que Donald
era bastante más alto que los otros dos, pero la confianza que les
daba el hecho de andar siempre en pareja colocaba a Donald, la
víctima de turno, en una situación de clara desventaja.
-¡Donald tiene
novia, Donald tiene novia! –canturrearon los dos bravucones al
unísono. Sara se sonrojó de vergüenza y al cabo de unos instantes su
rubor se intensificó debido a la ira.
Los dos chicos se
pusieron a reír y echaron a andar por el pasillo, dejando a Sara ahí
plantada, sofocada y sintiéndose abochornada e incómoda.
-¡No necesito que
me defiendas! -gritó Donald, descargando de nuevo su ira sobre Sara
para ocultar sus lágrimas de vergüenza.