Bastante duro es
mudarse a un nuevo pueblo en el que no conoces a nadie, sin tener
que soportar que unos bravucones de pacotilla se metan continuamente
contigo.
Mientras
observaba en el pasillo cómo Lynn y Tommy se burlaban de Donald, a
Sara se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordó las risotadas que
habían estallado ayer en clase, cuando el maestro había pedido a
Donald que se pusiera de pie para presentarlo a sus nuevos
compañeros y éste se había levantado sosteniendo una cajita para
lápices de plástico color rojo vivo. Sara reconocía que había sido
una torpeza más propia de los niños de la edad de su hermanito, pero
no era motivo para que le humillaran de esa forma.
Sara comprendió
que aquél había sido el momento decisivo para Donald. Si éste
hubiera resuelto la situación de otro modo, permaneciendo de pie,
echándole valor al asunto y sonriendo, sin importarle lo que
aquellos impresentables opinaran sobre él, las cosas quizá se
habrían desarrollado de otra manera. Pero no había sido así. Donald,
avergonzado y aterrorizado, se había hundido en la silla,
mordiéndose el labio. El maestro había reprendido a la clase, pero
no había servido de nada. A los niños les tenía sin cuidado lo que
el seño Jorgensen opinara de ellos, pero a Donald le importaba mucho
lo que la clase opinara sobre él.
Ayer, al salir de
clase, Sara había visto a Donald tirar su cajita para lápices a la
papelera que había junto a la puerta. Cuando Donald se hubo
marchado, Sara había rescatado el grotesco artilugio y lo había
guardado en su cartera.
Sara observó a
Tommy y a Lynn avanzar por el pasillo. Les oyó bajar
estrepitosamente la escalera. Vio a Donald frente a su taquilla,
inmóvil, contemplándolo como si ésta contuviera algo que pudiera
solventar su situación, o como si deseara meterse dentro de ella y
evitar enfrentarse a lo que le esperaba fuera. Sara sintió un nudo
en el estómago. No sabía qué hacer, por más que quería ayudar a
Donald. Después de echar un vistazo por el pasillo, para cerciorarse
de que los bravucones se habían marchado, sacó la cajita roja de su
cartera y se apresuró hacia Donald, que estaba guardando sus libros
en su taquilla en un inútil intento de recobrar la compostura.
-Hola, Donald.
Ayer te vi tirar esto a la papelera -dijo Sara sin más preámbulos-o
A mí me gusta. Creo que deberías conservarlo.
-¡No lo quiero!
-le espetó Donald.
Sorprendida, Sara
retrocedió mientras trataba de recobrar mentalmente el equilibrio.
-¡Si
tanto te gusta, quédatelo tú! -le gritó Donald.