Creo
que Jerry fue muy inteligente y amable al no intentar
convencerme de que leyera los libros de Seth, porque
realmente sentía una fuerte aversión por ellos. La mera idea
de que una persona contactara con un Ser No-Físico me
intranquilizaba sobremanera, y como Jerry no quería
molestarme, se levantaba pronto por la mañana y leía
mientras yo todavía dormía. En algunas ocasiones cuando
encontraba algo que le interesaba especialmente, lo dejaba
caer de forma sutil en alguna conversación cuando yo tenía
la guardia baja, de ese modo, muchas veces podía reconocer
el valor de lo que explicaba. Poco a poco, Jerry me iba
introduciendo a nuevos conceptos hasta que empecé a sentir
verdadero interés por esas sorprendentes obras. Al final se
convirtió en nuestro ritual matinal. Nos sentábamos juntos y
Jerry me leía los libros de Seth.
Mis
miedos no se basaban en ninguna experiencia negativa
personal, sino en lo que había oído decir a otros, que
probablemente también se lo habían oído decir a otros.
Ahora, cuando recuerdo el pasado, mis miedos me parecen del
todo ilógicos. De todos modos, tuve un gran cambio de
actitud cuando me di cuenta de que, en lo que a mi
experiencia personal se refería, todo estaba bien.
Cuando fue pasando el tiempo y desapareció mi miedo sobre el
proceso por el que Jane recibía la información de Seth,
empecé a sentir un gran agradecimiento por esos maravillosos
libros. De hecho, ¡estábamos tan involucrados en nuestras
lecturas que hasta pensamos en hacer un viaje a Nueva York
para conocer a Jane y a su esposo Robert, e incluso a Seth!
Hasta quería conocer a ese Ser No-Físico. Pero en los libros
no aparecía el número de teléfono de los autores, así que no
sabíamos cómo contactar con ellos para conocerlos.
Un
día estábamos comiendo en una pequeña cafetería cerca de una
librería en Scottsdale, Arizona, y Jerry ojeaba un libro que
acababa de comprar cuando una persona desconocida que estaba
sentada a nuestro lado nos preguntó: « ¿Habéis leído los
libros de Sethf»
Casi
no nos lo podíamos creer, porque no le habíamos dicho a
nadie que leíamos estos libros.
Entonces el hombre preguntó: « ¿Sabíais que Jane Roberts
está muerta?»
Recuerdo que mis ojos se llenaron de lágrimas al oír esas
palabras. Era como si me acabara de enterar de que mi
hermana había muerto. Fue un choque. Nos sentimos muy
decepcionados al darnos cuenta de que no podríamos conocer
ni a Jane, ni a Rob... ni a Seth.
Sheila
«canaliza» a Theo
Aproximadamente al día siguiente de enterarnos de la muerte
de Jane, nos reunimos para cenar con Nancy y su esposo Wes,
nuestros amigos y socios. «Tenemos una cinta que queremos
que escuchéis», nos dijo Nancy, y me puso la cinta en la
mano. Su conducta me resultó extraña, había algo especial en
ella. En realidad, noté la misma sensación que cuando Jerry
me habló de su descubrimiento de los libros de Seth. Era
como si tuvieran un secreto que quisieran compartir con
nosotros, aunque al mismo tiempo les preocupaba nuestra
respuesta.
— ¿De
qué trata? —preguntamos. —Es una canalización —susurró
Nancy.
Por
raro que parezca, ni Jerry ni yo habíamos escuchado la
palabra canalización en ese contexto.
—
¿Qué quieres decir con «canalización»? —le pregunté.
Mientras Nancy y Wes nos daban una explicación breve y un
tanto inconexa, Jerry y yo nos dábamos cuenta de que estaban
describiendo el mismo proceso por el que se habían escrito
los libros de Seth. «Se llama Sheila —prosiguieron— y habla
en nombre de una entidad llamada Theo. Viene de Phoenix y
podéis llamarla y tener una entrevista con ella si lo
deseáis.»
Decidimos llamar a Sheila e ir a verla; todavía recuerdo lo
entusiasmados que estábamos. Nos reunimos en Phoenix, en una
hermosa casa (diseñada por Frank Lloyd Wright). Fue a plena
luz del día y para mi tranquilidad no pasó nada paranormal.
Todo fue muy agradable y nos sentimos muy cómodos. Cuando
llegamos a la «entrevista» con Theo (bueno, más bien debería
decir cuando Jerry se entrevistó con Theo, creo que yo no
abrí la boca en toda la reunión), ¡yo estaba totalmente
alucinada!
Jerry
tenía una libreta llena de preguntas, que decía que tenía
desde los seis años. Estaba tan entusiasmado que a veces
interrumpía en medio de una respuesta para poder plantear
otra nueva pregunta antes de que se nos acabara el tiempo.
¡La media hora pasó muy rápido y nosotros nos sentimos de
maravilla!
«¿Podemos volver mañana?», le pregunté, porque entonces yo
también había empezado a confeccionar una lista de preguntas
que quería hacerle a Theo.
¿Debo
meditar?
Cuando regresamos al día siguiente, le pregunté a Theo (a
través de Sheila) qué era lo que podíamos hacer para avanzar
más rápido hacia nuestras metas. Theo respondió
«Afirmaciones» y luego me dio una afirmación maravillosa:
«Yo, Esther Hicks, veo y atraigo, a través del Amor Divino,
a esos Seres que bus-can la iluminación a través de mi
proceso. Compartir nos elevará a ambos, ahora».
Jerry
y yo ya sabíamos algo de afirmaciones, ya las utilizábamos.
Y luego pregunté: «¿Qué más?» Theo respondió: «Medita».
Bueno, no conocía personalmente a nadie que meditara y esa
idea me resultaba un poco extraña. No era algo con lo que me
identificara. Jerry decía que esa práctica la asociaba con
las personas que tenían miedo de lo que podía sucederles en
la vida —de cuánta pobreza o sufrimiento se verían capaces
de soportar— y que era su puntal para seguir existiendo.
Para mí la meditación entraba en la misma categoría de
fenómenos extraños como caminar sobre brasas ardiendo,
estirarse sobre una tabla de pinchos o estar todo el día
sobre un solo pie con la mano extendida pidiendo limosna.
Pero
entonces le pregunté a Theo: «¿Qué entiendes por "meditar"?»
Theo
respondió: «Siéntate cada día 15 minutos, en un lugar
tranquilo, lleva ropa cómoda y enfócate en la respiración.
Cuando tu mente se disperse, libera ese pensamiento y vuelve
a enfocarte en la respiración». «Bueno, eso no suena muy
raro», pensé.
Pregunté si podía llevar a nuestra hija Tracy, que entonces
tenía catorce años, para que conociera a Theo, y la
respuesta me la siguiente: «Sí, si ella lo desea, pero no es
necesario, porque vosotros, también sois canales». Recuerdo
lo inverosímil que me parecía que hasta entonces no
hubiéramos sabido que éramos algo tan extraño o importante.
En ese momento, la grabadora se detuvo indicándonos una vez
más que se había acabado nuestro tiempo.
No
podía creer lo rápido que pasaban las horas. Y cuando miré
mi lista de preguntas por responder, Stevie, el amigo de
Sheila que era quien se encargaba de las grabaciones y de
to-mar notas durante las conversaciones con Theo, quizá se
dio cuenta de mi pequeña frustración, porque me preguntó:
«¿Tienes alguna pregunta más? ¿Te gustaría saber el nombre
de tu guía espiritual?»
A mí
no se me hubiera ocurrido esa pregunta, porque nunca había
oído el término guía espiritual. Pero me gustaba mucho cómo
sonaba, así que respondí: «Sí, ¿quién es mi guía
es-piritual?»
Theo
respondió: «Nos han dicho que te lo dirán directamente.
Tendrás una experiencia clariaudiente y lo sabrás».
Ese
día nos marchamos de esa hermosa casa sintiéndonos mejor que
nunca. Theo nos había aconsejado que meditáramos juntos.
Porque sois compatibles y así será más poderoso. De modo
que, siguiendo la sugerencia de Theo, nos fuimos
directamente a casa, nos pusimos nuestros albornoces
(nuestra ropa más cómoda), cerramos las cortinas de la sala
de estar y nos sentamos con la intención de meditar (o lo
que quiera que eso significase). Recuerdo que pensé: «Voy a
meditar cada día durante 15 minutos y voy a conocer el
nombre de mi guía espiritual». Tanto a Jerry como a mí nos
resultaba raro hacer esa extraña cosa juntos, pero nos
sentamos en unos grandes sillones orejeros y pusimos una
estantería entre medio para no vernos.
Algo
empezó a «respirar» por mí
Las
instrucciones de Theo sobre el proceso de la meditación
habían sido muy breves: «Siéntate cada día 15 minutos, en un
lugar tranquilo, lleva ropa cómoda y enfócate en la
respiración. Cuando tu mente se disperse, libera ese
pensamiento y vuelve a enfocarte en la respiración».
Pusimos en marcha un cronómetro para que nos indicara que
habían pasado los 15 minutos, me senté en uno de nuestros
grandes y cómodos sillones y me enfoqué en la respiración.
Empecé a contar mis respiraciones, inspirando y espirando.
Casi al momento empecé a sentir una especie de
adormecimiento. Era una sensación extraordinariamente
placentera. Me gustaba.
Cuando sonó el cronómetro me sobresalté. Cuando volví a
tomar conciencia de dónde estaba y de Jerry, exclamé:
«¡Hagámoslo de nuevo!» Pusimos el cronómetro 15 minutos más
y volví a sentir esa maravillosa sensación de ingravidez y
adormecimiento. Esta vez no notaba el sillón sobre el que
estaba sentada. Era como si estuviera suspendida en el aire
y no hubiera nada más.
De
modo que volvimos a poner el cronómetro otros 15 minutos y
de nuevo noté esa deliciosa sensación de ingravidez y luego
la increíble sensación de que algo estaba «respirando» por
mí. Como si algo poderoso y adorable inspirara el aire en
mis pulmones y volviera a sacarlo. Ahora me doy cuenta de
que ése fue mi primer gran contacto con Abraham, pero en
aquel entonces lo único que sabía era que algo más
entrañable de lo que había experimentado jamás fluía a
través de todo mi cuerpo. Jerry me contó que, cuando notó el
cambio en el sonido de mi respiración, se levantó para mirar
al otro lado de la estantería y que le pareció que estaba en
una especie de estado de éxtasis.
Cuando volvió a sonar el cronómetro y volví a recobrar la
conciencia de lo que me rodeaba, sentí que había una Energía
que se movía en mi interior, jamás había sentido nada
parecido. Fue la experiencia más extraordinaria de mi vida,
y mis dientes resonaron (no era un castañeteo) durante
varios minutos.
¡Qué
sorprendente secuencia de acontecimientos me había conducido
a ese increíble encuentro con Abraham!, los miedos
irracionales que había arrastrado durante toda mi vida,
desaparecieron y fueron sustituidos por un encuentro
personal y encantador con la Energía Fuente. Nunca había
leí-do nada que me hubiera ayudado a comprender qué o quién
era Dios, pero sabía que lo que había experimentado
seguramente lo era.
Mi nariz
deletrea el alfabeto
Tras
nuestra poderosa y emocional experiencia de nuestro primer
intento decidimos dedicar cada día entre 15 o 20 minutos a
meditar. Y durante aproximadamente nueve meses, Jerry y yo
nos sentamos en nuestros sillones orejeros a respirar en
silencio y a sentir el Bienestar. Luego, justo antes del Día
de Acción de Gracias, durante una meditación, experimenté
algo nuevo: mi cabeza empezó a moverse muy suavemente. En mi
estado de ingravidez notar ese sutil movimiento era una
sensación muy agradable. Era casi como volar.
No
pensaba en el movimiento, sólo sabía que no lo estaba
haciendo de forma intencionada y que era muy agradable. Mi
cabeza se movió de ese modo durante dos o tres días cada vez
que meditábamos, y aproximadamente al tercer día, me di
cuenta de que no se estaba moviendo sin ningún sentido,
estaba deletreando con mi nariz como si estuviera
escribiendo en una pizarra. «¡Jerry, estoy deletreando el
alfabeto con mi nariz!», exclamé sorprendida.
Al
ser consciente de que estaba pasando algo especial y de que
alguien estaba intentando comunicarse conmigo, oleadas de
emoción inundaron mi cuerpo. Nunca antes había experimentado
la intensidad de esas emocionantes sensaciones, ni tampoco
he vuelto a sentirlas. Y así me deletrearon: Somos Abraham,
tu guía espiritual. Te amamos. Estamos aquí para trabajar
contigo.
Jerry
sacó su bloc de notas y empezó a anotar todo lo que yo
estaba traduciendo extrañamente con mi nariz. Letra a letra,
Abraham empezó a responder a las preguntas de Jerry, a veces
durante horas seguidas. ¡Estábamos entusiasmados de haber
contactado con Abraham de este modo!
Abraham
empieza a mecanografiar el alfabeto
Era
una forma lenta y extraña de comunicarse, pero Jerry
con-seguía las respuestas a sus preguntas y la experiencia
era excitante para ambos. Durante unos dos meses, Jerry no
dejó de ha-cer preguntas, Abraham respondía deletreando las
palabras guiando los movimientos de mi nariz, y Jerry lo
anotaba todo. Una noche, cuando estaba en la cama, mi mano
empezó a dar golpecitos en el pecho de Jerry A mí me extrañó
y le expliqué: «No soy yo. Deben ser ellos». Y entonces
sentí el fuerte impulso de ponerme a mecanografiar.
Me fui a mi máquina de escribir y coloqué mis
manos sobre el teclado, y del mismo modo que mi cabeza se
había movido in-voluntariamente deletreando las letras en el
aire con mi nariz, mis manos empezaron a moverse por el
teclado. Se movían tan deprisa y con tanta fuerza que hasta
Jerry se alarmó. Estaba a mi lado de pie dispuesto a cogerme
las manos porque no quería que me hiciera daño en los dedos.
Pero me decía que se movíancon tal rapidez que apenas podía
verlas. Aunque no había motivo para alarmarse.
Mis
dedos tocaron las teclas muchísimas veces, antes de empezar
a deletrear el alfabeto y luego empezaron a escribir casi
una página entera de: quieroescribirquieroescribirquiero-escribir,
sin espacios ni mayúsculas. Luego empezaron a escribir un
mensaje lenta y metódicamente, en el que me pedían que me
sentara delante de mi máquina de escribir durante 15 minutos
cada día. Así se comunicaron durante los dos meses
siguientes.
La
mecanógrafa se convierte en oradora
Un
día íbamos por la autopista en nuestro pequeño Cadillac
Seville y de repente nos vimos con un tráiler de 18 ruedas a
cada lado. Esa parte de la autopista no estaba muy bien
peraltada, y cuando los tres empezamos a girar a la vez,
parecía que ambos camiones se iban a cruzar en nuestro
carril. Tuvimos la sensación de que íbamos a quedar
aplastados por esos grandes vehículos. En medio de la
intensidad de esa emoción, Abraham empezó a hablar. Sentí
que se me tensaba la mandíbula (era una sensación similar a
cuando vas a bostezar) y mi boca empezó a pronunciar estas
palabras: Tomad la siguiente salida. Y lo hicimos. Nos
detuvimos en un paso inferior y Jerry habló con Abraham
durante horas. ¡Fue emocionante!
Aunque cada día me sentía más cómoda a medida que
evolucionaba mi proceso de intérprete de Abraham, le pedí a
Jerry que no dijera nada a nadie, porque tenía miedo de la
reacción de los demás si descubrían lo que me estaba
pasando. Sin embargo, con el tiempo, un grupo de amigos
íntimos empezaron a reunirse con nosotros para conversar con
Abraham, y un año después decidimos ofrecer estas enseñanzas
al público, como seguimos haciendo hasta la fecha.
Mi
experiencia traduciendo la vibración de Abraham no ha dejado
de evolucionar cada día. Cada seminario sigue dejándonos a
Jerry y a mí llenos de asombro ante la claridad, la
sabiduría y el amor (de Abraham).
Un
día, cuando me di cuenta de todo lo que me había estado
sucediendo, me reí muchísimo: «Yo que tenía tanto miedo de
la ouija y ahora resulta que la ouija soy yo».
La
evolución de las exquisitas experiencias de Abraham
Nunca encontraremos las palabras adecuadas para expresar lo
que sentimos por la obra que realizamos con Abraham Jerry
siempre ha parecido saber qué era lo que más deseaba y
encontró formas de conseguir gran parte de ello antes de
conocerles. Pero, según él, Abraham le ha conferido la
comprensión de nuestra misión aquí y una claridad absoluta
respecto a cuando lo conseguimos y cuándo no, y con ello, el
conocimiento de que tenemos el control absoluto. No hay
«momentos» malos, ni días «desafortunados», ni necesitamos
ir al son de nadie. Somos libres... ¡somos los únicos
creadores de nuestra experiencia y nos encanta!
Abraham nos ha explicado que mi esposo y yo éramos una
combinación perfecta para presentar estas enseñanzas porque
el gran deseo de Jerry de encontrar respuestas a sus
preguntas me lo que les atrajo a nosotros y porque yo era
capaz de aquietar mi mente y librarme de toda resistencia
para dejar que las respuestas fluyeran a través de mí.
Me
cuesta muy poco ponerme en un estado que me permita
canalizar la enseñanza de Abraham. Desde mi perspectiva,
simplemente declaro mi intención: Abraham, quiero transmitir
claramente vuestras palabras, y luego me centro en mi
respiración. A los pocos segundos, puedo sentir la claridad,
el amor y el poder de Abraham surgiendo de mi interior, y
allí vamos...