En una sola
semana, me he sentido mejor y peor que nunca. Disfruto de mis
charlas con Salomón, disfruté aprendiendo a volar, pero esta semana
pillé también una buena rabieta. i Todo esto es muy extraño!
Piensa en lo que
aprecias. Sara hubiera jurado que había oído la voz de Salomón en su
cuarto.
-Es imposible
-dijo-o Simplemente recuerdo lo que me dijo Salomón.
Y con esto Sara
se volvió de lado, para reflexionar.
Aprecio esta cama
calentita, desde luego, pensó mientras se arrebujaba bajo las
mantas. Y mi almohada. Y también aprecio mi almohada cómoda y
mullida, pensó abrazando la almohada y sepultando la cara en ella.
Aprecio a mi madre ya mi padre. Y a Jason. ... y también a Jason.
No sé, pensó
Sara, no consigo dar con ese punto en que siento lo que deseo.
Quizás esté
cansada. Mañana seguiré inatentándolo. Y tras este último
pensamiento consciente,
Sara se quedó
profundamente dormida.
-¡Estoy volando!
¡Estoy volando de nuevo! -gritó Sara mientras surcaba el aire sobre
su casa. Volar no es la palabra adecuada para describir esta
sensación, pensó. Es más bien como si flotara. ¡Puedo dirigirme
adonde quiera!
Sin el menor
esfuerzo, identificando tan sólo el lugar al que deseaba ir, Sara se
desplazaba con toda facilidad a través del cielo, deteniéndose de
vez en cuando para observar algo en lo que no había reparado antes,
descendiendo en ocasiones hasta casi rozar el suelo para volver a
elevarse al cabo de unos instantes. ¡Volaba muy alto!
Comprobó que si
deseaba descender, no tenía más que extender un pie hacia tierra y
descendía de inmediato. Y cuando quería volver a subir, no tenía más
que alzar la vista hacia el cielo y se elevaba al instante.
¡Quiero pasarme
la vida volando! , pensó Sara.
A ver, se dijo,
¿adónde quiero ir ahora? Sara se deslizó por el aire, sobrevolando
su diminuto pueblo, contemplando las lucecitas que parpadeaban aquí
y allá al tiempo que una familia tras otra apagaba las luces de su
casa antes de irse a acostar. Había empezado a nevar ligeramente y
Sara se asombró de lo abrigada Y segura que se sentía mientras
flotaba al aire libre en plena noche, descalza Y cubierta tan sólo
con un camisón de franela. No hace nada de frío, observó.
Prácticamente
todas las casas estaban oscuras y el único resplandor que se veía
era el de las farolas, colocadas espaciadamente, que iluminaban las
calles. Pero en el otro extremo del pueblo Sara vio que las luces de
una vivienda seguían encendidas. De modo que decidió dirigirse allí,
para ver quién era la persona que estaba aún despierta.
Seguramente es
alguien que mañana no tiene que madrugar, pensó mientras se
aproximaba, extendiendo su pie izquierdo hacia abajo para propiciar
un descenso rápido y perfecto.

Sara aterrizó
sobre la pequeña ventana de la cocina, alegrándose de que las
cortinas estuvieran descorridas y le permitieran mirar dentro. Al
hacerlo vio al señor Jorgensen, su maestro, sentado a la mesa de la
cocina, frente a un montón de papeles. El señor Jorgensen cogía
sistemáticamente un papel, lo leía con atención y luego tomaba otro,
y otro... Sara lo miró fascinada. El hombre parecía tomarse aquella
tarea muy en serio.
Sara empezó a
sentirse un poco culpable por estar espiando a su maestro.
Pero es la
ventana de la cocina, pensó, no la de un lugar privado como el baño,
o el dormitorio.
El señor
Jorgensen sonreía, como si disfrutara leyendo esos papeles. Luego
escribió algo en uno de ellos. Entonces Sara comprendió lo que hacía
su maestro. Leía los ejercicios que ella y sus compañeros le habían
entregado después de clase. Los leía uno por uno, detenidamente.
Con frecuencia
Sara hallaba unas palabras escritas en la parte superior o en el
dorso de los ejercicios que el señor Jorgensen le devolvía, cosa que
ella no apreciaba mucho. No hay manera de complacer/e, solía pensar
Sara al leer las notas escritas en sus ejercicios.
Pero al ver al
hombre leer un ejercicio tras otro y escribir unas notas en ellos,
mientras el resto de los habitantes del pueblo dormía a pierna
suelta, Sara experimentó una extraña sensación. Se sintió casi
mareada cuando su antigua y negativa opinión sobre el señor
Jorgensen y su nueva opinión sobre él chocaron dentro de su cabeza.
-¡Caray! -exclamó
Sara. Al alzar la vista su cuerpo menudo se elevó a toda velocidad
sobre la casa de su maestro.
Sara sintió como
si una cálida ráfaga de viento brotara de su interior, envolviendo
su cuerpo y haciendo que se le pusiera la carne de gallina. Los ojos
se le llenaron de lágrimas y el corazón le dio un vuelco de alegría
mientras se elevaba hacia el cielo, contemplando a sus pies el
bonito pueblo cuyos habitantes (casi todos) dormían plácidamente.
