Llama Violeta

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El libro de Sara

Primera Parte

Sara y la amistad eterna entre aves del mismo plumaje

CAPÍTULO DIEZ

Esther y Jerry Hicks

 

CAPÍTULO DIEZ

-¡Eh, bebé! ¿Te sigues haciendo pis en la cama? Sara les observó enojada mientras se burlaban de Donald. Como su timidez le impedía intervenir, trató de desviar la vista para no percatarse de lo que ocurría. –Se creen muy listos -murmuró en voz baja-o Son crueles.

 
   

Unos «listillos» de su clase, unos bravucones que siempre andaban en pandilla, se estaban burlando de Donald, un chico nuevo que se había incorporado a la clase hacía un par de días. Su familia se había mudado al pueblo hacía poco y habían alquilado la destartalada casa situada en la esquina de la calle en la que vivía Sara.

La casa había estado desocupada durante meses y la madre de Sara se alegraba de la llegada de los nuevos inquilinos. Sara había observado cómo descargaban sus enseres de una vieja furgoneta, preguntándose si aquellos escasos y desvencijados muebles era cuanto poseían.

 

Bastante duro es mudarse a un nuevo pueblo en el que no conoces a nadie, sin tener que soportar que unos bravucones de pacotilla se metan continuamente contigo.

Mientras observaba en el pasillo cómo Lynn y Tommy se burlaban de Donald, a Sara se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordó las risotadas que habían estallado ayer en clase, cuando el maestro había pedido a Donald que se pusiera de pie para presentarlo a sus nuevos compañeros y éste se había levantado sosteniendo una cajita para lápices de plástico color rojo vivo. Sara reconocía que había sido una torpeza más propia de los niños de la edad de su hermanito, pero no era motivo para que le humillaran de esa forma.

Sara comprendió que aquél había sido el momento decisivo para Donald. Si éste hubiera resuelto la situación de otro modo, permaneciendo de pie, echándole valor al asunto y sonriendo, sin importarle lo que aquellos impresentables opinaran sobre él, las cosas quizá se habrían desarrollado de otra manera. Pero no había sido así. Donald, avergonzado y aterrorizado, se había hundido en la silla, mordiéndose el labio. El maestro había reprendido a la clase, pero no había servido de nada. A los niños les tenía sin cuidado lo que el seño Jorgensen opinara de ellos, pero a Donald le importaba mucho lo que la clase opinara sobre él.

Ayer, al salir de clase, Sara había visto a Donald tirar su cajita para lápices a la papelera que había junto a la puerta. Cuando Donald se hubo marchado, Sara había rescatado el grotesco artilugio y lo había guardado en su cartera.

Sara observó a Tommy y a Lynn avanzar por el pasillo. Les oyó bajar estrepitosamente la escalera. Vio a Donald frente a su taquilla, inmóvil, contemplándolo como si ésta contuviera algo que pudiera solventar su situación, o como si deseara meterse dentro de ella y evitar enfrentarse a lo que le esperaba fuera. Sara sintió un nudo en el estómago. No sabía qué hacer, por más que quería ayudar a Donald. Después de echar un vistazo por el pasillo, para cerciorarse de que los bravucones se habían marchado, sacó la cajita roja de su cartera y se apresuró hacia Donald, que estaba guardando sus libros en su taquilla en un inútil intento de recobrar la compostura.

-Hola, Donald. Ayer te vi tirar esto a la papelera -dijo Sara sin más preámbulos-o A mí me gusta. Creo que deberías conservarlo.

-¡No lo quiero! -le espetó Donald.

Sorprendida, Sara retrocedió mientras trataba de recobrar mentalmente el equilibrio.

-¡Si tanto te gusta, quédatelo tú! -le gritó Donald.

Tras guardado apresuradamente en su cartera, confiando en que nadie hubiera observado o escuchado esta desagradable conversación, Sara salió corriendo al patio de la escuela y se fue a su casa.

¿Por qué me meto en lo que no me importa?, se preguntó, enojada consigo misma. ¡A ver si escarmiento de una vez!