Pasaron los milenios y en el planeta Tierra fueron
quedando atrás las distintas eras. El ser humano ya poseía un
lenguaje escrito. La historia estaba en sus comienzos. De esos 72
elohim originales, había seis de ellos que pusieron atención en
nuestro mundo. Coincidió con la época en que el eloah Jehová fue
nombrado Logos del planeta Tierra.
Esos seis elohim estaban en contacto telepático con
los Ha, seres de Vega V. Los Ha eran despóticos, crueles,
manipuladores. Uno de esos elohim o dioses menores era el logos de
ese planeta. Se llamaba Elyón, que significa Supremo, y consentía la
conducta equivocada de los Ha. Los otros cinco elohim eran Hashem,
Shadai, Quadosh, Ramahan y Adonai.
Salvo este último, todos los demás gozaban como
propia las ansias de poder de la raza Ha. Durante milenios, estos
elohim observaban la conducta de los Ha de la misma forma como
nosotros miramos una obra de teatro. A pesar del plano elevado de
los elohim, el ego había hecho presa de algunos de ellos. Y su
espejo físico eran los Ha.
Esta raza desarrolló tempranamente su tecnología y
comenzó primero con exploraciones dentro de su sistema estelar y más
tarde con viajes interestelares. Así fue como llegaron a la Tierra,
donde luego se gestó la Gran Conspiración.
La Biblia contiene varios episodios que hablan sobre
la crueldad de los Ha, supervisados por los elohim. Y Jehová, el
logos planetario, permisivo con el mal, no se opuso a la crueldad de
los extraterrestres, aunque no aceptaba el compartir su "poder" con
otros elohim, pues era celoso de sus posesiones. Algunos escritos
prueban que Elyón igual impuso su dominio real en el planeta Tierra.
El Deuteronomio, en su versión más antigua, dice que
"cuando Elyón repartió las naciones, cuando
distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos
según el número de sus habitantes, reservando para Jehová uno de
esos pueblos"
(Deuteronomio 32, 8-9). O sea, Jehová, aún siendo logos planetario,
permitía que otros elohim tomaran decisiones sobre la raza humana.
Según esa versión, esos elohim o dioses menores se reunían
periódicamente en un lugar llamado "la montaña de la Asamblea" o "el
monte de la Reunión", ubicado en los confines del monte Safón
(Isaías 14,13). Obviamente, los que se reunían en esa Asamblea no
eran los elohim, pues éstos no necesitan de un lugar físico, sino
los Ha, la raza extraterrestre venida de Vega V.
Las pruebas están en los escritos bíblicos, pues en
el Salmo 82 hay constancia de una de esas reuniones:
"Elyón se yergue en la Asamblea Divina, en medio de
los dioses juzga: ¿Hasta cuando juzgaréis injustamente y a los
malvados mimaréis?... Yo he dicho: ¡Dioses sois, e hijos de Elyón
todos vosotros! Sin embargo, como hombres moriréis, y como
cualquiera de los príncipes caeréis".
Es obvio que los Ha obedecían a Elyón, y allí Jehová
no tenía parte. Los antiguos escritos daban a entender que los
"dioses" se corporizaban. En Génesis 32,25 y ss. Jacob luchó cuerpo
a cuerpo contra un ser extraño y éste reconoció finalmente ser uno
de los elohim. Eso atemorizaba más que si dijera que era un ser de
otro mundo.
No cabe duda que Jehová pactó con Elyón, pues los Ha
también se pusieron a su disposición. En Éxodo 33,11 Moisés
conversaba en la tienda de la Reunión cara a cara con Jehová y no
cabe duda que un ser de Vega V era el que caracterizaba a un dios,
pues el escrito dice que están frente a frente
"como conversa un hombre con su amigo".
En ocasiones, incluso paseaba de incógnito por el
campamento, por lo que exigía que todas las deyecciones de su pueblo
estuviesen debidamente enterradas (Deuteronomio 23, 13-15), como si
él fuera un hombre como los otros, sensible a la suciedad. Lo que
diferenciaba a los Ha de los humanos, más que su aspecto físico, era
el poder que poseían y que las tribus apodaban la "Gloria de
Jehová".
Esa "columna de nube" que se transformaba en columna
de fuego durante las noches de travesía por el desierto y a la que
con tanto detalle se refiere el Éxodo, se trataba, obviamente, de la
nave estelar de los Ha.
La denominada "Gloria de Jehová" tenía "dos caras":
una de ellas, conocida como "el rostro de Jehová", era especialmente
peligrosa, pues según cuenta la Biblia ningún hombre podía verla y
sobrevivir. Sin embargo, Moisés logró ver la cara posterior tras
refugiarse en la hendidura de una roca, haciendo caso a los consejos
de Jehová (Éxodo 33,20).
Es evidente que "la cara anterior de Jehová" se
trataba de la parte inferior de la nave de los Ha, donde estaban sus
motores, ya que cuando la "Gloria" se situaba sobre la Tienda de la
Reunión, Moisés no podía entrar en ella (Éxodo 40, 34-35), pero
cuando "aterrizaba" al lado, no había peligro (Éxodo 33,9).
En razón del peligro que significaba el tipo de
propulsión que empleaba la nave, había severas órdenes de que nadie
del pueblo se acercara a las inmediaciones donde ésta operaba (Éxodo
19, 12). Dicha nave tenía poderoso armamento, pues
"era capaz de escupir un fuego que podía abrasar de
golpe a 250 hombres
(Números 16, 35)
o de destruir ciudades enteras”
(Génesis 19).
La mayoría de las personas, debido a la
desinformación de las religiones tradicionales, siguen creyendo que
Jehová es el Absoluto, pero los escritos demuestran que era un dios
tribal, no universal, y que su mayor obsesión era repoblar su
territorio con gente que le fuera fiel. De esa manera se aseguraba
de que en el futuro no surgiera ningún foco de "idolatría" a otros
dioses, pues consideraba a ese pueblo "de su propiedad personal"
(Deuteronomio 7, 6).
¿Cómo lograba eso? Allí comienza la conspiración de
los elohim. Debía "vaciar" previamente ese territorio de sus
anteriores pobladores. Así que Jehová dio órdenes de conquistarlo. Y
para asegurarse de que no habría futuras "contaminaciones"
religiosas, decretó muchas veces la muerte de sus habitantes:
"De las ciudades de esos pueblos que Jehová, tu
elohim, te da en herencia, no dejarás viva alma alguna; sino que
consagrarás a completo exterminio al Hitita, al Amorreo, al Cananeo,
al Perezeo, al Jivveo y al Yebuseo, conforme Jehová, tu elohim, te
ha ordenado; a fin de que no os enseñen a imitar todas las
abominaciones que han cometido en honor de sus dioses y pequéis
contra Jehová, vuestro elohim"
(Deuteronomio 20, 16-18).
O sea, Jehová no quería prisioneros... ni siquiera
mujeres o niños, tal era su crueldad. Por eso tampoco tuvo dudas en
aplicar el mismo "remedio" entre los habitantes de su pueblo cuando
éstos sentían que Jehová no era el dios de bondad que ellos
esperaban y comenzaron a adorar de nuevo a sus antiguos dioses:
"Así ha dicho Jehová, dios de Israel: ‘¡Ponga cada
uno su espada al costado! ¡Pasad y repasad por el campamento de
puerta en puerta y matad cada uno al propio hermano, al propio
compañero, al propio pariente!’"
(Éxodo 32, 27). Esa orden dejó como consecuencia que
tres mil hombres fueran víctimas de tan drástica medida, muriendo a
manos de sus seres más queridos.
Con respecto a los Ha, los seres de Vega V, tenían
trajes resplandecientes. Una de las pruebas es que en el Libro de
Enoch se habla de unos seres que normalmente eran tan refulgentes
como el fuego, pero que, cuando lo deseaban, podían adoptar la forma
de hombres corrientes. Los elohim se aprovechaban del temor que
inspiraban los Ha a las tribus de aquella época y se servían de los
veganos para someter por el terror a los ignorantes pobladores del
Medio Oriente antiguo.
Moisés se hizo cómplice de Jehová para provocar
asesinatos en masa. Por ejemplo, cuando Coré se rebeló contra
Moisés, éste le ordenó presentarse con 250 de sus hombres, portando
incensarios ante Jehová en la puerta de la Tienda del Encuentro.
Cuando todos acudieron, Moisés dijo:
"En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para
hacer todas estas obras y que no es ocurrencia mía: Si mueren estos
hombres como muere cualquier mortal, alcanzados por la sentencia
común a todo hombre, es que Jehová no me ha enviado. Pero si Jehová
obra algo portentoso, si la tierra abre su boca y los traga con todo
lo que les pertenece, y bajan vivos al Seól (profundidades de la
tierra), sabréis que esos hombres han rechazado a Jehová. Y sucedió
que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo
debajo de ellos; la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas
sus familias, así como a todos los hombres de Coré, con todos sus
bienes"
(Números 16, 28-32). Añadiéndose más adelante que
"brotó fuego de Jehová, que devoró a los 250 hombres
que habían ofrecido el incienso"
(Números 16, 35).
Es obvio que las armas de los Ha causaban estragos en
las filas de los pobres israelitas que se rebelaban ante Jehová y
Moisés, su cómplice.
Hay otro detalle de la extrema crueldad: Hubo judíos
que se impacientaron ante la larguísima travesía por el desierto y
se lo hicieron saber a Moisés, manifestándole su inquietud. La
reacción de Jehová no fue precisamente "comprensiva":
"Envió entonces Jehová contra el pueblo serpientes
abrazadoras que mordían a la muchedumbre; y murió mucha gente de
Israel"
(Números 21, 6). Esas "serpientes abrasadoras” eran rayos
calcinadores provenientes de las armas de los Ha y provocaron
cientos de muertos.
También había mucha competencia entre todos los
elohim y la prueba es que Jehová era muy celoso y posesivo de
"su pueblo". Siempre manifestaba el temor de que decidieran dejarlo
e irse con otros dioses, y los sometía con amenazas que, llegado el
caso, cumplía inexorablemente. Así como en Éxodo 32, 27 no dudó en
ordenar la muerte de tres mil hombres, en Deuteronomio 7, 9-10,
Jehová le advierte a Moisés:
"Has de saber, pues, que Jehová tu Dios verdadero, el
dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los
que le aman y guardan sus mandamientos, pero que da su merecido en
su propia persona a quién le odia, destruyéndole".
Advirtiéndole luego en Deuteronomio 8, 19-20:
"Pero si llegas a olvidarte de Jehová, tu Dios, si
sigues a otros dioses, si les das culto y te postras ante ellos, yo
certifico hoy ante vosotros que pereceréis. Lo mismo que las
naciones que Jehová va destruyendo a vuestro paso, así pereceréis
también vosotros por haber desoído la voz de Jehová, vuestro Dios".
Es importante aclarar que Jehová hacía caso omiso del servilismo de
Moisés, pues no dudaba en amenazarlo si notaba que su "poder" se
debilitaba. Y así Moisés obedecía en todo al cruel eloah,
bajo el temor de una represalia personal.
En un capítulo, el pueblo de Israel se estableció en
Sittim y muchos de sus hombres se pusieron a fornicar con las hijas
de Moab. Quedaron prendados con las muchachas y se postraron ante
otro de los elohim, que era contactado por ese pueblo. La reacción
de Jehová no se hizo esperar:
"Dijo a Moisés. ‘Toma a todos los jefes del pueblo y
empálalos
[1][2]
en honor de Jehová cara al sol; así cederá el furor de la cólera de
Jehová ante Israel’. Dijo Moisés a los jueces de Israel: ‘Matad cada
uno a los vuestros que se hayan adherido a Baal de Peor´"
(Números 25, 4-5). El resultado de esos crímenes
trajo aparejado una tremenda peste que asoló a un altísmo porcentaje
de personas. En Números 25, 9 se describe:
"Los muertos por la plaga fueron 24.000".
Moisés fue el "ejecutor terrenal" de las órdenes de Jehová. Jehová
semejaba a un animal cebado en sangre. En Números 31, 2 le dice a
Moisés:
"Haz que los israelitas tomen venganza de los
madianitas".
Así fue que mataron a todos los varones e
"hicieron cautivas a las mujeres de Madián y a sus
niños, y saquearon su ganado, sus rebaños y todos sus bienes. Dieron
fuego a todas las ciudades en que habitaban y a todos sus
campamentos"
(Números 31, 9-10). Y no conforme con eso, Moisés ordenó matar
"a todos los niños varones y a toda mujer que haya
conocido varón"
(Números 31,17).
Posteriormente, bajo las órdenes de Moisés, el
"pueblo elegido" se repartía el botín, tras los saqueos. En esa
ocasión, parte del botín eran las
"32.000 mujeres que no habían dormido con varón"
(Números 31, 28). Los Ha, sin que los remordiera
ninguna conciencia, participaban "en el nombre de Jehová", de una
gran tajada: En el texto bíblico se especifica que a Jehová le
correspondieron 675 cabezas de ganado lanar, 72 de vacuno y 61 de
asnal, así como 32 prisioneros (Números 31, 32-40).
"El total del oro que reservaron para Jehová, de
parte de los jefes de Millar y de Cien, fue de 16.750 siclos"
(Números 31, 52). Aun para los menos escépticos
cuesta aceptar que un "dios" precise ganado, dinero y esclavas...
¡salvo que los supuestos dioses fueran extraterrestres!
Los magnicidios de Jehová, con Moisés y los Ha como
cómplices, se pueden encontrar en distintas partes de la Biblia: Al
relatar la conquista del reino de Sijón, Moisés comenta cómo Jehová
le ordenó apoderarse de ese territorio y la batalla que tuvo lugar
en Yahás, confesando:
"Nos apoderamos entonces de todas sus ciudades y
consagramos al anatema toda ciudad: hombres, mujeres y niños, sin
dejar sobreviviente"
(Deuteronomio 2, 34). Ese hecho se reiteraría con la conquista del
reino de Og, reconociendo el texto bíblico igualmente que mataron a
todos sus habitantes "sin dejar ni un sobreviviente" (Deuteronomio
3, 3).
El exterminio se repite cuando el pueblo israelita
ataca a los benjaminitas por orden expresa del perverso eloah:
"Jehová derrotó a Benjamín ante Israel y aquel día
los israelitas mataron en Benjamín a veinticinco mil cien hombres,
todos ellos armados de espada"
(Jueces 20, 35), añadiendo a continuación que después
"pasaron a cuchillo a los varones de la ciudad, al
ganado y a todo lo que encontraron"
(Jueces 20, 48). Moisés no era el único cómplice de
la crueldad del eloah, pues en otro de los escritos bíblicos,
Samuel le transmite a Saúl por orden de Jehová, en relación a la
guerra que entablaron con los amalecitas:
"Ahora vete y castiga a Amalec, consagrándolo al
anatema con todo lo que posee; no tengas compasión de él, mata
hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y
asnos"
(I Samuel 15, 3). Saúl obedeció a Samuel y
"capturó vivo a Agag, rey de los amalecitas, y pasó a
todo el pueblo a filo de espada en cumplimiento del anatema"
(I Samuel 15, 8).
Uno de los más grandes exterminios se produjo en la
batalla celebrada entre los israelitas comandados por Asá y Judá, y
el millón de etíopes dirigidos por Zeraj, que finalizaría con la
muerte de todos ellos "hasta no quedar uno vivo" (II Crónicas
14, 12).
Cabe destacar de "El libro de Enoch" dos capítulos
bastantes ilustrativos. Recuérdese que San Agustín afirmaba que la
Iglesia lo rechazaba de su canon debido a que lo consideraba muy
antiguo, y que, sin embargo, fue aceptado por los primeros
cristianos, entre ellos, San Clemente de Alejandría.
Enoch (el que caminó en compañía de los Ha y éstos lo
arrebataron al Cielo) nos habla sin tapujos de la unión entre los
veganos y las hijas de los hombres, y completa algunos datos que se
calla el Génesis. En el capítulo VI, versículos 1-8 y capítulo VII,
versículos 1-6, dice:
"Así pues, cuando los hijos de los hombres se
hubieron multiplicado y les nacieron en esos días hijas hermosas y
bonitas, y los ángeles, hijos de los cielos, las vieron y las
desearon, se dijeron entre ellos: ‘Vamos, escojamos mujeres entre
los hijos de los hombres y engendremos hijos’. Entonces, Semyaza, su
jefe, les dijo: ‘Temo que quizás no queráis (realmente) cumplir esa
obra, y seré, yo solo, responsable de un gran pecado’. Pero los
otros le contestaron: ‘Hagamos todos juntos un juramento y
prometámonos todos con un anatema no cambiar de destino, sino
ejecutar realmente (ese destino)...’ ".
Los Ha participan en varios episodios de la Biblia.
Algunos de los personajes bíblicos "fueron arrebatados a los
cielos por misteriosos torbellinos y carros de fuego". Era
evidente que los veganos abducían a los terrestres para algún tipo
de estudio o experimentación. El profeta Elías fue arrebatado por un
torbellino ante los ojos de 50 profetas y de su compañero Eliseo.
Enoch también fue llevado a los cielos en un carro de fuego. El
profeta Isaías también fue subido a los cielos, acompañado de varios
"ángeles".
En el Nuevo Testamento se relata otro
"arrebatamiento": Felipe también fue llevado por un carro y
transportado cerca de 40 Km. Las “visiones” de Ezequiel son narradas
en otro de los libros: OVNIs (Pluralidad de Mundos habitados).